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A la sombra


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A

LA

SOMBRA

DE

LA

CRUZ



PADRE FRANCISCO JORDÁN



Base-26

Francisco María de la Cruz Jordán:




Nació

el 16 de junio de 1848

en Gurtweil, Alemania

Murió


el 8 de septiembre de 1918

en Tafers, Suiza



Fundador de la Sociedad del Divino Salvador

en 1881

Y

de las Hermanas del Divino Salvador en 1888

“Que todos conozcan al Salvador”



Autor: P. Bernward Meisterjahn, s.d.s.


Traducido: P. Juan Marcel Leenders, s.d.s.

Caracas , 2 de abril del 2000

SOCIEDAD MUNDIAL

Hoy en día, tres mil hombres y mujeres son miembros de alguna de las comunidades fundadas por el Padre Jordán. Nuestro anhelo es que el Salvador sea más conocido y amado en el mundo actual. Generalmente vivimos en comunidades pequeñas, utilizando nuestros talentos en diversos modos para fomentar el crecimiento de las Iglesias particulares. Como parte de una comunidad global, podemos llevar a las Iglesias particulares el verdadero sentido universal de la Iglesia.


No nos consideramos en primer lugar seguidores o discípulos del Padre Jordán, sino miembros de la familia que él fundó, hallando nuestra inspiración en las mismas ideas que lo inspiraron a él. Él convocó un grupo de personas para formar una nueva sociedad dentro de la Iglesia – una que no estuviera limitada a uno o dos apostolados, sino que utilizara “todas los medios y modos que el amor a Cristo inspira” para lograr que la gente conociera al Salvador. Una característica específica sería una actitud abierta y amigable de sus miembros hacia el prójimo, siguiendo el ejemplo de bondad y amabilidad de Cristo mismo. Nuestro propósito es hacer que la mayor cantidad de gente conozca a Jesús el Salvador y que encuentre en Él su salvación.

ANTECEDENTES HISTÓRICOS

Para comprender algo de la vida del Padre Jordán, es necesario que estudiemos los antecedentes históricos, particularmente la situación en Alemania en esa época. Hubo dos factores importantes que afectaron la situación de la Iglesia en Alemania durante el siglo XIX: la secularización y el Kulturkampf (o luchas culturales). En la primera parte del siglo XIX, durante el régimen de Napoleón, casi todos los monasterios en Alemania son secularizados; son disueltos y sus propiedades embargadas o subastadas por el estado. La forma normal en la que la Iglesia ejercía su misión pastoral fue abolida y su tan floreciente cultura monástica destruida.


El estado prusiano, que había venido fortaleciéndose a lo largo del siglo XIX, se embarcó en una política conflictiva con la Iglesia Católica, conocida como el Kulturkampf. Se introdujeron leyes que trataban de limitar el poder y la influencia de la Iglesia, que entonces se encontró limitada por el estado para realizar muchas de sus funciones prácticas y pastorales.
Además, esto sucedía en una época de enormes cambios sociales. La Revolución Industrial en Alemania, al igual que en otros lugares, causó grandes trastornos. El progreso científico trajo consigo desarrollos tecnológicos y una tendencia hacia la industrialización. Muchos jóvenes dejaban sus aldeas y se dirigían hacia ciudades cada vez más industrializadas en busca de trabajo, por lo que los patrones tradicionales de vida en el país y localidades que hasta ese momento eran pequeñas ciudades comerciales, se vieron afectados. En Alemania, al igual que en Inglaterra, emergió una nueva clase obrera que vivía en la pobreza con grandes privaciones sociales. La Iglesia experimentó enormes dificultades para desarrollar sus nuevas estrategias pastorales con miras a solventar las necesidades de los pobres por las restricciones impuestas por el estado.
Es necesario tener en cuenta estos antecedentes históricos, para comprender realmente las intenciones del Padre Jordán.


