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Acerca de la innegociable dignidad del trabajo y de los trabajadores


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1º de Mayo de 2014
ACERCA DE LA INNEGOCIABLE DIGNIDAD DEL TRABAJO Y DE LOS TRABAJADORES
“El trabajo es una clave, quizá la clave esencial, de toda la cuestión social, si tratamos de verla verdaderamente desde el punto de vista del bien del hombre” (LE 3b)


LA PRECARIZACIÓN DEL TRABAJO DESAFÍA A LA IGLESIA
Para la Iglesia católica, el mundo, con todas sus complejas realidades (naturaleza e historia), es el ámbito de la revelación de Dios y el lugar en el que debe ser anunciada “La alegría del Evangelio”. Los cristianos sabemos bien que no hay otro lugar para descubrir la huella de Dios que la vida, y que para nuestro Señor no hay paréntesis en la historia, ni zonas de sombra opacas a su providencia. Siempre escribe en presente continuo: por eso, el aquí y ahora es el tiempo de Dios. Por tanto, el conocimiento profundo del ser humano y de su mundo, de sus complejas interrelaciones, de las estructuras en que se ubica, de las matrices culturales en que se halla instalado, etc., constituyen la exigencia de un compromiso ineludible de la fe cristiana cuando quiere ser auténtica. Si, como decía el profeta Jeremías, “conocer a Dios es practicar la justicia” (Jer 22,16) y como remacha Juan “nadie puede decir que ama a Dios a quien no ve, si no lo hace con el semejante” (1 Jn 4,20), debe afirmarse con toda contundencia que tratar de analizar el mundo (en nuestro caso en una de sus vertientes, la actividad humana sobre la tierra) es una exigencia del querer conocer y amar a Dios con toda intensidad. En definitiva, el Misterio del Dios cristiano, revelado en plenitud en Jesucristo, “el predilecto de Dios” (Mc 1,11), sólo puede ser barruntado si no se da la espalda al mundo y al lugar en que preferencialmente se ha mostrado en su revelación: todos los que sufren, no sólo como ámbito sacramental de su presencia, sino también como juicio a la vez escatológico e intrahistórico acerca de la dignidad con que se vive su proyecto universal de humanización (cfr. Mt 25). En síntesis, como ha formulado algún teólogo, bien puede decirse: “Extra mundo, nulla salus”. ¡Nuestro Dios es un Dios encarnado en nuestros afanes y asiduo visitador de nuestros tajos!
Por otra parte, la Iglesia (Madre y Maestra, en ese orden), ubicada en continuo y amistoso diálogo con el mundo, experimenta que “nadie es extraño a su corazón, nadie es indiferente a su ministerio y nadie le es enemigo (ES 35)”. Su reto identitario en el mundo obrero será el de ejercer el “ministerio del coloquio”1 con todos los trabajadores, hombres y mujeres de buena voluntad. El mundo del trabajo y el de la militancia cristiana tienen un imponente y precioso recorrido en el que al menos una parte de los logros ha sido conseguida, además de por el esfuerzo de los nuestros, por la fuerza misteriosa del Espíritu de Dios que alentaba los esfuerzos de quienes “no eran de los nuestros”, pero empujaban con tenacidad en la misma dirección de humanizar el trabajo y sus condiciones (cfr. Mc 9,38-40).

En nuestros días, la naturaleza de los conflictos que afectan al mundo del trabajo hace referencia no sólo a la matriz económica sino también a la cultural, la exigencia de asumir la condición conflictiva -y, por consiguiente, tener que optar se vuelve absolutamente innegociable no sólo para ser honesta con “el espesor de lo real”, sino para no obstaculizar el sueño de Dios sobre la realidad. Una vez más, el magisterio de la Iglesia, sintetizado en el Compendio de la Doctrina Social, nos ilumina en este punto: para los trabajadores, “el conflicto presenta aspectos nuevos y más preocupantes riesgo de ser explotados por los engranajes de la economía y por la búsqueda desenfrenada de productividad” (CDSI 269). La crítica a este desbarajuste es antigua y tiene mucho que ver con la identidad de nuestro Dios. No en vano, algún teólogo ha podido afirmar con ingenio que “de Dios se supo a raíz de un conflicto laboral”2. El relato de la opresión laboral que padecían los hebreos, probablemente redactado con el eco de la situación de las tribus del norte ante la política megaloconstructora del Rey Salomón (1 Re 5,27-32; 9,15-24; 11,28; 12,3-4), refiere que en el origen del conflicto estaban los “capataces que oprimían a los israelitas con rudos trabajos”, mientras se afanaban en la construcción de las ciudades-almacén del Faraón (Ex 1, 11) y “les hacían la vida imposible, obligándoles a realzar trabajos extenuantes, tales como la fabricación de mortero y de ladrillos, y toda clase de faenas agrícolas” (Ex 1,14). Muchos siglos después, en la estela de asumir el conflicto y apostar por las víctimas, el Catecismo de la Iglesia Católica (n. 1867) recuerda que “existen pecados que claman al cielo” y señala, entre otros, el lamento del extranjero, del huérfano y de la viuda (Ex 22,20-22) y la injusticia para con el asalariado (Dt 24,14-15, y Jc 5,4).”.


