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Alberta Giménez, vista por sus biógrafos Pere Fullana Puigserver, historiador Nuestro punto de partida


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Alberta Giménez, vista por sus biógrafos
Pere Fullana Puigserver, historiador


1. Nuestro punto de partida.

Esta intervención tiene como objetivo analizar la trayectoria de Alberta Giménez Adrover a partir de una lectura crítica de las diferentes biografías de que disponemos a día de hoy. Nos referimos a un conjunto de monografías que responden a la investigación y la divulgación sobre la vida y obra de Madre Alberta que se han sucedido a lo largo de sesenta años, concretamente desde 1935, con la aportación no editada de Pedro Antonio Matheu, hasta 1991 con la obra del P. Alfredo Turrado, pasando por las publicaciones de Antonio Sancho, Bruno Morey, José María Javierre y Margarita Juan. Todas tienen en común que están directamente relacionadas con la Congregación de Hermanas de la Pureza de María, en todos los casos porque tienen su origen y son el resultado de un encargo de la misma congregación. Por otra parte, entendemos que, en buena medida, aquellas que pretenden ser más exhaustivas en su narración están condicionadas por la metodología del proceso de canonización. Al margen de los condicionantes, más o menos explícitos, cada autor aporta un punto de vista personal a partir del estudio de los documentos e introduce indicadores que responden a la mentalidad dominante de la época en que fue redactada la obra. Cada biografía dice tanto de Madre Alberta como de la forma de pensar y de los condicionantes históricos de su autor. A partir de la fecha de publicación de estas obras, el estudioso aprecia, de inmediato, que durante los últimos veinte años, la investigación sobre Madre Alberta no ha avanzado apenas en lo que concierne a estudios globales sobre su figura. En cambio se han editado estudios parciales relacionados con las fuentes (cartas, biblioteca) y se han aportado materiales sobre alguna de las etapas esenciales de Alberta Giménez, concretamente de la Escuela Normal Femenina.


