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Allegato 14 Seminario scj theologia Cordis


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Allegato 14

Seminario SCJ Theologia Cordis



«Hijo mío, guarda tu corazón porque de él brota la vida» (Pr 4, 23). Un acercamiento bíblico a la Theologia cordis

Carlos Luis Suárez Codorníu, scj - VEN


Lisboa, marzo de 2008

Introducción


Hay quien sostiene que la primera representación conocida de un corazón está en el norte de la Península Ibérica. Se trata de una pintura rupestre, de unos quince mil años antes de nuestra era1. La figura dibujada es la de un mamut con una mancha roja en el lugar más o menos propio del corazón. Pero el tema en cuestión de estas páginas no es el arte rupestre. Los mamut, muy posiblemente por la incapacidad de adaptación a los cambios drásticos del clima y del entorno, desaparecieron, las representaciones del corazón no. Bien al contrario, han estado y siguen estando presentes en muchas culturas como uno de los símbolos más expresivos y difundidos. El corazón ni ha pasado de moda, ni ha quedado reducido a fósil.

El mundo de la Biblia no escapa a la representatividad del corazón al servicio de su mensaje. Sobre el tema existe abundante biografía. En la reflexión que sigue, el interés sobre el corazón, a partir de una selección de textos bíblicos, pretende mostrar cómo la presencia del término corazón aparece en contextos que preparan una etapa novedosa de la historia de la salvación. Es decir, cuando se habla del corazón en determinados textos, algo nuevo está por acontecer. Para evidenciar esta perspectiva, el estudio inicia considerando brevemente el corazón - según los vocablos hebreos lēb y lēbāb - en las páginas iniciales de la Sagrada Escritura; en un segundo momento, se aborda el tema desde textos sapienciales; la última parte hace un breve enfoque a partir de los Evangelios.


En los inicios


Desde una lectura canónica y sincrónica de la Escritura, el corazón aparece en el Génesis en lugares muy significativos de los primeros once capítulos, los llamados relatos de orígenes. El primer corazón del que se habla es el corazón del hā’ādām (Gn 1,27), término que bien puede traducirse como humanidad. El contexto donde se habla de su corazón por vez primera forma parte del relato del diluvio: Vio el Señor que era abundante el mal de la humanidad (hā’ādām) en la tierra, y que toda tendencia de los deseos de su corazón era solo perversa, todo el día (Gn 6,5)2. Junto a este diagnóstico, sigue de inmediato el de otro corazón, el de Dios: Y se arrepintió de haber hecho al ser humano en la tierra, y su corazón estaba dolido (Gn 6,6:)3.

A pocas páginas de los relatos de creación y de los episodios emblemáticos de Eva y Adán, Caín y Abel, la situación no ha hecho más que complicarse. A un cierto punto, el sentimiento del creador es grave: arrepentimiento por haber hecho al hombre (Gn 6,6.7)4 y firme propósito de eliminarlo (cf. Gn 6,7; 7,14)5. ¿Será capaz este corazón dolido del creador de desdecirse a sí mismo destruyendo lo mejor de su obra? Imaginemos que fuera Job uno de los oyentes de la determinación de Dios, de hecho, ¿pensaría el autor de Job en el texto de Gn 6,7 cuando pone en labios de su protagonista una de sus quejas más osadas?:



Tus manos me formaron, ellas me modelaron (‘āsāb)

todo mi contorno, ¿y ahora me aniquilas?

recuerda que me hiciste de barro,

¿y me vas a devolver al polvo?

(…) ¿No me otorgaste vida y favor

y tu providencia no custodió mi espíritu?

Y con todo, algo guardabas en tu corazón:

ahora sé que pensabas esto:

que si pecaba me lo guardarías

y no me dejarías impune (Jb 10,8-9.12-14)

El texto apenas citado de Job emplea el verbo ‘āsāb (v. 8), aquí con el sentido de moldear, para hablar de la acción artesana y creadora de Dios. El mismo verbo lo usaba Gn 6,6 para presentar el corazón dolido del creador6. Dos significados diversos de un mismo verbo. Un punto de encuentro entre ambos pudiera ser la expresión metafórica del dolor que causa la mano al barro cuando esta lo trabaja intensamente en la búsqueda de la forma a plasmar. Toda figura exige toques y retoques.

