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Aguas primaverales ernest hemingway


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AGUAS PRIMAVERALES – ERNEST HEMINGWAY

Novela romántica en homenaje a la desaparición de una gran raza

A H. L. Mencken y S. Stanwood Mecken

En prueba de admiración



Risa roja y negra

La única fuente del verdadero ridículo es

(a mi entender) la afectación.

Henry Fielding.


1
En una importante fábrica de bombas de Michigan, Yogi Johnson, de pie, junto a la ventana, miraba al exterior. La primavera ya estaba cerca. ¿Sería posible que las palabras de aquel individuo que escribía, Hutchinson: «Cuando llega el invierno, la primavera no anda lejos», se realizaran de nuevo este año? Yogi Johnson se lo preguntaba. Cer­cano a Yogi, dos ventanas más allá, se encontraba Scripps O'Neil, un individuo largo y delgado, con un rostro largo y delgado. Los dos observaban el patio vacío de la fábrica. La nieve cubría las hileras de bombas embaladas en sus cajas dispuestas para ser enviadas. Al llegar la primavera, cuando la nieve comenzara a fundirse, los obreros de la fábrica, con sus picos, dejarían libres las cajas de su prisión de hielo, las trasladarían hasta la estación donde serían cargadas en vagones para ser expedidas. Yogi Johnson contemplaba las bombas cubiertas por la nieve mientras su aliento dibujaba trazos fantásticos en el frío cristal. Yogi Johnson pensaba en París. Quizá fueran aquellos dibujos maravillosos lo que le recordaba la alegre ciudad, en la que, tiempo atrás, había pasado dos semanas. Dos semanas que iban a convertirse en las más felices de su vida. Pero todo aquello formaba ya parte del pasado. Aquello y todo lo demás.
Scripps O'Neil tenía dos mujeres. Erguido, largo y delgado, junto a la ventana, con su frágil dureza como única vitalidad, pensaba en ellas. Una de ellas vivía en Mancelona y la otra en Petoskey. No había visto a la mujer de Mancelona desde la primavera pasada. Recorrió con la mirada el patio lleno de nieve y se preguntó lo que la primavera podía reservarle. Con su mujer de Mancelona, Scripps solía embo­rracharse a menudo. Cuando estaba ebrio, él y su mujer se sentían felices. Bajaban juntos hasta la estación y se paseaban a lo largo de los raíles, luego se sentaban para beber mientras miraban pasar los trenes. Se sentaban bajo un pino en lo alto de una pequeña colina que dominaba la vía del tren y bebían. A veces bebían durante toda la noche. Y, a veces, solían beber durante toda una semana sin in­terrupción. Aquello les sentaba bien. Daba fuerzas a Scripps.

Scripps tenía una hija a la que llamaba Lousy O'Neil. Su verdadero nombre era el de Lucy O'Neil. Una noche, después de haber estado bebiendo juntos durante tres o cuatro días junto a la vía del tren, Scripps perdió a su mujer. Ignoraba dónde podía hallarse. Cuando recobró todos los sentidos era ya de noche y ella había desaparecido. Comenzó a andar, junto a la vía, en dirección a la ciudad. Encontraba que los travesaños eran rígidos y duros bajo sus pies. Intentó caminar sobre los raíles. Era imposible. Y lo comprendió perfectamente. Se puso a andar de nuevo sobre los travesaños. El camino era largo hasta la ciudad. Fi­nalmente llegó a un lugar desde el cual podían verse las luces de la caseta del guardagujas.

Se alejó de la vía del tren y pasó por delante del colegio de Mancelona. Era un edificio de ladrillos amarillos. No tenía nada de rococó como los que había visto en París. No, jamás había estado en París. No era él. Era su amigo Yogi Johnson.
Yogi Johnson miraba por la ventana. Pronto sería hora de cerrar la fábrica de bombas durante la noche. Entreabrió prudentemente la ventana, sólo un poco. Sólo un poco, pero bastaba. Fuera, en el patio, la nieve comenzaba a fundirse. Un viento suave empezaba a soplar. Era el chinook, tal como le llamaban los obreros de la fábrica. El cá­lido aliento del chinook penetró por la ventana y se extendió por la fábrica. Todos los obreros abandonaron sus herramientas. La mayoría de ellos eran indios.

El capataz era un hombre pequeño con una mandíbula de hierro. Un día se aventuró a ir hasta Duluth. Duluth estaba lejos, al otro lado de las aguas azules del lago, en las colinas de Minnesota. Y allí le había ocurrido una cosa maravillosa.

El capataz se metió un dedo en la boca para humedecerlo, luego lo levantó. Sintió la cálida brisa sobre su dedo. Meneó la cabeza con aspecto lúgubre y sonrió a los obreros con una sonrisa algo sardónica.

–Sin duda alguna, muchachos, es un verdadero chinook –co­mentó.