Dicho esto, entendemos que vale la pena plantear también los déficits que tienen estas biografías y ofrecer líneas de investigación nuevas que permitan implementar aquellos aspectos que, por su interés, requieren una mayor profundización. Durante cerca de noventa años, desde la muerte de Alberta Giménez en 1922, se ha hecho un esfuerzo por mantener viva la figura de la restauradora del Real Colegio de la Pureza, poco después también directora de la Escuela Normal de Maestras de las Baleares y finalmente fundadora de la Congregación de Hermanas de la Pureza de María. Nos referimos a una etapa de la vida de una madre de familia y maestra a la que, providencialmente, la historia le ofreció una segunda oportunidad que ella no sólo no desaprovechó, sino que la convirtió en una experiencia única en el conjunto de la historia de la educación contemporánea y en el marco de la historia social y religiosa. El relato de su vida nos remite, también, a una primera parte intensa y dramática, pero con un fundamento, una experiencia y una preparación singular, que constituyó la base de la etapa de esplendor o de madurez de Madre Alberta.
1.1. Una mujer excepcional y moderna. Una madre cuya vida responde al perfil de un siglo que sirvió de despertador para la mujer.
La historia de la mujer del siglo XIX es apasionante, especialmente porque a medida que fue avanzando el siglo uno puede constatar el lento despertar del papel de la mujer en la sociedad y, como no podía ser de otra manera, también en la Iglesia. El profesor Claude Langlois ha definido el XIX como siglo de feminización de la Iglesia1; Inmaculada Blasco Herranz plantea su anàlisis desde la feminización de la religión a la movilización católica femenina2; otros historiadores e historiadoras, como es el caso de Mónica Moreno Seco, están avanzando en todo lo concerniente a la realidad vivida y protagonizada por mujeres, en la sociedad y en la Iglesia contemporáneas3. Es más, el siglo permitió enfocar a la mujer, darle mayor visibilidad y le abrió cauces nuevos que le posibilitaron avanzar definitivamente en el terreno de la profesionalización. No cabe duda de que la mujer moderna aspira a tener un trabajo, a colaborar en la economía doméstica y a compartir compromisos en el seno de la sociedad y de la Iglesia. Responsabilidades que, con el tiempo, irán ensanchando su ángulo de visión y su espacio de acción, hasta convertir a la mujer en un activo social imprescindible. En poco más de un siglo había cambiado profundamente el sentido y el papel de las personas en la sociedad, se tenía una mayor conciencia de los derechos y deberes individuales y colectivos, se había avanzado claramente en todo lo concerniente al sentido de la igualdad y el fervor a favor de la fraternidad había incorporado el activo femenino. Este clima cívico permitió escenarios nuevos para la mujer, no siempre conscientes como se supone, pero reales. El cambio también tenía componentes externos nuevos para la mujer, en la manera de vestir, en los espacios que podía ocupar y en las responsabilidades que eclesiásticos y civiles ofrecían a la mujer. No cabe duda de que los estudios sobre el protagonismo de la mujer en la sociedad contemporánea tanto a nivel general, pero sobre todo a nivel local, son escasos, si bien van apareciendo investigaciones que se van consolidando en la historiografía actual. Joana Maria Escartín y Aina Serrano introducen elementos de análisis ciertamente de un gran interés, especialmente en lo que concierne a la necesidad de descubrir el papel de la mujer en épocas de escasa visibilidad social4. Por otra parte, en lo que afecta a la religiosidad femenina en general su análisis obedece a los tópicos liberales tradicionales y se trata todo lo femenino en la Iglesia desde un prisma que no aporta ninguna novedad desde el punto de vista metodológico ni descriptivo.
Desde la perspectiva del género, los historiadores han apostado recientemente por revisar en profundidad la relación histórica entre mujer y modernidad5. Al margen de las hipótesis de trabajo y de los argumentos metodológicos, este mismo planteamiento debe hacerse extensivo también al estudio de la mujer religiosa en la modernidad, precisamente porque, como Alberta Giménez, se trata en muchos casos de mujeres con formación, con una carrera universitaria, afectadas por las corrientes de pensamiento ilustrado, abiertas a las nuevas sensibilidades pedagógicas y protagonistas en un mundo en cambio. También en el caso concreto de Madre Alberta a día de hoy debemos confesar que contamos con un punto de vista en el que ha primado lo religioso sobre lo social, a veces, incluso, de una forma descontextualizada; con argumentos que se sostienen difícilmente o no tienen aquella consistencia que requiere un análisis como el que espera y exige nuestro tiempo.
Prácticamente todas las biografías de Alberta Giménez coinciden en destacar a la mujer virtuosa que había sido, como maestra, como esposa y como madre. Como se supone, los biógrafos entienden su vida como un todo, con la necesidad de salvar el matrimonio, de tratarlo de una forma delicada, seguramente porque ella misma nunca participó de aquella concepción integrista que entendía el matrimonio como una imperfección, y el trabajo como una indignidad, un castigo o un sacrificio. La maestra casada no es un caso excepcional, aún cuando, a mediados del ochocientos, la mayoría de maestras eran aún solteras; pero tampoco no es excepcional el caso de la viuda, líder, virtuosa y capacitada para iniciar una experiencia comunitaria nueva. Abundan en el ochocientos las viudas fundadoras de congregaciones religiosas, y no podemos contemplar el siglo XIX, sin encajar una serie de elementos imprescindibles para entender los componentes sociales del ambiente. Recordemos que no se ha producido aún la revolución científica y que estamos todavía a las puertas del cambio. La vida está condicionada por las epidemias, la mortalidad infantil, una media de vida baja, un modelo familiar en transición y unas condiciones de vida aún precarias, sobre todo si los contemplamos con los parámetros de la sociedad del bienestar que ha caracterizado la sociedad occidental en el tránsito del siglo XX al XXI. La circunstancia vivida por Alberta Giménez transita entre dos mundos que coexisten. Por una parte el ideal de esposa, madre y señora del hogar, y por otra el modelo de mujer burguesa que tiene en perspectiva un trabajo profesional y que contempla la realidad personal y colectiva desde el prisma con una mirada nueva que integra un mundo de oportunidades profesionales. No olvidemos que en la Europa de mediados del ochocientos, las maestras elementales se reclutaban preferentemente de la pequeña burguesía local, es decir entre los propios maestros, los funcionarios sin formación académica, los pequeños comerciantes y artesanos6.