Con la misma raíz hebrea (‘sb), Génesis había presentado el sustantivo ‘eseb para anunciarle a Eva el dolor que sentiría al parir (cf. Gn 3,16). El parentesco que puede establecerse a través de esta raíz común a estos dos textos citados, uno hablando del dolor de Dios, el otro del dolor del parto, resulta sugerente. En el caso de Eva, es de suponer la contrariedad que supuso para ella el desenlace que tuvieron su deseo y su manera de interpretar lo dicho por Dios. Sin embargo, y a pesar de la manipulación hecha a la palabra divina, Dios mismo acaba confirmando a Eva en su vinculación a la vida, a la transmisión de la vida. Así como ese dolor quedó enlazado con el anuncio y la garantía de vida nueva, ¿no pudiera entenderse que al emplearlo la misma raíz hebreo para hablar del corazón de Dios en Gn 6,6 lo que el texto pretende no es otra cosa más que realzar el compromiso y la responsabilidad irrenunciable del creador con la vida del hombre y de la mujer, incluso por encima de la contrariedad que le suscita el actuar humano?

Siguiendo con el significado artístico del verbo ‘āsāb (en piel: modelar; cf. Jb 10,8), y asociándolo a su empleo para hablar del corazón adolorido de Dios (cf. Gn 6,6), puede intuirse que su empleo evidencia la disposición divina a una renovada y paciente tarea formadora, como la que vive la madre en su seno, o el alfarero ante el barro. En ambos casos, como la madre y el alfarero, con su dolor y su arte, se convierten desde su pasión creadora en los mejores custodios de la obra llamada a existir. Dando el protagonismo al corazón de Dios en torno a cual se hace uso de la raíz ‘sb, la dimensión que alcanza este término estaría subrayando no tanto un dolor, sino el rechazo a toda propuesta alternativa que pretenda desfigurar su obra y la convivencia y responsabilidad por Él queridas en toda su creación. ¿No es acaso esta actitud del creador la misma que se abre paso en medio de las manipulaciones y miedos de Adán y Eva, así como en medio del exclusivismo violento y arbitrario de Caín? Ninguna de las limitaciones humanas allí mostradas logró que Dios se desdijera de su buen hacer. El episodio construido sobre el esquema del diluvio, iniciado desde el corazón – corazón “dolido” – de Dios, acaba confirmando la creación e introduce la novedad de la relación que Dios quiere en términos de alianza (berît, cf. Gn 9,9.11.15).

Tal vez resulte clarificadora la reflexión profética de Isaías cuando habla, no del corazón dolido de Dios, sino de su apesadumbrado santo espíritu:

Pero ellos se rebelaron


y apesadumbraron (‘āsāb) su santo espíritu (rûah qadôš)

entonces él se volvió su enemigo

y guerreó contra ellos (Is 63,10)

A pesar de estos propósitos, que se hacen eco de lo planteado en Gn 6,6, la seguridad en la atención paterna y artesana de Dios sigue quedando manifiesta:



Y, sin embargo, Señor,

tú eres nuestro Padre,

nosotros la arcilla y tú el alfarero:

somos todos obra de tu mano (Is 64,7)

El hebreo, pues, eligió inicialmente un término (‘āsāb) para hablar del corazón de Dios que se mueve entre la significación del dolor del parto para dar nueva vida y la irrenunciable capacidad creativa expresada en la habilidad artesana del alfarero. Cuando la sección de los relatos de orígenes (Gn 1–11) vuelve a mencionar el corazón, habla únicamente del corazón humano: No volveré a maldecir la tierra a causa del hombre, porque la tendencia del corazón humano es perversa desde su juventud; pero no volveré a matar a los vivientes como acabo de hacerlo (Gn 8,21). Tras este primer diagnóstico conclusivo, Dios presenta algo sorprendente: el inicio de una etapa nueva con la alianza que establece con Noé y su descendencia (cf. Gn 9,18). Un corazón el de Dios que marca por lo tanto distancia. Pero en ningún caso se desentiende ni pierde de vista a la humanidad. Bien al contrario, esta distancia es perspectiva, como la que requiere el artista, para mejor contemplar la obra, corregirla, retocarla, y continuar así embelleciéndola, dándole forma y espacio, permitiéndole que sea, que exista.


Una propuesta: la educación del corazón


Los textos anteriores brevemente abordados evidencian la polaridad alcanzada entre el corazón humano y el de Dios. Mientras que este busca integrar, aquel se empeña, obstinadamente, en la desintegración. El diluvio no solucionó las cosas de manera definitiva, de poco sirvió. De hecho, esta constatación queda resaltada, a modo de inclusión, entre lo repetición de lo dicho en Gn 6,5 y lo constatado en 8,21: la inclinación al mal del corazón humano.