En silencio, la mayoría, los obreros guardaron sus herramientas. Las bombas por terminar fueron colocadas en sus estanterías. Los obreros se dirigieron en fila hacia los lavabos para lavarse; los unos iban hablando, los otros en silencio y algunos refunfuñando.

Por la ventana pudo oírse el grito de guerra de los indios.



2
Scripps O'Neil se hallaba inmóvil frente a la escuela de Manelona, con la mirada fija en las ventanas iluminadas. Era de noche y caía la nieve. Caía desde hacía mucho tiempo, según creía recordar. Un transeúnte se paró para mirar a Scripps. Pero, después de todo, ¿qué le importaba aquel hombre? Siguió su camino.

Scripps estaba de pie, en medio de la nieve, mirando fijamente las ventanas iluminadas de la escuela. Allí dentro había gente que estaba aprendiendo cosas. Avanzada la noche, trabajaban, los chicos y las chicas rivalizaban en actividad, ávidos de conocimientos los unos y los otros, compartiendo aquella sed de aprender que dominaba a toda América. Su hija, la pequeña Lousy, muchacha que no le había cos­tado menos de setenta y cinco dólares en médicos, se encontraba allí dentro estudiando. Scripps se sentía orgulloso. Ya era demasiado tarde para que él se instruyera, pero allí dentro, día tras día y noche tras noche, Lousy aprendía. Aquella muchacha lo llevaba en la sangre.

Scripps enfiló el camino de su casa. No se trataba de una gran casa, pero no eran precisamente los problemas de dimensiones lo que preo­cupaba a la mujer de Scripps.

–Scripps –le decía a menudo cuando bebían juntos–, no ne­cesito un palacio. Todo cuanto quiero es un rincón en el que el viento no pueda entrar.

Scripps lo realizó al pie de la letra. Y aquella noche, al descubrir las luces de su casa entre la nevada oscuridad, se sintió contento de haberle tomado la palabra. Él, Scripps, no era el tipo de individuo con deseos de poseer un palacio.

Abrió la puerta de la casa y entró. Algo le bailaba en la cabeza. Intentó deshacerse de ello sin conseguirlo. ¿Qué era aquello que ha­bía escrito ese poeta que su amigo Harry Parker había encontrado un día en Detroit? Harry lo recitaba: «Por más que se deambule de pa­lacio en placer y de placer en palacio, cuando... alguna cosa..., alguna cosa..., en ningún sitio se está mejor que en la propia casa».

Ya no recordaba las palabras. No todas. Había compuesto una musiquilla sencilla y había enseñado a Lucy a cantar su canción. Era en los pri­meros tiempos de casados. Scripps habría podido ser compositor, o sea que habría podido ser uno de esos individuos que escriben aque­llas cosas que interpreta la orquesta sinfónica de Chicago, si hubiera tenido la posibilidad de continuar sus estudios. Le pediría a Lucy que le cantara esta noche su canción. Nunca jamás volvería a beber una gota de alcohol. La bebida anulaba su sentido para la música. A veces, cuando estaba borracho, el silbido de los trenes al comienzo de la subida de Boyne Falls le parecía más hermoso que cuanto había es­crito el tal Stravinski. La bebida había conseguido aquello. Era no­civo. Se iría a París. Como aquel Albert Spalding que tocaba el violín.

Scripps abrió la puerta. Entró.

–Lucy –llamó–, soy yo, Scripps.

No volvería a beber. No más noches pasadas sobre la vía del tren. Lucy necesitaba, quizás, un nuevo abrigo de pieles. Quizás, a pesar de todo, deseaba un palacio en lugar de aquella barraca. Nunca se sabe si una mujer queda satisfecha. Quizás, a pesar de todo, aquella casa no les protegía del viento. Fantástico. Encendió una cerilla.

–¡Lucy! –gritó, y en su voz ya había algo de terror.

Su amigo Walt Simmons había oído una vez aquel mismo grito proferido por un semental que acababa de ser atropellado por un au­tobús en la plaza Vendóme, de París. En París no se practicaba la castración. Todos los caballos eran sementales. No se criaban yeguas. Al menos desde la guerra. La guerra lo había cambiado todo.

–¡Lucy! –gritó de nuevo–. ¡Lucy!

No obtuvo respuesta. La casa estaba vacía.

Mientras estaba allí, inmóvil en su soledad y en su larga delgadez, en su desierta casa, Scripps oyó, traído por el viento impregnado de nieve, el grito de guerra de los indios.

