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Algunas consideraciones acerca de lo ‘postautónomo’


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Algunas consideraciones acerca de lo ‘postautónomo’

Luigi Patruno

El centro de esta breve exposición es el contenido de lo ‘literario’ de la ‘literatura mundial’, que es el centro de las preocupaciones del texto de Hugo Achugar (“Apuntes sobre la literatura mundial, o acerca de la imposible universalidad de la literature universal”), uno de los ensayos que complementan la respuesta de los latinoamericanistas al debate. Cómo ya se ha visto de forma explícita en el texto de Ernesto Laclau (“Universality, Particularity and the Question of Identity”), la pregunta central de Achugar es una vez más: quién es el sujeto de lo universal, quién es que pronuncia lo universal; La respuesta que da es previsible y se apoya particularmente en las posiciones de Judith Butler en el debate sobre cosmopolitismo: lo universal es siempre un universal particular, es algo que está siempre históricamente determinado; no puede pensarse afuera de los lenguajes culturales particulares. Por lo tanto, la noción de universalidad que circula en el mundo moderno es una noción hegemónica, la cristalización kantiana y hegeliana del pensamiento de la clase que ellos dos representan, durante el período histórico y en el lugar en el cual se produce ese pensamiento.

Ahora bien; Achugar va más allá, y se pregunta qué es lo literario de la literatura mundial. O sea, qué noción universal de lo literario está en juego en la idea de literatura mundial. Previsiblemente, tal como lo ‘universal’, la idea de lo literario está determinada por los particulares lenguajes culturales, y no puede pensarse afuera de dichos lenguajes. Por lo tanto, también la idea de lo ‘literario’ es una idea hegemónica, y el centro de esta construcción es la noción de autonomía. Como es sabido, la disciplina de los estudios literarios tiene como gesto fundador la declaración de la autonomía literaria, por parte de los formalistas rusos, en su versión moderna. No quiero entablar aquí un debate sobre las implicaciones e inclusive las prácticas políticas del ejercicio literario de los formalistas, muchas veces obliteradas por la crítica cultural (bastaría recordar la noción de evolución literaria formulada por Tinianov), pero el ‘campo’ de los estudios literarios se construye a partir del reconocimiento de cierta autonomía de la literatura (y esto está asumido por Casanova). Y cierta definición de lo literario está siempre en juego cuando se establece una autonomía. De hecho, los formalistas rusos estaban muy preocupados en establecer deslindes entre lo que es literatura y lo que no lo es (se piense, a propósito, en el libro de Alfonso Reyes titulado justamente El deslinde).

En los textos leídos hasta ahora, la autonomía literaria no está nunca seriamente discutida, ni siquiera por Franco Moretti, quien a pesar de encontrarle espacio en el ‘campo’ de la literatura mundial a lo leído y a lo no leído, ejecuta su proyecto alrededor de la novela, quizás el más autónomo, el más específico y autorreferencial de los géneros literarios. Es decir, nunca se ha puesto en discusión la noción misma de ‘campo’ (y de hecho, en su centro se ubica por confesión explícita el propio Moretti, la academia estadounidense). Por otro lado, la lectura de Casanova, quien habla desde afuera de la academia, parecía la más conservadora de las lecturas posibles, más aún de los despliegues intelectuales de Damrosch y Moretti.

A Achugar no le interesa discutir la propuesta de Moretti, porque no ve jerarquías entre lo nacional y lo universal: arboles y Olas, los dos sirven. Sin embargo, sí hay valoraciones en este sistema de división del trabajo crítico (y le trazado gráfico de esa valoración, que le asigna a las olas un lugar privilegiado, son los títulos en el índice de La novela, mayúsculos los estudios de ‘literatura mundial’, minúsculos los estudios de ‘literatura nacional’). Achugar dice: “Moretti no jerarquiza lo ‘universal internacional’ por sobre lo ‘nacional’ mientras que Casanova sí lo hace”, soslayando de este modo los presupuestos de Moretti. Por esto, se concentra sobre todo en el texto de Casanova. Allí, en efecto, ve el verdadero centro del debate, el gesto fundacional de la crítica literaria: fijar deslindes entre lo que es literatura y lo que no lo es: “en este debate lo que también está presente –sobre todo en Casanova- es un nuevo embate de una suerte de esteticismo y un reclamo […] de atención a la textualidad, o literariedad” (esto en Moretti estaba un poco menos acentuado, en la medida en que proponía distanciarse del close reading).

