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Accidente monumental


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ACCIDENTE MONUMENTAL
Por: Juliana Marín Fryling, sobre un hecho ocurrido a su padre, Jorge Alberto Marín en 1971. Publicado originalmente en inglés por la revista Guide de EEUU en 2007
Desinteresadamente golpeaba las teclas del piano, mirando por la ventana. Llevaba sólo una semana de vacaciones, y ya estaba aburrido. Todos mis amigos se habían ido de paseo. Lo único que me quedaba por hacer era practicar piano, y eso ya me tenía hastiado. Mi papá estaba convencido de que yo era un genio musical, y me tenía estudiando varias horas al día. Bueno, admito que sí tenía algo de talento: ya había dado varios conciertos, y supongo que para un muchacho de trece años eso es algo interesante.
Bastaba ya con el piano. El sonido del martilleo me atrajo al parqueadero, donde mil veces habría preferido estar, tallando el yeso de la escultura de 10 toneladas.
Déjenme explicar. Mi padre era un escultor muy conocido. Durante años había elaborado diversos proyectos, pero ésta era la obra más desafiante de su carrera artística. Un cementerio público en nuestra ciudad de Medellín, Colombia, le había comisionado un monumento en bronce de 15 metros de altura, que el escultor llamó “Hombre en Busca de Paz”. Él, y 15 asistentes, le habían trabajado sin parar durante meses, y en este momento la estructura estaba erguida ingrávida en el parqueadero de nuestra casa-taller, asegurada al suelo con cables de alta tensión.
—Oye, Jorge, — llamó Luís al verme salir. — ¿Qué hacés?

Me le aproximé, observando el monumento. –No hay nada que hacer.

Él me sonrió. Luís me caía bien. Era el más joven de los trabajadores, y muy buena gente.

— ¿Cuándo vuelve el patrón?—preguntó.

Me encogí de hombros. –Esta tarde, no sé. Tenía que hacer unas diligencias.
Le di la vuelta a la estructura sin que se me ocurriera nada. De repente, divisé nuestro patético campero Land-Rover modelo 1956, estacionado tristemente junto al garaje. Empecé a formular un plan, sabiendo que me metería en serios problemas si mi padre se llegase a enterar. Pero él no estaba…

El día dejó de parecerme monótono.

—Alberto…—le dije al trabajador junto a mí, luego vacilé.

—Contáme, chico.

Ya era tarde para arrepentirme. —¿Sabes conducir?

Alberto me miró con sorpresa. –No, mijo, bien montañero yo, ¡qué voy a saber manejar carro!

Una sonrisa me afloró a los labios. —¿Quieres aprender?
Así que ese fue el inicio de mi escuela de conducción. Le estaba robando tiempo a los trabajadores y así desperdiciando recursos del costoso proyecto que en ese momento se encontraba atrasado en el cronograma y le había oido decir a mi padre que se avecinaban extra costos para poder vaciar en bronce e inaugurar la obra a tiempo. Estaba usando el campero sin permiso, y corriendo el riesgo de hacernos matar a todos. Pero yo sabía conducir…., estos tipos se morían de las ganas de aprender, y papá no estaba. Así que comenzaron las clases.
Primero iba Alberto. Le expliqué todos los comandos en detalle, luego dejé que manejara los 80 metros de suave pendiente entre la portada y el parqueadero, vigilando como halcón y listo para arrebatarle el volante si las cosas salían mal. Los otros trabajadores, algunos de los cuales se habían bajado de los andamios que rodeaban la escultura para observar, aplaudieron cuando Alberto finalmente llegó al parqueadero y se bajó del carro, pálido y temblando pero luciendo una enorme sonrisa.
Yo tenía todo bajo control, pero como ninguno de los muchachos le había echado mano a un vehículo en la vida, el pobre campero se nos apagó varias veces. Sin embargo, cuando le llegó turno a Luís, condujo como un profesional.
—Hey, ¿a dónde aprendiste a manejar, Luís?

—Nada, hermano, jamás lo he hecho,—me respondió.

Me acomodé en el sillón, sonriente, sabiendo que bromeaba. – Mentiroso, conduces mejor que yo.

Luís se rió, pero su conducción seguía impecable dando curvas precisas, mientras nos aproximábamos al parqueadero y la mole escultórica.


—Listo, decíme qué hago ahora.

—Ja, dime tú, chofer.