3
Scripps se fue de Mancelona. Estaba harto de soportar aquel lu­gar. ¿Qué podía ofrecerle una ciudad como aquélla? Nada. Trabajas toda tu vida y luego te ocurre una cosa así. Años de ahorro barridos en un abrir y cerrar de ojos. Todo a rodar. Decidió irse a Chicago. En Chicago encontraría trabajo. Fíjense en su situación geográfica, en la punta del lago Michigan. Chicago conseguiría grandes cosas. Cualquier imbécil podía comprenderlo así. Compraría algo de terreno en la zona llamada el Loop, el gran distrito comercial e industrial. Compraría el terreno a bajo precio y se aferraría a él. Que intentaran quitárselo. Ahora ya conocía un par de trucos y no podían quitárselo.

Solo, con la cabeza descubierta, la nieve cayendo sobre sus ca­bellos, iba avanzando a lo largo de la vía del tren. Era la noche más fría de toda su vida. Recogió a un pájaro inanimado que había caído, helado, entre los raíles, y se lo puso debajo de la camisa para reanimarlo. El pájaro se acurrucó en el cuerpo caliente de Scripps y se puso a picotearle el pecho en señal de agradecimiento.

–Mi pobre pequeñín –murmuró Scripps–. También tú tienes frío. –Las lágrimas humedecieron sus ojos–. ¡Maldito viento! –masculló Scripps, disponiéndose a seguir su camino entre las ráfagas de nieve.

El viento soplaba de frente y venía del lago superior. Los hilos telegráficos, que pasaban por encima de Scripps, silbaban al ritmo del viento. En la oscuridad, Scripps descubrió un enorme ojo amarillo avanzar hacia él. La locomotora gigante se hundía por entre la tem­pestad. Scripps se arrimó a la cuneta para dejarle paso. ¿Qué de­monios había escrito aquel individuo llamado Shakespeare?: «El po­der hace la justicia». Scripps tenía aquella frase en la mente mientras el tren pasaba frente a él, rasgando la espesa cortina de noche y de nieve. Al paso de la locomotora pudo ver cómo el conductor, incli­nado hacia delante, estaba ocupado en introducir grandes paletadas de carbón en la boca abierta de la caldera. El maquinista llevaba unas enormes gafas protectoras. Su rostro estaba iluminado por el resplan­dor que emergía de la puerta abierta de la caldera. Era el maquinista. Era él quien tenía la mano colocada encima de la válvula de paso.

Scripps pensó en los anarquistas de Chicago que en el momento de ser ahorcados declararon: «Por más que hoy nos ahorquéis no os será posible... algo... algo... nuestras almas». Se había erigido un monu­mento a su memoria, en el lugar donde estaban enterrados, en el Waldheim Cemetery, cerca del Forest Park Amusement Park, de Chicago. El padre de Scripps solía llevar allí a su hijo los domingos. El monumento era totalmente negro y estaba adornado con un ángel negro.

Todo aquello ocurría cuando Scripps era un niño. A menudo preguntaba a su padre: «Padre, ya que venimos los domingos a ver a los anarquistas, ¿por qué no lo aprovechamos para jugar en el to­bogán?». La respuesta de su padre le había dejado siempre insatis­fecho. Entonces Scripps era un niño con pantalones cortos. Su padre era un gran compositor. Su madre era una italiana del Norte. Son gente rara esos italianos del Norte.

Scripps miró cómo pasaba el tren, con sus largos segmentos negros desfilando con un ruido que pronto se ahogaba en la nieve. Todos los vagones eran Pullman. Las cortinas estaban echadas. Sólo se veían unas rayas de luz en la parte baja de las ventanas oscuras, formando una sucesión de líneas horizontales. El tren no rugía como lo habría hecho de haber circulado en sentido inverso, ya que ascendía la pen­diente de Boyne Falls. Evidentemente iba menos rápido para subir que para bajar. De todas formas iba demasiado rápido para que Scripps pudiese subirse a él.

Scripps recordaba lo hábil que había sido para saltar sobre los va­gones de mercancías, cuando era un muchacho con pantalones cortos.

El largo tren negro de coches Pullman desfiló ante Scripps, inmóvil a unos cuantos pasos de la vía. ¿Quién podía haber en aquellos co­ches? ¿Americanos que hacían su fortuna durmiendo? ¿Madres de familia? ¿Padres de familia? ¿Amantes quizás? ¿O representantes eu­ropeos de una civilización gastada, agotada por la guerra? Scripps se lo preguntaba.

El último vagón pasó ante él y el tren continuó su ascensión. Scripps siguió con la mirada la luz roja hasta que hubo desaparecido suavemente acompañada por los copos de nieve. El pájaro aleteó bajo su camisa. Scripps continuó su camino sobre los travesaños. Quería llegar a Chicago antes del amanecer para poder encontrar trabajo desde la mañana siguiente. El pájaro aleteó de nuevo. Ya no estaba tan débil. Scripps le acarició con su mano con el fin de tranquilizarle. El pájaro se calmó. Scripps aligeró el paso.