Achugar releva todos los equívocos de Casanova, quien ve una presunta autonomía literaria, un a priori literario que ubica París en el centro de la República de las Letras, cuando en realidad se postergan todos los factores históricos que contribuyeron en esa construcción hegemónica. Él contesta también la presunción por la cual una configuración universal de la escritura sería mejor de una configuración nacional, local de la escritura (a tal propósito menciona las valoraciones de Casanova acerca de Saramago/Lobo Antunes). Y lo que discute es la cuestión del canon: “¿No supone cierta arrogancia propia del dominante o del autosatisfecho suponer ya no que Saramago o Eduardo Galeano sino que los poemas o los relatos que el ‘vecino’, el ‘ignorado prójimo’, crea por fuera de la ‘tradición universal’ carecen de valor?”. ¿Qué quiere decir esto? Achugar está proponiendo superar cierta visión autónoma, autorreferencial, específica, literaria, filológica, de la literatura; Ya no hay diferencias de valor entre, por ejemplo, la Comedia de Dante y los poemas del vecino. Pero entonces, ¿qué viene a ser lo literario? Achugar no responde; sin embargo, lo que queda claro es que lo literario es una noción que a priori establece valores, y el establecimiento de valores responde a lógicas hegemónicas y de poder: “la noción de ‘literatura’ implica una ‘disciplina’”.

Se pregunta luego cuál es el lugar de la literatura en la cultura contemporánea. A esta cuestión quiero proponer una posible respuesta, sumamente problemática, la de Josefina Ludmer. En 2004, por la red empezó a circular un texto, una suerte de manifiesto, organizado en diez puntos, escrito por la crítica argentina Josefina Ludmer, titulado “Literaturas postautónomas”, y que abrió un amplio debate en el interior de la academia. Ludmer sostiene que existe un tipo de escritura (novelas, crónicas), en ciertas “islas urbanas” latinoamericanas, y más precisamente Buenos Aires, que “no admiten lecturas literarias; esto quiere decir que no se sabe o no importa si son o no son literatura. Y tampoco se sabe o no importa si son realidad o ficción. Se instalan localmente y en una realidad cotidiana para ‘fabricar presente’ y ése es precisamente su sentido” (subrayado mío). Ludmer está pensando en una serie de escrituras que trabajan con tecnologías del presente, como los blogs, el periodismo, imágenes, documentos, etc. Estas escrituras, según dice, viven una suerte de condición diaspórica, siguen atrapadas en forma de libros (el modo en que circulan), pero manifiestan la voluntad de traspasar las fronteras literarias y ubicarse afuera de la literatura. Están al mismo tiempo adentro y afuera de la literatura y representan, según Ludmer, el fin de la autonomía literaria:
Aparecen como literatura pero no se las puede leer con criterios o categorías literarias como autor, obra, estilo, escritura, texto, y sentido. No se las puede leer como literatura porque aplican a ‘la literatura’ una drástica operación de vaciamiento: el sentido (o el autor, o la escritura) queda sin densidad, sin paradoja, sin indecidibilidad, “sin metáfora”, y es ocupado totalmente por la ambivalencia: son y no son literatura al mismo tiempo, son ficción y realidad
Si por un lado, Damrosch, Moretti y Casanova habían estado pensando qué es lo mundial, qué entra y qué no entra en la literatura mundial, Moretti y Damrosch en el interior de una general reconfiguración institucional y Casanova desde las certidumbres de la centralidad autónoma que representa el meridiano literario de París, con su texto Josefina Ludmer irrumpe con un discurso que liquida la diferencia entre lo particular y lo mundial, lo literario y lo no literario. Todo eso que han venido discutiendo Moretti, Damrosch y Casanova, en realidad, ya no importa; al no ser que se quiera reproducir un mismo sistema en el que a los textos se los valoran por buenos o malos, o sea, por su ‘literalidad’ o no. Hace falta, dice Ludmer, una nueva episteme. Tenemos que leer de modo distinto. Ludmer detecta un cambio de época e insiste en la necesidad de un cambio de episteme. En esto, quizás, la propuesta de Ludmer sea más radical que la de Moretti.

Lo postautónomo de Ludmer no es otra cosa que un modo de lectura, y el plural del título (“Literaturas postautonomas”) da cuenta de una pluralidad: “Así, postulo un territorio, la imaginación pública o fábrica de presente, donde sitúo mi lectura o donde yo misma me sitúo”. Dos modos de lectura, entonces: uno ‘mundial’ (particular), el de Damrosch, y uno ‘postautónomo’ (particular), el de Ludmer. Pero, nosotros, ¿cómo leemos?

Hay una demanda en el texto de Ludmer por cierta ‘territorialidad’ (“Estoy buscando territorios del presente”, dice en el comienzo del ensayo); Insiste a lo largo del texto en la metáfora espacial de la “isla urbana”. Localiza su discurso (Buenos Aires); pero, hay también cierta dialéctica entre lo local y lo diaspórico, lo local y lo mundial. Por ejemplo, hay una apelación explícita a lo ‘trans’. Trans quiere decir lo que está ‘al otro lado’ (al otro lado de la literatura) o ‘a través de’ (lo trans es lo oblicuo, lo longitudinal, la transformación, el cambio (de paradigmas de lectura), lo transliterario); Ludmer menciona de forma explícita la ‘migración’:
Las literaturas postautónomas del presente saldrían de ‘la literatura’, atravesarían la frontera […] Entrarían en la fábrica de presente que es la imaginación pública para contar algunas vidas cotidianas en alguna isla urbana latinoamericana. Las experiencias de la migración y del ‘subsuelo’ de ciertos sujetos que se definen afuera y adentro de ciertos territorios
lo postautónomo es algo que se mueve, que implica movimiento, algo en proceso (y su teorización también: Ludmer reescribió ese texto). No es lo que está fijo; no es tampoco lo que está en superficie, es lo que está en el ‘subsuelo’.

