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Aliento de carnaval


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Aliento de carnaval
En Carnaval la tristeza se pone a bailar. Colarse en las comparsas coqueteando a los señores que mejor se disfrazan con telas más finas y vistosas, es una actividad en la que compiten los niños del barrio Dolores. El carnaval no tiene reglas. Detrás de la tradición popular se permiten caricias camufladas entre cumbias, porros, mapalés, gaitas, chandés, puyas y fandangos. Cuando cae la noche los niños pobres de Barranquilla consiguen el dinero con el único medio productivo que tienen: Su cuerpo

El Carnaval es la fiesta popular más importante de Barranquilla, la más alegre, la más libertaria, donde todos son protagonistas.  Detrás de los disfraces de monocucos y congos, minifaldas y maquillajes, se esconden hombres con historias y personalidades diversas; quienes en esta época de alegría descubren sus mas perversos instintos. Nicolás Esguerra, el hijo menor de Joselito, con tan solo doce años, sabía que en este escenario de fiesta, con la excusa de la alegría y el alcohol, afloran las debilidades humanas y surge para él la oportunidad de negocios.



Nicolás accedió a participar en los juegos íntimos propuestos por Rodrigo Lacoutire Santodomingo. El dinero ganado lo perdió horas después, jugando dominó cerca de su casa. Esa noche, Joselito regresó temprano al rancho, menos ebrio que de costumbre. Su espíritu ansioso requería el dinero que siempre encontraba en los bolsillos de los pantalones de su hijo Nicolás durante el carnaval. La ira de Joselito fue inmensa al no obtener del dinero. Las carcajadas y alegría caribe derrochada por Joselito mamando ron con extraños horas antes, fue diferente al nivel de agresividad, golpes y violencia de la noche.
Después de la paliza, Nicolás salio a la calle. Intentaba escapar de su tristeza. La penumbra cubrió a los niños que jugaban sus cotidianas tragedias de miseria en las calles polvorientas del humilde barrio popular Dolores. La bulla musical salía con estridencia de cada casa del vecindario. Nicolás daba lentos golpes de agonía en la tabla de madera del ataúd que Joselito estaba preparando para el cierre del último día de carnaval. Nicolás tenía los parpados hinchados. La golpiza que le prodigo su padre fue inhumana. El dolor del alma de Nicolás fue inmenso. La sensación de soledad apago su vida. El chico estaba reventado por dentro. Nicolás permaneció durante varias horas sin vida, tumbado sobre la calle polvorienta, abrazado al ataúd en medio del asombro de los vecinos del barrio. Nicolás fue un niño alegre. Inquieto. Sabía bailar con gracia y le gustaba el dinero que obtenía durante el carnaval.
Acelerado por el licor Joselito arreglo el cadáver de su hijo dentro del ataúd. Joselito pensó que esta tragedia podría despertar lastima y compasión de los miembros de las comparsas, ganar popularidad y ganar dinero. Llevó el cuerpo sin vida de su hijo a pedir limosna en el féretro de parranda. La multitud llena de su fiestero espíritu caribe, nunca lo notó. En tiempo de merecumbe se fue el último aliento de Nicolás. Con soledad en medio de la multitud del carnaval
Luís Fernando Cárdenas Buitrago Marzo 12/2010


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