1.2. Una trayectoria con reconocimiento social, académico y eclesial.


Entendemos que Alberta Giménez, en 1870, en el momento de ser admitida como Hermana colegiala y poco después al tomar posesión como Rectora del Real Colegio de la Pureza, proviene de un ámbito social liberal y es conocida en círculos preferentemente laicos. A día de hoy, la documentación de que disponemos tiene un carácter básicamente civil. En cualquier caso, vale la pena destacar que Alberta y su familia, disponen de un entorno conocido, amigos, colaboradores y una red de relaciones que, durante el período de 1837 a 1870, convierten a Cayetana Alberta en una mujer que formaba parte del universo urbano palmesano. En general, las referencias que maestros, clérigos y políticos tienen de ella están directamente relacionadas con su esposo y la actividad pedagógica de éste. No será hasta el fallecimiento de Francisco Civera, su esposo, en 1869, cuando Alberta emerja con fuerza y aparezca su figura exenta, dispensada parcialmente de sus cargas familiares y favorecida por una nueva responsabilidad.
La trayectoria académica de Alberta Giménez, como mujer culta, como maestra y como educadora, ha tenido una relevancia especial en su biografía. Globalmente su vida se entiende sobre la base de su formación y su primera experiencia como maestra, como esposa de un profesor de prestigio reconocido, tanto por su labor como educador, así como su compromiso en la Escuela Normal de Maestros. En el tejido de la escuelade Palma de mediados del ochocientos, el Colegio Civera gozaba de prestigio, tal y como queda de manifiesto en la memoria personal de algunos de sus discípulos como Bartolomé Ferrá7 o contemporáneos como Ignacio Roca Buades8, sólo por citar dos ejemplos, una parte de la cual hemos tenido oportunidad de reeditar recientemente. Compartiendo el trayecto pedagógico de Francisco Civera hallamos a Alberta Giménez, con su propio proyecto de Colegio Femenino, en la línea de los centros educativos liberales de la época.
Desde el punto de vista eclesial, los biógrafos de Alberta Giménez han incluido varios eclesiásticos en su itinerario, singularmente en la primera etapa de su vida. Nos referimos a Domingo Alzina y Tomás Rullán. Ya en la segunda, sobre todo a partir de 1870, esta relación se intensifica con Tomás Rullán, primero, y con Enrique Reig Casanova, después. Paradójicamente, este aspecto es el más frágil aún en el relato global de la vida de Alberta. El argumento que se sigue, en general, no está suficientemente probado ni se ha estudiado en profundidad. Hablamos en concreto de indicios que no siempre concuerdan con el argumento general de la obra. La religiosidad de Alberta Giménez en su infancia, juventud y en su primera etapa profesional tampoco es suficientemente conocida, lo cual no significa que no sea relevante y sólida como hace suponer la profundidad de su proyecto personal y comunitario posterior. No cabe duda que, no sólo en España sino en Europa en general, en los internados femeninos y las escuelas normales femeninas las educandas recibían “más bien una educación de internado de orientación religiosa, ligada a un control moral sumamente estricto de cada una de las estudiantes”9. El Real Colegio de la Pureza por una parte y el perfil religioso de la Escuela Normal de Maestras por otro sin duda habrían favorecido un progresivo compromiso religioso de Alberta Giménez que, muy pronto, contempla la oportunidad de transformar la comunidad de Hermanas de la Pureza en Congregación religiosa.
Por otra parte, conocemos poco y fragmentariamente las características de la religiosidad burguesa en clave femenina. Nos referimos a la forma como vive la mujer moderna su fe, como la exterioriza y como la proyecta, tanto en el ámbito privado como en el público, a mediados del ochocientos. Las biografías de Alberta Giménez remiten a una cierta piedad infantil y a las devociones que se compatibilizaban con la vida familiar. Pero nos falta conocer de una forma más precisa y documentada el perfil religioso de Alberta Giménez, singularmente durante su juventud. La prensa local anuncia de forma sistemática las principales funciones religiosas que se celebraban en Palma. Durante los decenios de 1840 y 1850 se producen cambios significativos en la socialización religiosa, a medida que aparecían nuevas asociaciones de piedad y ejercicios piadosos nuevos, acompañados de lecturas y meditaciones piadosas. El Padre Antonio María Claret (1807-1870) había sido uno de los pioneros de la difusión de buenas lecturas y Esteban Trías tenía en Palma una imprenta que se dedicaba a la traducción y la difusión de obras de piedad.