Justamente porque el modelo de desarrollo no ha tenido en cuenta la dignidad ni el bien integral del ser humano y de todos los seres humanos, “se puede hablar legítimamente de lucha contra un sistema económico, entendido como método que asegura el predominio absoluto del capital y la posesión de los medios de producción y la tierra, respecto a la libre subjetividad del trabajo del hombre” (CA 39) a fin de que se garantice la cobertura de todas sus necesidades y la satisfacción de las exigencias fundamentales de toda sociedad (cfr. CA 35). Como ha recordado el Papa Francisco “tenemos que decir `no´ a una economía de la exclusión y de la inequidad” en la que “todo entra dentro del juego de la competitividad y la ley del más fuerte”, fomentando una “cultura del descarte” que genera no explotados sino “desechos” y “sobrantes” (EG 53). En un contexto así de comprometedor para la dignidad del trabajo y de los trabajadores, resulta inexcusable tomar partido y optar.
En ese sentido, la reflexión de los militantes cristianos y de sus movimientos especializados constituye una riqueza para toda la Comunidad creyente, urgida a tomar partido no sólo como exigencia ética de nuestra época, sino como validadora de su identidad. De este modo, la Pastoral Obrera y del Trabajo no tanto reivindica un “ámbito” concreto como objeto de su diligencia pastoral especializada, sino que, a través de un elemento tan nuclear y trasversal a la condición humana como es el hacer humano, ayuda a completar la identidad de la misión de toda la Iglesia. Esta quedaría “coja” sin esta dimensión primordial y si no incorpora el mundo obrero (al que pertenece la inmensa mayoría de la población) a su reflexión teológico-pastoral y a su acción evangelizadora. Y todo ello articulado a través de todas sus mediaciones institucionales: parroquias, diócesis, movimientos laicales, vida religiosa, etc. Se trata de dar coherencia al principio de la encarnación que compete a toda la Iglesia. Esta sería incomprensible en su dimensión histórica sin el mundo obrero. Sin él, no se entienden en su plenitud ni la identidad ni la misión de la Iglesia. Es más, dándole la espalda, no sería verificadora del Evangelio de Jesucristo. De ahí que la cuestión del trabajo deba ser abordada no como un campo especializado, a escrutar por sesudos conocedores de este ámbito, sino como un auténtico “principio de vida” de vigencia y valor universales, sin cuyo concurso se hace inviable el sueño del Señor: “que tengan vida y la tengan en abundancia”.
La inicial vocación a realizar el sueño de Dios y a ser feliz se vio truncada desde el principio por la prepotencia y la maldad humanas. Hoy conoce formas más complejas y tal vez interesadas para acabar con el designio del Creador. La amenaza, ya hecha realidad, de la desaparición de “un trabajo para toda la vida”, la prescindibilidad de buena parte de la mano de obra sin cualificar, los efectos perversos de la precarización laboral y de la deslocalización, la desmaterialización del proceso productivo, la cosificación del trabajador (hoy dependiente de un departamento de “recursos (sic) humanos”) son, entre otros fenómenos, ocasión de una mayor vulnerabilidad para el mundo obrero. A ellos deben sumarse los costes de la actual crisis económico-financiera que parece querer resolverse según una perniciosa ecuación: “en su momento privatizamos los beneficios, ahora toca socializar las pérdidas”. Se olvida que los costes humanos son siempre también costes económicos (CV 32). Sin duda, todas estas cuestiones reclaman una lectura creyente sosegada y profética denuncien a “una conciencia incapaz de reconocer lo humano” (CV 75).
CAMBIOS PELIGROSOS DE UN MODELO DE DESARROLLO POLARIZADO EN EL CRECIMIENTO AYUNO DE VALORES
La forma actual de trabajo asalariado en grandes o medianas empresas no deja de ser un fenómeno histórico que evoluciona hacia otro formato que lo precariza más (Cfr. CDSI 309). A diferencia de lo que señala como deseable la Doctrina Social de la Iglesia, “cambian las formas históricas en las que se expresa el trabajo humano, pero no deben cambiar sus exigencias permanentes, que se resumen en el respeto de los derechos inalienables del hombre que trabaja” (CDSI 319). Ello ha implicado un proceso de adelgazamiento del componente humanizador del trabajo que se inició con la revolución industrial y su idolatría de la productividad y se ha prologado más recientemente con las nociones de de flexibilidad y competitividad. A día de hoy estamos en una auténtica “fase de transición epocal”, uno de cuyos ambiguos “estímulos más significativos para el actual cambio de la organización del trabajo procede del fenómeno de la globalización” (CDSI 310). La consecuencia fatal para el trabajo y su virtualidad personalizadora es la subordinación del trabajador al proceso productivo, su carácter instrumental y el olvido del valor de la justicia a la hora de gestionar y distribuir los frutos de su trabajo (cfr. Catecismo 2401). De este modo, el trabajo, auténtica fuerza del hacer humano, mediante la que “afronta la aventura de la transformación de la realidad con sus ocupaciones laborales” se convierte en factor de deshumanización del trabajador y violador de su vocación. En efecto, cuando la actividad humana se orienta a la multiplicación de bienes y a maximizar el lucro o el poder, termina por alejarse de su fin, que es la satisfacción de necesidades humanas, quebrando el orden moral, la justicia social y el plan de Dios (Cfr. Catecismo 2426 y GS 64). Por el contrario, cuando es digno, decente y humanizador mejora a la persona y mejora la tierra, y se torna en un auténtico “trabajo humano”. Suele olvidarse que el ser humano no nace programado y que es el sagrado ejercicio de su libertad el que va dotando de contenido su existencia. Siempre a partir de la acción y de la elección como continuo quehacer que constituye su proceso de humanización; su más alta cota es, paradójicamente, llegar a ser lo que es: hijo de Dios, imagen y semejanza de su Creador.