Después de todo, no tenía por qué ir hasta Chicago. Había otros lugares. ¿A pesar de que aquel individuo llamado Henry Mencken había dicho de Chicago que era la capital literaria de América? Estaba Grand Rapids. En Grand Rapids, podría empezar de nuevo desde cero metiéndose en la industria del mueble. Había gente que amasó verdaderas fortunas en aquella rama. Los muebles de Grand Rapids eran célebres para las jóvenes parejas que se paseaban por la tarde, haciendo proyectos para el futuro. Recordaba un cartel anunciador que había visto en Chicago cuando era pequeño. Su madre se lo había enseñado mientras andaban, con los pies descalzos, mendigando de puerta en puerta, por el barrio al que probablemente se le llame hoy el Loop. A su madre le gustaba el reflejo brillante de las bombillas sobre el anuncio.

–Me recuerdan a San Miniato en mi Florencia natal –le decía a Scripps–. Míralas, hijo mío, ya que un día tu música será interpre­tada allí, por la orquesta sinfónica de Florencia.

Scripps se había pasado horas con la mirada fija en aquel anuncio, mientras su madre dormía envuelta en un viejo chai en un sitio en el que probablemente se levante hoy el Black Stone Hotel. El anuncio le producía una impresión muy fuerte.
Para amueblar su hogar confíe en Hartman
Se podía leer. Se iba iluminando con distintos colores. Primero, era un blanco puro, deslumbrante. Era el color preferido por Scripps. Luego, venía un verde muy bonito. Finalmente, un rojo muy intenso. Una noche, mientras estaba acurrucado contra el cálido cuerpo de su madre, con la mirada fija en el centelleante cartel, un policía pasó por allí.

–No pueden ustedes quedarse aquí, levántense –les dijo.

¡Sí, realmente! Se podía hacer mucho dinero con esto de los mue­bles si sabía cogerse bien. Él, Scripps, conocía a fondo todos los trucos del oficio. Ya estaba decidido. Se quedaría en Grand Rapids. El pá­jaro se agitó nuevamente, pero esta vez alegre.

–¡Ah! ¡Qué hermosa jaula dorada voy a construirte, pequeño mío! –comentó Scripps con una alegre voz.

El pajarito le mordilleaba con confianza. Scripps avanzó en la tem­pestad con la cabeza agachada. La nieve empezaba a amontonarse a lo largo de los raíles. Débil y lejano, traído por el viento, llegó a los oídos de Scripps el grito de guerra de los indios.

4
¿Dónde se hallaba Scripps en estos momentos? Continuaba avan­zando a través de la noche y la tempestad, sentía como si su cerebro se nublara. Se había ido con la intención de llegar hasta Chicago tras aquella horrible noche en la que descubrió que su hogar ya no lo era. ¿Por qué Lucy le había abandonado? ¿Qué habría ocurrido con Lousy? Él, Scripps, lo ignoraba. Poco se preocupaba ya de ello. Todo aquello formaba parte del pasado. No quedaba nada de él. Se encon­traba, con la nieve hasta las rodillas, delante de una estación. Sobre la estación había un letrero que decía en grandes caracteres:
Petoskey
En el andén había un montón de ciervos que, seguramente, habían sido enviados allí por los cazadores del norte de la península de Mi­chigan, y que yacían amontonados los unos sobre los otros, inertes y rígidos, medio cubiertos por la nieve. Scripps leyó de nuevo el letrero. ¿Era posible que se encontrara en Petoskey?

Había un hombre en la estación, tecleando alguna cosa, detrás de una ventanilla. Levantó los ojos para mirar a Scripps. ¿Era telegra­fista? Scripps intuía que lo había adivinado.

Scripps se sacó de encima la nieve y se acercó a la ventanilla. Al otro lado, el individuo se entretenía manipulando un aparato.

–¿Es usted telegrafista? –preguntó Scripps.

–Sí, señor –contestó el hombre–. Soy telegrafista.

–¡Qué maravilloso!

El telegrafista le echó una mirada desconfiada. Después de todo, ¿qué le importaba aquel hombre?

–¿Es difícil ser telegrafista? –preguntó Scripps.

Hubiera querido preguntarle inmediatamente a aquel individuo si se hallaba realmente en Petoskey. Desconocía aquella importante re­gión del norte de los Estados Unidos y quería ser cortés.

El telegrafista le miró de forma inquisidora.

–¡Oiga! –gritó a Scripps–, ¿es usted un hada?

–No –respondió Scripps–. Ignoro lo que quiere decir ser un hada.

–Entonces, ¿por qué se pasea usted con un pájaro?

–¿Un pájaro? –dijo Scripps, extrañado–. ¿Qué pájaro?

–El pájaro que asoma de su camisa.

