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Alejandro Magno (356-323 a. C.) cambió el rostro de Judea junto con el del resto del mundo entonces conocido. En el 336 a. C


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Alejandro
Alejandro Magno (356-323 a.C.) cambió el rostro de Judea junto con el del resto del mundo entonces conocido. En el 336 a.C. se convirtió en rey de Macedonia y de las ciudades-estado griegas conquistadas por su padre, Filipo II. Antes de una década había derrotado a los persas y heredado su imperio.
A comienzos de esa década, en el 332 a.C., conquistó Judea, una conquista que habría de tener efectos de largo alcance en la historia judía. La propia conquista no era algo nuevo para los judíos: Judea había sido conquistada en varias ocasiones. Pero esta vez el conquistador vino del oeste, y no del este (como Asiria, Babilonia y Persia). Pero ello no era particularmente significativo. Otros dos factores hacen histórica la conquista de Alejandro: el primero es cultural, y el segundo geográfico.
Los griegos estaban interesados no solamente en las victorias militares, la expansión política y la ganancia económica. También estaban entregados a difundir su forma de vida, sus instituciones, normas e ideas al mundo de los "bárbaros", como llamaban a los no griegos. Además de la hegemonía política y la imposición de tasas, la conquista griega expuso al Mediterráneo oriental y otras zonas a una forma de vida enteramente diferente: el helenismo1.
Tal vez el medio más efectivo por el cual se propagó el helenismo en nuevas regiones fue la fundación de una ciudad griega, o la reconstitución de una ciudad ya existente, como una polis. Cada paso acarreaba con él ramificaciones políticas, religiosas y culturales. La ciudad nuevamente fundada operaba políticamente bajo una constitución griega, las divinidades griegas eran introducidas en el panteón de la ciudad, y se establecían instituciones educativas y lúdicas griegas. En el siglo posterior a la conquista de Judá por Alejandro, se fundaron ciudades griegas a lo largo de la costa mediterránea, así como en el interior, como Beth Shean (Escitópolis) y Samaria (Sebastie), e incluso más al este, en Transjordania. Un boulé o consejo legislativo se reunía regularmente; los archei (cabezas) eran escogidos de entre ese cuerpo para la administración de los asuntos cotidianos, y un demos constituído por ciudadanos ordinarios se reunía esporádicamente. Esas ciudades sirvieron como centros de vida e influencia griega y se reforzaban unas a otras a través de empresas conjuntas de orden comercial, cultural y atlético2.
Las consecuencias geográficas de la conquista de Alejandro afectaron también al curso de la historia de Israel. En previas conquistas Israel había permanecido invariablemente en la periferia de imperios mundiales, lejos de los centros de poder y autoridad. Su localización geográfica marginal aseguraba a los judíos una cierta dosis de estabilidad y aislamiento. Pero a la muerte de Alejandro en el 323 a.C. y la ruptura de su imperio Judea se vió en el vértice de la actividad política y militar. Geográficamente emparedada entre los dos focos de poder, el reino seleúcida con base en Siria, y el reino ptolemaico de Egipto, cuya capital estaba en Alejandría, Judea sirvió de campo de batalla en el que los seleúcidas y los tolomeos se enfrentaron a lo largo de la centuria siguiente. No menos de cinco guerras a gran escala tuvieron lugar entre Egipto y Siria durante el siglo III a.C., cada una con una duración de varios años. Por todo Judea, incluído Jerusalem, hubo guarniciones militares, y grandes ejércitos se estacionaron a través del país.
Cualquiera de esos factores, la exposición a la cultura helenística o la centralidad geográfica, hubieran sido desestabilizadores en cualquier circunstancia. Pero para los judíos de Judea esos factores fueron demoledores, porque en los siglos inmediatamente precedentes a la conquista habían vivido en una especie de aislamiento. Cuando Persia gobernaba el mundo, Ciro mantuvo una política de apoyo activo a los grupos étnicos y religiosos, animándolos a reconstruir sus instituciones y a desarrollar tradiciones indígenas. Naturalmente, esa política fue recibida con los brazos abiertos por los lìderes judíos. Los persas sólo pedían lealtad política y pago de impuestos. El distrito de Judea, o Yehud, consistía en una pequeña zona alrededor de Jerusalem que se encontraba lejos de las ciudades principales y vías internacionales del país. Su situación permitía un relativo aislamiento del mundo circundante, geográfica, social y religiosamente hablando3.