De notar que el texto bíblico cuando habla de la inclinación del corazón, tanto en Gn 6,5 como en 8,21, emplea la misma raíz: yāsār. Como verbo significa modelar; formar; planear; como sustantivo: obra; escultura; con sentido figurado, tendencia; instinto; carácter; albedrío. Dios modeló al hombre (Gn 2,7.8). Cuando se habla del corazón humano, esta acción indica la tendencia del corazón. Sin duda, es una manera de hablar de la libertad humana, del libre albedrío, que busca sus propios proyectos, incluso en ocsiones pretendiendo desvincularse de su origen. El profeta Isaías lo expresa hermosamente:



Qué desatino el de ustedes,

¿Acaso se puede pensar que el alfarero

es igual al barro

para que la obra diga al que la hizo:

«No me ha hecho él»,

y la vasija diga a su alfarero:

«No entiende nada»? (Is 29,16)

La misma reflexión de fondo, desde una teología profética, la presenta el profeta Oseas en boca de Dios, desbordado por sentimientos paternales:



Me da un vuelco el corazón,

se me conmueven las entrañas,

no ejecutaré mi condena,

no volveré a destruir a Efraín

que soy Dios y no hombre,

el Santo en medio de ti

y no enemigo devastador (Os 11,8c-9)

La determinación de Dios, tanto en Gn 8,21 como en el contexto de Os 11, coincide en señalar que el distanciamiento del corazón humano acontece en una determinada etapa de la vida: la juventud (na‘ar, cf. Os 11,1), el inicio de la edad adulta, cuando el desarrollo humano exige mayor autonomía y ejercicio de su voluntad y de las capacidades que ha ido desarrollando. Es ahí donde significativamente aparece el tema del corazón, pero ¿por qué este término? No es de extrañar que sea este el vocablo elegido sabiendo su alcance en hebreo, expresión de la razón, de la conciencia y de los sentimientos7.

Si bien el corazón en la Biblia aparece inicialmente reflejando sentimientos conflictivos, será también este órgano el escenario privilegiado para la superación de los mismos. Los orígenes de la problemática ha sido ubicada – siguiendo los textos de Gn y Os hasta aquí considerados – en el paso de la minoría de edad a la adultez. Desde sus intervenciones, Dios expone lo imperioso de una nueva pedagogía que desbloquee, reoriente y reconstruya, por encima del desprecio y del rechazo recíproco, una propuesta original, creativa que de ninguna manera sea la vuelta a una infancia imposible, sino un camino a la aceptación consciente de un proyecto que integre la totalidad de la persona en la iniciativa divina. Tiempos de cambios, de fracasos, de violencia, y a su vez, tiempo de crecimiento y de nuevas perspectivas. ¿Cuál es entonces el reto? Seducir y educar el corazón. Es en esta tensión y en este proceso donde puede hablarse de una genuina y reparadora Theologia cordis.

Desde las muchas posibilidades que la Escritura ofrece para escudriñar el alcance y propósito de esta Theologia cordis, la atención puede dirigirse a uno de los libros que más emplea, y no por casualidad, el término corazón. Se trata de Proverbios, en general poco considerado en los estudios bíblicos a la hora de investigar una espiritualidad como la nuestra. Después del Salterio, es el libro que en más ocasiones habla del corazón8, pero ¿por qué?


«Hijo mío, guarda tu corazón porque de él brota la vida» (Pr 4,23)


El libro de Proverbios, en su redacción final, pudiera datarse entre los siglos V al III a.C., periodo que para Israel corresponde al postexilio y a la ocupación sucesiva de persas y griegos. Es una época de fuertes crisis y controversias para el pueblo. El helenismo se va consolidando. Sus modos, en muchos aspectos sociales, culturales espirituales y políticos resultan fascinantes para buena parte de las nuevas generaciones. En esa delicada situación para Israel y la pervivencia de su tradición, puede entenderse que Pr en algún grado pueda considerarse un libro de resistencia, una literatura que reacciona sin complejos a todo ese proceso que atenta contra la identidad amenazada del pueblo de la alianza. Pr, desde su inicio, invita al lector/oyente a la atención, para entender proverbios y refranes, máximas y enigmas (Pr 1,6), implicándolo así en un discernimiento constante9. En la forma que toma el libro, la voz del padre-maestro se lanza decidida a la formación del israelita que exigen los tiempos nuevos, ofreciéndole herramientas para su desarrollo y realización personal en todos los ámbitos de la vida. Alcanzar esta destreza existencial, inspirada en la tradición y en la fe de Israel es llegar a ser sabio.