INFANCIA DEL PADRE JORDÁN

Juan Bautista Jordán nació el 16 de junio de 1848 en el seno de una familia paupérrima en la pequeña aldea de Gurtweil en la región de la Selva Negra al sur de Alemania. Su padre había quedado inválido a causa de un accidente laboral, por lo que su madre mantenía a la familia lavando ropa y llevando a cabo otras labores domésticas. De esta manera, los hijos de la familia Jordán crecieron muy familiarizados con la pobreza.


Juan Bautista, a pesar de ser un muchacho con talento, no destacó en la escuela. Sin embargo, cuando hizo su Primera Comunión a los catorce años, sucedió algo sorprendente y desde entonces hubo un gran cambio en su vida. La tradición cuenta que en el momento de arrodillarse ante el altar, Juan Bautista percibió la presencia de una paloma que revoloteaba alrededor de su cabeza. Fue una experiencia muy íntima y ninguno de los presentes observó el fenómeno. Desde ese momento el joven Jordán supo que su vocación era el sacerdocio, pero su familia lamentablemente no tenía los medios económicos para enviarle al seminario diocesano; era más necesario lo que él aportara a la familia con su trabajo. Al terminar la escuela, el joven se colocó como aprendiz de un pintor y decorador, y durante varios años viajó extensamente ejerciendo su nueva ocupación. Fue durante sus viajes por las recién industrializadas ciudades, viviendo y trabajando con la clase obrera alemana, y tomando conciencia de las apremiantes necesidades de ésta.
No obstante, el joven Jordán pudo emprender el camino al sacerdocio. Ya había obtenido algún aprendizaje del latín de un amigo sacerdote, pero aún debía completar sus estudios secundarios, por lo que regresó a la escuela. Esto implicaba asistir a clases con chicos mucho más jóvenes que él, lo cual no le resultó nada fácil. De todas formas, con gran ahínco progresó de clase en clase hasta graduarse con excelentes calificaciones en todas las materias, menos en matemáticas. Se le consideró especialmente dotado en idiomas. Al terminar sus estudios secundarios, Jordán pudo entrar al programa de teología en Friburgo, y luego al seminario diocesano de San Pedro en Brisgovia, donde se ordenó sacerdote el 21 de julio de 1878, a la edad de treinta años.
Entre las consecuencias del régimen del Kulturkampf, notamos que el recién ordenado sacerdote no pudo celebrar su primera Misa en su propia parroquia, sino que tuvo que cruzar la frontera hacia Suiza. También significó que no pudo ser asignado a una parroquia en su propia Diócesis. Apoyándose en su habilidad para los idiomas, consiguió una beca para estudiar lenguas orientales en Roma. Aprendió armenio, sirio, copto y árabe. Su talento le permitió viajar por Oriente Medio, para perfeccionar in situ estos idiomas. En Roma, el hubiera podido tal vez emprender una carrera académica en una de las universidades como especialista en idiomas, pero otros planes comenzaban a formarse en él.

