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A principios del año 2009, unas 700 personas se concentraban delante del Ayuntamiento de Barcelona para protestar contra la reforma de la ley del aborto


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A principios del año 2009, unas 700 personas se concentraban delante del Ayuntamiento de Barcelona para protestar contra la reforma de la ley del aborto. Frente a ellas, 60 personas, tres cuartas partes mujeres, nos contramanifestábamos por el derecho al propio cuerpo. El equilibrio de fuerzas era bien desigual y la humillación de aquel día fue dura. ¡Los mossos tuvieron que protegernos a las pro-abortistas de la ira de las anti! Faltaba gente, parecía que no había suficiente fuerza, y resultaba impensable que los grupos antiabortistas tuvieran más capacidad de convocatoria. Pero no siempre fue así. El día 25 de cada mes se juntaban las antiabortistas delante de la clínica de la calle Viladomat: entre 100 y 200 rancias con megafonía, cura y niñas, cánticos alabando a Dios y la vida, de rodillas rezando para conjurar a las demonios de enfrente: la contramanifestación abortista que comenzó a juntar poco a poco a más personas. La situación que se generaba delante de la clínica era un espectáculo ridículo si no fuera tan real. Pero, aunque se llegó a superar en número a las de enfrente, siempre éramos las mismas.

Siempre las mismas personas. Y no es que las concentraciones fueran apagadas y monótonas: risas incendiarias e incesantes cánticos, proyecciones, ataques con fruta podrida o bombas de agua. Notábamos una gran cohesión entre todas las participantes y veíamos nuestra capacidad de molestar en las caras de nuestras enemigas: asco, rechazo, escándalo. Éramos el Anticristo renacido, Satanás y sus hordas llegando a la Tierra. Eso sí, cada 25 de mes nos quedábamos con ganas de cruzar el cordón de mossos que separaba las dos convocatorias para ir a repartir hostias a esa pandilla de rancias. Nunca llegamos a hacerlo, pero sí saboreamos dulces victorias, al menos una, el día que decidimos concentrarnos antes que las anti, que quedaron aterrorizadas al ver su lugar usurpado, o sea, ante la clínica. Ésta fue la última de las concentraciones y este día volvimos a casa más contentas que de costumbre.

Podríamos pensar que una convocatoria que se repetía cada mes provocaría un efecto «bola de nieve». Pero fue al contrario. El salto cuantitativo fue casi imperceptible, cosa que chocaba con la capacidad de convocatoria que se podía presuponer de la gente –de diferentes tendencias, ámbitos o grupos– que iba a las concentraciones.



A la luz de estos hechos, encontramos necesario reflexionar sobre las posibles causas que provocaron la poca afluencia. Se revelan problemas que no son coyunturales sino algo estructural.

Que hubiera tan pocas personas en la concentración pro-abortista, y que éstas fueran mujeres en su mayoría, es bastante representativo de cómo se entiende el concepto «fascismo» por gran parte del entorno político de Barcelona. Si bien es cierto que el malestar existente en Barcelona con el feminismo y con los temas relacionados puede cobrar varias posturas, como la indiferencia, el desprecio o la oposición, también es cierto que esta situación es resultado de una cultura política que no quiere hacer suya la lucha feminista. Una cultura política impregnada de patriarcado. Detrás del malestar consciente, hay un magma de insensibilidad y de falta de empatía alrededor del conflicto de género, vivido como una problemática secundaria, y que se ve sujeto a otras cosas «más importantes». Un ejemplo es el artículo que publicó La Directa defendiendo tesis cercanas a las antiabortistas1. He aquí el error de priorizar unas luchas por encima de otras, de pensar que primero hay que hacer la revolución y que, como consecuencia, el resto de problemáticas quedarán solucionadas.

Todavía hoy se entiende fascismo sólo como españolismo, los skinheads nazis, el 12 de octubre, etc. Y esta visión clásica del antifascismo contribuye a la parcialización de las luchas y a la confusión que nos impide superarla. ¿O no es fascismo el ataque indiscriminado que los grupos católicos ejercen contra la libertad al propio cuerpo? Si se confina el concepto fascismo a la esfera pública, se cae en el uso político clásico del término y, por lo tanto, en la separación vida política/vida privada. Esta división pierde por el camino muchas prácticas fascistas que no se tienen en cuenta y sólo nos quedamos con los tópicos que antes señalábamos. He aquí que la asistencia a las manifestaciones antifas esté integrada en la rutina: saldremos un 12 de octubre porque sí, pero no otros días cuando toca. Tenemos la sensación de que se deja de analizar cuál es la lucha y cuáles los objetivos, puesto que, para poner ejemplos, las 300 nostálgicas de Montjuic, cerradas en su fantasía de la Una, Grande y Libre son mucho menos peligrosas que la miríada de familias, grupos que componen el ala dura del PP, seguidoras de la COPE o Inter-Economía o demócratas que extienden sus tentáculos en todas las instituciones. A pesar de que estos últimos no se los puede tildar de fascistas con todo el sentido de la palabra, representan una derecha conservadora racista y tradicionalista que podemos calificar como extrema derecha. Se distancian de los grupúsculos nazis y fascistoides por cuestión de ganar crédito y respetabilidad. Prescinden con inteligencia del imaginario del pasado para adaptarse al juego democrático. Sus luchas son contra los matrimonios homosexuales, por la familia, contra el aborto o contra las personas migradas; temas populistas fácilmente asumibles por una población en constante pánico y tensión por la situación de reestructuración creada por el sistema, popularmente llamada «crisis». Pero sus prácticas y discursos tienen como consecuencia lo mismo que los de los fascistas.