Si Dios calla, es la vida de cada día la que habla por Él. En su nombre habla la creación, y en modo particular la Señora Sabiduría (cf. Pr 8 y 9)10. De esta escucha de la voz de Dios presente en la naturaleza, en la cotidianidad, en la sabiduría que viene de Él, nace en los sabios una actitud de gran confianza: el temor del Señor, principio de toda sabiduría y expresión de sensatez. Así, Pr expone de manera original los principios de la alianza, en una perspectiva antropológica que toca el tú del individuo, pero que tiene un marcado eco comunitario. La conducta antisocial es fuertemente criticada. La vida del hombre será sensata si es justa, y en consecuencia será feliz y llena de sentido. Se entrecruzan de este modo la dimensión sapiencial y la ética. Pero no falta en Pr una motivación religiosa explícita, ya sea relacionada con la alianza (cf. Pr 20,20; 23,11… sobre los padres, cf. Lv 20,9), o bien por una invitación a la fe serena en Dios: Pr 25,21-22; 28,25; 28,5.

La primera mención del corazón (Pr 2,3) corresponde a las exhortaciones iniciales que un padre dirige a su hijo, o bien un maestro a su discípulo11. Son palabras que piden la atención del joven a través de la mención de diversas partes de su cuerpo. En primer lugar, entre las más visibles, la cabeza y el cuello. Para estas, las enseñanzas recibidas, tanto del padre como de la madre, se ofrecen como adorno, como gala, diadema y collar (cf. 1,9), frente a quienes tienen como collar el orgullo y como vestido la violencia (cf. Sl 73,6). El atractivo que muestra esta parte del cuerpo talmente adornada lo recoge también el Cantar de los cantares:

Me has enamorado [lit. me has embelesado el corazón], hermana mía y novia mía,

me has enamorado con una sola de tus miradas,

con una vuelta de tu collar (Ct 4,9)

La segunda exhortación del padre se dirige al extremo opuesto del cuerpo, a los pies, siempre inquietos en la juventud, exhortando a que no entren en la senda de los necios (cf. 1,15). Pero las palabras paternas no solo pretenden quedarse en los pies ni en la cabeza. Quieren calar hondo, quieren llegar al corazón:



Hijo mío, si aceptas mis palabras

y conservas mis mandatos,

escuchando a la sabiduría

e inclinando tu corazón a la prudencia;

si la procuras como el dinero

y la buscas como un tesoro,

entonces comprenderás el respeto del Señor

y alcanzarás el conocimiento de Dios (Pr 2,1-5)

La intimidad y la humildad expresadas en la escucha y en la inclinación del corazón tienen ahora un parangón sorprendente, la codicia. Se le pide al joven que sea codicioso, tal como si fuera a por grandes riquezas; una propuesta atrevida y ambiciosa12. No en vano, de todos los órganos mencionados en los textos citados de Pr (cabeza, cuello, pies, [oído]) es el corazón el más cercano al sustantivo tesoro, que resulta ser la comprensión del temor del Señor y el conocimiento de Dios mismo (Pr 2,5). Es una experiencia que recuerda lo que Dios anunció a Ciro a través de Isaías: te daré tesoros ocultos, caudales escondidos. Así sabrás que yo soy el Señor (Is 45,3)13. Esta ha de ser la dinámica propia de lo expresado como la inclinación del corazón al Señor (natah + lēb / lebab), que significa adherirse a alguien; ponerse de su parte (cf. Jue 9,3). En general, aparece en plegarias, o bien en la manifestación de un compromiso con Dios. Así ora Salomón: “Que incline hacia él nuestro corazón” (1Re 8,58)14; el salmista: “Inclina mi corazón hacia tus preceptos/ y no a ganancias injustas” (Sl 119, 36); “inclino mi corazón a cumplir tus normas/que son mi recompensa eterna” (v. 112); “No dejes que mi corazón se incline al mal” (141,4). Como lo expresa Pr 2,9, es un ejercicio que tiene una marcada connotación relacional y nada de intimismo alienante:



Entonces comprenderás la justicia y el derecho,

la rectitud y toda conducta buena,

porque entrará en tu corazón la sabiduría

y sentirás gusto en el saber (Pr 2,9-10)

Tampoco es una invención de los tiempos del autor de Proverbios, sino que sumerge al pupilo en la auténtica tradición de Israel:



Hijo mío no olvides mi instrucción,

conserva en tu corazón mis preceptos15,

porque te darán muchos días,

y años de vida, y prosperidad;

que no te abandonen bondad y lealtad,

cuélgatelas al cuello,

escríbelas en la tablilla del corazón (Pr 3,1-3)

Es una tradición de la que estar orgulloso, no hay que olvidar el contexto cultural de la obra y su propósito de presentar a las nuevas generaciones un rico patrimonio:



Guarda, hijo mío, los consejos de tu padre

Y no rechaces la instrucción de tu madre

Llévalos siempre atados al corazón

y cuélgatelos al cuello (6,21)

Evidentemente, son palabras que están al centro de toda una época de crisis y reforma de Israel, como las que contiene el Deuteronomio:



Métanse estas palabras mías en el corazón y en el alma, átenlas a la muñeca como un signo, pónganlas de señal en su frente, enséñenlas a sus hijos, háblenles de ellas estando en casa y yendo de camino, acostado y levantado, escríbelas en las jambas de tu casa y en tus portales, para que dures y duren tus hijos en la tierra que el Señor juró dar a tus padres, cuanto dure el cielo sobre la tierra (Dt 11,18-21; cf. 4,1-10; 6,6-8; 30,16-20).