Así no debe sorprender que, tras la conquista de Alejandro, la inundación de Judea por oficiales del gobierno, mercaderes, soldados y demás fuese traumática para muchos judíos. Jerusalem no podía ya permanecer aislada del mundo exterior, y muchos de sus habitantes tampoco lo querían. Las oportunidades y atractivos de la más amplia cultura no podían negarse. Las monedas de plata acuñadas por las autoridades de Jerusalem entre el 300 y el 250 a.C. proporcionan una expresiva muestra de una respuesta judía positiva a la influencia helenística. Esas monedas llevan representaciones del rey egipcio Tolomeo I, de su esposa Berenice y un águila, símbolo ésta última de la hegemonía tolemaica. La presencia de esos símbolos en monedas judías es un claro testimonio del deseo, al menos de algunos, de una integración en el nuevo orden mundial4.
Es difícil apreciar, sin embargo, cómo la sociedad judía en su conjunto respondió a esa nueva realidad. Esto es, si las circunstancias de aislamiento geográfico de los judíos combinadas con diferencias étnicas y religiosas crearon un compartimento, siquiera parcial, entre ellos y el mundo exterior. O, por el contrario, si la sociedad judía fue profundamente afectada por los cambios, aunque en menor medida que los habitantes no judíos de otras partes del mediterráneo. Las fuentes de que disponemos son inadecuadas para responder a ese tipo de cuestiones. Los indicios de aquí y de allá sólo trazan un borroso cuadro de las muchas y variadas respuestas judías a los desafíos de la nueva era. En general, podría decirse que las divisiones en el seno de la sociedad judía se profundizaron como resultado de la dominación helenística, las alianzas políticas se polarizaron en facciones inclinadas al norte (seleúcidas) o al sur (tolomeos), las divergencias sociales y económicas se exacerbaron y las creencias y prácticas tradicionales religiosas fueron amenazadas5.
Sin embargo, el grado de helenización entre los judíos durante el periodo helenístico (desde la conquista de Alejandro hasta el establecimiento de la dinastía hasmonea en el 141 a.C.) permanece poco claro. Los autores han venido manteniendo posturas maximalistas y minimalistas, según vean un profundo impacto del helenismo6 o una superficial incidencia7. Tal vez ambas posiciones contengan parte de razón, pero sin duda la realidad era mucho más compleja. Dependerá de a qué nos estamos refiriendo, si a un aristócrata urbano o a un granjero; a qué periodo específico, si el s. IV o el II a.C.; y a qué aspectos de la sociedad, si a la cultura material, a las creencias religiosas o a las instituciones sociales. Mucha de la literatura judía escrita o editada durante el periodo helenístico temprano refleja una contienda con ideas del mundo exterior. El libro bíblico del Eclesiastés (Kohelet) sigue siendo el más explícito y detallado testimonio que poseemos acerca del perturbador impacto de ese nuevo entorno sobre el pensamiento y la religión judía. La fe y la certeza se habían perdido, y en su lugar había duda, indecisión y escepticismo. A la vuelta del s. II a.C. Ben Sira compuso una respuesta a ese tipo de pensamiento, llamado en latín Eclesiasticus (el pequeño Eclesiastés)8, tal vez proporcionándonos alguna indicación acerca de la gravedad del escepticismo y falta de fe reflejado en Eclesiastés.
En la misma línea el Libro de los Jubileos presenta un casi polémico énfasis en mandamientos tan básicos como la circuncisiòn (15,23-34) y el sábado (2, 16-33), trasluciendo quizás una cierta laxitud en su observancia como resultado de la exposición al mundo exterior. Finalmente, un canto de amor tan gráfico como el Cantar de los Cantares fue probablemente editado hacia ese momento y refleja temas bien atestiguados en la poesía helenística.