EL PLAN PARA UNA NUEVA SOCIEDAD
Fue durante su estadía en Tierra Santa cuando los acontecimientos le proporcionaron un nuevo rumbo. Ya había comenzado a pensar seriamente sobre la manera de lograr que la Iglesia aumentara su influencia sobre la clase obrera, que en ese momento se encontraba desatendida en cuanto al ministerio pastoral. Pero fue en el Líbano donde experimentó una inspiración Divina: su alma se encontró con las palabras del Evangelio de San Juan: “Esta es la vida eterna: conocerte a Ti como al único Dios verdadero y a Jesucristo al cual tú has enviado”. (Juan 17,3) Desde ese momento supo con certeza que la inspiración de sus planes provenía directamente de Dios, por lo que no descansaría hasta haberlos realizado.
En un principio, el Padre Jordán no tuvo la intención de crear una nueva orden o sociedad religiosa; sólo quería contrarrestar los efectos del Kulturkampf. Esto tenía un significado grande y amplio: implicaba literalmente una renovación de toda la Iglesia. Su intención era devolver la Iglesia al hombre común, y para esto tenía un extraordinario entusiasmo misionero. Era un deseo que le obsesionaba completamente. Su amor a Dios y al prójimo le embriagaban, por lo que quiso comenzar a trabajar de inmediato haciendo todo lo posible por alcanzar su visión a cualquier precio.
Primeramente, debía conseguir algunos socios que compartieran sus ideales y le ayudaran en su tarea. Lo más importante era encontrar sacerdotes dispuestos a implementar su plan. Pronto encontró al Padre Bonaventura Lüthen, un compatriota que en esos primeros días se convirtió en su leal seguidor a la vez que su más cercano colaborador y amigo. Seguidamente, aparecieron otros sacerdotes dispuestos a trabajar con él. Igualmente, buscaba laicos, pues necesitaba hombres y mujeres con cierta educación y posición, así como otros de cada estrato social. Era un gran visionario, pues en su organización las mujeres tendrían la misma posición de responsabilidad que los hombres, y no vio límites a su proyecto, el cual incluía familias, niños y hasta grupos.


LOS TRES GRADOS

A medida que el Padre Jordán afinó su misión y empezó a detallar su plan, surgieron tres grados. El Primer Grado estaba formado por aquellos miembros que se dedicaban por entero a la Sociedad y a su trabajo en ella. Debían hacer votos de pobreza, castidad y obediencia, pero no necesariamente tenían que vivir en la comunidad ni dejar su trabajo. Sin embargo, tenían que entregarse sin reservas a la Sociedad y estar dispuestos a realizar cualquier tarea. El 8 de diciembre de 1881, en la Capilla de Santa Brígida en Roma, el Padre Jordán y dos de sus colaboradores hicieron votos privados como miembros en el Primer Grado de la Sociedad. Es esta la fecha que se considera como el día de la fundación de la Sociedad. En 1882, una mujer, Therese von Wüllenweber, también hizo votos privados como miembro en el Primer Grado. Ella estaba destinada a jugar un papel crucial seis años más tarde, al fundar la orden de las Hermanas del Divino Salvador.


El Segundo Grado estaba reservado a gente estudiosa, o sea, a aquellos que podían ejercer alguna influencia en la Iglesia y en la sociedad. La intención de Jordán era que éstos fueran profesionales: científicos, intelectuales, artistas, periodistas y similares. En efecto, Jordán mostró especial interés por la prensa y desde el principio puso en marcha publicaciones en latín, alemán e italiano. La publicación actual de asuntos del Vaticano, Acta Apostolicae Sedis, tuvo su origen en estas publicaciones que estaban dirigidas a sacerdotes y a otras personas involucradas con el acontecer de la Iglesia.
El Tercer Grado estaba abierto a todos aquellos deseosos de llevar una vida cristiana y de promover a la Sociedad en lo que les fuera posible. Jordán pudo conseguir muchas personas generosas, deseosas de ayudarle en su nueva fundación, tanto personas influyentes, como gente común que estaba dispuesta a donar todo cuanto podía. El espíritu común de apostolado era lo que unía los tres brazos de la Sociedad. Jordán quería transformar a todo hombre y mujer en apóstol de Cristo. Él escogió a los apóstoles como patronos de la Sociedad; veneraba a María bajo el título de “Reina de los Apóstoles”. El nombre que le dio a su organización, fue el de: “Sociedad de Enseñanza Apostólica”.

