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Algunas notas sobre la revista


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ALGUNAS NOTAS SOBRE LA REVISTA RUMBOS …




ALGUNAS NOTAS SOBRE LA REVISTA RUMBOS (1935-1936) Y SU NÓMINA DE COLABORADORES
Pablo Rojas.

Diplomado en Magisterio. Licenciado en Filología Española.

Profesor de E. S. IESAlonso de Orozco, Oropesa (Toledo)..

Correo electrónico: atifles@terra.es



RESUMEN

El presente artículo analiza el significado de la revista cultural Rumbos que se publicó en Talavera de la Reina (Toledo) entre 1935 y 1936 y que estuvo dirigida por el escultor Víctor González Gil. En ella colaboró Miguel Hernández y se produjo el debú como poeta de Rafael Morales. A su lado participan una serie de escritores (José Félix Tapia, José Sanz y Díaz, Rafael Láinez Alcalá, Emilio Niveiro, etc) que alcanzarán cierta relevancia en la España de la posguerra.


Palabras clave:

Rumbos, Miguel Hernández, Rafael Morales, prensa cultural en la Segunda República.
ABSTRACT
This article analyses the significance of the cultural magazine Rumbos which was published in Talavera de la Reina (Toledo) between 1935 and 1936 and which was directed by the sculptor Víctor González Gil. Miguel Hernández collaborated on it and Rafael Morales published there his first poem. Next to them appear some writers (José Félix Tapia, José Sanz y Díaz, Rafael Láinez Alcalá, Emilio Niveiro, etc) that will achieve some relevance in the Spanish context of the post-war.
Key words:

Rumbos, Miguel Hernández, Rafael Morales, cultural press during Second Republic

I.- INTRODUCCION

Los años anteriores al estallido de la Guerra Civil fueron, pese a las convulsiones sociales y políticas, muy fértiles en el campo de la cultura. A lo largo de las primeras décadas del siglo XX aparecen infinidad de revistas y periódicos que dan testimonio de ese ímpetu creador. Los periódicos eran en muchas ocasiones meros vehículos de presión política que progresistas y conservadores utilizaban en su provecho, con el fin de atraer al grueso de la sociedad hacia sus posiciones. Sin embargo, no todo era propaganda, también se daba espacio a la actualidad cultural o a la participación de poetas, dramaturgos o novelistas que, asiduamente, colaboraban en sus páginas. Es cierto que esos textos de creación o la visión que los cronistas tenían de la actualidad artística no disonaban en exceso de la línea editorial marcada. En el caso de las revistas es menor el peso ejercido por la política, aunque no debe obviarse que la mayoría de ellas partían también de unos presupuestos ideológicos evidentes, en este caso de cariz artístico. Las revistas españolas nacidas entre 1900 y 1939 son de este modo fiel reflejo de las modas o corrientes expresivas dominantes y que vendrían a ser, en síntesis, el modernismo (incluido el 98), el ultraísmo, el 27 y el compromiso. De las primeras pueden ser buen ejemplo las patrocinadas por Juan Ramón Jiménez como Helios, o Renacimiento, dirigida por Gregorio Martínez Sierra. Del ultraísmo habría que mencionar a las dos Vltra, Gran Guignol, Grecia o Tableros. El veintisiete fue extremadamente generoso en sus manifestaciones artísticas que además se prodigaron por toda la geografía nacional, lo cual hace la mención de sus logros prácticamente inabarcable (Verso y Prosa, Papel de Aleluyas, Carmen, Mediodía, Litoral, etc). En la línea comprometida habría que situar a las precursoras Octubre y Nueva España, una en cada extremo ideológico, que no tardarán en constituirse en fermento de un nutrido grupo de publicaciones de tendencia radical nacidas con la guerra del 36. De toda esa marabunta merece la pena entresacar El Mono Azul u Hora de España, tal vez los frutos más interesantes del período en que se gestan..

Muchas de estas publicaciones han sido objeto de recensión y estudio, también la época en su conjunto ha conocido pormenorizados análisis (MOLINA, 1990). La revista que hoy pretendemos rescatar no ha gozado sin embargo de excesiva atención crítica pues la mayoría de catálogos y estudios dedicados al tema la obvian. Por poner un ejemplo, Juan Manuel Bonet (1995, 593) en su indispensable Diccionario de las vanguardias en España apenas da cuenta de ella, aunque, para ser justos, es cierto que atina de pleno al resaltar algunos hechos relevantes: “(…) en [Rumbos] colaboró Miguel Hernández y dio sus primeros pasos literarios Rafael Morales [(…])”. De ella se ha ocupado someramente Isidro Sánchez Sánchez (1990, 44-46) en su monografía dedicada a la prensa talaverana de los siglos XIX y comienzos del XX, y, recientemente, Julio Fernández-Sanguino (2007) ha analizado, en un interesante artículo, su evolución, deteniéndose de modo especial en su segunda época, menos interesante desde nuestro punto de vista, pues se disipa en ella en gran medida el inicial ascendente cultural.

Este artículo pretende centrarse así en su primera época, en la que participan diversos escritores en sazón, con poemas y textos primerizos, que, sin embargo, a no tardar, alcanzarán cierta significación en la literatura española de posguerra. Resulta pertinente también enlazar la revista con otras que por entonces se publican en España, o comentar las relaciones de amistad que unen a varios colaboradores con Miguel Hernández (que en el segundo número publica su poema “Pastora de mis besos”). También hablar de la relación que Víctor González Gil mantiene con los círculos literarios madrileños, en especial con Ramón Gómez de la Serna y su tertulia de Pombo, pues allí encontrará el escultor un rico caladero de colaboraciones. Finalmente, aprovechando que en Rumbos aparece el primer poema publicado por Rafael Morales nos parece adecuado decir alguna palabra sobre la “prehistoria” poética del autor de Poemas del toro. Éstos son en síntesis los propósitos del presente trabajo.

II.- RUMBOS Y SU CIRCUNSTANCIA

El día 15 de mayo de 1935 aparece en Talavera de la Reina (Toledo) el primer número de Rumbos, una revista que ya en la misma portada advierte de sus propósitos:

Toda revista literaria nueva, que aparezca en España, ha de tener este lema: Son muchos los que saben muy poco o nada de la literatura.- Impregnar al público de las más puras esencias literarias, sin remilgos de minorías, sino con un sano y fuerte criterio de ganar un campo cada vez mayor para la literatura, debe ser la finalidad de una Revista joven del siglo XX.- Y este es el RUMBO que nos proponemos.1

La revista, como vemos, se proclama de tipo “literario” y se marca nada más comenzar un objetivo de orden pedagógico: educar al “público” en temas culturales. Al contrario de lo promulgado por Juan Ramón Jiménez, -dirigirse “a la inmensa minoría”-, la publicación busca un público amplio. A tal fin, y como es signo de los tiempos, una vez ha pasado el sarpullido totalizador de las vanguardias, la revista nace con ánimo abarcador, sin poner vetos creativos a quienes en ella participan. Por eso al lado de textos con espíritu renovador aparecerán otros mucho más apegados a la tradición. Algo impensable en las exigentes revistas ultraístas de los años 20 pero ahora posible gracias a la llegada de los hombres del 27, para quienes el diálogo con la tradición no era algo disculpable sino incluso perentorio. La revista comparte estos presupuestos y prueba de ello es que en la primera página se insertan dos poemas de Lope de Vega: “Burla vengada” y “A una dama que salió a un balcón cortándose las uñas”; ambos extraídos de Rimas humanas y que, como sucede con otras muchas revistas de la época, sirven de homenaje a un escritor del que en 1934 se cumplía el tercer centenario de su fallecimiento2.