1.3. Cada generación necesita interpretar la historia y releer el pasado. Las biografías. Una lectura en clave de presente.


Si se nos permite clasificar y caracterizar las diferentes obras de contenido biográfico, entendemos que disponemos de tres tipos de biografías de Madre Alberta Giménez.
Un primer modelo que podemos relacionar con la memoria y el testimonio que Alberta ha dejado en el sector dirigente de la Iglesia mallorquina. Se trata de biografías que se inspiran en la necesidad de documentar la historia viva de Madre Alberta, desde el mismo momento de su fallecimiento. En esta línea cabría situar a Pedro Antonio Matheu Mulet (1935)10, Antonio Sancho (1941)11 y Bruno Morey (1974)12. Tres obras que responden a un estilo parecido, cada vez más literario y más lírico, que va alejándose de la documentación específica y que va incorporando un punto de vista y una interpretación. Pedro Antonio Matheu, al margen de recopilar los testimonios orales que aún pudo consultar, tenía una cierta experiencia en el terreno de la investigación histórica y su obra está fundamentada documentalmente. Matheu sitúa a Alberta como hija de militar y de madre de familia algo acomodada. Ofrece una visión de familia burguesa, que gusta de vestir bien a la niña, con sortijas aunque a la niña no le gustara como confesaba de mayor. Devota: “siempre devota, empero, entrábale alguna vez, cuando jovencita, lo que ella llamaba la ‘manía’ de la devoción y tanto madrugaba entonces para ir a Misa, que encontraba repetidas veces cerradas las puertas de la iglesia”13. Caracteriza a Alberta como esposa y madre, con un juicio maduro y reposado, discreta, no tiene nada que envidiar a la mujer fuerte del Sabio14. No abandona a sus padres en el momento de casarse. Destaca la religiosidad de los esposos: “Juntos hacían cada noche, el ejercicio del cristiano –según confesaba la M. Alberta- como lo trae el ‘Áncora de Salvación’”15. Matheu proyecta en el siglo XIX debates propios de su tiempo, como el alegato contra la coeducación, en el contexto de 1935, en plena Segunda República. Aprovecha para demostrar que el sistema ideal, tal como lo tenían Francisco Civera y Alberta, era mantener un colegio masculino y uno femenino, con entradas diferentes, con un ambiente moral sano16. El canónigo Antonio Sancho (1941) repasa minuciosamente, con pluma brillante, la cronología de la vida y obra de Madre Alberta. Desde un punto de vista que pretende aparecer como neutral y ponderado, fija posiciones claras en aquellos temas polémicos, de política liberal y de confrontación entre el Estado y la Iglesia. Antonio Sancho, si bien hace un repaso a los principales acontecimientos pedagógicos relacionados con Madre Alberta, no se interesa tanto por los contenidos pedagógicos de la Escuela cuanto por la dialéctica entre el catolicismo y el liberalismo político. Sancho entiende que dicha confrontación es el marco que mejor explica la trayectoria de la Rectora de la Pureza y de la Directora de la Escuela Normal Femenina. Considera a Alberta como cofundadora de la Pureza, continuadora de la idea primigenia de Bernardo Nadal de consolidar un colegio femenino más que una congregación religiosa17. En este sentido entiende la obra de Alberta Giménez como un proyecto integral, religioso-pedagógico. La obra de Alberta Giménez, desde la óptica de Sancho, corría siempre el riesgo de ser suprimida en aquellos tiempos liberales18. No cabe duda de que la Iglesia, al menos entre 1835 y 1875, vivió una etapa de inseguridad jurídica; durante la Restauración borbónica este clima se regeneró en algún momento concreto (1901, 1910, etc.) pero fueron circunstancias puntuales que Sancho maximaliza y mezcla la problemática de las Congregaciones religiosas y las obras educativas. En todo caso, Matheu y Sancho aportan documentación, detalles y experiencias de un gran interés, y salvaron el capital documental que ha hecho viable las investigaciones posteriores sobre la figura de Alberta Giménez. Bruno Morey completa la trilogía biográfica. Recoge la tradición y la memoria de Alberta Giménez, basándose esencialmente en la investigación de Pedro Antonio Matheu. En conjunto su obra refuerza y engrandece la trayectoria de Madre Alberta, pero adolece de un lenguaje y un estilo que, en 1974, podía haber sido más austero y más concreto.
Las obras de José María Javierre (1967) y Alfredo Turrado (1991) constituyen el segundo modelo de biografías. En plena celebración del Concilio Vaticano II, el periodista José María Javierre recibe el encargo de escribir una nueva biografía de Alberta Giménez. Ha escrito varias biografías y es conocido por su lenguaje fácil y directo. Era un experto vaticanista y un ferviente defensor del Concilio Vaticano II. El conocimiento de los fundadores y la recuperación del espíritu fundacional había sido una de las bases de la renovación propuesta a la vida religiosa, a la luz de los decretos conciliares. En este sentido, José María Javierre presenta a Alberta Giménez desde el espíritu conciliar, desde la renovación, desde la óptica de quien quiere destacar e interpretar la singularidad carismática. El lenguaje desenfadado de Javierre hoy nos puede parecer excesivamente superficial, cuando en realidad refleja la frescura y la imaginación de los años sesenta. Eran tiempos de cambio, un momento idóneo para librar a la Iglesia y a las instituciones religiosas de cargas prescindibles, una de las cuales era el propio lenguaje y las formas excesivamente rígidas. En líneas generales, Javierre presenta una imagen moderna y atractiva de Alberta Giménez. Construye el relato de su vida sobre los raíles de la documentación e interpreta las fuentes desde esta perspectiva. Reproduce una imagen tradicional de las Baleares, insiste en su retraso histórico en tiempo de Alberta y en el peligro del turismo en su análisis del presente. En aquel contexto, Alberta Giménez no sólo fue respetada por la Mallorca liberal y progresista, sino que cuenta con ella como mujer moderna, actual, digna de admiración y respeto19. La biografía del P. Turrado, por su parte, no aporta datos nuevos, ni es el resultado de la investigación, sino una reflexión a partir de otras biografías, con el interés centrado en la personalidad espiritual de Madre Alberta.
Finalmente, merece una atención especial la obra Una insigne balear (1986), en dos tomos de la M. Margarita Juan. Esta publicación tiene dos valores fundamentales. Por una parte aporta una primera versión definitiva de la historia del Real Colegio de la Pureza y por otra, completa la vida y obra de Alberta Giménez. Todo ello con un inventario extraordinario de documentos que permiten completar y reforzar la narración biográfica de Madre Alberta. El mérito y el valor de esta obra es extraordinario, también porque sitúa al historiador frente a la realidad conocida, a la documentación estudiada en su conjunto y, finalmente, permite conocer aquellas cuestiones que requieren una mayor profundización o un estudio monográfico especial. En este sentido los dos volúmenes completísimos de M. Juan nos permiten saber donde estamos y hacia donde camina la investigación abierta sobre Alberta Giménez.