INICIOS Y DIFICULTADES

Jordán tuvo éxito a pesar de que, por su propia inexperiencia en la vida religiosa, sus planes no resultaron de la forma que él los había concebido. Para poder realizar su ambicioso plan, necesitaba la cooperación de gente influyente; sin embargo, muchos consideraban que el joven Jordán no tenía suficiente experiencia en asuntos eclesiásticos. Muchos dudaban de su capacidad para ser un buen administrador o líder. A pesar de su constante entusiasmo, muchos lo consideraban poco práctico y criticaban el que a menudo recurriera a otros para ratificar sus ideas. El mismo Jordán no sobreestimó sus propios dones y capacidades; era demasiado modesto para eso, sin embargo creía firmemente en su vocación divina. Su convicción era inquebrantable, y aquellos que se le acercaban resultaban igualmente convencidos de su vocación y misión.


Una de las grandes dificultades que le acechaba, era la falta de recursos económicos para ejecutar sus múltiples planes. No tenía medios propios, y dependía exclusivamente de la generosidad de otros, por lo que inevitablemente pronto se encontró con deudas. Jordán, frecuentemente, sustituía prudencia en materia financiera por confianza en Dios. Muchas largas noches rezaba atormentado implorando a Dios su ayuda. Hay ejemplos increíbles de como en el último momento, cuando debía pagar una deuda atrasada, el dinero aparecía de forma sorprendente. Sin embargo, las autoridades eclesiásticas nombraron un asesor cuyos consejos Jordán tuvo que seguir durante veinte años.
De alguna manera, no era oportuno empezar su trabajo precisamente en Roma justo bajo la mirada del Vaticano. Pero, para Jordán era realmente importante estar exactamente en el corazón de la Iglesia, aún cuando esto implicara estar bajo constante escrutinio, y expuesto a oposición y acusaciones, lo cual no habría sucedido si se hubiera asentado en otro lugar. Pronto las dificultades comenzaron a surgir. Las normas adoptadas para el Primer Grado no fueron bien vistas, a pesar de haber sido escritas tras mucha consideración y oración. Estas consistían de textos bíblicos similares a aquellos adoptados por otras organizaciones que le precedieron. El Padre Jordán aplicaba las reglas de tal manera que inspiraba a sus seguidores. Sin embargo, la Iglesia no pedía textos bíblicos, sino normas y reglamentos de constitución legal, que dieran estructura canónica a las nuevas congregaciones religiosas. Como resultado, las ideas avanzadas de Jordán fueron objeto de una rígida reestructuración que se asemejaba más a la vida monástica tradicional. Lo que inicialmente fue concebido como un movimiento universal, fue moldeado y convertido en una congregación religiosa como cualquier otra.
Otro tropiezo para Jordán fue su intención de que hombres y mujeres formasen parte de una misma Sociedad y, aún más importante, que trabajasen como iguales en el apostolado. Esto no era aceptable para la época. Hombres y mujeres debían pertenecer a organizaciones separadas, autosuficientes e independientes. También se pensaba que cada congregación religiosa debía tener un claro propósito que la identificara. Esto se oponía radicalmente a las ideas de Jordán, quien consideraba que la nueva sociedad no debía concentrarse en un apostolado específico, ni aún en varios apostolados relacionados entre sí, como podía ser el apostolado de prensa, educación de jóvenes, trabajo misionero, etc. La característica principal de la fundación de Jordán debía ser su naturaleza universal. Requería que sus miembros estuvieran dispuestos a aceptar cualquier tipo de trabajo, dependiendo de las necesidades de la época y que, incluso, estuvieran dispuestos a realizar tareas desechadas por otros, para enseñar la manera de conocer al Salvador.
El plan era realmente universal e implicaba una renovación total de la Iglesia, por lo que un personaje del Vaticano comentó “Esto significa que usted estaría re-fundando la Iglesia!” A pesar de que el proyecto del Padre Jordán, por muchas razones, nunca fue ejecutado en su totalidad, la fundación siempre ha mantenido el principio de la universalidad. Los Salvatorianos se caracterizan por realizar múltiples tareas, al tiempo que se encuentran al servicio del Evangelio. Esta flexibilidad y disponibilidad para ejecutar proyectos nuevos, siempre fue una característica importante de la Sociedad y continúa siendo una de sus fortalezas en su misión de enseñanza religiosa.