Junto al nombre, la publicación se acompaña del siguiente subtítulo: Revista mensual de las artes y de la vida. Amplía de este modo su campo de acción hacia unos territorios carentes de fronteras –la vida-, lo cual se hará efectivo de modo especial en su segunda época, cuando el componente cultural quede relegado a un mero papel testimonial. En la cabecera aparecen también los nombres del director y del secretario de dirección: el primero es el escultor Víctor González Gil que por esta época estudiaba en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando de Madrid, gracias a una beca que el Ayuntamiento de Talavera le había concedido. Por su parte, Julio del Camino, otro joven talaverano, hacía las veces de secretario. El precio del número suelto, según se detalla en la portada, era de 20 céntimos y su periodicidad, en principio, mensual. En su segunda época pasará a ser quincenal.

Conviene decir algo del nacimiento de Rumbos y para ello lo mejor es recurrir al testimonio de los protagonistas. En 1980, para contestar algunas afirmaciones realizadas por Eladio Martínez Montoya en un artículo previo3, en las que parecía rebajar la significación de Víctor González Gil en la empresa de Rumbos, éste proporciona los siguientes datos:

“Fundé la revista “Rumbos”, conservo la Licencia Fiscal, la Contribución y los recibos de tu imprenta “Ebora”. La organicé con tres menores, Julio del Camino como secretario, administrador y vendedor, con Emilio Niveiro y Rafael Morales. José Nieto no colaboró por no conocernos entonces, sí lo hicieron Antonio Hesse y Corral, liberal terrateniente, con un artículo sobre Fernando de Rojas, y D. Ernesto Díaz con un tema de política [(…])”. (González Gil, 1980)

Además, el director y padre de Rumbos aduce en su favor el testimonio de Emilio Niveiro, quien había participado activamente en la aventura:

[(…]) “el alma de aquella publicación fue nuestro gran amigo y paisano Víctor González y los demás de su equipo. Esa es la verdad que tú conoces mejor que nadie y cada cual lo suyo. Sin Víctor “RUMBOS” no hubiese visto la luz.

[(…]) D. Antonio Hesse Corral, aquel gran talaverano de feliz memoria, nos aval[ó] económicamente. Eso es todo, salvo que, a Dios gracias, la revista pudo mantenerse por sus medios propios e incluso darnos, al fin, un pequeño beneficio que se tradujo en unas cañas de cerveza para los redactores”. (Niveiro, 1980)

Parece claro que el primer y principal impulsor de Rumbos fue Víctor González Gil, quien se encargó de buscar colaboraciones entre sus jóvenes amigos escritores de Talavera, y entre los tertulianos de la botillería de Pombo, a cuya llamada, como tantos otros artistas recién llegados a la capital, no se sustrajo de acudir el incipiente escultor. La tertulia de Ramón Gómez de la Serna era una de las más animadas de la preguerra. De su capacidad de atracción sobre los jóvenes artistas da cuenta el poeta cántabro José de Ciria y Escalante (2003, 125) en un artículo de 1921: “Toda persona que tiene alguna afición literaria y artística, siente una vivísima curiosidad por conocer de cerca la tertulia que en las noches del sábado se forma en el Antiguo café y botillería de Pombo, presidida por Ramón Gómez de la Serna, uno de los más altos y positivos valores de la inte­lectualidad española actual”. A mediados de los años 30 ese poder de irradiación continuaba inalterado en el autor de las Greguerías. Además, el mismo Víctor González Gil se contagia de ramonismo en varios números de Rumbos, al publicar una serie de rápidos pensamientos humorísticos que bautiza como “Retazos” y que tratan de imitar sin ambages, aunque con escasa fortuna, a las greguerías del maestro. Para terminar de perfilar ese espíritu pombiano que envuelve a la revista debe recordarse que José Félix Tapia comenta en el primer número de Rumbos un libro de Ramón Gómez de la Serna, Flor de greguerías, recién aparecido.

Es importante contextualizar la revista dentro del panorama periodístico de la época. Desde el último cuarto del siglo XIX y hasta el estallido de la Guerra Civil se suceden en Talavera un amplio número de semanarios y revistas que, en general, concedían amplio espacio a la actualidad cultural y a la creación artística. Periódicos y revistas como Vida Nueva, Heraldo de Talavera o El Castellano, alcanzan unas altas cotas de calidad y cuentan con colaboradores de cierto prestigio como pudiera ser el poeta y periodista local Ernesto López-Parra, quien por entonces escribía regularmente en la prensa nacional. Otros muchos aficionados a las letras enriquecían con sus dignísimas contribuciones el acabado final de las publicaciones. Entre otros, cabe hacer mención de Pedro Jiménez de Castro, Carlos Ballester, José María Portalés o Julio Fernández-Sanguino. Talavera, en suma, conoce una especie de renacimiento cultural que, sin duda, contribuye a la aparición de Rumbos. Su núcleo dirigente pertenece sin embargo a una nueva generación: Rafael Morales y Emilio Niveiro nacen en 1919, Víctor González Gil en 1912, es decir, cuando aparece el primer número algunos no tienen todavía siquiera 18 años. Es por ello que tenga que ser el empresario Antonio Hesse quien les avale. Si rico era el panorama cultural de Talavera en la década de los 30, algo similar ocurría en el resto de España. Las revistas de corte literario proliferaban por todo el país. No hay ciudad grande ni mediana que no cuente con una de ellas. En 1935, año de nacimiento de Rumbos, se editan por la geografía española Azor en Barcelona, Gaceta de arte en Santa Cruz de Tenerife, Cruz y raya en Madrid, Ágora en Albacete, Atalaya en Navarra, El gallo crisis en Orihuela, Hojas de poesía en Sevilla, …. La mayoría de ellas antepone los fines culturales a los políticos, si bien es cierto que, coincidiendo con la dictadura de Primo de Rivera y la proclamación de la Segunda República, comienzan a aflorar revistas de perfil más extremista. Así lo resalta Andrés Soria Olmedo (1988, 162) al hablar de Revista de Occidente: “[(…]) a partir de los años treinta, la revista debe ceder parte de su hegemonía a otras fuerzas intelectuales, agrupadas en formaciones propias cuyos distintivos ideológicos aparecen sin disfraz: cierto cristianismo en Cruz y raya, la izquierda comunista en Octubre, el fascismo español en La conquista del Estado”. Ante esta tesitura de fuertes combates ideológicos la revista talaverana opta por la neutralidad. En el nº 2 (15 de junio de 1935), por si cabían dudas, se advierte de que Rumbos no pretendía “herir susceptibilidades” de nadie dado su “matiz apolítico” (p. 11). Años después, Emilio Niveiro (1968) abunda en estos mismos argumentos:

“Rumbos” fue una revista literaria talaverana; exclusivamente literaria y de publicación quincenal. Parece absurdo, pero en nuestras manos se sostuvo inmarchita, igual que un tallo fresco, sin hablar de politiquerías ni hacer concesiones facilonas al color local”.4

En la revista apenas hay asomo de controversia política, pese a colaborar en ella dos importantes políticos locales de la época: Felipe Ernesto Díaz y Antonio Hesse Corral. Ambos se suceden al frente de la alcaldía talaverana entre junio de 1932 y febrero de 1936. El primero fue el candidato más votado en las elecciones municipales de abril de 1931. Se presentó por Acción Republicana, el partido fundado por Manuel Azaña. Paradójicamente llegó a la alcaldía de Talavera en junio de 1932 apoyado por monárquicos y liberales. El aspecto más destacado de su labor como alcalde tuvo que ver con algo muy presente en las páginas de Rumbos: la construcción de canales de riego aprovechando el curso del río Alberche. Antonio Hesse, concejal de ideología liberal, le secundó en la empresa y cuando en abril de 1933 obtuvo la alcaldía, tras haber dimitido Ernesto Díaz, continuó la labor de su predecesor (DÍAZ, 1996, 96-124). Ernesto Díaz, tío de Emilio Niveiro, será el director de la segunda época de Rumbos, en la cual la publicación se centrará de modo prácticamente monográfico en el asunto de los canales del Alberche.

Pese a todo sí parece que en el seno dirigente de la revista hubo ciertas tensiones, debidas probablemente, como apunta Fernández-Sanguino (2001, 238), al ambiente de confrontación reinante, y ante ellas el director hubo de adoptar medidas extremas. En el número 4 (15 de agosto de 1935) Julio del Camino, que hasta entonces ejercía de secretario, fue destituido de su cargo. En la portada aparece un recuadro con dos textos: el segundo es la noticia de la expulsión del secretario y en el primero, que parece señalarse como la causa del segundo, se apunta lo siguiente:

“Esta revista no pertenece a partido político alguno, porque es entera y dispuesta a crecer, si nosotros los talaveranos que sentimos nuestra Historia y crecimiento, ayudamos, sin tener en cuenta partidismos y pequeñeces que nos rodean”.

Lo cierto es que tales tensiones no se dejan entrever en los números aparecidos. Los artículos de Julio del Camino no eran nada revolucionarios, al contrario, como señala Emilio Niveiro (1968), si de algo pecaban era por estar pasados por completo de moda: “Julio del Camino. Temperamento post-romántico, ingenuo, fecundo y exaltado, las prosas de Julio eran densas, tumultuosas y… tardías. Con setenta y cinco años de retraso”. Es verdad que Julio del Camino, de ideología socialista, tomará partido por la República cuando se produzca el levantamiento de Franco y publicará algún artículo en El Mono Azul5, en tanto que Emilio Niveiro se aliará con el bando vencedor una vez finaliza la contienda, no sin antes dar muestra de cierta vacilación ideológica o de adaptación a las circunstancias cuando, recién producido el levantamiento, firma, en compañía de Del Camino, un manifiesto a favor de la República6. Pasados los años, y en un testimonio que nos atreveríamos a poner en cuarentena por estar contaminado por sucesos posteriores, Víctor González Gil apunta a Ángel Ballesteros (2006, 277) el móvil político como causante de la crisis que conoce la revista y que da como resultado la expulsión de julio:


“En septiembre de 1935 decido dejar la publicación, Caminos [sic] quería la dejara al socialismo, Niveiro me lo pedía para falange, y al fin decidí que lo siguieran los Alcaldes de Talavera, Antonio Hesse y Corral, y Ernesto Díaz, a la política de la Reforma Agraria y el Canal del Alberche [(…])”7.

Salvadas estas vicisitudes la revista publica todavía un número más: el quinto (15 de septiembre de 1935). En él, tras presumir de independencia, Víctor González Gil se despide de la dirección, sin hacerse responsable de la orientación que en el futuro la revista pudiera tomar: “Esta revista [(…]) se despide de esta partida de sus vacaciones de verano, cediendo la revista a sus colaboradores y como es natural, no respondiendo de su encauzamiento futuro” 8.9 La primera etapa había logrado sobrevivir a lo largo del período que en Talavera va de feria a feria (de la de San Isidro a la de San Mateo) y reaparecerá, tras un largo paréntesis, con la feria siguiente, en mayo de 1936. El director ahora es Felipe Ernesto Díaz y los números que llega a publicar son cuatro: fechados entre el 15 de mayo y el 1 de julio. La periodicidad pasa a ser ahora quincenal.

III.- NÓMINA DE COLABORADORES

Sin duda alguna la participación más importante que acoge la revista es la de Miguel Hernández. Sin embargo, merece la pena prestar atención al resto de colaboradores, entre los cuales no faltan futuros poetas y prosistas que llegarán a alcanzar cierta relevancia en el contexto cultural de la posguerra y que aquí realizan sus primeros pinitos literarios. De entre todos ellos, el más importante será Rafael Morales.

Es muy posible que la colaboración de Miguel Hernández en Rumbos se fraguase en la tertulia de Pombo. Allí coinciden González Gil y Hernández y es donde nace la amistad entre ambos (FLÓREZ, 2006, 24). De hecho, en una carta fechada en Orihuela el 1 de febrero de 1935 (el poema de Hernández en Rumbos se publica el 15 de junio del mismo año), el autor de El rayo que no cesa aprovecha su amistad con el escultor para enviar un saludo a Gómez de la Serna: “Saluda a Ramón en mi nombre si puedes y dile que es el hombre más generoso y más poeta de España y pregúntale de donde ha sacado esa inagotable vena de humor y entusiasmo” (HERNÁNDEZ, 1992b, 2334).

En Rumbos se publica el soneto titulado “Pastora de mis besos” que después pasará a formar parte de El rayo que no cesa. La 1ª edición de este libro se publica en Madrid en la imprenta de Manuel Altolaguirre, dentro de la colección Héroe, en enero de 1936. Entre la versión inicial y la que aparece en el libro hay varias diferencias. A continuación transcribimos el poema tal cual se publica en la primera página del número 2 de Rumbos:

Te me mueres de casta y de sencilla…

Estoy convicto, amor, estoy confeso

de que, raptor intrépido de un beso,

yo te libé la flor de la mejilla.


Yo te libé la flor de la mejilla,

y desde aquél tristísimo suceso,

tu mejilla, de escrúpulo y de peso,

se te cae deshojada y amarilla.