Scripps se encontró perdido. ¿Qué tipo de individuo era aquel te­legrafista? ¿Qué tipo de hombres entraban en telégrafos? ¿Eran pa­recidos a los compositores?, ¿a los artistas?, ¿a los escritores? ¿Tenían algo que ver con aquella gente que trabajaban en publicidad redac­tando aquellos anuncios que aparecen en nuestras revistas nacionales? ¿O bien, eran como los europeos con sus mejores años, perdidos y vacíos por la guerra, a sus espaldas? ¿Podía explicar toda su historia a este telegrafista? ¿La comprendería?

–Iba hacia mi casa –empezó–. Pasaba por delante de la escuela de Mancelona...

–Conocí a una muchacha en Mancelona –interrumpió el tele­grafista–. Quizá también usted la haya conocido: Ethel Enright.

Imposible continuar de aquel modo. Condensaría su historia. Ex­plicaría lo más esencial. Por otra parte, hacía un frío bestial. Uno se helaba en aquel andén barrido por el viento. Algo le decía que era inútil continuar. Dirigió su mirada hacia el montón de ciervos, fríos y rígidos. Quizá también ellos habían sido amantes. Algunos eran ma­chos, otros hembras. Los machos estaban provistos de astas. Era por eso que se distinguían. Con los gatos es más difícil. En Francia castran a los gatos, pero no a los caballos. Francia estaba lejos.

–Mi mujer me ha abandonado –declaró bruscamente Scripps.

–No me extraña, si se pasa usted el tiempo paseando con un pá­jaro dentro de la camisa –replicó el telegrafista.

–¿En qué ciudad estamos? –preguntó Scripps.

El único instante de comunicabilidad que había habido se había evaporado. Es decir, que en realidad no había existido. Pero hubiera podido existir. De todas maneras, ahora ya estaba acabado. Era inútil intentar atrapar de nuevo lo que se había perdido. Lo que se había escapado.

–Petoskey –contestó el telegrafista.

–Gracias –dijo Scripps.

Dio media vuelta y se introdujo en la ciudad silenciosa y desierta. Por suerte llevaba encima cuatrocientos cincuenta dólares. Había ven­dido un cuento a George Horace Lorimer justo antes de emprender aquel paseo etílico con su mujer. ¿Por qué se había marchado? En resumen, ¿qué significado tenía todo aquello?

Vio a dos indios que se le acercaban. Le miraron, pero sus rostros quedaron inmóviles. Continuaron impasibles. Entraron en la barbería de McCarthy.

5
Scripps O'Neil se quedó inmóvil e indeciso frente a la barbería. Dentro, había hombres que se hacían afeitar. Otros, también iguales, se hacían cortar el pelo. Y otros, alineados a lo largo de la pared, sentados en sillas de alto respaldo, fumaban esperando su turno, ob­servando con admiración, quizá los cuadros colgados de la pared de enfrente, quizás el reflejo propio en el gran espejo. ¿Scripps debía entrar? Después de todo, tenía cuatrocientos cincuenta dólares en el bolsillo. Podía ir a donde quisiera. Echó de nuevo otra mirada a la barbería, siempre indeciso. El espectáculo era atractivo: la sociedad de los hombres, una habitación confortablemente caldeada, los pe­luqueros en bata blanca, actuando hábilmente con las tijeras o la na­vaja sobre las dóciles cabezas de los clientes. Esos peluqueros sabían usar perfectamente sus instrumentos. Pero Scripps tenía la sensación de que aquello no era precisamente lo que necesitaba. Necesitaba otra cosa. Necesitaba comer. Además, tenía que ocuparse de su pájaro.

Scripps O'Neil volvió la espalda a la barbería y reemprendió su marcha por en medio de aquella ciudad del Norte, silenciosa y glacial. A su derecha, a medida que caminaba, los sauces llorones con sus desnudas ramas se inclinaban hacia el suelo bajo el peso de la nieve. Oyó como un sonido de cascabeles. Quizás estábamos en Navidad. En el Sur, posiblemente los niños encendían petardos mientras gri­taban: «¡Regalo de Navidad! ¡Regalo de Navidad!». Su padre era un hombre del Sur. Había servido en el ejército rebelde durante la guerra civil. Sherman había prendido fuego a su casa mientras pasaba en el curso de su avance hacia el mar. «La guerra es el infierno», había dicho Sherman. «Compréndame, señora O'Neil, es mi obligación.» Y prendió fuego a la casa de las blancas columnas.

–Si el general O'Neil estuviese aquí, canalla –le dijo la madre de Scripps en su defectuoso inglés–, jamás se habría usted atrevido a tocar esta casa.

Volutas de humo emergían de la vieja casa. El fuego se propagaba. Las columnas blancas se iban ennegreciendo a medida que el humo se enroscaba por su largo cuerpo. Scripps se había acurrucado junto a su madre, agarrado a su vestido de tiritaña.