UN NUEVO NOMBRE PARA LA SOCIEDAD

Algo que las autoridades de la Iglesia no podían aceptar era el nombre de la nueva fundación. En un principio se propuso el nombre de “Sociedad Apostólica de Enseñanza”; en noviembre de 1882 éste se cambió a “Sociedad Católica de Enseñanza”. Para las autoridades eclesiásticas, ambos nombres eran demasiado cercanos a la propia Iglesia, de manera que en 1893 se sugiere un nuevo nombre: “Sociedad del Divino Salvador”. En latín se dice “Societas Divini Salvatoris”, y desde entonces la Sociedad se conoce como “Salvatorianos”. El cambio de nombre resultó afortunado, ya que la nueva Sociedad no deriva su nombre a partir de sus actividades, sino de su más alto ideal: Cristo mismo, Salvador del mundo. Él es nuestro modelo y es hacia Él hacia donde queremos atraer a otros. Si hiciéramos especial énfasis en cualquier aspecto del carácter de Nuestro Señor, éste sería precisamente su bondad y amor por la humanidad, que fue lo que significó su salvación. Es específicamente el amor de Cristo hacia sus semejantes, lo que queremos imitar en nuestras vidas.


La reacción del Padre Jordán hacia la alteración y transformación de sus ideas no fue hostil. Tenía gran visión, pero estaba dispuesto a ver sus planes cambiados por las autoridades, pues era un hombre abierto y modesto. Es importante hacer notar su sumisión a lo que percibió como el deseo de la Iglesia. Siempre quiso ser un obediente miembro de la misma, ya que el propósito de la Sociedad era servir a las necesidades de la Iglesia y ayudar a realizar su misión. Hay que recordar también, que el tiempo en que el vivió, la autoridad papal era considerada como suprema. Como ya se ha dicho anteriormente, era vital que su Sociedad estuviese asentada en Roma misma, ya que sólo allí se encontraría en posición de obtener alcance universal. Jordán se consideraba muy afortunado por tener la sede principal en el Palazzo Cesi, muy cercano a la Basílica de San Pedro, a donde iba diariamente a orar frente a la tumba del apóstol Pedro. Muchas de las sugerencias hechas por las autoridades eclesiásticas resultaron sabias y Jordán estaba feliz de tener esa guía. No era extraño al enfoque monástico y reconocía las muchas ventajas que una estructura más rígida podía traer. Una sociedad religiosa organizada sería más estable y duradera que una con estructura poco clara.


LA SOCIEDAD DE LAS HERMANAS DE LA ENSEÑANZA CATÓLICA

En 1883 Jordán fundó la Sociedad de las Hermanas de la Enseñanza Católica en Roma, luego de fracasar en Alemania con una fundación similar. La nueva fundación se desarrolló siguiendo los lineamientos de The Franciscans of the Strict Observance, debido a que la Madre Francesca Streitel había pertenecido a la comunidad franciscana. El mismo Jordán se sentía atraído hacia los ideales de San Francisco, lo que se reflejaba en el hecho que había adoptado el nombre religioso de “Francisco María de la Cruz”. Jordán no era extraño a la influencia franciscana, por lo que la colocó al cargo de la nueva comunidad. Sin embargo, pronto Jordán percibió que las cosas en la fundación no se estaban desarrollando de acuerdo a sus planes. Aparentemente, la Madre Streitel había introducido un régimen demasiado estricto y enclaustrado, contrario a sus intenciones originales. Pronto la situación estaba fuera del control de Jordán y las autoridades eclesiásticas intervinieron para separarlo de la orden. Se nombró un nuevo director y la orden continúa hasta nuestros días. Hoy se conoce la orden como las “Addolorata Sisters”.