La demanda por el trans, por la expansión, no parece sin embargo ser en el caso de Ludmer un deseo de mundialidad; es más bien un atravesar la frontera de lo literario (y de la ficción: se piense por ejemplo en ciertas autoficciones, que son lo indecible entre realidad y ficción) y por esto responde de algún modo a la preocupación de Achugar. Se podría entonces considerar la superación ese paradigma de lectura que fija deslindes entre lo literario y lo que no es literario como una precondición de cierta universalidad, para que se hablara no ya de ‘literatura mundial’, sino de ‘posliteratura mundial’, o de ‘escrituras mundiales’.

¿Cómo nos ayuda el pensamiento de Ludmer para pensar lo ‘mundial’? Su propuesta, como he dicho, está por un lado fuertemente localizada y, sin embargo, está construida alrededor de en una cotidianidad que se podría definir mundial, una cotidianidad mundial (la TV, los medios, los blogs, FB, etc), la realidad del mundo posmoderno. Por un lado, Ludmer despliega una problemática latinoamericanista, pero por otro lado se apoya en una realidad de tipo mundial:
Se terminan formalmente las clasificaciones literarias; es el fin de las guerras y divisiones y oposiciones tradicionales entre formas nacionales o cosmopolitas, formas del realismo o de la vanguardia, de la "literatura pura" o la "literatura social" o comprometida, de la literatura rural y la urbana, y también se termina la diferenciación literaria entre realidad [histórica] y ficción No se pueden leer estas escrituras con o en esos términos; son las dos cosas, oscilan entre las dos o las desdiferencian.
Esa idea de la desdiferenciación, o igualación es lo que está actuando en el texto que siguió “Literaturas postautónomas” y que Ludmer publicó en la revista Pensamiento de los confines, un difícil ensayo titulado “Territorios del presente. En la isla urbana”. Lo que nos molesta de las propuestas de Ludmer es, quizás, justamente esa idea de desdiferenciación, a la cual nos resistimos oponiendo aquel conjunto hermenéutico en el cual nos sentimos cómodos. Lo que trata de hacer Ludmer es desideologizar a la literatura, buscar un aparato diferente. Lo que nos brinda el presente, dice, son ‘escrituras desdiferenciadoras’, que absorben, contaminan, igualan las viejas fronteras (entre realidad y ficción, ciudad y campo, literatura y no literatura), y las diferencias de estilos, géneros, y formas se disuelven.

Lo que me interesa destacar en este nuevo texto de Ludmer es un desplazamiento que mueve el centro de su discurso de desde la fuerte localización (Buenos Aires), que había caracterizado el primer texto, hacia una especie de afán universalizante. Ludmer está preocupada por encontrar un aparato diferente que permita leer el enigma, el misterio de la isla urbana (la isla urbana es el lugar privilegiado de las ‘representaciones’ del presente, es un espacio a la vez interno y externo a la ciudad, las islas urbanas son zonas de la ciudad, edificios, áreas, habitaciones, sótanos, ciénagas, donde trascurren las acciones de los textos que Ludmer estudia; un mundo con reglas específicas, un afuera de la sociedad y adentro de la ciudad, donde se realiza la igualación, la desdiferenciación entre la civilización y la barbarie, lo humano y lo animal, un espacio vertiginoso):


Para poder descifrar el enigma de la isla urbana necesitamos un aparato diferente del que usábamos antes. Otras nociones y categorías, para pensar los regimenes de significación y las políticas de la sociedad naturalizada. Necesitamos instrumentos conceptuales preindividuales, postsubjetivos, y postestatales de la desdiferenciación que acompaña la brutal diferenciación del presente.
Categorías visibles como la ‘exposición universal’, la ‘isla urbana’, la ‘ciudad’, igualan lo universal y lo global; la idea de isla urbana quiere ir más allá de la historia y más allá de toda sociedad: “Estas categorías hipotéticas, imaginarias superponen, hacen fusiones y sincronizan lo económico, cultural, social, político, nacional, global. En ellas se puede leer lo antes separado: terminar con todas las esferas y las autonomías, incluida la de literatura”. Los términos propuestos se apoyan en ejemplo latinoamericanos pero aspiran a lo planetario: la ciudad puede ser Santiago de Chile, La Habana, pero también Berlín o Pekín; la isla urbana puede ser un espacio subterráneo de Medellín, Lima, pero también de Ámsterdam o Istanbul; todo en Ludmer se desorganiza en el espacio territorial de la feria mundial.


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