El fantasma del beso delincuente

el pómulo te tiene perseguido,

cada vez más patente, negro y grande.
Y sin dormir, amor, celosamente,

me vigilas la boca ¡con qué cuido!

para que no se vicie y se desmande.
El poema está fechado en Madrid en febrero de 1335 (obviamente se trata de una errata por 1935)10. Es importante observar que data del mismo mes en que Hernández escribe a Víctor González Gil, aunque allí desde Orihuela. En la edición de las obras completas de Miguel Hernández (1992a, 989) se anotan las variantes entre las dos versiones que se sitúan en los versos 6 (“y desde aquella gloria, aquel suceso,”), 12 (“Y sin dormir estás, celosamente,”) y 13 (“vigilando mi boca ¡con qué cuido!”). También se apunta la variante con que el verso 6 se presenta en la edición que hace José María de Cossío de El silbo vulnerado para la colección Austral en 1971: “y desde aquel dulcísimo suceso”. Hay otra variante que tiene que ver con la puntuación en la que no se ha reparado: el primer verso, en su edición de 1936, sustituye los puntos suspensivos por los dos puntos y, por consiguiente, el segundo verso pierde la mayúscula inicial:

Te me mueres de casta y de sencilla:

estoy convicto, amor, estoy confeso

No es una alteración insignificante pues ese primer verso pierde de este modo su inicial aislamiento para conectarse, vía yuxtaposición, con la frase siguiente. En su versión de Rumbos la frase de apertura hacía las veces de título, de guía general para descifrar el sentido global de la composición, incluso podía entenderse como una especie de conclusión anticipada. La utilización de este recurso –el verso inicial desconectado del resto- era muy frecuente en el ultraísmo, y servía para marcar el tono general de la composición, actuando como una especie de director de orquesta que pusiese en alerta a su audiencia en el momento de iniciarse la interpretación. Personalmente nos parece que el poema resulta más inteligible y redondo, en lo que tiene que ver con estos dos versos, en su versión primera.

Es posible que ésta no fuera la única colaboración con la que Hernández pensaba participar en la revista porque en el número 4, en el que, como hemos visto, se producen ciertas convulsiones, su nombre aparece relacionado entre el plantel de colaboradores. Sin embargo, no hay más composiciones del oriolano.

Miguel Hernández entabló amistad con varios colaboradores de Rumbos en los meses turbulentos que preceden al estallido de la guerra civil, en concreto con tres talaveranos: Víctor González Gil, Emilio Niveiro y Rafael Morales. La amistad del primero tuvo su momento de afirmación recién iniciada la posguerra, cuando Miguel Hernández, tras ser detenido en Portugal y pasar varios días en la cárcel de Torrijos en Madrid, fue liberado en mayo de 1939. Víctor González Gil, que en compañía de su esposa ya había proporcionado a Hernández un colchón para hacer menos dolorosa su estancia en presidio, lo alojó, una vez salió en libertad, en su casa de la calle Garcilaso, 10. El escultor ha dejado constancia de estos hechos en varias ocasiones. Por ejemplo, en la siguiente entrevista:

“Ingresa en la cárcel de Torrijos de Madrid. Me envía una nota para que le haga llegar a un poeta de Sevilla, que no recuerdo el nombre. Yo le llevé un colchón a la cárcel. [(…]) Vuelve a salir de la cárcel, como siempre, sin ninguna documentación. Le pusieron en la calle, por exceso de «clientela». [(…]) Se me volvió a presentar a mí porque sus amigos Vicente Aleixandre (por terror) y José María Cossío, no le pudieron ayudar en aquellos trágicos momentos. [(…]) Recibe un aval del cura de Orihuela. Neruda, parece ser que hizo una gestión con el obispo de París, sin resultado. [(…]) Entonces le guardé en mi estudio que tenía en Garcilaso, diez. Allí escribió «La nana» y algunas cancioncillas. Algunas tardes salía a la calle, con mucha entereza, a ver a Josette y Marañón, el pintor. [(…]) Pasó un mes en mi estudio, y un día decidió marchar a Orihuela. Yo le aconsejé que no lo hiciera, pero se empeñó y fue su puntilla.

Antes fue conmigo a la embajada de Chile, pero otros refugiados le aconsejaron no se quedara; entre otros, estaban Arturo Soria y Marañón, desde hacía tres días. Yo insistí en que no hiciera caso y se quedara, y volví con él a la embajada, pero no se atrevió a entrar y volvió a mi casa.

Cansado, nervioso y pensando que no había matado ni denunciado a nadie, partió, en contra mía, a su pueblo, donde le detuvieron el día de su cumpleaños, cuando con su padre lo celebraba comiendo una paella. (Muriedas, 1977, 17).

Un año después de ver la luz esta entrevista se publica en el diario Abc un amplio reportaje centrado en la figura de Miguel Hernández y sus últimos días en el que se aporta el testimonio de varias personas que compartieron con él dramáticas experiencias (A Carlos Fenoll, Carmen Conde, Vicente Aleixandre, Jose María Cossio, José Caballero, Andrés Pérez Bálmez, Germán Vergara Donoso y Antonio Buero Vallejo). De nuevo se pide colaboración a Víctor González Gil y nos parece conveniente, pese a su amplitud, traer aquí su testimonio porque añade datos complementarios a los expuestos con anterioridad:



Encontré a Miguel el 27 de mayo de 1939. Era por la mañana y lo fui a despedir hasta la calle de la Alameda. Me dijo que quería irse de pastor. Que se iba a Sevilla. Después me enteré por Aleixandre que estaba en la cárcel de Torrijos de donde, al salir, vino a verme a casa. Me contó muchas cosas. Entre ellas que, antes de la rendición de Madrid había ido a ver a Cossío y cuando éste le acompañaba por la calle los detuvieron a ambos y los habían conducido al cuartel de La Alameda de Osuna. Cossío, mientras iban andando, antes de detenerlos, le decía a Miguel que tuviera resignación, que otra cosa no cabía y que leyera a Horacio. Tras la detención por los hombres del Quinto Regimiento Miguel aclara la situación de inmediato y ponen en libertad a ambos. Y me contaba Miguel, entre grandes risas, que en el momento que los detuvieron le entraron unas ganas tremendas de decirle a Cossío: «Ahora, el que tiene que leer a Horacio es usted», pero al fin se contuvo. Yo le dije a Miguel que podía quedarse algún tiempo en casa, pero a condición de que se mantuviera oculto y si escribía a Josefina no pusiera remite alguno porque se delataría. Por la tardes se escapaba para ir a ver al poeta Eduardo Llosent Marañón que vivía en un hotel en la plaza de Santa Bárbara. A pesar de que yo le decía que no debía salir de casa, fue a verlo muchas veces en breve tiempo. A lo que Miguel iba era a pedirle un salvoconducto para marchar a Orihuela. Yo no compartía la idea, pero creo que fue Marañón quien al fin le consiguió el salvoconducto y ya no hubo forma humana de retenerle en casa, así que una tarde fui a despedirle por la calle de Padilla. Recuerdo que antes de salir estaba preocupado porque no sabía qué regalo llevarle a Josefina. Entonces, para que no se gastase el poco dinero que llevaba, le di un globo de cristal, una lámpara que yo tenía en casa, y se lo llevó. Aquel sería, posiblemente, el último regalo que Miguel le hizo a Josefina. (Moreira, 1978, 13-14)
Víctor González Gil cita a Vicente Aleixandre como fuente directa de información para conocer el estado del poeta en aquellos difíciles momentos. Es sabido que Aleixandre conoció a Miguel en marzo de 1935, después de que éste, por carta, le solicitara un ejemplar de La destrucción o el amor. Este vínculo, el del poeta sevillano y su casa madrileña de Velintonia, será el que ponga en contacto a Miguel Hernández con Emilio Niveiro y Rafael Morales. El primero, tal y como atestigua Aleixandre en su libro de memorias Los encuentros, fue quien condujo al segundo a Velintonia, 3. Entre ambos poetas se estableció desde entonces una estrecha y duradera amistad que se prolongó hasta el fallecimiento de quien con el tiempo sería laureado con el Premio Nobel de Literatura. En casa de Aleixandre, Niveiro y Morales coincidían con frecuencia con Hernández. Emilio Niveiro (1977) ha dejado nota al respecto:
WELLINGTONIA, 3, en el Parque Metropolitano, es desde hace muchísimos años un lugar importante para las letras de España y aun para las letras universales. Y es algo más: no sólo un sitio de encuentro para las voces literarias eminentes de España o de América, o de Europa, sino, como todos decíamos, "la casa de la amistad" por antonomasia. Porque Vicente Aleixandre es infinitamente más que un altísimo poeta. Vicente es la encarnación misma de la Amistad, con mayúscula, y ninguno de los que somos sus amigos dejamos de reconocerlo.

