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Aguas quietas


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Tami Hoag



Aguas quietas
A Nita y a Andrea

por creer, empujar e impulsar...

por todo lo que hicieron,

les dedico este libro..

ÍNDICE


Agradecimientos Error: Reference source not found

AGUAS QUIETAS:



Capítulo 1 Error: Reference source not found

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Capítulo 3 Error: Reference source not found

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RESEÑA BIBLIOGRÁFICA Error: Reference source not found

Agradecimientos

Mi sincero agradecimiento a Wayne Goodnature, sheriff del Condado de Mower, y al suplente del sheriff y extraordinario cuñado, Barry Reburn, por el tiempo, el entusiasmo y el conocimiento experto que me aportaron.

También a mis parientes políticos, que soportaron que les hablase del procedimiento policial, el asesinato y la mutilación en episodios de familia, como si se tratase de una cosa normal.

Gracias también a Sandy Forstner del Stewartville Star, que restó tiempo a sus tareas para ofrecerme sus conceptos acerca de la vida de un periódico de pueblo.

Y finalmente a Boozer, mi compañero canino durante los últimos catorce años, porque facilitó amablemente su original presencia a este libro.
* * *
"Altissima quaeque flumina mínimo sonó labi".

Los ríos más profundos fluyen con menos ruido.

Las aguas tranquilas son profundas.

Proverbio latino

Capítulo 1


«La vida es una perra y después uno muere».

Apenas las palabras se deslizaron de los labios de Elizabeth Stuart cuando el delgadísimo tacón de su sandalia italiana chocó contra una piedra especialmente grande. Ella tropezó, maldijo con la fluidez de una persona criada en un rancho ganadero de Texas occidental, y valerosamente continuó su camino, cojeando. Había soportado demasiado en su vida para permitir que una cosa tan trivial como ésta la amilanase, físicamente o de cualquier otro modo: dos matrimonios destrozados, innumerables corazones partidos, sueños frustrados dispersos en su estela como los restos de un avión que se desploma a tierra. Esto era nada comparado con todo lo anterior.

De todos modos, no pudo evitar que de sus ojos brotaran algunas lágrimas. Los pequeños insultos de la vida, acumulados uno sobre otro, eran los que tendían a afectarla. La principal catástrofe, por ejemplo verse desairada y arrastrada en el lodo por el hombre que había jurado amarla hasta la muerte. Caramba. Podía soportar eso. Era un soldado. Era una luchadora. Pero, ¿que se le atascase el automóvil que ya tenía dieciséis años, a un lado del camino rural, de regreso a la ruinosa choza que ella solía denominar su hogar? Eso ya era demasiado.

Resopló y se pasó la mano bajo la nariz, y rechinó los dientes para rechazar el ansia de llorar. Dios, ten compasión de mí. Si ella empezaba a llorar por esto, si permitía que se agrietase el dique y comenzaran a manar las lágrimas, probablemente se ahogaría. Y arruinaría su máscara Elizabeth Arden, que estaba casi agotada y a la cual no podía reemplazar. Se dijo sombríamente que la vida debía continuar, y que era necesario contener las lágrimas moviendo las pestañas. La vida continuaría, para bien o para mal, al margen de que Brock Stuart se divorciara de ella o su Eldorado cayese en ruinas, o cualquier otra catástrofe se interpusiese en su camino gracias a ese canalla que era el Destino. Todo lo que ella tenía que hacer era continuar poniendo un pie delante del otro. Lo que se cruzaba en el camino poco importaba. Era necesario continuar avanzando, o acurrucarse convertida en una masa dolorosa, para morir.