1.4. Algunas referencias a la trayectoria humana y espiritual de Alberta Giménez.


Entendemos el recorrido humano y espiritual de Madre Alberta en el contexto de la construcción social de la mujer en el siglo XIX y en el primer tercio del siglo XX. En este sentido, siguiendo a Rebeca Arce Pinedo (2008)20, proponemos que el trayecto personal, profesional y religioso de Alberta está dividido en tres etapas:
a) Ángel del hogar, mujer fuerte, madre y trabajadora (maestra). Las mujeres formadas en ambientes urbanos, liberales y modernos durante las décadas de 1840 y 1850 participan ya del ambiente romántico, de transformación y de primera visualización de la mujer en los espacios sociales. Se instala lentamente la consideración de que las mujeres están capacitadas física, intelectual y moralmente para ejercer un oficio, en sintonía con su proyecto de mujeres casadas. Frente al modelo protofeminista de las escritoras románticas, frente al papel que el teatro, las revistas, la prensa y los medios emergentes deparan a la mujer, frente a todo ello la Iglesia y el liberalismo moderado, generan una imagen de modelos femeninos estilizados y sublimados hasta ser convertidos en “ángeles del hogar”21. Hablamos de mujeres que saben escribir, que saben expresarse, escriben poesía, son dulces y abnegadas, dedicadas preferentemente a tareas domésticas, al cuidado del marido y de los hijos. Acompañan al marido en su labor profesional. Al mismo tiempo, se trata de una mujer fuerte, que pide paso, cuya vida no se limita ya a ser “una mujer de su casa”.

