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A los miembros de la Congregación de la Misión en todo el mundo


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Cuaresma 2000



A los miembros de la Congregación de la Misión en todo el mundo.

Mis queridos hermanos:


¡Que la paz de Cristo, crucificado y resucitado, esté con ustedes!
A lo largo de los siglos, las peregrinaciones han gozado de una gran popularidad entre los católicos. En los “Cuentos de Canterbury”, Chaucer1 escribe de una ama de casa de Bath2:
Tres veces había viajado a Jerusalén;

y muchas veces había tenido que remontar

contra corriente un río extranjero;

había estado en Roma y había estado en Bolonia,



en Santiago, de España, y en Colonia.
La fascinación de las peregrinaciones continúa también hoy día. Muchos de nosotros conocemos personas que han hecho su peregrinación a Fátima, Lourdes, Luján o a la Rue du Bac. El verano pasado charlé con uno que acababa de realizar a pie un viaje de cinco semanas a Compostela. Este año, millones de personas pasarán a través de la Puerta Santa de San Pedro o seguirán las huellas del Camino de la Cruz en Jerusalén. Por supuesto, los Católicos no son los únicos en promover las peregrinaciones. Los Judíos peregrinan a Tierra Santa. Los Musulmanes viajan a la Meca. Los Hindúes van a las orillas del Ganges. Uno de los grandes clásicos de la piedad protestante es el “Camino del Peregrino” de John Bunyan3, que en un tiempo fue el segundo libro más popular, sólo precedido por la Biblia.
La peregrinación no es simplemente un fenómeno habitual de la piedad popular. Es, más bien, una metáfora de toda la vida cristiana. Sus raíces bíblicas son profundas. Los autores del Éxodo y del Deuteronomio describen un pueblo peregrino al que Yahweh ama y educa mientras lo conduce hacia la tierra prometida. Muchos de los salmos son canciones de peregrinación que entonan alabanzas al Señor mientras su pueblo “sube hacia la casa del Señor” (Sal 42,5; 43,4; 122,1). El evangelio de Lucas, a partir del capítulo 9, 51, se centra en el seguimiento de Cristo que sube a Jerusalén, y el segundo libro de Lucas, los Hechos, describe el Cristianismo como “el Camino” (Hch 9, 2; 18, 25; 24, 22).
Desde el siglo segundo, los cristianos se entregaron a las peregrinaciones, literal y metafóricamente. Literalmente muchos partieron llenos de coraje hacia tierras desconocidas, afrontando peligros y fatigas físicas, esperando que una ruptura con las circunstancias ordinarias de la vida aguzase su conciencia de lo nuclear del ser del cristiano. En la edad media, hubo cientos de lugares de peregrinación. Cuando los peregrinos visitaban los santuarios, esperaban crecer en sensibilidad hacia los misterios allí celebrados. Por supuesto, entonces y ahora, existe el peligro de que tales peregrinaciones se conviertan en simple turismo. Por desgracia, muchos de los grupos que han pasado por Roma o Jerusalén han meditado poco las Escrituras y, en gran medida, han permanecido insensibles a la muerte y resurrección del Señor.
Pero, permanezcamos en casa o viajemos al extranjero, todos nosotros confesamos ser un pueblo peregrino. Por eso, cuando iniciamos la primera Cuaresma del nuevo milenio, permítanme sugerirles tres reflexiones sobre la peregrinación en sentido metafórico.