Eldorado estaba a casi un kilómetro detrás, sobre el borde del camino, como un vaquero borracho que amenaza caerse del caballo. Elizabeth volvió hacia allí los ojos, frunciendo el entrecejo, y después miró de nuevo hacia adelante. Si podía obviar el hecho de que ella estaba más loca que una cabra, debía admitir que el espectáculo era muy hermoso. No de un modo ostentoso y sobrecogedor. No en el estilo salvaje y desolado de Texas occidental, sino con cierta suavidad, pacíficamente. Como Vermont sin las montañas. Las colinas onduladas exhibían una paleta de verdes primaverales; el maíz joven y la avena, la alfalfa y la hierba silvestre, balanceándose todo al impulso de la brisa del principio del atardecer. Algunos islotes de árboles interrumpían la monotonía de los campos cultivados. Los arces, los robles, los álamos. Las hojas vueltas hacia abajo, con el reverso plateado reluciente cuando el viento las agitaba.

Hacia el sur, los pastizales descendían en dirección al Arroyo Quieto, el sinuoso curso de agua que había dado su nombre al poblado próximo. Las orillas eran empinadas; el río mismo era poco profundo y lodoso, y tendría unos diez metros de ancho. Las luciérnagas rozaban la superficie y los sauces llorones se inclinaban sobre el agua, y sus ramas delgadas y movedizas se balanceaban como cintas. En la región de Texas de donde provenía Elizabeth, el Arroyo Quieto aun habría recibido el nombre de río, y habría sido codiciado por los que vivían cerca, y preservado celosamente por los rancheros que poseían tierras cerca de sus orillas. Aquí, donde el agua abundaba, el Arroyo Quieto era insignificante, nada más que otra faceta del bonito paisaje.

Dominando la belleza pastoral del Arroyo Quieto y sus alrededores, el cielo se cernía como un dosel de plomo, amenazando un aguacero vespertino. Elizabeth maldijo por lo bajo y trató de cojear con más rapidez. Estaba por lo menos a un kilómetro y medio de su casa. La propiedad más próxima pertenecía a una de las familias amish, por las cuales la región era famosa. Dudaba de que allí consiguiera la ayuda que necesitaba. Seguramente no tenían teléfono para llamar al remolque, ni tractor para retirar de la zanja el automóvil. Ni siquiera tendrían una cerveza fría para consolarla. En resumen, le serían tan útiles como una pandilla de eunucos en una orgía.

—Mira el lado bueno de las cosas —dijo, acomodándose mejor la correa del bolso sobre el hombro—. Si esto fuese Texas occidental y estuvieses abandonada en un lugar desierto, necesitarías casi una semana para llegar a tu casa.

Dios santo, a Brock le habría encantado verla reducida a esto, pensó Elizabeth, dirigiendo otra mirada inquieta a las nubes cada vez más densas. Cojeando por el camino desde un pueblo pequeño en dirección a una casa que a él seguramente no le parecería apropiada ni siquiera para un perro, empapada por la lluvia que le arruinaba su blusa de seda favorita. Podía imaginarlo, perfecto y espléndido, tan apuesto que podía provocar la envidia de Mel Gibson, burlándose de ella con ese estilo cruel y superior, como un niño rico malcriado que se apoderó de todos los juguetes y de un puntapié envió a la calle a la vecinita pobre.

Por tratarse de un hombre tan repulsivamente rico, podía ser un buen canalla. Pero era inútil repetir ahora ese hecho. Elizabeth se recogió un puñado de cabellos negros agitados por él viento, y los aseguró detrás de la oreja, mientras apretaba con fuerza el portafolios de plástico y continuaba caminando, con esa grava que le mordía las plantas de los pies a través de las delgadas suelas de las sandalias.

Se dijo que en todo eso había un mensaje. Las personas que necesitaban vivir caminando usaban zapatos razonables, con gruesas suelas de goma y gruesos calcetines de algodón blanco. Las personas adineradas usaban sandalias de cabritilla roja, con suelas muy delgadas, y utilizaban los servicios de los chóferes que las llevaban adonde necesitaban ir. Las personas ricas no necesitaban zapatos razonables o impermeables. Y ella ya no era rica.