El trabajo, con frecuencia se prolonga en la obra humana que se despliega temporalmente más allá de la acción concreta y, por tanto, recuerda el valor que tiene en sí mismo (el mundo de la estética como actividad humana es muy expresivo en este punto). Por eso “con su trabajo y laboriosidad, el hombre, partícipe del arte y de la sabiduría divina, embellece la creación, el cosmos ya ordenado por el Padre”3En este sentido, universos como el religioso y el artístico ayudan al ser humano a trascender el ámbito del chato pragmatismo y del utilitarismo que constituyen un ataque a la dimensión de gratuidad que el hombre precisa para construir su horizonte de sentido. Lo santo, lo bueno y lo bello deben estar en continua relación de circularidad para que el ser humano cumpla con la vocación que Dios le ha dado en la creación y sea feliz artificie de su propia vida.4 Esto es también de plena aplicación al mundo del trabajo. De ahí que hacer humano no logrará mantener su estatuto de dignidad sino es mediante la reivindicación de su verdadera naturaleza desde una concepción antropológica, vehiculada mediante una acción sociopolítica que trate de asegurar los logros históricamente conseguidos. Lamentablemente, a día de hoy, acuciados por la crisis económica-financiera planetaria, la flexibilización supone una fuerte precarización de los mismos no suficientemente ponderada por los propios trabajadores, cada vez más desconcientizados.
Cierto es que el trabajo, como todo lo que afecta al ser humano, está sometido a condiciones cambiantes. En algunos casos, lo han hecho menos fatigoso y más personalizador. Entonces “confirma el dominio del espíritu sobre la materia”, “permite reducir los riesgos, ahorrar esfuerzos, mejorar la condiciones de vida” y “el hombre se reconoce a sí mismo y realiza su propia humanidad”. En suma, “la técnica se inserta en el mandato de cultivar y custodiar la tierra” (CV 69). En otros casos, el culto a lo instrumental (a la razón tecnológica, a la productividad, a la competitividad, al I+D+i, etc.) pueden convertir esta dimensión del ser humano que constituye su quehacer en un auténtico infierno. Se hace “coincidir la verdad con lo factible” y se sacralizan como “único criterio de verdad la eficiencia y la utilidad” (CV 70). De ahí que la dignidad del trabajo como hacer humanizador no se recupere sino volviendo a su vocación, entendiéndolo como respuesta a la llamada del propio del ser del hombre. En otro caso se incurren en severas patologías de lo humano que revierten en el hacer del hombre, como cuando “se produce una confusión entre los fines y los medios”, o “el empresario considera como único criterio de acción el máximo beneficio en la producción. […] Así bajo esa red de relaciones económicas, financieras y políticas persisten frecuentemente incomprensiones, malestar e injusticia” (CV 71).
Lo cierto es que el cambio de milenio está significando unos cambios importantísimos en el mundo del trabajo de los cuales todavía no tenemos conciencia suficiente. Algunos autores5 previenen con lucidez del cambio epocal del que imperceptiblemente estamos siendo mudos testigos. Hoy el componente neoliberal del tardocapitalismo, aún radicaliza más el diagnóstico que Populorum progressio hacía sobre el capitalismo de la primera parte del siglo XX. Decía PP 26: “por desgracia… ha sido construido un sistema que considera el provecho como motor esencial del progreso económico, la concurrencia como ley suprema de la economía, la propiedad privada de los medios de producción como un derecho absoluto…” Este liberalismo sin freno conduce a la dictadura y genera lo que Pío XI llamaba “el imperialismo internacional del dinero”. De ahí la insistencia del actual Pontífice en el “giro antropológico”: “hoy es preciso afirmar que la cuestión social se ha convertido radicalmente en una cuestión antropológica” (CV 75). Esto afecta también al mundo del trabajo, del que puede afirmarse lo mismo que señala Benedicto XVI referido a la bioética: “Muchos, dispuestos a escandalizarse por cuestiones secundarias pareen tolerar injusticias inauditas” y “mientras los pobres del mundo siguen llamando a la puerta de la opulencia, el mundo rico corre el riesgo de no escuchar ya los golpes a esa puerta, debido a una conciencia incapaz de reconocer lo humano” (ib.): no hay más que pensar en la precariedad de los trabajadores migrantes provenientes del Sur y en la vulnerabilidad de los del Norte que van incrementando el llamado Cuarto Mundo. Ante estos planteamientos habrá que recordar con todo vigor el principio de la Doctrina Social de la Iglesia del “destino universal de los bienes de la tierra”, y muy particularmente, que “el derecho a la propiedad privada está subordinado al uso común, al destino universal de os bienes (…) La propiedad se adquiere ante todo por el trabajo, para que ella sirva a la trabajo. Esto se refiere de manera especial a los bienes de producción. Estos no pueden ser poseídos contra el trabajo, no pueden ni siquiera ser poseídos para poseer, porque el único título legitimo para su posesión es que sirvan al trabajo” (LE 14).