Algunas tardes, antes de que estallara la tormenta tremenda, solíamos ir a visitarle, atravesando desmontes y eriales, Miguel Hernández y yo, que éramos prácticamente vecinos, y regresábamos ya de noche, bordeando las tapias del romántico cementerio de San Martín y sobresaltanto [sic] -Miguel, tan callado gustaba entonces de ser estentóreo- a las incógnitas parejas que se arrullaban a la luz de la luna. Miguel y yo volvíamos embriagados de poesía.


En un artículo anterior, el mismo Niveiro (1967) cuenta otra anécdota protagonizada por Hernández que merece la pena rescatar, por estar relacionada en cierta medida con Rumbos, ya que trata del libro El rayo que no cesa y del tema taurino que en él ocupa un lugar destacado:
Una tarde dominical, hace ya más de treinta años, exactamente el día 12 de julio de 1936, le dije a mi amigo Miguel: «Vámonos a los toros. En Tetuán de las Victorias torea un paisano mío, a quien llaman «El Caqui», que es muy valiente. Miguel me dijo que no, que no le gustaba la fiesta, que se iría a pasear por ahí y luego me esperaría en casa de Vicente. Salimos juntos del restaurante donde habitualmente almorzábamos y me acompañó hasta el «Metro» de Sol.

- No, no paso buen rato en las corridas. Aunque haya escrito aquellos sonetos: «El toro sabe al fin de la corrida, donde prueba su chorro repentino, que el sabor de la muerte es el de un vino…». O, «Como el toro he nacido para el luto y el dolor, como el toro estoy marcado por un hierro infernal en el costado…».


También Rafael Morales conoce a Miguel Hernández en los duros momentos de la guerra civil. Ambos coinciden en la Alianza de Escritores Antifascistas, de la cual Morales era el miembro más joven, y los dos publican por entonces en El Mono Azul, la revista de izquierdas dirigida por Rafael Alberti. Según recuerda el hijo del poeta talaverano, durante la guerra Hernández hubo de sacar de algún apuro a su padre: “por mantener un bigotito parecido al utilizado por los jerarcas fascistas, y que nunca se afeitó, una partida de milicianos comunistas quisieron recortárselo a tiros y fue salvado por la milagrosa irrupción de Hernández” (MORALES BARBA, 48, 2005). Rafael Morales dedica un poema de su libro Entre tantos adioses (1999) al poeta alicantino. Lleva por título “Miguel, el de la luz más limpia” y forma parte de “Homenaje”, una sección que recuerda a figuras muy estimadas por Morales como Federico García Lorca, Gerardo Diego, Blas de Otero o Vicente Aleixandre. Por otro lado, el nombre de Miguel Hernández ha ocasionado a Rafael Morales ciertos quebraderos de cabeza pues no han faltado críticos que situaran en El rayo que no cesa la fuente de inspiración de la que manan los Poemas del toro. Esta polémica, que fue sonada en los años 50 y en la que intervino con cierta vehemencia el propio Morales11, continúa fresca en la actualidad (AYUSO, 2004, 31-35). Los críticos no se ponen de acuerdo acerca del peso que los poemas “táuricos” de Hernández pudieran haber ejercido sobre los de Morales. La polémica fue alimentada por el propio poeta al reconocer que, mediada la escritura de sus “toros”, Emilio Niveiro le prestó un ejemplar de El rayo que no cesa. Es difícil saber si esa lectura contagió o no a Morales, lo cierto es que la poesía “Toro sin mayoral” lleva adosada una cita tomada del soneto 26 de El rayo que no cesa: “un toro solo en la ribera llora” (v. 13). Rafael Morales (1993, 23) ha contado en más de una ocasión el accidentado periplo que esa referencia hubo de recorrer hasta que, como era su primigenia intención, apareció finalmente impresa en la tercera edición del libro (1952). Por otro lado, no resulta descabellado suponer que Rafael Morales, igual que Emilio Niveiro, tuviera cierto interés en leer un libro de Miguel Hernández que contenía un soneto publicado previamente en su revista talaverana.

En Rumbos se produce un hito decisivo en la carrera de Rafael Morales como escritor pues allí publica su primer poema: “El ciprés”. No tiene entonces más que dieciséis años y no ha alcanzado, como es lógico, la madurez de la que después se hará acreedor, cuando publique sus Poemas del toro en 1943. En las cuatro composiciones que aparecen en la revista se observan claras influencias de los poetas del veintisiete y de la vanguardia histórica. De hecho, su primer poema, que transcribimos a continuación, es una especie de homenaje a Gerardo Diego y su famoso “ciprés de Silos”:

La luna tiene tijeras de luz

con que recorta a un ciprés,

que es mancha en el cielo azul,

que es pincelada sin pincel.


Ciprés, ciprés del camino,

larga silueta de gigante,

que miras al cielo, altivo,

donde quisieras clavarte.


Ciprés,

pincelada

sin pincel.12
El resto de colaboraciones de Morales en Rumbos sigue pautas próximas al neopopularismo o al ultraísmo y en ellas afloran valores que después serán medulares en determinadas etapas de su obra. Nos referimos a la mirada cariñosa con que contempla a los animales o ciertos arrebatos de sensualidad también presentes en la poesía que publica a mediados de los años cuarenta. A la prehistoria literaria de Rafael Morales hemos dedicado un estudio más pormenorizado (ROJAS, 2007), en el que también se tienen en cuenta sus colaboraciones en Rumbos. A él remitimos al lector interesado.