En sí mismo, eso no era tan destructivo como hubiera podido serlo si hubiese sido rica toda su vida. Había tenido dinero sólo unos cuantos años, los cinco años que había estado casada con Brock, que había comenzado con una modesta fortuna de familia y la había convertido en una desagradable masa de dinero en el negocio de los medios de comunicación. Su talento para convertir los diarios en decadencia, los canales de televisión y las estaciones de radio en empresas prósperas lo había equiparado a hombres como Ted Turner. Brock Stuart tenía más dinero que la mayoría de los países del tercer mundo.

Había sido bastante fácil acostumbrarse a ese estilo de vida, pensó Elizabeth mientras se quitaba una hebra de hilo de la solapa de su blusa de seda roja. A ella le agradaba el champaña y tenía una inclinación natural por la ropa blanca francesa. Era experta cuando se trataba de elegir joyas en Tiffany's y vestidos muy elegantes. Pero todavía sabía cómo usar los vaqueros descoloridos. Aún podía bailar una danza popular y beber una cerveza corriente. Aún conocía el modo de calzar botas. Por desgracia, las suyas estaban a un kilómetro y medio de distancia, depositadas junto al porche del fondo, con un montón de zapatillas gastadas.

Adelante, sobre el lateral norte del camino, se encontraba la cuidada propiedad amish, la misma que ella ya había desechado como fuente de ayuda. El terreno estaba vacío. La casa estaba a oscuras, y las ventanas sin cortinas le conferían un aire de abandono. Cerca del porche del frente habían acumulado largos y sencillos bancos de madera. El único signo de vida era un gato gordo sentado en el último peldaño, lamiéndose la pata.

Sobre el lado sur del camino, un sendero con su capa reciente de grava cortaba el camino en dirección al lugar donde estaban construyendo lo que según se afirmaba sería el mejor centro de descanso al sur de Twin Cities. La paradoja no pasaba inadvertida para Elizabeth. Los turistas que venían a conocer a los amish y su modo sencillo y rústico de vida se alojarían al otro lado del camino en el esplendor del siglo xx. Además del hotel mismo, habría pistas de tenis, y un campo de golf. Incluso corría el rumor de que se proponían embalsar el Arroyo Quieto para convertirlo en un pequeño lago artificial, abastecido de peces y equipado con botes.

El lugar estaba en la etapa de la construcción, de modo que parecía nada más que un esqueleto enorme y feo; pero Elizabeth había visto los bocetos del producto acabado en un número atrasado del Clarion. Podía afirmar con certidumbre que él establecimiento Aguas Quietas sería espacioso y vulgar, no muy distinto del hombre que lo construía, Jarrold Jarvis. Elizabeth decía que estaba utilizando el estilo Burdel Francés Temprano, una mezcla incongruente de provincial francés, Tudor inglés y una monstruosidad morisca. Parecería allí tan fuera de lugar como un casino de Las Vegas.

Elizabeth gimió al ver la camioneta Lincoln de Jarvis, aparcada cerca del enmohecido remolque blanco que era la oficina de toda la obra en construcción. Cuando se trataba de aspirar al título de cerdo prepotente, Jarrold Jarvis era el principal candidato de Arroyo Quieto. Había basado su fortuna en la construcción de caminos, elevándose de la nada hasta una posición en la cual podía darse el lujo de participar en la industria del turismo con una pequeña iniciativa como Aguas Quietas. Su desplazamiento de la pobreza a la prosperidad le había dejado una mentalidad (“la supervivencia del más apto”) que, en su opinión, le permitía agredir a todos los que creía inferiores a su propia persona, tanto en el plano genético como en el financiero, lo cual significaba la mayoría de los habitantes de Arroyo Quieto.