La grandeza del protagonismo de las luchas del mundo del trabajo como auténtica historia de liberación reside en haber transformado una situación de opresión (mundo obrero) en otra de liberación (movimiento obrero) y generando un auténtico dinamismo cultural y moral del que es destinatario principal el propio mundo del trabajo. Por eso tiene la pretensión de ser alternativa cultural y por eso apuesta por la cultura de la solidaridad y el internacionalismo solidario.6 De ahí que Benedicto XVI apunte la necesidad de una defensa planetaria e interdependiente de los derechos de los trabajadores a través de una acción sindical cada vez más internacional, que haga que las organizaciones nacionales sindicales, ceñidas sobre todo a la defensa de los intereses de sus afiliados, vuelvan su mirada también hacia los no afiliados y, en particular, hacia los trabajadores de los países en vía de desarrollo, donde tantas veces se violan los derechos sociales” (CV 64). Igualmente, las organizaciones sindicales están llamadas a hacerse cargo de los nuevos problemas de nuestra sociedad, por ejemplo, el conflicto entre persona-trabajadora y persona-consumidora. Sin duda que a este ámbito pueden unirse otros, como la denuncia de la siniestralidad laboral7, motivada por la falta de formación suficiente y el proceso de la subcontratación ad infinitum, la vigilancia de las condiciones de trabajo en espacios no sometidos a convenio colectivo, la ocultación de enfermedades profesionales o las insuficiencias en materia de prevención de riesgos laborales los subempleados y la economía sumergida, etc.



En un mundo globalizado se reclaman “nuevas formas de solidaridad”, y “nuevas formas de actuación” que consideren el valor subjetivo del trabajo en un contexto en el que, además de las categorías laborales tradicionales, aparecen otras formas nuevas hijas de la flexibilización: trabajadores con contratos atípicos o a tiempo determinado, los que tienen los puestos de trabajo en peligro a causa de las fusiones empresariales, los desempleados, los inmigrantes, los temporales, los expulsados del mercado laboral por obsoletos, etc. (Cfr. CDSI 308). En la búsqueda de nuevas formas de solidaridad, las asociaciones de trabajadores deban orientarse hacia la asunción de mayores responsabilidades en relación con la producción de la riqueza y la creación de condiciones que permitan el pleno respeto a la dignidad de los trabajadores. Esto es especialmente valido en un modelo que va superando el trabajo asalariado en la gran empresa por otras formas más precarizadas (cfr. CDSI 30).
El derecho al trabajo se prolonga en las posibilidades de acceder a una formación profesional adecuada y actualizada. Efectivamente, el trabajo es un derecho fundamental y un bien para el hombre: un bien útil, digno de él, porque es idóneo para expresar y acrecentar la dignidad humana. De ahí que la desocupación sea una auténtica calamidad social. “La plena ocupación es, por tanto, un objetivo obligado para todo ordenamiento económico orientado a la justicia y al bien común” (CDSI 288) y, dado que en sociedades complejas el logro y la conservación del empleo depende más de las capacidades profesionales, “el sistema de instrucción y de educación no debe descuidar la formación humanas y técnica necesaria para desarrollar con provecho las tareas requeridas” (CDSI 290).
Ya reconocidas en la Declaración Universal de los Derechos Humanos y en múltiples Pactos Internacionales, Constituciones y acuerdos jurídicos, las personas tienen derecho a disponer de ciertas prestaciones sociales: se debe garantizar la subsistencia y la dignidad humana de los que, sobre todo por razón de enfermedad o de edad, se ven aquejados por graves dificultades. Es necesario también continuar el desarrollo de los servicios familiares y sociales, principalmente de los que tienen por fin la cultura y la educación.