La lista de colaboradores de Rumbos no se agota con todo en las figuras de Miguel Hernández y Rafael Morales, pese a ser éstos los escritores más renombrados de su plantel. En el primer número encontramos un amplio manojo de autores que después alcanzarán cierto relieve y sobre los que cabe decir algo. El primero de ellos es José Sanz y Díaz que se estrena con un artículo centrado en la figura de un poeta romántico: Lord Byron. El autor del Don Juan, según su parecer, no estaría muerto pues “desde su sepulcro lanza todavía a la Humanidad su carcajada eterna”13. Sanz y Díaz, nacido en un pueblo de Guadalajara en 1907 y fallecido en Madrid en 1988, fue un autor extremadamente fecundo. Algunas fuentes apuntan que llegó a publicar cuatro mil artículos y cerca de cien libros. Sus intereses fueron muy variados y van desde la historia (Generales carlistas), pasando por la geografía (Castillos, Murcia) o la biografía (López de Legazpi. Fundador de Manila, Fray Junípero Serra), hasta dar en la típica hagiografía de posguerra (Escritores asesinados por los rojos). También alcanzó cierta notoriedad como literato en los años 40 y 50, y fue galardonado con el Premio Nacional de Literatura en 1943. Por esta época sustituyó a Ramón Gómez de la Serna al frente de la tertulia de Pombo, en la cual, antes de la guerra, debió conocer a Víctor González Gil. Éste, por cierto, en prueba de amistad, le hizo un busto en terracota. Francisco Gómez-Porro (1998, 189) ha recreado aquellos años de Pombo en los que Gómez de la Serna enviaba cartas desde su exilio argentino que Sanz y Díaz se encargaba de leer para regocijo de sus viejos contertulios:


A principios de los años cuarenta la debilitada vida cultural y literaria española tenía lugar en los cafés. En Madrid, el escritor de Guadalajara José Sanz y Díaz oficiaba de maestro de ceremonias en Pombo. Con su inseparable cachimba y estilográfica en ristre, don José ocupaba el sitial del maestro, erradicado por estos años en Argentina desde donde solía escribir cartas perfumadas de añoranza a su embajador literario en España. El bueno de don José había convertido Pombo en un destacado exponente de la vida cultural del régimen. Con mano firme y caligrafía experta iba anotando en los famosos libros dorados el nombre y apellidos de los asistentes a una tertulia literalmente diezmada por la ausencia de los mejores, muertos durante la contienda o a consecuencia de ella, en el interior o en el exilio.

Cada vez que un tertuliano pasaba, don José, con voz egregia y gesto tribunicio, cantaba su nombre y condición literaria ante el respetuoso silencio de una mediocre caterva de valedores culturales del nuevo régimen. De vez en cuando, sonaba un ¡viva España! Y don José, que daba a ganar algunos duros a muchos malos escritores con el anecdotario de Ramón, tosiqueaba levemente desde su velador de mármol. A veces mostraba el sobre azul que distinguía la correspondencia del maestro. Leía la carta con la concentración debida, chistaba cualquier conato de conversación y arrimaba su poquito de emoción a la lectura, sobre todo, cuando para convencimiento de propios y extraños leía aquellas líneas tristes de Ramón en que se declaraba fiel «a la España de ustedes».


José Sanz y Díaz escribe en todos los números de Rumbos de la primera etapa salvo en el cuarto. Además del mencionado artículo, contribuye en los números 2 y 3 con sendas colaboraciones de tema portugués (“Camino de Lisboa. Ruta emocional”, “Balcón de las revistas”), también con un pequeño cuadro dramático en forma de romance que tiene por protagonistas a una dama (Doña Mofalda) y a un juglar. Emilio Niveiro (1968) no se muestra muy displicente al enjuiciar este texto, al que tilda de “atrocidad en verso”. Lo cierto es que el nivel creativo de estos primeros números no es excesivo. Salvado el caso de Miguel Hernández las colaboraciones más valiosas provienen de gentes tan curtidas en el oficio como Lope de Vega o Fray Luis de León, a quienes se recurre tal vez para hacer efectivo ese deseo inicial de “enculturizar” a sus lectores.

Si continuamos repasando la nómina de participantes en este primer número, nos topamos enseguida con José Félix Tapia quien, como ya se ha indicado, contribuye con una crítica del libro “Flor de greguerías” de Ramón Gómez de la Serna. Poco es lo que sabemos de este autor que en 1945 obtuvo el prestigioso premio Nadal con su obra La luna ha entrado en casa: novela en cuatro fases y una sonrisa. Algo nos dice de él Juan Villarín (1995, 401) y nosotros transcribimos a continuación esa información: “José Félix Tapia Ruiz (1910-1969). Periodista y novelista madrileño. Cursó estudios en la Universidad de Deusto y se inició en las tareas informativas a los veinte años en el diario La Nación. Perteneció a la escuela de El Debate, en la que se graduó profesionalmente. En el año 1940 fue nombrado redactor-jefe de El Alcázar, y en 1946 ingresó en la plantilla de la Agencia EFE. En el año 1945 obtuvo el Premio Nadal por su novela La luna ha penetrado [sic]”. Tapia debía ser contertulio habitual de Pombo y por eso aprovecha la página que le brinda Rumbos para gloriar al maestro. La greguería, en feliz definición de Tapia, vendría a ser una “filosofía en caricatura de las cosas”. Para que ese ramonismo no decayera la página se completa con una serie de greguerías firmadas por Víctor González Gil, a las que antepone el título de “Retazos”. Vaya a continuación una muestra:


Los espíritus obscuros no verán nunca porque son los buzos del día.

La juventud dormida es juventud de muerte, porque no sabe lo que es un despertar.

¿Hay poetas sin poesía? No; esos son malos músicos.14

El escultor González Gil, director de la publicación, participa en todos los números de la primera época, y en esas colaboraciones se atreve con una gran variedad de registros: ensayos de tema artístico (“El Greco”, nº 1), poemas (nº 2), greguerías (nº 2 y nº 3), crónicas de viajes (nº 4), etc. Si como artista del barro González Gil logrará forjarse en años posteriores un indudable prestigio, la fortuna como escritor le será, sin embargo, esquiva. Basta leer su farragoso e ininteligible artículo “Estética y ética de nuestro tiempo” (nº 5), para descreer al instante de su talento. Su amigo Emilio Niveiro (1968) ya le advirtió de tales carencias:

El barro le era y le es adicto. Con él obtiene triunfos. Y con la madera. Y con la piedra y el bronce. Mas la pluma se le negó siempre. ¡Qué cosas dejó impresas Víctor! Había que leerle. Desordenado, caótico, extrañísimo, sus escritos gozaban de una infantil turbulencia. Y tras la expresión ahuecada y retumbante quedaba siempre un oscuro vacío.
De la vida y la obra de Víctor González Gil, destacada figura de la imaginería española tras la Guerra Civil y formulador de un peculiar modo de estar en el mundo al que denominó “vivencialismo”, se han ocupado diversos autores, a cuyo trabajo, a los lectores interesados, remitimos desde aquí (GÓMEZ, 1998; BALLESTEROS, 2006; FLÓREZ, 2006; BONET SALAMANCA, 2006).