En este sentido, la candidatura de Josep Anglada2 es un ejemplo del salto cualitativo de la extrema derecha, puesto que reúne el catalanismo racista, a algunas españolistas y a las católicas ultras. Han sabido evolucionar, cosa que dentro del antifascismo barcelonés todavía parece que no hayamos conseguido hacer. Parece que el inmovilismo ideológico de los grupos fascistas afecta también al antifascismo3. Y esto también se percibe si analizamos las concentraciones antifas de los últimos tiempos: la presentación de la candidatura de Josep Anglada, tanto la del 13 de marzo como la de este noviembre, ha tenido poca afluencia y una repercusión mínima. Quizás porque hay gente que no le ve sentido, quizás porque hay gente que se siente incómoda, o quizás por pasotismo. Sea como fuere, tendríamos que replantear los objetivos del antifascismo: ¿Qué es más peligroso, que se junten cuatro desfasadas en Montjuic o que ayuntamientos en mano de socialistas prohíban el burka? ¿O quizás que otros en manos de convergentes den luz verde a la caza de los sin papeles en intentos patéticos de arrebatar votos a la extrema derecha? ¿O que las familias ultra-católicas se manifiesten contra el aborto? La contaminación del discurso xenófobo, igual que las posturas antiabortistas, son pruebas relevantes de la necesidad urgente de replantear las bases y los objetivos del antifascismo.

Esto no quiere decir que no haya una tendencia a la revisión y replanteamiento de la lucha para llevarla a cabo de una forma más eficiente y coherente, pero todavía hay mucha reticencia y sabemos que, partiendo del ejemplo del conflicto de género para poner de relieve el inmovilismo de la lucha antifascista, es difícil acercarnos a este sector reticente, justamente por el rechazo que describíamos antes respecto el feminismo. Pero lo podemos ejemplificar con otras situaciones de riesgo que está creando la extrema derecha ya que con los conflictos derivados de los flujos migratorios sucede algo parecido. Cuesta asumir esta lucha como propia porque nos parece un conflicto externo a nosotras, porque no vivimos angustiadas ante la perspectiva de ser víctimas de una redada en medio de la calle. Pero hay un grueso de personas que posiblemente se ha convertido en un nuevo «ejército de reserva» necesario para mantener el control social dentro de los umbrales de la sumisión, manteniendo la dicotomía excluida/incluida entre aquéllas que permanecen en la extrema inseguridad y a las que se puede negar, legalmente, el derecho a circular libremente y aquéllas que «tienen derecho» a permanecer explotadas. Pero aunque las migradas sean de los sectores más castigados por la explotación, no tenemos que olvidar que ésta nos afecta a todas. Y es esta visión de clase la que nos puede permitir parar las redadas en la calle o la existencia de los CIE, no como solidarias con «las otras» sino como parte activa de una misma lucha por la libertad.



Tendríamos que estar atentas a cómo el discurso xenófobo y fascista se inserta en la necesidad que muchas de las «ciudadanas» tienen de participar en la política de la ciudad. Así el discurso ciudadanista se ve fácilmente reconducible hacia campañas como la que se está viviendo actualmente en el barrio del Raval: ¡Queremos un barrio digno! Si no somos capaces de ver dónde nacen los nuevos discursos fascistas, analizarlos y pararlos en sus primeras manifestaciones, el discurso fascista se continuará extendiendo como una mancha de aceite, haciendo que las vecinas busquen enemigas allá donde tendrían que encontrar afinidades.

Partiendo de aquí, resulta necesario revisar cómo estamos llevando a cabo la lucha a las formas que toma hoy día el fascismo. Como hemos dicho, su puesta en escena ya no responde tanto en una declaración de superioridad racial o de cruzada católica aunque se base en estos supuestos. Con lo que nos encontramos es más una suma de planteamientos populistas y reaccionarios que pueden calar más fácilmente en la población que un discurso y una práctica abiertamente fascista. Es por esto que Plataforma per Catalunya ha sacado más de 75000 votos en las pasadas elecciones catalanas mientras que el MSR4 apenas sobrepasa los 700.