Sin embargo, a pesar de este gran revés, en 1886 la Sociedad para la Enseñanza Católica recibió la aprobación canónica y se consolidó formalmente, lo que llenó a Jordán de optimismo y fe en el futuro.


LA MADRE MARÍA Y LA SOCIEDAD DE LAS HERMANAS DE ENSEÑANZA CATÓLICA
A pesar de las deprimentes y dolorosas experiencias, el Padre Jordán no cesó en su empeño de fundar otro grupo de hermanas. En 1888 mandó buscar a Therese von Wüllenweber, quien vivía desde hacía varios años en Neuwerk cerca de Mönchengladbach, Alemania, esperando pacientemente la llamada del Padre Jordán, pidiéndole viajar a Roma. Jordán solicitó que se reuniera con él en Tivoli, a unos treinta Km. de Roma, donde la puso a cargo de la nueva fundación de Hermanas. Algunos años después las Hermanas se mudaron a Roma, donde comenzó su plan de expansión por todo el mundo. Therese tomó el nombre de “Teresa de los Apóstoles”, nombre que revelaba su intención de seguir muy de cerca las ideas iniciales de Jordán. Era una mujer de experiencia, que había vivido durante los difíciles años del Kulturkampf y estaba completamente familiarizada con la situación religiosa en Alemania.
La Madre María tenía un vibrante entusiasmo y compartía plenamente las aspiraciones y deseos del Padre Jordán de atraer mucha gente hacia Cristo. Esto fue evidente desde su primer encuentro. Aparentemente, compartían una visión sobre lo que debía hacerse para dar a conocer al Salvador. En reconocimiento a sus admirables cualidades, la Madre María fue beatificada por la Iglesia en 1968. Está enterrada en la capilla de Villa Salvator Mundi, Casa Generalicia de las Hermanas Salvatorianas en Roma. Su fiesta se celebra el 5 de septiembre.


EXPANSIÓN DE LA SOCIEDAD

A pesar de que el Padre Jordán se encontraba bajo la supervisión de un visitador apostólico, una vez que su comunidad obtuvo la aprobación canónica, comenzó con suma energía a fundar nuevas casas de la Sociedad. Sólo podemos ofrecer un breve sumario. Cuando la Congregación para la Propagación de la Fe solicitó al Padre Jordán que asumiera la dirección de una nueva misión en Assam, al noreste de la India, esta invitación significó para los Salvatorianos un aliento, un reto y una nueva fuente de energía. En 1890 el fundador envió sus primeros misioneros a Assam, a pesar de disponer de muy pocos miembros. En 1892 comenzó nuevas fundaciones en los Estados Unidos y Austria.


El Padre Jordán emprendió una rápida sucesión de fundaciones en los siguientes países: Ecuador y Colombia (1893), Suiza (1894), Checoslovaquia (1895), Brasil (1896), Rumania (1898), Bélgica, Polonia y Yugoslavia (1900), Inglaterra (1901) y Alemania (1915). A lo largo de su vida, el Padre Jordán estableció la Sociedad en catorce países diferentes. Esto fue el resultado natural de su incansable actividad y numerosos viajes. Es preciso recalcar que, como consecuencia de este ritmo de vida, su salud sufrió un deterioro y su condición nerviosa se hizo preocupante. El Padre Jordán vivió en su propia vida este inspirado comentario: “El trabajo de Dios da sus frutos solamente a la sombra de la cruz.” Hacía mucho tiempo ya que había escogido por nombre religioso el de “Francisco María de la Cruz”.
En 1915, después de una larga vida de trabajo, el Padre Jordán no buscó la re-elección como Superior General; en cambio entregó una Sociedad muy bien organizada y firmemente establecida a su sucesor, el Padre Pancracio Pfeiffer. Este extraordinario gesto, testimonio de su incansable labor y de la grandeza de su visión, confirmó cuan infundadas eran las dudas de las personas que lo criticaban.