El salmista lleva a la oración esta tarea:



Guardo en el corazón tu promesa

Para no pecar contra ti

¡Bendito eres, Señor!

Enséñame tus normas (…)

Enséñame a cumplir tu voluntad

y a observarla de todo corazón (Sal 119,11.34)

Pero de los textos citados, vale detenerse en una expresión apenas mencionada: la tabla del corazón. Solo aparece en Proverbios (Pr 3,1; 7,3) y en Jeremías, si bien en contextos diversos. En Pr es parte de la propuesta confiada en la capacidad humana de acoger la enseñanza divina; en el profeta, en cambio, la tabla del corazón es la evidencia acusatoria del pecado de las gentes de Judá, grabado en la tabla de sus corazones (Jr 17,1). Sin mayor dificultad la tabla del corazón evoca aquellas de piedra que Dios entregó a Moisés (cf. Ex 24,12; 31,18; Dt 9,10)16, la tablas de la alianza (Dt 9,9), o de los diez mandamientos (Dt 4,13), o como lo dice la versión armonizadora, las que contienen las palabras de la alianza, los diez mandamientos (Ex 34,28).

Fuera del Pentateuco, la tabla aparece en algunos profetas, siempre en boca de Dios para el lugar donde escribir la rebeldía de quienes no le obedecen (cf. Is 30,8; Jr 17,1); también es lugar donde escribir un oráculo (cf. Hab 2,2). El sustantivo tabla está, en general, relacionado con el conocimiento de los propósitos de Dios para su pueblo17. San Pablo, anima a los de Corinto a que demuestren ser carta de Cristo, expedida por nosotros, no con tinta, sino con el Espíritu del Dios vivo, no en losas de piedra, sino en corazones de carne (2Cor 3,3).

El corazón por lo tanto queda invitado a acoger activamente – escríbelas – la enseñanza divina. Una visión optimista que reconoce al ser humano la capacidad de asimilar los preceptos divinos y, más aún, la bondad y lealtad (hesed y ’emet) de Dios mismo (cf. Ex 34,6)18. Diferente la visión de Jeremías. Para él, Dios adquiere el protagonismo: Meteré mi Ley en su pecho, la escribiré en su corazón, yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo.(Jr 31,33; cf. Heb 10,16). Como sea, Pr entiende que lo aprendido hay que lucirlo para mostrarlo, para testimoniarlo. Significa adueñarse de actitudes que capacitan para el señoreo de la propia vida. Hablando del rey pudiera entenderse que Pr exalta, no la institución monárquica, sino la responsabilidad en el gobierno de la propia vida:



Bondad y lealtad guardan al rey,

La bondad asegura su trono (Pr 20,28)

Con la misma intención, Pr afirma: Corazón del rey, una acequia en manos de Dios (21,1). La mención del corazón expresa así lo indispensable que resulta la aceptación profunda de lo propuesto, de manera tal que sea paradigma constante para el hijo-discípulo. Claramente, la insistencia en la adhesión a lo transmitido responde al decálogo: Honra a tu padre y a tu madre para que se prolonguen tus días en la tierra que el Señor, tu Dios, te da (Ex 20,12; cf. Pr 3,3; 4,10)19. Únicamente el necio es quien desprecia la enseñanza de un padre (cf. Pr 15,5), mientras que para el hijo-discípulo esta llega a ser paradigma vital:



Confía en el Señor de todo corazón20

Y no te fíes de tu propia inteligencia (Pr 3,5)

Significa reconocer la limitación y abrir la vida a quien conoce bien el corazón humano: Así como el infierno y el abismo están abiertos para Dios, ¡cuánto más el corazón humano! (Pr 15,11). Dios lo examina (bāhan), lo escruta, lo prueba de una manera tal que lo purifica, como el fuego a los metales preciosos (17,3)21. El corazón del hombre tiene planes, pero Dios la última palabra (Pr 16,1.9; 19,21). Por eso, el individuo es llamado a abrirse, a mantenerse en una perseverante y vivificante disposición:



Hijo mío, atiende a mis palabras,

presta oído a mis consejos:

que no se aparten de tus ojos,

guárdalos dentro del corazón;

por encima de todo22, conserva tu corazón23

porque de él brota la vida (4,20-21.23)