Si observamos que el fascismo es ahora más peligroso que antes es porque en una situación de inestabilidad social, en un contexto de ajuste de la economía a la rentabilidad y sus inherentes recortes sociales, ausentes las luchas radicales que hagan tambalear los fundamentos del capitalismo y ante la carencia de imaginarios comunes que lo superen, el populismo fascista presenta una enemiga clara: las migradas. Un chivo expiatorio que traslada la enemiga real hacia una enemiga que, por haber sido desposeída de la palabra, no se puede defender de las acusaciones de aquéllas que teniendo palabras y capacidades para reproducirlas claman en su contra. Al fin y al cabo, la verdad poco tiene que ver con la realidad, y esto el populismo nos lo demuestra claramente, si no con la explicación que mejor se adapte a ésta, sí con la versión que menos cueste digerir, sea o no sea real, a una población mayoritariamente acrítica. Ante nuestra dificultad de crear imaginarios colectivos más allá de éste que vivimos, el populismo presenta un imaginario claro que se acerca a describirnos una realidad donde las capas más desfavorecidas, como siempre, son las más malparadas. Es cierto, ya no tenemos ni queremos tener descripciones mesiánicas sobre la realidad y esto puede provocar que las más desencantadas, en su busca de soluciones inmediatas, se sumen a las filas del fascismo. Las cuestiones son: ¿Seremos capaces de ver las nuevas formas que toma el fascismo más allá de sus manifestaciones más clásicas y rancias? ¿O continuaremos exaltándonos sólo ante esvásticas y aguiluchos? ¿Seremos capaces de crear un imaginario colectivo más allá del fascismo sin caer en nuestro propio populismo? Frente a las adaptaciones del fascismo a las nuevas realidades sociales tendremos que identificar y señalar a nuestras auténticas enemigas. Frente al malestar reconducido al ataque de las más desprovistas de recursos tendremos que forjar alianzas que nos alienten y nos empoderen para combatir a aquéllas que poseen el Poder, reconociendo que nuestras enemigas son las de arriba y no las de nuestro lado.


1 «Nen o cafetera?» de Jaume Barrull Castellví en La Directa nº. 139. Después de la polémica, en lugar de asumir públicamente sus errores, La Directa siguió trabajando con el personaje, aunque no ha vuelto a tratar el tema.

2 Fundador y presidente del partido político Plataforma per Catalunya. Desde mayo del 2003 es concejal del Ayuntamiento de Vic, donde recientemente hubo una polémica por querer prohibir el padrón a las migradas sin papeles (el padrón es requisito fundamental a la hora de conseguir una regularización). Ex-militante de la agrupación de extrema derecha Fuerza Nueva y del partido Frente Nacional.

3 «Porque sería vivir una absurda ilusión ideológica creer que las “peleas callejeras” contra los neonazis actuales reviven las refriegas del Milán de 1921, del Berlín de 1933, o de la Barcelona de 1936, cuando el fascismo no sólo era un temible esbirro al servicio del capital, sino un verdadero movimiento de masas que con su propio programa y su dinamismo demoníaco superó la maldad capitalista, conduciendo a la especie humana a un nivel de degradación aún mayor. Quizás por esta razón, al chocar una y mil veces con grupúsculos esqueléticos que no tienen apenas apoyo social, y son interpretados por la sociedad como bandas de psicópatas indeseables que se mueven entre el gamberrismo hooligan y el frikismo político, se corre el peligro de que nos convirtamos en lo mismo; que al dar prioridad, y concentrar todos nuestros esfuerzos de una manera desmesurada y pública en el combate contra grupos que son políticamente marginales, caigamos en la misma marginalidad política, en el mismo vacío ensimismado que desde dentro es todo y desde fuera nada, la nada política, la insignificancia social y la ininteligibilidad intelectual y emocional que condena a la indiferencia, mezclada de miedo y desprecio, a las peleas entre tribus urbanas, rockers y mods, latin-kings y ñetas, fachas y antifas». Así nos quieren ver. Reflexiones en frío y en caliente sobre el antifascismo. Podéis leerlo entero en: http://www.nodo50.org/Nueva-dinamica-del-fascismo.html

4 El Movimiento Social Republicano es un partido de carácter nacionalista _tanto europeo como español_ y socialista _pero no marxista ni libertario_. A pesar de que en su propaganda intentan ser confusos utilizando cierta estética y retórica radical cercana a nuestras posturas, la realidad es que no pueden y no quieren del todo, como afirman en su página esconder que son nacionalsocialistas.


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