Hasta qué punto esas corrientes intelectuales y religiosas afectaron a la sociedad judía es difícil de aquilatar. La evidencia disponible ofrece datos contradictorios. Por un lado, después de que el seleúcida Antíoco III conquistase Jerusalem (hacia el 200 a.C.), promulgó un edicto garantizando los privilegios de los judíos de la ciudad; esto parece confirmar el tradicional status de liderazgo de Jerusalem. Ancianos, sumo sacerdote, sacerdotes y otro personal del Templo fueron reconocidos como líderes de la comunidad y se les acordaron los privilegios correspondientes. Los temas que toca el edicto de Antioco atañen al Templo, al culto, a los preceptos religiosos y al bienestar de la ciudad. Es probable que esos temas estuvieran en el primer plano de los asuntos de Jerusalem durantes décadas, si no siglos.
Por otra parte, ese cuasi idílico cuadro se oscurece visto en la perspectiva de otras fuentes. El historiador judío Josefo, por ejemplo, reseña la crónica de la familia Tobiad, cuyos miembros tuvieron un papel destacado en la política de Jerusalem hacia esos momentos. Ellos representan los intereses judíos ante la corte tolemaica en Alejandría y sin duda tuvieron también un importante papel en los asuntos internos de Judea. Los Tobiad ostentan un significativo grado de aculturación, adoptando nombres , maneras y formas de vida griegos.
Un segundo ejemplo de una situación más compleja se conserva en 2 Mc 4. Los reyes seleúcidas estaban a menudo desesperadamente necesitados de dinero para pagar su tributo anual a Roma. En el 175 a.C. Jasón, un jerosolimitano de linaje sacerdotal, ofreció al recién coronado rey seleúcida Antioco IV una cantidad de dinero para asegurarse su propio nombramiento como sumo sacedote en el Templo de Jerusalem. Jasón añadió después una cantidad adicional para el derecho de convertir a Jerusalem en una polis griega. Eso significaba que los habitantes de Jerusalem serían registrados como ciudadanos de una polis, que la ciudad sería reestructurada políticamente, que las instituciones sociales serían reorganizadas en el espíritu de una ciudad griega, y que se establecerían un gymnasion y un ephebeion9.
No cabe duda de que esto constituía un paso muy atrevido. Como se ha dicho, no está claro el grado de helenización que había penetrado en la sociedad judía de ese tiempo. Así que cabe preguntarse si el programa de Jasón tenía un apoyo activo o pasivo de un amplio segmento de la población o era un superficial mimetismo de modos griegos por parte de una pequeña élite de Jerusalem. Si era un paso espectacular y repentino con poca planificación. o era la culminación de un largo proceso. Ninguna de esas cuestiones puede ser contestada con seguridad.
Sin embargo está bastante claro que hacia el 175 a.C. muchos destacados jerosolimitanos, especialmente sacerdotes, estaban comprometidos con un cierto grado de aculturación. Aunque no conocemos la reacción inmediata a la iniciativa de Jasón, lo que es cierto es que en los años siguientes la sociedad judía fue sacudida por una serie de acontecimientos que la conmovieron hasta sus propios cimientos.
Antioco IV y el surgimiento de los Macabeos
Poco después de que Jasón se convirtiera en sumo sacerdote por compra y Jerusalem se convirtiera en una polis, el gobernante seleúcida Antioco IV Epifanes visitó Jerusalem (probablemente hacia el 173 a.C.) y fue recibido por la población con una procesión de antorchas y una aclamación general. Hacia ese mismo momento, la ciudad envió una delegación para participar en los juegos atléticos en Tiro, en la costa de Fenicia. Parece que los miembros judíos de esa delegación se encontraban a disgusto ofreciendo el habitual obsequio a la deidad local en la apertura de los juegos; en lugar de ello, dieron su dinero al comité de la ciudad.
En 172 a.C. otro sacerdote de Jerusalem, Menelao, trató de seguir el precedente de Jasón sobornando al rey seleúcida para que le nombrase sumo sacerdote en lugar de Jasón. Para cumplir su compromiso económico, Menelao tuvo que recurrir a saquear el tesoro del Templo, lo que enfureció a la población. La subsiguiente explosión de violencia fue sofocada, pero con grandes dificultades. La tensión entre los seguidores de Jasón y Menelao continuó.