De él brota la vida, afirmación que recuerda la denuncia de Dios en Jeremías: me abandonaron a mí, fuente de aguas vivas (Jr 2,13), o la propuesta de Jesús a la samaritana. Pero más allá de un rigorismo legal, la aceptación de estos preceptos queda vinculada y precedida por una experiencia amorosa: Amarás al Señor tu Dios, conservarás sus consignas, sus decretos y preceptos mientras te dure la vida (Dt 11,1). La misma propuesta se la apropia Jesús, invirtiendo los términos en la enseñanza a sus discípulos: Quien conserva y guarda mis mandamientos, ese sí que me ama. A quien me ama lo amará mi Padre, lo amaré yo y me manifestaré a él (Jn 14,21).

Resulta significativo que al final de Pr aparece la figura de un varón –¿el joven de los primeros capítulos?– pero convertido ya en un maduro y respetable personaje dichosamente casado con una mujer descrita como ideal de sabia; en ella confía su corazón (cf. Pr 31,11). No habiéndose hablado de la mujer como hija-discípula, sorprende que ella encarne ahora todo lo que pareciera desearse del varón, tan largamente instruido. Tal vez sea la enseñanza final de Pr sobre el corazón: debe aprender a salir de sí mismo.

Al respecto, cabe recordar todo el dinamismo que el Dt espera del corazón humano en relación a Dios, a quien debe:

Dt 4,29: buscar (daraš) con todo el corazón

6,5: amar (’ahab) con todo el corazón

10,12: servir con todo el corazón

26,16: observar y realizar sus mandatos con todo el corazón

30,2: escuchar con todo el corazón

30,6: (circuncidará el corazón para) amarlo con todo el corazón

30,10: volver a Él con todo el corazón

Se trata de una propuesta que compromete a la persona en un dinamismo que pareciera no concluir, un constante proceso de conversión. A la vez que propuesta, no deja de ser punto de referencia para verificar hacia dónde se encamina el individuo24.

Desde los Evangelios


Los evangelistas no pasaron por alto el corazón (kardía). Algunos de ellos tienen nombre propio: el de Jesús (Mt 11,29), el de María (Lc 2,19.51) y el de Judas (Jn 13,2). El Evangelio según Marcos muestra en la mayoría de los lugares donde aparece el corazón (término que emplea en dieciséis ocasiones) una actitud reticente al anuncio de Jesús: así, el corazón de los escribas (Mc 2,6.8; 7,6); el de los fariseos (3,5; 7,6), e incluso el de los discípulos (6,52; 8,17). De manera genérica, rescata el corazón como criterio ante el discernimiento de lo puro o impuro (7,19.21) y también como actitud de fe sólida (11,23). Mc concluyendo el tema del corazón presentándolo como punto de encuentro de la tradición de Israel con la novedad del anuncio de Jesús:

(…) y tú amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu espíritu y con todas tus fuerzas (…). El escriba le dijo: Muy bien, Maestro, tienes razón (12,30)

En la obra de Mateo, con once veces el sustantivo corazón, los primeros usos del mismo quedan en boca de Jesús, iniciando con un macarismo: dichosos los puros de corazón, porque ellos verán a Dios (Mt 5,8). Posteriormente, comentando la importancia de la Ley, presenta la capacidad de pecar que tiene el corazón por sus deseos (cf. 5,28). De una manera que recuerda la cercanía en Pr del corazón al tesoro, Jesús sintetiza con claridad: donde está tu corazón, allí tu tesoro (Mt 6,21). Las restantes menciones del término están vinculados por lo general a grupos concretos, como los escribas, que albergan malos pensamientos (cf. 9,4); hablando en relación a los fariseos: la boca habla de la abundancia del corazón (12,34; 15,18.19); del pueblo, para hablar de la dureza del corazón que tienen (13,15; cf. Is 6,9-10). Solo el corazón de Jesús queda como modelo, como escuela: aprendan de mí, que soy paciente y humilde de corazón (11,29). Los dos últimos casos25, hablan del amor de Dios y del amor al prójimo (18,35; 22,37).

Lucas, por su parte, con veintidós casos, inicia hablando del corazón asociándolo a la conversión: la vuelta de los corazones de los padres a los hijos, recortando la cita de Mal 4,6. Un camino que señala novedad. Como segundo corazón, con nombre propio, aparece el de María (Lc 2,19.51), que atesora estas cosas. Al igual que Mt, Lucas reivindica la tarea central del corazón: amar a Dios y al prójimo (Lc 10,27). Denuncia corazones lentos para entender lo dicho por los profetas (24,25); solo la cercanía de la palabra de Jesús logra que reaccionen (24,32). Mt concluye el empleo de corazón cuestionando a los discípulos sobre las dudas que albergan en sus corazones ante su resurrección (24,38).