Tras el obligado tributo al maestro Ramón, encontramos en Rumbos la colaboración de otro personaje de cierta entidad: el historiador Rafael Láinez Alcalá (PÉREZ ORTEGA, 1999; CHICHARRO CHAMORRO, 2002). Éste había obtenido el año anterior el Premio Nacional de Literatura por su libro Pedro Berruguete, pintor de Castilla: ensayo crítico biográfico, lo cual servía para prestigiar a la publicación que lo acogía. Láinez Alcalá era profesor de Víctor González Gil en la Escuela Superior de Bellas Artes de San Fernando, en donde impartía clases de Historia del Arte desde 1931. Tras doce años en Madrid se trasladará posteriormente a Salamanca, de cuya Universidad llegará a ser catedrático. Además de por la historia Rafael Láinez Alcalá también se sintió atraído desde temprana edad por la poesía. No tuvo para ello mal guía, pues entre los 14 y los 18 años asistió a las clases que Antonio Machado impartía en el instituto de Baeza. El autor de Campos de Castilla ejercerá sobre el poeta en ciernes una notable influencia que se habrá de extender a lo largo de toda su trayectoria. Además compartirá con Machado un mismo sino: el de ser un andaluz trasterrado en Castilla. Este dato, el ascendente machadiano, no pasará desapercibido a César González-Ruano que incluye a Láinez Alcalá dentro de su amplísima Antología de poetas españoles contemporáneos en lengua castellana (1946), en donde apunta lo siguiente:

Escasa es la obra que conocemos de este poeta. La gravedad de Antonio Machado y la seca nostalgia de Enrique de Mesa, a quien dedica una de sus mejores composiciones se advierten en los poemas de Láinez Alcalá, poeta intermedio, a caballo entre los sistemas de dos generaciones. Tiene una facilidad y buen gusto al que se interponen innecesarios comodines de tipo declamatorio. Vivía en Madrid y se ocupó también en crítica de Arte.15
En Rumbos publica Láinez Alcalá el poema titulado “Acordes toledanos” que va dedicado a Poli Domínguez Guzmán y que está fechado en Toledo-Madrid en abril de 1935. Puesto que puede tener interés para completar la bibliografía de este autor, lo transcribimos a continuación:
¡Ay, cómo saben llorar

las cuerdas del violoncello!

Saben llorar como lloran

los hombres, muy en silencio.

Van de ronda a las plazuelas,

pueden asaltar conventos,

quemando en labios monjiles

la llama de sus arpegios;

y que las doncellas nobles,

desveladas de su sueño

en las velas de sus ansias

finjan barquitos veleros.

¡Que no quiero ser guitarra,

yo quiero ser violoncello!

Las manos que me acaricien

sabrán de todos los fuegos

y de primaveras largas

y de los otoños lentos,

sin que la copla plebeya

manche la luz de mis sueños.

Pero al final de la vida

cuando ya me esté muriendo

¡que me den una guitarra

para subir a los cielos!16


Como se ve, el poema sólo tiene de toledano el título y suena más a Manuel que a Antonio Machado. El caso es que Rafael Láinez Alcalá tuvo grandes vinculaciones con la Ciudad Imperial. En primer lugar porque la tesis con la que se doctoró llevaba por título el siguiente: “Aproximaciones a la biografía de Don Bernardo Sandoval y Rojas -1593-1618-, obispo de Jaén, arzobispo de Toledo, protector de Cervantes”. Además, fue autor de un libro centrado en otro arzobispo toledano: El arzobispo de Toledo don Pedro de Tenorio y la fortaleza del Adelantamiento de Cazorla. Todos estos debieron constituir méritos suficientes para nombrarle correspondiente de la Academia de Nobles y Bellas Letras de Toledo. La ciudad, por otra parte, despertó ocasionalmente su vena creativa en poemas como el titulado “Motivos para una evocación toledana” que se incluye dentro de la sección “De la voz y otros silencios” en su libro Cancionero del Alto Guadalquivir. Esta obra, publicada en 1958, recoge sin embargo textos escritos entre 1933 y 1938. El poema a que nos referimos apareció publicado por primera vez en Vida Nueva, Úbeda, el 2 de septiembre de 1935 (apenas tres meses después del de Rumbos). Manuel Urbano Pérez Ortega (1999, 201, n177), en su antología de versos de Láinez Alcalá, cree sin embargo que la fecha de composición es anterior. No obstante, debe repararse en el enlace temático y espiritual que este poema guarda con el aparecido poco antes en Rumbos y que se aprecia nada más leer los primeros versos, en donde, esta vez sí, el violoncello y la ciudad de Toledo quedan claramente relacionados (PÉREZ ORTEGA, 1999, 201):

«Es una novia Toledo

que se rinde a los encantos

de tu violoncello»

Las mismas doncellas y monjas y la misma noche de ronda que protagonizan el poema publicado en la revista talaverana vuelven a darse cita en este otro. ¿Vendría a ser el primero una especie de boceto del segundo o son sencillamente los dos hijos de un mismo tiempo? Es difícil saberlo pero, para que el lector pueda apreciar el vínculo existente entre ambos, anotamos a continuación la última estrofa de “Motivos para una evocación toledana” (PÉREZ ORTEGA, 1999, 204):