La violencia estalló de nuevo el 169-168 a.C., provocada en esta ocasión por el rey seleúcida Antioco IV. Primero saqueó el templo, causando alguna destrucción. Luego . sofocó la agitación causada por la amenaza de Jasón a la autoridad de Menelao. La masacre siguió al pillaje y el fuego destruyó parte de la ciudad. No lejos del templo, Antioco contruyó una fortaleza, llamada el Akra, que guarneció con tropas sirias10. Jerusalem hervía de descontento, porque estaba claro que la presencia de tropas paganas significaba la introducción de cultos extranjeros en la ciudad.
Aproximadamente un año más tarde, en el mes de kislev (diciembre 167 a.C.), Antioco emitió un decreto prohibiendo la circuncisión, el estudio religioso, la observancia de la ley (incluyendo el sábado y las fiestas), y forzaba a los judíos a cometer lo que ellos consideraban el peor de los pecados: idolatría y comida de alimentos prohibidos. Antioco profanó el lugar más sagrado de los judíos introduciendo culto idolátrico en el propio recinto del Templo.
Cabe plantearse las razones de Antioco al hacer esto. Las fuentes principales (1 y 2 Macabeos) difieren, como lo hacen los historiadores modernos. Lo que está claro sin embargo es que los decretos de Antioco no tenían precedente. La persecución religiosa no había existido antes en el mundo pagano. Un conquistador podía imponer sus deidades a la población local, pero nunca prohibiría la práctica de las tradiciones locales11.
Se diga lo que se quiera sobre la personalidad y rarezas de Antioco (al que en lugar de Epifanes se le llamaba en broma Epimanes, esto es, "loco"), había sido educado en lo mejor de la tradición helenística, y la persecución religiosa no formaba parte de su herencia cultural o política. Conscientes de lo insólito de su política, los historiadores han tratado de buscar explicaciones alternativas, tales como: Fueron los extremadamente helenizados de Menelao los que instigaron esta revuelta (Bickerman, Hengel); Antioco seguía una política de persecución religiosa que había asimilado cuando estuvo en Roma (Goldstein); la persecución religiosa de Antíoco era parte de un intento de suprimir una revuelta que había ya estallado en Jerusalem y que tenía un sesgo claramente religioso (Tcherikover).
Sean cuales fueren las razones, estas persecuciones suscitaron respuestas de enorme alcance para la historia judía subsiguiente. La reacción inmediata fue de desbandada. Algunos judíos no vieron más forma de responder que la aquiescencia pasiva. Otros huyeron al desierto de Judea y quizás más allá de sus fronteras. Otros desesperaron de las medidas terrenas y se refugiaron en sueños místico-mesiánicos de intervención y salvación divinas 12.
En los años siguientes a la imposición de los decretos de Antioco el conflicto armado estalló solamente en la lejana ciudad de Modi'in en el noroeste de Judea. Y sin embargo, ésta fue la respuesta que luego llevaría a una radical reorganización de la sociedad judía.
La revuelta de Modi'in fue organizada y liderada por un sacerdote llamado Matatías y sus cinco hijos, Judas Macabeo13, Simeon, Johanan, Eleazar y Jonatan. Con el tiempo esos hijos habrían de restablecer por primera vez en 450 años un estado soberano, y una nueva dinastía de reyes judíos, los Hasmoneos14.