Juan, por último, reserva las siete veces que utiliza corazón a partir del capítulo 12, al final del llamado libro de los signos, a modo de sumario, antes de iniciar el libro de la gloria. En primer lugar habla de la ceguera y el embotamiento de corazón de quienes no han creído en Jesús (cf. Jn 12,40). Menciona un corazón propio, el de Judas (13,2). Con los discursos de despedida, Jesús habla del corazón que da a sus discípulos en la inmediatez de su muerte, de modo que no se turben ni tengan miedo (14,1.27). Si bien son palabras que angustian sus corazones, será la alegría perenne la que arraigue para siempre en ellos (16,6.22).


Conclusión


El breve recorrido realizado por los textos abordados, permite afirmar que el tema del corazón aparece asociado en la Biblia a la necesidad de cambios radicales de actitudes y comportamientos. Se trata de momentos decisivos donde en muchos casos la relación con Dios se dificulta y la vida misma peligra. Es la iniciativa divina, también desde su corazón, la que marca pauta para abrir nuevas perspectivas, incluso porque su propio corazón cambia para suscitar intensos procesos de revisión, de corrección y a la vez de esperanza, tanto a nivel individual como colectivo.

La presencia del corazón indica pues que algo nuevo está por acontecer; evidencia que hay que reaccionar ante conductas y relaciones deterioradas. Hablar del corazón en las Escrituras es hablar de novedad, de reforma, de renovación; es provocación para comprometerse siempre más en el plan de vida de Dios.



Al identificar los Evangelios con nombre propio algunos corazones, puede afirmarse, por último, que los evangelistas dejan la base sólida de toda theologia cordis. Cada uno de los corazones identificados con nombre propio por algunos de los evangelistas, en particular el de María y el de Judas, sintetiza el alcance de la vida que se expone a Dios y se deja seducir – o no – por Él. Como lo presentaba Moisés a los israelitas en el desierto, se trata de dos caminos: el de la vida y el de la muerte (cf. Dt 30,15). Un corazón para la vida, como aquel de María que atesora la Palabra y acompaña a la comunidad que nace, o un corazón para la muerte, como el de Judas, que desencantado se pierde en la noche abandonando a aquel que mostrará para siempre su corazón abierto.


1 Cueva El Pindal, Asturias (España). Sobre este dato, cf. Godwin, G., El corazón. Itinerarios por sus mitos y significados, Madrid 2004, 39 (traducción de I. Belaustegui Trías del original: Heart, a personal journey through its myths and meanings, New York 2001).

2 Desde la óptica profética, Jeremías denuncia esta situación: Jerusalén, lava tu corazón de maldades para salvarte, ¿hasta cuándo anidarán en tu corazón propósitos perversos? (Jr 4,14).

3 Rm 1,28-31; 3,9-19; del corazón humano sale lo malo: Mt 15,19; Mc 7,21-23; Ef 2,1-3; Tit 3,3.

4 Igual arrepentimiento muestra Dios en diferentes ocasiones, por ejemplo retirando su favor: a Saúl como rey (1Sm 15,11.35); contra Jerusalén (cf. Jr 15,6). De todos modos, Dios puede revocar este sentimiento con sentido favorable: cf. Ex 32,14 (intercesión de Moisés); Dt 32,36; Jue 2,18; 2Sm 24,16b (intercesión de David); Jr 16,23; Jl 2,13; Am 7,3.6; Jon 3,10; 4,2; Sal 106,45.

5 Así como el verbo «cancelar» (māhāh) tiene aquí como objeto a los vivientes, se dice también de la culpa y la trasgresión que Dios cancela (cf. Sal 51,1.3; Is 43,25; 44,22).

6 Otras traducciones posibles de corazón dolido (Gn 6,6) pueden ser: corazón apesadumbrado, apenado, herido, e incluso contrariado o enfadado.

7 Cf. Frevel, C. – Wischmeyer, O., Che cos’è l’uomo, Prospettive dell’Antico e del Nuovo Testamento, I temi della Bibbia 11, Bologna 2006, 40-47 (traducción de Marinconz, L., del original Menschsein, Perspektiven des Alten und Neuen Testaments, Die Neue Echter Bibel, Themen 11, Würzburg 2003); Sorg, Th., «kardía (corazón)», en Coenen, L. – Beyreuther, E. – Bietenhard, H., Diccionario Teológico del Nuevo Testamento I, Salamanca 1980, 339-341; Tessarolo scj, A., «El simbolismo cristiano de la palabra “corazón”: Estudio Bíblico», Dehoniana 75 (1989/1) 7-22.