—No, Jorge, en serio, ¿cómo paro esta vaina?

—Deja de molestar.

—¡Jorge! ¡Nos vamos a chocar! ¿Qué hago?

Con un grito me di cuenta que me hablaba fuera de charla. —¡Frena! ¡Frena!

—¿Cuál, ésta?

—¡No! ¡Esa es la del ga… AAHHH!!!


El campero se disparó hacia delante, y a la hora que logré tomar control, nos habíamos precipitado hasta la mitad del garaje, arrasando el antiguo portón.
Los demás asistentes corrieron a desenterrarnos de las ruinas, mientras que los que aún estaban encaramados sobre los andamios descendieron en tiempo record, temerosos de que el accidente todavía no había terminado. Me salí de los escombros de madera, incapaz de hablar. La parte frontal del campero se encontraba deshecha. El portón macizo estaba hecho añicos, y por centímetros apenas nos habíamos salvado de chocar con el principal cable de soporte, y traernos encima el monumento de 10 toneladas con sus andamios y trabajadores.
Mientras todos mirábamos boquiabiertos, de repente uno de los trabajadores soltó una risita nerviosa. En pocos momentos todo el equipo se reía a las carcajadas, dándole palmadas en la espalda a Luís y haciendo chistes sobre lo que haría mi papá cuando se enterara. Alguien dijo: —No dejaremos que se entere— y todos echaron manos a la obra para reparar el daño. Los únicos que no reían éramos Luís y yo.
—El patrón va a estar bien bravo conmigo, Jorge. Me van a echar.

Lo peor era que probablemente tenía razón. Yo no podía permitir que se metiera en problemas por culpa mía, y sabía bien lo que tenía que hacer.


—Luís, no te preocupes,— le dije valientemente, aunque adentro me temblaba todo. –Fue culpa mía, y eso le diré a mi papá. Yo me responsabilizo de todo.
Los trabajadores seguían riendo. Usando toda su pericia como carpinteros, escultores, soldadores, etc., y las herramientas que tenían a disposición, al caer la tarde habían arreglado completamente la puerta del garaje e inclusive aplanado las peores hendiduras en el carro. Los escombros restantes se recogieron y desecharon, y con la poca luz, todo parecía normal.
Los trabajadores se fueron, y yo me senté en el corredor para esperar a mi papá. No tenía idea por qué se estaba demorando tanto. A la hora que por fin llegó, había esperado agonizante en la oscuridad durante lo que parecía una eternidad.
Papá permaneció en silencio mucho rato después que le conté. Tensionado, aguardaba que estallara. Mi papá era conocido por su temperamento amoroso y justo pero explosivo. Cuando finalmente habló, me encogí.
—¿Están bien tus manos?

Tenía tanto miedo que ni le entendí. —¿Qué dijo, señor?

—Dije, ¿están bien tus manos?

Aún no comprendía, pero le mostré que no les pasaba nada.

Él las apretó fuertemente y me dijo algo que nunca olvidaré:

—Tus manos son tu futuro, hijo. El carro con dinero se arregla, pero donde le hubiese sucedido algo a tus manos, no podrían repararse. Debes usarlas para crear hermosa música. Son ellas más importantes.


Suspiró y soltó mis manos. –Vete. Ya te has castigado lo suficiente.

Y eso fue todo. Él entró a la casa, y yo quedé aturdido en mis propias reflexiones. Nada de gritería, nada de castigos, sólo, “el carro con dinero se arregla”. ¿Qué quiso decir?



Salí al parqueadero y me quedé un rato contemplando el monumento. El “Hombre de Paz” que en interpretación de muchos observadores es un Cristo resucitado, tenía sus manos abiertas, palmas arriba para recoger a su pueblo. De golpe me di cuenta que las manos de él habían sido arruinadas, y que las cicatrices le permanecerían por siempre. Miré mis propias manos, y de repente sentí náuseas al pensar lo que pudo haber sucedido. Supongo que mi papá tenía razón. Lo que se puede reparar con dinero no vale tanto. En su sabio silencio mi padre me enseñó una lección que el castigo no habría podido.
Metí las manos a mis bolsillos y regresé a la casa. Todavía no estaba seguro que me convertiría en el gran pianista que mi padre soñaba, ya que secretamente quería usar mis manos para la escultura en vez de la música. Pero en ese momento sentía unas ansias enormes de tocar el piano.


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