  1. La Cuaresma misma es una peregrinación. Es una experiencia de desierto como la del pueblo de Dios en el Éxodo, o la de Jesús al comienzo de los evangelios sinópticos. Su objetivo es sumergirnos más profundamente en el misterio de la muerte y resurrección del Señor a medida que nos dirigimos hacia el Reino de Dios. Puesto que la mayoría de nosotros no viajaremos literalmente durante estos 40 días, la pregunta es: ¿Qué haremos, metafóricamente, para romper el ritmo monótono de nuestra vida de cada día y poder tener una mayor conciencia de nuestro compromiso bautismal de seguir a Cristo incluso hasta la muerte y así compartir la gloria de su Resurrección? Una vez, en un pasado no muy lejano, el ayuno rompía nuestro régimen diario durante la Cuaresma y centraba nuestra atención, incluso físicamente, en las renuncias más profundas exigidas por el seguimiento de Cristo. Ahora que el ayuno es raro, ¿qué podemos hacer para cambiar nuestro ambiente habitual y estar más atentos a nuestro objetivo? ¿Podemos dedicar tiempos más largos al silencio, un silencio de desierto? ¿Podemos levantarnos más temprano para meditar las Escrituras y conservarlas en nuestros corazones como María, la Madre de Jesús? ¿Podemos implicarnos en un ayuno voluntario, en dejar de fumar, en moderar el uso del alcohol? ¿Podemos apagar por la noche la televisión, la radio o el vídeo para tener tiempo para la lectio divina?




  1. Ciertamente, no sólo la Cuaresma, sino toda la vida es una peregrinación. Éste es el significado principal de la metáfora y es precisamente lo que la Cuaresma pretende recordarnos. ¿Sentimos realmente que somos peregrinos en la vida? Mientras apreciamos profundamente la belleza y el valor de la creación, ¿podemos decir con convicción, como lo hizo San Pablo (1 Cor 7, 29-31): “En lo que resta, los que tienen mujer, vivan como si no la tuvieran; los que lloran, como si no lloraran; los que se alegran, como si no se alegraran; los que compran, como si no poseyeran; los que disfrutan del mundo, como si no disfrutaran. Porque la apariencia de este mundo está a punto de acabar”? ¿Caminamos anhelantes y al mismo tiempo somos pacientes en el viaje: estamos deseando alcanzar la meta y somos pacientes porque confiamos en que, a pesar de que el desierto es vasto, árido y carente de referencias, el Señor nos acompaña? San Vicente dice que la paciencia es la “virtud de los perfectos” (SV X, 181 / ES IX, 794). Si esto es así, ciertamente es también una virtud que todos nosotros hemos de cultivar, nosotros que somos pecadores, caminantes, conscientes de nuestras limitaciones. ¿Somos pacientes con nosotros mismos cuando, en nuestro camino de peregrinación, nos damos cuenta más y mejor de cuán imperfectos somos?




  1. En nuestra Familia Vicenciana, elegimos realizar nuestra peregrinación en compañía de los pobres. Uno de los privilegios que tengo, en mi actual ministerio, es visitar a muchos Vicencianos, Hijas de la Caridad y miembros de nuestros grupos laicales, jóvenes y mayores, que acompañan de verdad a los más abandonados. Hoy, al comienzo de este nuevo milenio, quiero animar a todos los miembros de nuestra familia a escuchar cada vez con mayor atención a nuestros compañeros de camino más necesitados, a trabajar al lado de quienes experimentan el desvalimiento ante la violencia, los desastres naturales, el desempleo u otras crisis similares, a amarles profundamente como a hermanos y hermanas, a estar con ellos en su lucha por la justicia, a apoyarles para que sean agentes de su propia promoción humana, a ser sus amigos del alma, evangelizándoles y dejándonos evangelizar por ellos. Nuestra familia existe actualmente en más de 140 países. Los pobres, ¿nos perciben allí simplemente como distribuidores de ayuda o más bien como amigos a quienes han aprendido a amar a lo largo del camino, como portadores de la genuina buena noticia de la cercanía de Dios?

Estos son mis pensamientos en esta Cuaresma. Este tiempo nos recuerda que nuestra peregrinación, como la del Señor, ciertamente implicará sufrimiento, especialmente cuando nuestro camino se aproxime más estrechamente al camino de los pobres. Me uno con ustedes para pedir que el amor sufriente sea la fuerza que nos impulse a lo largo del camino y que cuando se convierta en un amor hasta la muerte prorrumpa en la alegría de la resurrección.


Su hermano en San Vicente

Robert P. Maloney, C.M.



Superior General



1 Chaucer: poeta inglés (1340-1400).

2 Bath: población termal de Inglaterra.

3 John Bunyan: escritor inglés (1628-1648).



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