Es tan importante que el proyecto de Dios se realice a través de un trabajo humanizador, que propiamente puede decirse que “el culmen de la enseñanza bíblica sobre el trabajo es el mandamiento del descanso sabático” (CDSI 258). Por eso, “la memoria y la experiencia del sábado constituyen un baluarte contra el sometimiento humano al trabajo, voluntario o impuesto y contra cualquier forma de explotación, oculta o manifiesta” (ib.). Tiene por consiguiente una clara función desacralizadora de un trabajo entendido como fin en sí mismo y una función liberadora de las degeneraciones antisociales del trabajo humano. Como recuerda el Compendio, este descanso, comporta una expropiación de los frutos de la tierra a favor de los pobres y la suspensión de los derechos de propiedad de los dueños del suelo. Las afirmaciones tan rotundas en este sentido (p.e., Ex 23,10-11) responden a una honda convicción bíblica: la acumulación de bienes en manos de unos pocos se puede convertir con facilidad en exclusión de su acceso a otros muchos y, por consiguiente, en el sofoco de sus necesidades básicas. El descanso constituye un auténtico derecho pues se corresponde con una necesidad humana universal. Por eso los trabajadores deben gozar de descanso y tiempo libre para poder atender su vida familiar, cultural y religiosa (Cfr. GS 67 y CDSI 284 ss. 284). El domingo, día de santificación, es “tiempo propicio para la reflexión, el silencio y el estudio, que favorecen el crecimiento de la vida interior y cristiana” (CDSI 285), “auténtico día de liberación” que deben garantizar tanto el Estado como los empresarios (CDSI 286). En ese sentido, está por hacer una teología del ocio y del descanso y no está de más recordar que PP 27 prevenía frente a una “mística exagerada del trabajo”.
LA DIGNIDAD DEL TRABAJO HUMANO AMENAZADA
“En el trabajo libre, creativo, participativo y solidario, el ser humano expresa y acrecienta la dignidad de su vida” (EG 192). Sin embargo, en los últimos tiempos, una visión antropológica reduccionista ha precarizado al trabajador, lo ha cosificado y ha desprovisto al trabajo de las notas que lo distanciaban cualitativamente del resto de factores que intervienen en la producción. Reducido a un factor más, ha sido abaratado e instrumentalizado en función de exclusos criterios de eficiencia, crecimiento y beneficio. Quizá la respuesta más lograda y sintética a la pregunta de en qué consiste un hacer propiamente humano, sea la respuesta de Benedicto XVI recordando a su predecesor el 1 de mayo de 2000 con motivo del Jubileo de los Trabajadores: en un trabajo decente. Esa expresión la entiende todo el mundo de manera intuitiva. Invitaba el Papa a una “coalición mundial a favor del trabajo decente”, asumiendo de este modo los llamamientos de la sociedad internacional civil a través de la OIT. Para que no quede ninguna duda, Caritas in veritate desarrolla pormenorizadamente cuando un trabajo puede ser calificado de decente: cuando es “expresión de la dignidad esencial de todo hombre o mujer: un trabajo libremente elegido, que asocie efectivamente a los trabajadores, hombre y mujeres al desarrollo de su comunidad; un trabajo que de este modo, haga que los trabajadores sean respetados, evitando toda discriminación; un trabajo que permita satisfacer las necesidades de las familias y escolarizar a los hijos sin que se vean obligados a trabajar; un trabajo que consienta a los trabajadores organizarse libremente y hacer oír su voz; un trabajo que deje espacio para reencontrase adecuadamente con las propias raíces en el ámbito personal, familiar y espiritual; un trabajo que asegure una jubilación digna a los trabajadores que llegan a la jubilación” (CV 63).
Sin embargo, merced a leyes económicas no escritas o a criterios materialistas de eficiencia y crecimiento, el trabajo se ha despersonalizado y se ha desgajado de su vocación humanizadora. Se ha olvidado algo tan obvio como que “el trabajo es para la vida”. Es demasiado frecuente que los trabajadores resulten esclavos de su propio trabajo y los parados lo sean de su propia desesperante situación. Hay dos grandes errores que degradan al ser humano como sujeto del trabajo: el economicismo y el materialismo (cfr. LE 8b). Es lo que THPV llama con fortuna “quiebra entre el trabajo y las necesidades de los trabajadores”. .Efectivamente, las contradicciones llevan a que se produzca lo que no consume y se consuma lo que no se produce. En el colmo de la disociación, se generan necesidades ficticias y se invita a su satisfacción compulsiva mediante actos de consumo que precarizan aún más la condición trabajadora. El trabajo se ha acabado convirtiendo en una mercancía y el ser humano se ha tornado unidimensional. Se obvia que “los trabajadores no pueden ser considerados como una mercancía o una mera fuerza laboral” (CV 62). Limitado a mera “actividad productiva remunerada”, el hacer humano se ha reducido a su dimensión economicista. Ahora parece a muchos un sueño la pretensión del del II Congreso Obrero Internacional que, en Paris en julio de 1889, reivindicaba “los tres ochos”: ocho horas de trabajo, ocho de descanso y ocho de cultura. Frente a ello, “ha sido construido un sistema que considera el lucro como motor esencial del progreso económico; la competencia como ley suprema de la economía; la propiedad privada de los medios de producción como un derecho absoluto…. Este liberalismo sin freno, que conduce a la dictadura, justamente fue denunciado por Pio XI como generador del “imperialismo internacional del dinero”. No hay mejor manera de reprobar un tal abuso que recordando solemnemente una vez más que la economía está al servicio del hombre” (PP 26).