La primera etapa de la vida de Alberta Giménez –centrada en la familia (esposo, hijos, padres, suegros) y en el trabajo- pudo estar influida también por el virtuosismo liberal religioso, es decir por una religiosidad más intimista, centrada en el deber diario y en el modelo de Francisco de Sales actualizado por el Padre Claret, que tenía su expresión máxima en la santidad en el trabajo y en el hogar. En cualquier caso, la vida de Alberta Giménez entre 1837 y 1869 no está asociada a ningún tipo de compromiso asistencial, ni siquiera se conoce ninguna inquietud de carácter público. Su vida, transcurre por los cauces de la vida cotidiana, de tal manera que, en 1870, en el momento de recibir el encargo del obispo Salvá de ponerse en contacto con la viuda de Civera, el canónigo Tomás Rullán y el alcalde de Palma manifiestan no conocerla físicamente.


b) Con el nombramiento de Alberta como Rectora del Real Colegio de la Pureza y Directora de la Escuela Normal Femenina de las Baleares se produce un cambio en la trayectoria personal y en la recepción de la figura de Alberta por parte de la Iglesia y la sociedad mallorquinas. Un cambio que coincide en el tiempo con el denominado maternalismo social, que se entiende como un compromiso firme a favor de la educación, moralización y formación de la mujer. A partir de 1868, evoluciona también el escenario social de la mujer. Un cambio que se consolida aún más durante la Restauración borbónica, entre 1875 y 1923, concretamente los años de presencia pública de Alberta Giménez en las instituciones. Rebeca Arce insiste en que durante este período el “liberalismo político consideraba necesario tomar en consideración la intervención indirecta de las mujeres en la esfera pública a través de su responsabilidad en la educación de las nuevas generaciones y de su influencia en la moralidad de las costumbres”22. Desde este punto de vista, vale la pena analizar detenidamente la imagen de mujer dominante en la sociedad liberal conservadora y en la Iglesia mallorquina, entre 1870 y 1922, precisamente porque de esta forma podremos entender la producción cultural y el discurso que los principales representantes institucionales emiten sobre la mujer. La influencia de la Institución Libre de Enseñanza y el feminismo krausista motivó aún más, si cabe, la necesidad de trabajar un discurso moderno que pudiera competir socialmente con aquel. La propia Iglesia promovió asociaciones feministas, potenció los estudios universitarios para la mujer y generó espacios nuevos con un mayor protagonismo femenino. Masonería, socialismo, republicanismo y anarquismo crearon su propio modelo femenino, pero también aparecen las primeras damas católicas sociales, mujeres que dan un paso adelante y no se limitan a una vida resignada en el espacio doméstico. Nos referimos a mujeres que realizan actividades, influyen, dirigen, escriben, catequizan, instruyen y completan el universo simbólico de la Iglesia. La jerarquía católica y los colectivos conservadores admiten que la mujer tiene un papel, que debe participar, que debe tomar parte activa en una sociedad en la cual no es un sujeto pasivo, sino activo, destinado a desempeñar un papel dinamizador.
c) La vida y obra de Alberta Giménez cristaliza en el momento en que irrumpe con una nueva congregación religiosa, una trayectoria que se entiende en el contexto de modernización de la estructura de la Iglesia. El Real Colegio de la Pureza había iniciado su recorrido en la historia con una clara vocación religiosa, pero los tiempos no le habían sido favorables, precisamente porque no había conseguido singularizar el proyecto religioso sobre el educativo. Con Madre Alberta, Tomás Rullán, y Enrique Reig la institución entra en un tiempo nuevo y el proyecto viene reforzado por una mayor seguridad jurídica de las congregaciones religiosas y por el clima favorable que vive la Iglesia durante la Restauración.
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