8 En Pr el sustantivo lēb 97x; lēbāb 2x; en Gn: lēb 13x; lēbāb 3x; en Ex: lēb 47x; lēbāb 1x; en Dt: lēb 4x; lēbāb 49x. Más que Pr solo el libro de los Salmos: lēb 101x; lēbāb 35x.

9 Cf. Sandoval, T.J., «Revisiting the prologue of Proverbs», Journal of Biblical Literature 126 (2007) 455-473.

10 Morla Asensio, V., Libros sapienciales y otros escritos, Introducción al estudio de la Biblia V, Estella 1994, 20003, 109-141.

11 Sobre el padre-educador y el hijo-discípulo, cf. Alden, R.L., A commentary on an ancient book of timeless advice, Grand Rapids 1983, 35-44; Estes, D.J., Hear, my son: teaching and learning in Proverbs 1–9, Cambridge 1997, 31-66.

12 Proverbios propone este anhelo interesado en el sentimiento intenso que suscita la codicia, pero deja bien claro que la mejor riqueza la da la sabiduría (cf. Pr 8,10; 16,16).

13 ¿No pudiera entenderse la afirmación de Isaías tú eres un Dios escondido como la declaración de que Dios mismo es el tesoro apenas anunciado? (cf. 45,15).

14 Por no mantener su corazón inclinado al Señor, Salomón será objeto de la ira divina (cf. 1Re 11,9).

15 En el AT “mi enseñanza” (tôratî) es solo para la enseñanza del Señor. Conservarla es un criterio para identificar a quienes buscan al Señor (cf. Is 51,7); el error es olvidarla o ignorarla (cf. Jr 9,12; 16,11; Ez 22,26; Os 8,1.12). Dios está decidido a escribirla en el corazón (cf. Jr 31,33).

16 Tablas que Moisés mismo destruyó, y serán nuevamente rehechas (cf. Ex 34,1; Ex 32,19; Dt 9,17).

17 En otros contextos, la tabla es elemento ornamental para los muebles del santuario, como el altar de los holocaustos (cf. Ex 27,8), o del templo (cf. 1Re 7,36). También sirve para defensa, como lo expresan los hermanos del Cantar, preocupados por su hermana: si (es) puerta, la cerraremos con tabla de cedro (Ct 8,9).

18 Ambos términos juntos, dicho de Dios, también en 2Sm 2,6; 15,20; Sl 25,10; 61,7; 85,11; 86,15; 89,15.

19 Sobre el tema del alargamiento de los días en el AT, cf. Suárez Codorníu, C.L., Construyendo la vida. La raíz ‘rk en el Antiguo Testamento, Roma 2002, 38-113 (tesis doctoral, no publicada).

20 Cf. Sl 28,7: en Él confía mi corazón; Cf. 37,3, confía en el Señor; 84,12; 112,7; 115,9;

21 Con el mismo verbo bāhan, cf. Jr 6,27; 9,7; 17,10; 11,20; 12,3; 20,12; Ez 22,20-22; Mal 3,2-3; 3,15; Jb 7,18; 23,10; Sl 7,10; 11,4.5; 81,7. En ocasiones es el pueblo quien testa a Dios, cf. Sl 95,9; 139,23; Mal 3,10.

22 En este contexto, el sustantivo mišmār, indica la vigilancia, cautela o precaución que requiere una situación que puede entrañar peligro. Entre los libros del AT, donde más empleo tiene es en Nehemías, ambientado en la reconstrucción de Jerusalén, donde diversos peligros amenazan esta tarea. En Pr puede literalmente traducirse: De entre toda cautela / vigilancia / precaución [a tomar] (…).

23 Con el mismo verbo conservar, que aquí tiene por objeto el corazón, Pr invita a la custodia de otros elementos: el camino de la justicia (Pr 2,8); los mandamientos transmitidos por el padre (3,1; 6,20); el tino y la reflexión (3,21); el conocimiento (5,2); la boca (13,3); el propio camino (16,17); la tôrâ (28,7). También se presentan como custodios: la inteligencia (2,11); la sabiduría (4,6); la justicia (13,6); la bondad y lealtad (20,28); los ojos del Señor (22,12); el que conoce [Dios mismo] (23,26).

24 A través de la calificación del corazón, Pr recoge muchas actitudes humanas, cf. Pr 6,32; 7,7; 9,4: el falto de corazón (hǎsar-lēb); 10,20: el corazón malvado (lēb rešā‘îm); 11,20: el corazón retorcido (‘iqqšê-lēb); 12,20: el corazón que maquina el mal (lēb hōreš); el corazón arrogante (kol-gebah-lēb); etc.

25 En Mt 24,48 el corazón tiene un sentido reflexivo: se decía en su interior.



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