Las doncellas y las monjas

tendrán un alegre sueño

porque nosotros rondamos

y es una novia Toledo

que se rinde a las caricias

pródigas del violoncello.
Tras Láinez Alcalá la siguiente firma en aparecer es la de Emilio Niveiro. Este escritor talaverano anduvo siempre entre los libros y la cerámica, oficio este último que, como él mismo se encargó de resaltar, le venía “de nacencia”, por ser hijo y nieto de ceramistas. La obra de Niverio como escritor debe buscarse en las páginas de los periódicos y de las revistas pues desde sus primeras críticas literarias aparecidas en El Sol en 1936 hasta el momento de su defunción (1993) no dejó de escribir artículos para todo tipo de publicaciones (Abc, Juventud, Índice, El faro de Ceuta, El Español, Ya, La Voz de Talavera, La Verdad de Murcia, , …etc). Sólo se ha imprimido un libro suyo (El oficio del barro), aparecido tras su muerte, aunque en los años sesenta confesaba tener “recién acabadas, dos novelas largas –Tierranegra y Sobre el lomo del tigre- y una obra de teatro, sin título todavía”17. Fue un gran articulista, dotado de una muy estimable prosa de estirpe cervantina que sin embargo no ha obtenido el reconocimiento que mereciera. En el primer número de Rumbos se publica su debú como periodista, con apenas dieciséis años. Ese primer artículo, titulado “Ensayos”, se ocupa de dos intelectuales vinculados a Talavera: Alfonso Martínez de Toledo y Juan de Mariana. El propio Niveiro (1968) ha recordado con cariño y benevolencia aquellos atrevidos comienzos:
Escribí en todos los números, con el mismo desparpajo e inocencia de mis compañeros. Con la misma falta de probidad. Puse en verso “El Corbacho”, la obra de aquel gran arcipreste talaverano Alfonso Martínez de Toledo, de quien hablé sin más nociones que las muy sumarias del bachillerato. Pontifiqué, sin tomarme el trabajo de leerle, sobre el glorioso Padre Juan de Mariana. Etc, etc. Valga mi sinceridad como “mea culpa” absolvente. Lo importante para todos nosotros era ver nuestro nombre en letras de moldes. Y no nos parábamos en barras.
Tras esta experiencia se revelará muy pronto como un avezado crítico de libros en las páginas de El Sol. Allí se ocupará de numerosos autores de la generación del 27 (Vicente Aleixandre, Manuel Altolaguirre, Pedro Salinas, etc), con quienes, en diverso grado, entablará ciertos vínculos de amistad, en especial con Vicente Aleixandre, con quien se carteará a lo largo de más de veinte años (MALPARTIDA, 1997; ROJAS, 2005). La guerra civil desbaratará sus planes de proseguir vinculado profesionalmente al periodismo y orientará su labor futura hacia el alfar de su familia. Sin embargo, ello no será óbice para que publique regularmente en multitud de periódicos y revistas.

También como periodista alcanzará cierto prestigio en la posguerra Rafael Vázquez Zamora que colabora en Rumbos con unos textos breves de corte moralizante a los que pone por título “Jirones…”. Al final del texto se indica que el autor escribía por entonces en la revista literaria Eco, de la cual en realidad era el director. Sobre Vázquez Zamora y su revista apunta Juan Manuel Bonet (1995, 213) lo siguiente:

ECO (Madrid, 1933-1935). «Revista de España» dirigida por Rafael Vázquez Zamora, cuya firma encontramos también en el Almanaque Literario 1935, y que en la Barcelona de la posguerra se iba a convertir en un crítico literario relevante. Su director artístico fue el grafista, muy convencional, Manuel Benet. Salieron 12 números. Colaboraron en ella, entre otros, Juan Alcalde Sánchez, Julio Bernácer, Carlos y Pedro Caba, Alejandro Casona, Carmen Conde, Jarnés, Fernández Almagro, Ledesma Miranda, Rafael Manzano [(…]), Guillermo de Torre [(…]). Entre sus colaboradores gráficos destaca Manuel Moreno Díaz.

De Eco y su director también dice algo Rafael Osuna (2006, 139-140) en su libro dedicado a las revistas de la 2ª República, en donde, por cierto, nada se apunta de Rumbos. En el número 9 (de octubre de 1934) la publicación madrileña hace una curiosa reflexión sobre su ideario estético que merece la pena resucitar porque tal vez influyó en la postura ideológica adoptada de modo similar por la revista de Talavera: Eco, se dice allí, no es una «revista de minorías ni de vanguardias, sino de todos y para todos». (OSUNA, 2006, 140)

Aparte del soneto de Miguel Hernández y los primeros versos de Rafael Morales en el nº 2 de Rumbos encontramos la firma de otro poeta: Agustín del Campo. Éste participa con la composición “Mar y vela” que, curiosamente, concuerda con las colaboraciones de Morales y de Víctor González Gil (“Paisaje y ovejas”, “Claro obscuro”) en centrarse en un tema paisajístico y por lo tanto descriptivo y externo. Los tres además se sirven del anisosilabismo y de la asonancia como elemento rítmicmedio expresivo y de la metáfora como reiterada figura retórica (: mar = espejo sin tierra; barca = mujer coqueta; ciprés = mancha en el cielo azul, pincelada sin pincel, larga silueta de gigante), etc. Son todos ellos poemas de espíritu lúdico, en la estela del ultraísmo, una estética ya anquilosada pero capaz de ejercer cierto influjo –en especial en su vertiente creacionista- sobre poetas de la primera promoción de posguerra como José Hierro, José Luis Hidalgo, Francisco Pino o el mismo Rafael Morales.

Desconocemos si Agustín del Campo prosiguió posteriormente desarrollando una más amplia labor como poeta. Los escritos que de él hemos hallado son más bien de índole crítico y se centran en el estudio de nuestros clásicos: Gonzalo de Berceo, San Juan de la Cruz, etc. Sobre ellos publicó numerosos trabajos en revistas científicas y se ocupó asimismo de la edición crítica de sus obras. Igualmente ha colaborado como Director de Correctores en el Diccionario de uso del español de María Moliner. Según se desprende de las palabras de Emilio Niveiro (1968) fue su amistad con Agustín del Campo la que le llevó a colaborar en Rumbos:

Amigos míos de Valencia remitieron versos y más versos, al alimón con los que publicábamos de Morales. Es curioso; aquellos poetas se han transformado en serios profesores de Instituto y miembros destacados del Consejo Superior de Investigaciones científicas. Con su adolescencia murió su leve vena poética. Agustín del Campo Cayol es un ejemplo.

La labor crítica de Agustín del Campo alcanzaría también a la obra de Rafael Morales18 pues fue de los primeros en escribir sobre su libro inaugural: Poemas del toro. La primera reseña de él vendría no obstante firmada por Emilio Niveiro19, honor del que siempre se jactó. Otro colaborador de Rumbos, José Sanz y Díaz20, fue igualmente temprano valedor de la poesía de Morales.

Poco más es lo que cabe decir del resto de colaboradores de Rumbos, muchos de ellos autores ocasionales que escriben sobre asuntos propios de su especialidad (médicos como Rosendo Bravo o M. González Cogolludo o el ingeniero Pedro Marrón Huidobro), o sobre temas que les son cercanos (por ejemplo Cecilio González Gil, hermano del director, que se ocupa de los toros21). Tal vez, de ese abigarrado conjunto, merece la pena destacar a Mercedes Sánchez que firma con el seudónimo de “Hesperia” y se ocupa de asuntos de arte. En los años 20 y 30 “Hesperia” fue autora de diversos trabajos relacionados con la escultura y la pintura (Bonome [1929], Ortiz Echagüe [1931], etc).

IV.- CONCLUSIÓN

No fue Rumbos una revista puntera dentro del rico panorama cultural español de la preguerra, sin embargo no le faltan alicientes para pasear la mirada por ella en la actualidad. Las colaboraciones de Miguel Hernández y de Rafael Morales obligan a tenerla en cuenta a la hora de estudiar sus respectivas obras. Por otra parte, como se ha visto, son muchos los colaboradores que posteriormente desarrollan una interesante labor cultural y que aquí hallan uno de sus primeros alojamientos.

Finalmente, para orientar el trabajo de futuros investigadores añadimos a continuación el índice de colaboraciones que se pueden encontrar en Rumbos.



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