“Una de las características más relevantes de la nueva organización del trabajo es la fragmentación física del proceso productivo, impulsada por el afán de conseguir una mayor eficiencia y mejores beneficios… Todo ello tiene importantes consecuencias en la vida de las personas y de las comunidades, sometidas a cambios radicales tanto en el ámbito de las condiciones materiales, cuanto en el de las culturas y de los valores. Este fenómeno afecta, a nivel global y local, a millones de personas independientemente de la profesión que ejercen, de su condición social, o de su preparación cultural” (CDSI 311). Singular importancia tiene “trasladar las plantas de producción en áreas diferentes a aquellas en que se toman las decisiones estratégicas y lejanas de los mercados de consumo. […] Esto comporta una consecuencia fundamental sobre los procesos productivos: la propiedad está cada vez más lejos, a menudo indiferente a los efectos sociales de las opciones que realiza” (CDS 310). Con la globalización se ha incrementado el peligro de algo que ya se apuntaba en GS 66: la deslocalización: La justicia y la equidad exigen que la movilidad se ordene de manera que se eviten la inseguridad y la estrechez de vida del individuo y de su familia. Caritas in veritate es más contundente en su valoración de esta realidad que el propio documento conciliar: CV 40 hablando de la gran libertad de acción de que dispone el mercado de capitales, denuncia que la deslocalización de la actividad productiva puede atenuar en el empresario el sentido de responsabilidad respecto a los interesados, como los trabajadores, los proveedores, los consumidores, así como al medio ambiente y a la sociedad más amplia que lo rodea, en favor de los accionistas, que no están sujetos a un espacio concreto y gozan por tanto de una extraordinaria movilidad. Aunque en ocasiones pueda beneficiar al país receptor, “el trabajo y los conocimientos técnicos son una necesidad universal. Sin embargo, no es lícito deslocalizar únicamente para aprovechar particulares condiciones favorables, o peor aún, para explotar sin aportar a la sociedad local una verdadera contribución para el nacimiento de un sólido sistema productivo y social, factor imprescindible para un desarrollo estable”. (ib.). El Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia insistirá, a propósito del trabajo y la globalización, que “si bien es cierto que la globalización, a priori, no es ni buena ni mala en sí misma, sino que depende del uso que el hombre hace de ella, debe afirmarse que es necesaria una globalización de la tutela, de los derechos mínimos y de la equidad” (310).
También se ha fragmentado el mundo del trabajo internamente y de alguna manera se ha “desclasado” a los trabajadores, obnubilados por aumentar sus cotas de consumo, olvidando valores sociales, morales, religiosos y asumiendo la discriminación como algo “natural. En el caso de trabajadores procedentes de otros países o de otras regiones, que cooperan en el crecimiento económico de una nación o de una provincia, no se ha logrado evitar la discriminación en materia de remuneración o de condiciones de trabajo (cfr. GS 66). Ello acrecienta la división en el seno de los trabajadores y el enfrentamiento entre aquellos que padecen mayor vulnerabilidad, lo que multiplica la desigualdad y la injusticia. Los pobres enfrentados contra los pobres. Ahora se puede hablar no sólo de activos y parados, sino de trabajadores tiempo completo y parcial, con contrato y sin contrato, con papeles y sin ellos, etc.
Como se ha venido indicando, si hay una realidad que puede sintetizar las amenazas más terribles para el mundo del trabajo es la de la flexibilidad; sobre todo cuando la misma más que tratar de combatir peligrosas rigideces de los mercados puede ser la excusa para hacer recaer sobre los más vulnerables las consecuencias de la crisis. No puede repetirse en el ámbito laboral lo que ha acontecido con las recetas aplicadas en el ámbito financiero: tras capitalizarse los beneficios, se pretende cargar las pérdidas al debe de los trabajadores. Desde algunas instancias internacionales se pretenden conjurar los costes inasumibles que puede introducir la flexibilización convertido en un nuevo absoluto de la racionalidad economicista y se habla de “flexiseguridad”. Sin entrar en cuestiones técnicas que no competen a la enseñanza social de la Iglesia, deben advertirse las “líneas rojas” que no pueden ser traspasadas.

Con la flexibilización del mundo del trabajo tal y como ya se está practicando, se producen importantes consecuencias vitales: se rompen los itinerarios vitales de los trabajadores (desafección a la empresa, “la realidad cada vez más difundida de cambiar varias veces de empleo a lo largo de la vida” (CDSI 290), ya no se habla de un “nosotros” colectivo, se pasa de una a otra… o a ninguna), se castra la vocación profesional del trabajador (movilidad funcional con la supuesta versatilidad del trabajador), se incentiva la desafección y la desafiliación (pérdida de la capacidad de generar vínculos estables con nada ni con nadie), se facilita la ruptura de las relaciones familiares y de parentesco, y la quiebra de las raíces culturales y sociales (movilidad geográfica) con la consiguiente crisis de identidad. Cuando la incertidumbre sobre las condiciones de trabajo a causa de la movilidad y la desregulación se hace endémica, surgen formas de inestabilidad psicológica, de dificultad para abrirse caminos coherentes en la vida, incluido el del matrimonio. Como consecuencia, se producen situaciones de deterioro humano y de desperdicio social (cfr. CV 25).