El general Sherman había montado de nuevo a su caballo y había ejecutado una amplia reverencia. «Señora O'Neil», había dicho, y la madre de Scripps siempre contaba que tenía los ojos humedecidos, por más yanqui que fuera. El hombre tiene corazón, aunque no obe­dezca a sus imperativos.

–Señora O'Neil, si el general estuviese aquí, arreglaríamos este asunto entre hombres, lealmente. Pero las cosas siendo como son y la guerra siendo la guerra, debo incendiar su casa.

Señaló a uno de sus soldados que se adelantó para echar un cubo de petróleo sobre el fuego. Las llamas se elevaron y una enorme co­lumna de humo se mezcló al cálido viento de la tarde.

–Menos mal –había dicho la madre de Scripps con aire triunfal– que esta columna de humo servirá como aviso de vuestra llegada a las otras leales hijas de la Confederación.

Sherman efectuó una nueva reverencia.

–Es un riesgo que debemos correr, señora.

Hizo sonar sus espuelas y partió al galope, con su larga cabellera blanca flotando en el viento. Ni Scripps ni su madre le habían vuelto a ver. Era raro que, en aquel momento, pensara de nuevo en aquella historia. Levantó la mirada. Vio frente a él un letrero. Decía:
Casa Brown: lo mejor es probar
Debía entrar a comer. Es lo que necesitaba. Iba a entrar a comer. Aquel letrero:

LO MEJOR ES PROBAR


¡Ah! Esos propietarios de tabernas, saben lo que se hacen. Saben cómo atraer al cliente. No era necesaria la publicidad en el Saturday Evening Post. Lo mejor es probar. En aquello residía el truco. Entró.

Una vez franqueada la puerta de la taberna, Scripps O'Neil echó un vistazo a su alrededor. Había un largo mostrador. Había un reloj de pared. Había una puerta que comunicaba con la cocina. Había alguna pareja en las mesas. Había un montón de buñuelos bajo una campana de cristal. Había carteles por las paredes anunciando todo tipo de manjares. Pero, después de todo, ¿estaba realmente en la ta­berna Brown?

–¿Puedo preguntarle –dijo Scripps a una sirvienta de cierta edad que surgió en aquel momento por la puerta batiente de la cocina– si aquí es la taberna Brown?

–Sí, señor –contestó la camarera–. Lo mejor es probar.

–Gracias –dijo Scripps. Se instaló en el mostrador–. Quisiera judías secas para mí y también unas cuantas para mi pájaro.

Abrió su camisa y puso al pájaro sobre el mostrador. El pájaro aleteó erizando sus plumas. Se puso a picotear la botella de ketchup. La camarera alargó la mano para acariciarlo.

–Es un pequeño compañero muy avispado –comentó.

–A propósito –preguntó algo cohibida–, ¿qué me ha pedido usted?

–Judías secas –contestó Scripps–, para mí y mi pájaro.

La camarera abrió una ventanilla que daba a la cocina. Scripps descubrió una habitación caliente, llena de vapor, con un montón de potes y ollas y una hilera de brillantes cacerolas colgadas en la pared.

–¡Un tocino con judías! –gritó la camarera con buena voz a tra­vés de la ventanilla–. ¡Y otro para un pájaro!

–¡Marcha! –contestó una voz en la cocina.

–¿Qué edad tiene su pájaro? –preguntó la camarera.

–No lo sé –contestó Scripps–. Le conozco de ayer noche. An­daba a lo largo de la vía del tren, tras haberme ido a Mancelona. Mi mujer me ha abandonado.

–¡Pobre pequeño! –dijo la camarera.

Vertió un poco de ketchup sobre su dedo, que el pájaro se apre­suró a picotear con gratitud.

–Mi mujer me ha abandonado –repitió Scripps–. Habíamos ido a beber junto a la vía del tren. Por las tardes teníamos la costumbre de salir, para ver cómo pasaban los trenes. Escribo. Tengo una na­rración publicada en el Post y dos en el Dial. Mencken se esfuerza por cogerme entre sus garras. Soy demasiado astuto para dejarme coger. No tengo nada que ver con los polizei. Este tipo de gente me pone la piel de gallina.

¿Qué estaba diciendo? Sólo decía desatinos. No podía continuar por aquí. Tenía que coger de nuevo el hilo de la historia.

–Scofield Thayer fue testigo de mi boda –dijo–. Estuve en Har­vard. Todo cuanto pido es que nos hagan justicia a mi pájaro y a mí. No más Weltpolitik. Fuera el doctor Coolidge.

Estaba divagando. Sabía por qué. Estaba a punto de caerse de hambre. Aquel viento del norte era demasiado fuerte para él, de­masiado cortante.

–Oiga –dijo–, perdóneme, ¿podría adelantarme unas pocas ju­días? No me gusta atosigar a la gente. Cuando es necesario, sé dejar que las cosas vayan a su tiempo.