Un cuarto de siglo de ascensión hasmonea
La ascención Hasmonea al poder fue un largo y arduo proceso que triunfó solamente tras veinticinco años de lucha. Este cuarto de siglo puede ser dividido en cuatro periodos distintos:
1. 166-164 a.C. Estos fueron años de continua guerra de guerrillas. Dirigidos por los Macabeos, los judíos , comandados por Judas Macabeo, atacaron a los ejércitos seleúcidas cuando intentaban llegar a Jerusalem para reforzar su guarnición. Las fuerzas seleúcidas se acercaron a Jerusalem casi desde cada dirección (norte, noroeste, oeste y sur), pero cada vez eran vencidas y sus armas robadas para engrosar la fuerza de los irregulares hasmoneos. Los heroicos y casi siempre victoriosos esfuerzos militares hasmoneos están vivamente descritos en 1 y 2 Macabeos. Solamente un encuentro en Bet Tsur (al sur de Jerusalem) en la primavera del 164 a.C. fue una batalla que quedó en tablas, y se declaró un armisticio temporal como resultado de la intervención combinada de judíos helenizados y refuerzos romanos. Seis meses más tarde, sin embargo, Judas Macabeo y sus tropas sorprendieron a la guarnición siria de Jerusalem, capturaron la ciudad, purificaron el Templo y restablecieron los ritos sacrificiales judíos. Esto ocurría en el mes de Kislev del 164 a.C., exactamente tres años después de que comenzara la persecución de los judíos. Esta recuperación de Jerusalem, limpieza del Templo y reinstauración de los sacrificios es recordada hasta hoy por los judíos en la fiesta de Hanukkah15.
2. 164-160 a.C. Estos años estuvieron marcados por cambios dramáticos en la suerte de los hasta entonces victoriosos Macabeos. Antioco V envió su ejército seleúcida para aplastar a los rebeldes, y en una batalla cerca de Bet Zechariah, cerca de jerusalem, los seleúcidas vencieron. Sin embargo, no aprovecharon su vistoria porque llegaron noticias de una grancrisis en Antioquía que requería la inmediata presencia del comandante, Lisias, y sus tropas. Así se firmó un apresurado tratado de paz, favorable para los judíos, en el que los decretos que prohibían la práctica del judaísmo fueron oficialmente revocados. Los judíos, por su parte, aceptaron como sumo sacerdote a un tal Alcimus, un judío helenista moderado.
La mayoría de la población parece haberse conformado con este compromiso, incluídos los Hasidim, un grupo pietista que se unió a la rebelión desde su comienzo, y cuyos orígenes han sido explicados de muy diversas formas según los autores. Solamente los Hasmoneos rechazaron este arreglo, y fueron entonces iaslados y forzados a marcharse de jerusalem.
En el 161, la política y la suerte militar de los Macabeos cambió de nuevo, esta vez a mejor. Judas Macabeo reunió un considerable ejército en Adasa, al norte de jerusalem, y venció al general griego Nicanor en una importante batalla. Su victoria, aunque espectacular, duró poco. Un año después un nuevo ejército sirio apareció en Judea, esta vez bajo el mando de Bacchides. En una encarnizada batalla en la fueron diezmados los judíos, murió Judas Macabeo. Se había borrado cualquier esperanza de una vuelta al poder político macabeo a corto plazo.
3. 160-152 a.C. Estos fueron años de declive para los Hasmoneos. Quedaron pocos de sus partidarios en Jerusalem. Al principio huyeron a la región de Tekoa, en el desierto de Judea, al sureste de belén. Expulsados de alli, se reasentaron en Micmash, cerca de Betel en el nordeste de Judea, donde vivieron en semi-aislamiento, fuera de la escena del poder y desprovistos de todo tipo de títulos o privilegios.
4. 152-141a.C. Este es el periodo de la ascensión hasmonea que culminó con el establecimiento de un estado judío soberano. El cambio vino de forma casi fortuita.
El 152 a.C. Alejandro Balas y Demetrio, ambos pretendientes al trono seleúcida, trataron de obtener el apoyo de Jonatan, hermano de Judas Macabeo y lider de los hasmoneos, compitiendo uno con otro en las ofertas de privilegios y honores. Finalmente, Jotanan se inclinó por Demetrio y por ello fue generosamente recompensado. Fue hecho sumo sacerdote, recibió permiso para mantener tropas y se le otorgaron amplios privilegios fiscales. Así, a pesar de su cuasi exilio durante los ocho años anteriores, los hasmoneos eran los únicos judíos en el país capaces de reunir una fuerza considerable, y esto fue el factor decisivo. Con los beneficios recibidos de Demetrio, Jonatan tuvo pronto el firme control de la sociedad judía y fue reconocido como el representante indiscutible de los seleúcidas en Judea.