Si a ello se suma la pérdida de un norte de sentido en medio de esta fragmentación existencial, geográfica e identitaria, el ser humano acaba no sabiendo quien es ni a dónde se dirige, anestesiando incluso la misma capacidad de hacerse grandes preguntas. Así, la flexibilización del tiempo destruye el tiempo de vida y la salud física y psíquica. Se constata de continuo en la vida pastoral de la Iglesia: como en otros muchos ámbitos relacionales, la queja universal de quienes se ven aprisionados por horarios asfixiantes, a veces imprevisibles, es “no tengo tiempo”, “no me da la vida”. El tiempo productivo tiene una connatural tendencia expansionista que acaba invadiendo la vida personal, familiar, el ocio… todo. De ahí que esta “organización del tiempo y regularización…deba considerarse un desafío decisivo, incluidos los aspectos ético y cultural, en el ámbito de la definición de un sistema renovado de tutela de trabajo” (CDSI 312). Por eso, debe denunciarse como empobrecedor y terriblemente inhumano un sistema social que desestructura la vida de las personas hasta el punto llegar a bloquear sus posibilidades de actividad familiar, social, política y eclesial.
Por su parte, la flexibilidad salarial rompe la autonomía personal y familiar y los itinerarios vitales. En efecto, el conflicto entre el capital y el trabajo se inicia porque los empresarios, guiados por el principio del máximo rendimiento, trataban de establecer salarios más bajos posibles para los obreros (LE 11); hoy la realidad “el conflicto presenta aspectos nuevos y tal vez más preocupantes: los progresos científicos y tecnológicos y la mundialización de los mercados, de por sí fuente de desarrollo y de progreso, exponen a los trabajadores al riesgo de ser explotados por los engranajes de la economía y por la búsqueda desenfrenada de la productividad” (CDSI 279)
La globalización de la economía, con la liberalización de los mercados, la actuación de la competencia y el crecimiento de empresas especializadas en el abastecimiento de productos y servicios, demanda una mayor flexibilidad en el mercado laboral. Esto constituye una delicada cuestión que reclama “una mayor atención moral” pues “los cambios del mercado de trabajo son a menudo un efecto del cambio del trabajo mismo, y no su causa” (CDSI 312). En ese sentido, los profundos cambios habidos en el mundo del trabajo, están conduciendo a la transición de un trabajo dependiente a tiempo indeterminado, entendido como puesto fijo, a un trabajo caracterizado por una pluralidad de actividades laborales. Estas se cargan con frecuencia de preguntas inquietantes ante la creciente incertidumbre de las perspectivas de empleo y de desocupación estructural, agravado todo ello por la inadecuación de los sistemas de protección social. De ahí que las exigencias de la globalización “deben armonizarse con la defensa del trabajador y de sus derechos” (CDSI 314). En otro caso, se cronificaría la “alienación en y del trabajo” y no sólo por fenómenos trágicos como “el desempleo, el trabajo informal, el trabajo infantil, el trabajo mal remunerado, o la explotación en el trabajo”. En efecto, hay nuevas formas más sutiles de explotación en los nuevos trabajos: el super-trabajo, el trabajo-carrera que a veces roba espacio a dimensiones igualmente humanas y necesarias para la persona; la excesiva flexibilidad del trabajo que hace precaria y a veces imposible la vida familiar; la segmentación del trabajo, que corre el riesgo de tener graves consecuencias para la percepción unitaria de la propia existencia y para la estabilidad de las relaciones familiares” (CDSI 280).