–Aquí están –dijo la camarera.

Scripps se lanzó sobre el plato lleno de judías. Había también un poco de tocino. El pájaro comía con aire satisfecho, alzando la ca­beza tras cada bocado para permitir a las judías que efectuaran su descenso.

–Hace esto, dando gracias a Dios por las judías –explicó la ca­marera.

–Estas judías están suculentas –comentó Scripps para mostrar su conformidad.

Bajo la influencia de las judías, su cabeza se iba aclarando. ¿Qué demonios había dicho referente a Henry Mencken? ¿Le iba realmente detrás? No era una agradable perspectiva. Tenía en el bolsillo cua­trocientos cincuenta dólares. Cuando se le terminaran, siempre le quedaría el placer de poner fin a la comedia.

Si lo ponían entre la espada y la pared, les daría una gran sorpresa. No era hombre para dejarse coger vivo. Que lo intenten y verán.

Después de terminar su plato de judías, el pájaro se había dor­mido. Dormía sobre una pata, y la otra estaba enroscada bajo las plumas.

–Cuando se haya cansado de dormir sobre una pata, cambiará para descansar –observó la camarera–. En casa teníamos un viejo halcón que era exactamente igual.

–¿Dónde estaba su casa? –preguntó Scripps.

–En Inglaterra. En la región de los lagos. (La camarera dejó es­capar una nostálgica sonrisa.) La tierra de Wordsworth, ¿sabe usted?

¡Ah, esos ingleses! Se les encontraba en los cuatro extremos del globo. No podían aguantar en su pequeña isla. Extraños nórdicos, obsesionados por sus sueños imperiales.

–No siempre he hecho de camarera –declaró la camarera.

–Estaba seguro de ello.

–Ni nada que se le parezca –continuó la camarera–. Es una historia bastante rara. ¿Le aburre, quizá?

–En absoluto –protestó Scripps–. ¿Le molesta que un día la utilice?

–Ni lo más mínimo si la encuentra usted interesante –contestó la camarera con una sonrisa–. Evidentemente no citará mi nombre, ¿verdad?

–No, si no tiene un especial interés para usted. A propósito, ¿po­drían servirme otro plato de judías?

–«Lo mejor es probar» –contestó sonriendo la camarera.

Tenía un rostro arrugado y gris. Se parecía un poco a aquella actriz que había muerto en Pittsburgh. ¿Cómo se llamaba? Lenore Ulric. En Peter Pan. Sí, exactamente. Se contaba de ella que siempre se pa­seaba con el velo bajado, pensó Scripps. Era una mujer intere­sante. ¿Era realmente Lenore Ulric? Posiblemente no. No tenía im­portancia.

–¿De verdad le apetece otro plato de judías? –preguntó la ca­marera.

–Sí –contestó sencillamente Scripps.

–¡Otra de judías –gritó la camarera por la ventanilla–, y nada para el pájaro!

–¡Marcha! –contestó la voz.

–Le ruego que continúe su relato –le dijo Scripps amablemente.

–Era el año de la Exposición de París –empezó diciendo–. Yo era una jeune filie en aquella época y mi madre y yo decidimos ir desde Inglaterra. Queríamos estar allí para la inauguración. Bajamos en la estación del Norte, y, antes de llegar al hotel de la plaza Vendóme, en el que habíamos reservado las habitaciones, nos paramos en una perfumería para hacer algunas compras. Si mal no recuerdo, mi madre compró un frasco de «Sales inglesas», como las llaman en América.

Sonrió.

–Sí, continúe. Sales inglesas –repitió Scripps.



–Inscribimos nuestros nombres en el registro, como se acostum­bra en los hoteles, y nos acompañaron hasta las dos habitaciones con­tiguas que habíamos reservado. Como mi madre estaba un poco can­sada del viaje, cenamos en nuestras habitaciones. Yo estaba muy ex­citada pensando en la visita que al día siguiente haríamos a la expo­sición. Pero me sentía también muy cansada, ya que habíamos tenido una travesía bastante mala, y me dormí profundamente. Al día si­guiente, al despertarme, llamé a mi madre. Al no recibir respuesta, me levanté y entré en su habitación con ánimos de despertarla. En lugar de mamá, había en la cama un general francés.

–¡Mon Dieu! –exclamó Scripps.

–Me cogió un terrible pánico –continuó la camarera–, y llamé a la dirección. Subió el conserje y le pregunté dónde estaba mi madre. «Pero, señorita –contestó el conserje–, nunca hemos oído hablar de su madre. Llegó usted junto con el general X», ya no recuerdo su nombre.

–Llámelo el general Joffre –propuso Scripps.