Elizabeth conocía a muchos hombres del pueblo y los alrededores que habían llegado a la errónea conclusión de que, como ella había sufrido la gran desgracia de casarse dos veces, era una presa fácil. Jarrold Jarvis era el único que en efecto había tenido la audacia de dar un paso al frente para decírselo en la cara. La había insultado con dos o tres frases dichas al mismo tiempo que expelía su aliento rancio, y le había hecho proposiciones casi inmediatamente. Era el último hombre en quien ella podía pensar, si se exceptuaba a Brock, como probable salvador en la situación en la que se encontraba. Pero cuando el trueno comenzó a sonar a lo lejos y el vientre de las nubes color pizarra descendió un poco más, Elizabeth entró por el sendero y cojeó decidida hasta las construcciones. Nadie sabía cuánto tiempo pasaría hasta que ella pudiese conseguir otra blusa de seda como ésta.

En el lugar de la construcción reinaba un silencio inquietante. Los obreros se habían retirado hacía bastante rato. Los martillos y las sierras guardaban silencio. La naturaleza misma parecía contener el aliento en presencia de la herida moderna que se le infligía. Un amplio sector del prado perfecto había sido eliminado, utilizando excavadoras, para dejar espacio a las habitaciones. La suave hierba verde había sido arrancada, dejando asomar la fértil tierra negra que ahora estaba marcada por las huellas de los neumáticos y cubierta con las pruebas de la intromisión del hombre: envases de alimentos desechados, latas de refrescos, facturas amarillas arrugadas, un guante de cuero abandonado.

Nadie contestó a la llamada de Elizabeth a la puerta de la oficina.

—¿Señor Jarvis? —llamó, descendiendo con cuidado los escalones metálicos deteriorados. No sabía qué temía más, si el silencio o que él contestase.

—¿Señor Jarvis? —La voz de Elizabeth cruzó el prado y se perdió en el silencio, sin obtener respuesta.

Con un suspiro, caminó a lo largo del costado izquierdo del Lincoln, y las suelas de sus sandalias se hundieron en la grava espesa y áspera del sendero. Su mirada recorrió nuevamente el lugar de la construcción, bajo esa luz cada vez más tenue. Quizá Jarvis había conseguido que su contratista o el capataz lo llevasen. O tal vez había ido al bosque próximo para satisfacer una necesidad. O algo por el estilo.

Una perspectiva desagradable, sorprender a Jarrold Jarvis con los pantalones bajados. Elizabeth se apoyó en el costado del vehículo, y esbozó una mueca al recordar que Jarvis era un hombre corpulento, con una estructura que revelaba una vida sedentaria y cierta afición por la grasa y el colesterol. Tal vez habría parecido un individuo apenas corpulento en otro tiempo, pero los años y las calorías lo habían convertido en un barril de sebo, algo parecido a Orson Welles durante los últimos años de su vida. Si había algo siquiera remotamente interesante bajo los calzoncillos, estaría totalmente cubierto por el vientre.

Más o menos persuadida de que más le valía empaparse de lluvia y ser abatida por el rayo que pedirle que la llevase a su casa, Elizabeth comenzó a apartarse del vehículo. El corazón se le subió a la garganta cuando percibió la figura de un hombre que ocupaba el asiento delantero.

—¡Cristo! —exclamó, llevándose la mano al corazón al retroceder trastabillando un paso, para reaccionar casi enseguida—. Realmente, usted debería...

Aferró el picaporte de la puerta y lo manipuló, y sintió que la adrenalina ingresaba en su torrente sanguíneo, y la cólera le entorpeció los dedos.

—¡Maldito sea! He estado llamándolo a gritos, ¡y usted se sienta allí, no contesta, y se limita a mirar! Por Dios, Jarrold Jarvis, si éstas no fueran mis sandalias favoritas...

El resto del discurso se perdió, atascado en su garganta, con el sabor amargo del terror cuando la puerta del Lincoln se abrió bruscamente y Jarrold Jarvis cayó a la grava blanca, a los pies de Elizabeth, con el cuello grueso cortado de oreja a oreja.


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