Es irónico que un cuarto de siglo antes los helenizados Jasón y Menelao adquiriesen el sumo sacerdocio sobornando a un rey gentil; ahora los hasmoneos los seguían pagando en lugar de con dinero con servicios. Como oficiales seleúcidas, Jonatan y su hermano Simón sirvieron lealmente al reino, e incluso enviaron una vez 3.000 soldados a Antioquía a petición del rey seleúcida para sofocar allí una revuelta. Durante esta década los hasmoneos fueron recompensados con más territorios en el norte y noroeste de Judea.
Jonatan pronto cayó víctima de las mismas intrigas y maquinaciones políticas que anteriormente había explotado en su propio beneficio. Fue asesinado a traición el 143 a.C. por fuerzas opuestas a su rey-patrón.
Simón, el último de los hermanos macabeos, asumió entonces el sumo sacerdocio y el liderazgo político. Imediatamente arrojó del Akra de Jerusalem a los restos de la guarnición siria y a los judíos helenizados. Luego, en una impresionante ceremonia en el 141 a.C. proclamó su independencia del gobierno seleúcida.
Resumen de los motivos del éxito macabeo
Resumiendo esos veinticinco años, cabría preguntarse por qué los macabeos triunfaron como lo hicieron. Una buena parte de su éxito puede deberse al carisma de la propia familia macabea. Sus logros en campaña, la purificación del Templo y el hecho de que muchos miembros de la familia dieran sus vidas defendiendo el Templo y la ciudad santa les daban muchas opciones para el liderazgo. Fueron asimismo capaces de consolidar amplios sectores de la población en torno a ellos. Los ancianos (líderes rurales y urbanos), sacerdotes, levitas y otros participaron todos en la ceremonia de coronación de Simón, tan brillantemente descrita en I Mc 14. Además, la tenacidad hasmonea en la prosecución de sus propósitos políticos a pesar de todos los obstáculos les situaron en posición de tomar ventaja de cualquier oportunidad que pudiera presentarse.
Pero también los hasmoneos fueron favorecidos por las circunstancias en el plano internacional. La segunda mitad del siglo II a.C. contempló el declive de los dos principales poderes helenísticos, los tolomeos y los seleúcidas. El vacío político en la región fue rápidamente llenado por reinos vasallos étnicos (itureos, nabateos) y estados independientes (Tiro, Sidón, Ascalón). Precisamente en ese momento los hasmoneos aprovecharon para obtener una independencia política todas esas circunstancias favorables. En realidad, sólo otra vez en la historia de Israel una situación similar cristalizó internacionalmente, en el s. X a.C., cuando David y Salomón levantaron su ya lejano cuasi-imperio.


Combinando el poder político y religioso
Con la emergencia del estado hasmoneo, las circunstancias políticas del pueblo judío cambiaron radicalmente. El poder y los ornamentos de una entidad política autogobernada fueron introducidos en la sociedad judía. El control de las distintas instituciones sociales se llevaron a cabo con gran autoridad e influencia. Desde el principio, los hasmoneos se definieron a sí mismos como líderes supremos del pueblo, tanto en política como en religión. Habiendo sido ya elevados al sumo sacerdocio (se recuerda que Jonatan había sido nombrado sumo sacerdote con la ayuda de Demetrio en el 152 a.C.), asumieron dos títulos más en el 141 a.C.: etnarca (cabeza del pueblo) y strategos (comandante del ejército). Una generación más tarde, el 104 a.C., el título de rey reemplazó al de etnarca, y desde entonces una dinastía de reyes judíos gobernó Judea.
Combinar la autoridad política de un estado soberano con el más alto título religioso fue desde luego una innovación en la historia judía. Antes, en el periodo del primer Templo, el sumo sacerdote y el rey funcionaban como dos fuentes de autoridad independientes. Igualmente, en el periodo posterior al gobierno hasmoneo, herodes separaría claramente esos dos ámbitos, reservando la política para él y relegando el religioso, con su status secundario, a otros. Combinar esas dos vertientes por parte de los hasmoneos era explosivo, tanto en el sentido positivo como en el negativo, porque venía a proporcionar un componente ideológico que motivaba y justificaba las actividades políticas y militares.
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