–Era un nombre más o menos así –contestó la camarera–. Es­taba muerta de miedo. Hice llamar a la policía y quise ver el registro donde se inscriben los nombres de los clientes a su llegada. «Verán como figuro inscrita como yendo acompañada por mi madre», dije. Llegó la policía y el conserje trajo el libro de registros. «Vea, mademoiselle, como está usted inscrita al mismo tiempo que el general con el que llegó usted anoche.» Estaba desesperada. Acabé por re­cordar la dirección del salón de belleza. Los policías mandaron a bus­car al dependiente. Le hicieron entrar. «Entré en su tienda junto con mi madre –le dije–, y mi madre le compró a usted un frasco de sales aromáticas.» «La recuerdo perfectamente, mademoiselle –contestó el dependiente–. Pero no iba usted acompañada de su madre. La acom­pañaba un general francés, un señor de edad. Creo que compró un rizador de bigotes. Por otra parte, me basta con consultar mis libros para saber, exactamente, lo que compró.»

Estaba al límite del deses­pero. Mientras, los policías habían hecho venir al chofer del taxi que nos llevó de la estación hasta el hotel. Y aquél, juró que jamás me había visto con mi madre. Dígame con franqueza, si le estoy abu­rriendo.

–Continúe, por favor –contestó Scripps–. ¡Si usted supiera lo goloso que soy para las historias!

–Pues bien –reemprendió la camarera–, ya no hay mucho más que contar. Nunca más he vuelto a ver a mi madre. Me dirigí a la embajada, pero no podían hacer nada. Finalmente acabaron por con­cretar que efectivamente había cruzado el canal con mi madre, pero eso fue todo. –Los ojos de la vieja camarera se llenaron de lágri­mas–. Ya nunca he vuelto a ver a mi madre. Nunca más. Ni siquiera una vez.

–¿Y qué ocurrió con el general?

–Me prestó cien francos, dando la historia por terminada; aun en aquel tiempo no era demasiado dinero, y me vine a América en donde me convertí en camarera. Eso es todo. Es una historia muy sencilla.

–No tan sencilla –dijo Scripps–. Pondría mi mano al fuego, se­guro de que en todo esto hay gato encerrado.

–Es lo que yo me digo muchas veces –dijo la camarera–. Pre­siento como si tuviera que haber algo detrás. En alguna parte, de una forma o de otra, tiene que haber una explicación. No sé lo que me ha hecho pensar hoy de nuevo en esta historia.

–Ha hecho bien en explicarla –dijo Scripps.

–Sí –contestó sonriendo la camarera (las arrugas de su cara pa­recían ahora menos profundas)–. Me siento mucho mejor.

–Dígame –preguntó Scripps a la camarera–, ¿sabe usted si puedo encontrar trabajo en esta ciudad para mí y para mi pájaro?

–¿Trabajo honrado? –preguntó la camarera–. Sólo estoy al co­rriente del trabajo honrado.

–Sí, trabajo honrado.

–He oído decir que faltan obreros en la nueva fábrica de bombas de agua –comentó la camarera.

¿Por qué no trabajar con sus propias manos? Rodin lo había he­cho. Cézanne había sido carnicero. Renoir, carpintero. Picasso había trabajado en su infancia en una fábrica de cigarrillos. Gilbert Stuart –el que pintó aquellos famosos retratos de Washington, reproducidos por toda América y que adornan todas las clases de las escuelas–, Gilbert Stuart había sido herrero. También estaba Emerson. Emerson había sido carbonero. James Russel Lowel había sido en su juventud, según le habían dicho, telegrafista. Como aquel individuo de la es­tación. Quizás el individuo de la estación estaba escribiendo su Thanatopsis o su To a Waterfow. ¿Por qué pues, él, Scripps O'Neil, no po­dría trabajar en una fábrica de bombas de agua?

–¿Volverá por aquí? –le preguntó la camarera.

–Puede ser –dijo Scripps.

–No olvide traer a su pájaro.

–De acuerdo –dijo Scripps–. Ahora, el pequeño está más bien cansado. Después de todo, la noche también ha sido dura para él.

–Claro –añadió la camarera.

Scripps se metió de nuevo en la ciudad. Se sentía la cabeza más despejada, y dispuesto a afrontar la vida. Una fábrica de bombas de agua podía ser interesante. En estos momentos las bombas de agua tenían su importancia. En Wall Street se ganaban y perdían fortunas a diario gracias a las bombas. Conocía a un individuo que, en menos de media hora, se había hecho con medio millón con lo de las bombas. Esos grandes financieros de Wall Street sabían lo que llevaban entre manos.

Una vez en la calle, miró de nuevo el letrero. Lo mejor es probar, leyó. Evidentemente conocían el truco. Sin embargo, ¿sería verdad que el cocinero era negro? Una sola vez, durante un corto instante, al levantarse la ventanilla, había creído descubrir algo negro. Quizás el muchacho estaba simplemente cubierto de hollín, al estar tanto rato cerca del fogón.



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