Sin embargo, la quiebra más importante que se ha producido en el ámbito del trabajo, está vinculada a una extendida concepción funcionalista del ser humano. Ésta lo limita a ser un mero consumidor, preferidor racional egoísta que se despliega en peligrosas estructuras de pecado atinadamente detectadas por THPV. “El hombre actual parece estar siempre amenazado por lo que produce, es decir, por el resultado del trabajo de sus manos y más aún por el trabajo de su entendimiento, de las tendencias de su voluntad. Los frutos de esta múltiple actividad del hombre se traducen muy pronto y de manera a veces imprevisible en objeto de ‘alienación’, es decir, son pura y simplemente arrebatados a quienes lo han producido” (RH 46). Este fenómeno supone la mayor precarización social de la forma histórica de trabajo nacida de la revolución industrial que es el trabajo asalariado. La flexibilidad, inicialmente aplicada al sistema productivo, hoy en un marco de gran competitividad, protagonizado por sujetos interesados (por cierto alejados del modelo de Adam Smith: competencia perfecta y agentes racionales frecuentemente ego-interesados, pero siempre sujetos morales a fin de cuentas) está conllevando la flexibilización del mercado de trabajo y, de su mano, todo un intento de desregular (no someter a normas ni jurídicas, ni a la postre éticas) el ámbito del mercado. No es casual que la actual crisis tenga sus raíces en la antropología y en la ética, de las que se ha descabalgado la economía perdiendo su carácter de ciencia instrumental. En este contexto nada de particular tienen todos los intentos por privatizar el trabajo, sacarlo de marcos reguladores, perder el viejo principio pro operario y tornarle en un recurso más. La flexibilidad es un eufemismo que oculta “la subordinación total del trabajador al proceso productivo”.8 Este principio de flexibilidad ha sido espléndidamente resumido por algún autor como el marco que regirá las futuras relaciones laborales: “no en la misma empresa, no en un mismo trabajo, no una misma ciudad, no un mismo horario”9. Tampoco es ajeno a todo lo visto, el proceso de externalización empresarial que ha llevado a la “descentralización productiva, que asigna a empresas menores múltiples tareas anteriormente concentradas en las grandes unidades productivas”. A pesar de sus eventuales ventajas de cara al empresariado, “sin embargo, no son pocos, en estos sectores, los casos de trato injusto, de trabajo mal pagado y, sobre todo, inseguro” (CDSI 315)
Como revelan, entre otros, los prestigiosos informes FOESSA existe una correlación entre itinerarios de exclusión social y precariedad laboral. Por eso es cierto que “los pobres son en muchos casos el resultado de la violación de la dignidad del trabajo humano”, bien porque se limitan sus posibilidades (desocupación, subocupación), bien porque se devalúan los derechos que fluyen del mismo (cfr. CV 63). La correlación entre vulnerabilidad personal, social y laboral y economía sumergida en actividades económicas informales “plantea problemas éticos y jurídicos”: “un elevado número de personas se ven obligadas a trabajar en condiciones de grave desazón y en un marco carente de las reglas que protejan la dignidad del trabajador. Los niveles de productividad, renta y tenor de vida, son extremadamente bajos y con frecuencia se revelan insuficientes para garantizar que los trabajadores y sus familias alcancen un nivel de subsistencia” (CDSI 316). Por ello, como señalan los obispos, “si bien no se puede identificar el mundo obrero con los pobres, éstos sí son una parte muy importante del mundo obrero y tienen una estrecha relación con él.” 10 Juan Pablo II incluye la opción por los pobres dentro de la opción por los trabajadores. Así se ve la correlación que existe entre el mundo de la precariedad, la vulnerabilidad personal y social y su correlato con el mundo obrero. Lo expresa muy bien LE 8, 6: “los pobres se encuentran bajo diversas formas; aparecen en diversos lugares y en diversos momentos; aparecen en muchos casos como resultado de la violación de la dignidad del trabajo humano: bien sea porque se limitan las posibilidades de trabajo -es decir por la plaga del desempleo-, bien porque se desprecian el trabajo y los derechos que dimanan del mismo, especialmente el derecho al justo salario, a la seguridad de la persona del trabajador y de su familia. En ese sentido, la tragedia del paro provoca hoy nuevas formas de irrelevancia económica y social. En palabras de Zubero, `cuando el paro entra por la puerta, la ciudadanía sale por la ventana’11. La actual crisis económica sólo puede empeorar dicha situación. El estar sin trabajo durante mucho tiempo, o la dependencia prolongada de la asistencia pública o privada, mina la libertad y la creatividad de la persona provocando graves daños en el plano psicológico y espiritual. Se trata del olvido de que el primer capital que se ha de salvaguardar y valorar es el hombre, la persona en su integridad: No en vano el ser humano es el autor, el centro y el fin de toda la vida económico-social (cfr. CV 25).
Tutelar esa supremacía axiológica exige una alianza mundial en pos de “un trabajo libremente elegido, que asocie efectivamente a los trabajadores, hombre y mujeres al desarrollo de su comunidad; un trabajo que de este modo, haga que los trabajadores sean respetados, evitando toda discriminación; un trabajo que permita satisfacer las necesidades de las familias y escolarizar a los hijos sin que se vean obligados a trabajar12; un trabajo que consienta a los trabajadores organizarse libremente y hacer oír su voz; un trabajo que deje espacio para reencontrase adecuadamente con las propias raíces en el ámbito personal, familiar y espiritual; un trabajo que asegure una jubilación digna a los trabajadores que llegan a la jubilación” (CV 63). Sin embargo, todas estas afirmaciones son sólo bellas palabras. Estamos en estos momentos a una distancia no menor que la de los primeros sindicalistas para lograr tan nobles objetivos. Particular preocupación debería causarnos las profundas distorsiones que la lógica del mercado está introduciendo en las familias, en sus horarios, en sus tiempos no compartidos, en la referida imposible conciliación entre la vida familiar y la laboral.
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