LOS ÚLTIMOS AÑOS DEL PADRE JORDÁN

Cuando Italia entró en la Primera Guerra Mundial en 1915, el Generalato fue cambiado a Friburgo, en Suiza, zona neutral. Debido a su precario estado de salud, Jordán declinó su candidatura a Superior General. Durante esos últimos años llevó una vida tranquila, pero en 1918 su condición empeoró y fue internado en el hospital de los pobres, dirigido por las Hijas de la Caridad en Tafers, Suiza. Su sufrimiento acabó el 8 de septiembre. Fue sepultado en la iglesia parroquial de Tafers. En 1956 sus restos fueron trasladados a la Capilla del Fundador, en la Casa Madre de los Salvatorianos en la Via della Conciliazione, 51, Roma.




EL CARÁCTER DEL PADRE JORDÁN




En su libro “La Vida del Padre Jordán”, el Padre Pancracio Pfeiffer enfatiza su absoluta integridad de carácter, con lo que estarían de acuerdo todos los que lo conocieron. Era todo sinceridad. Sentía un gran fervor religioso y entusiasmo por el apostolado. El Padre Jordán fue un hombre profundamente espiritual, un hombre de oración. Esto es de gran importancia para poder comprenderlo. Su vida espiritual fue de gran sencillez y rectitud. Para una persona que afrontó tantas dificultades para lograr su cometido y que mostró una perseverancia tan especial, era imprescindible que la fe en Dios fuera un aspecto fundamental en su vida espiritual. La fe en Dios es mencionada una y otra vez en su Diario Espiritual.

Jordán fue un profeta en su época. Al igual que muchos otros antes que él, Jordán era de carácter impetuoso, a pesar de que esto a veces era reprimido por una cierta timidez. Este carácter exuberante, sin duda, fue la causa de muchos errores, pero durante el transcurso de su vida aprendió a ser cada vez más paciente. Jordán fue un hombre de amplia visión y tuvo una pronunciada habilidad para contagiar a otros con su entusiasmo por hacer cosas grandes. Esto iba acompañado de una implícita confianza en la gente. Nunca reprimió a los demás, por el contrario, los animaba a seguir con lo que estuvieran haciendo. Impresionó a muchos por su constante entusiasmo y su profunda y sincera bondad.




RETORNO A NUESTROS ORÍGENES

El Concilio Vaticano Segundo pidió a todas las órdenes religiosas revisar sus orígenes y renovarse tratando de rescatar el espíritu original de los fundadores de cada comunidad. Esto originó un resurgimiento del interés por el legado apostólico, intelectual y espiritual del Padre Jordán. Nuestros historiadores e investigadores han realizado un amplio trabajo y han encontrado en los archivos muchos documentos hasta entonces desconocidos. Todo esto ha derramado una nueva luz sobre la historia de nuestra Sociedad y sobre la vida del Padre Jordán. Ahora poseemos mayor información sobre el comienzo de los Salvatorianos y muy particularmente sobre las ideas de Jordán; ahora hemos entendido cuan modernas y cuan relevantes eran para el mundo de hoy.

No sería apropiado llamarlo único, ya que muchos otros fundadores de órdenes religiosas vivieron situaciones históricas similares. Sin embargo, debemos considerarlo como un testigo especial del Espíritu de Dios, vivo y activo en nuestro mundo. Una de sus últimas frases nos llega como una advertencia y un reto: “Otros vendrán, recordarán nuestro sufrimiento y continuarán nuestro trabajo.”


CARTA DEL PADRE FRANCISCO A LOS SALVATORIANOS

Queridos Hermanos:


Enseñen a todas las naciones, en especial a los niños, a conocer al Dios verdadero y a quien Él nos ha enviado, Jesucristo. Les encargo esto, frente a Dios y Jesús quien juzgará a los vivos y a los muertos con su venida y con su reino: proclamen la palabra del Señor, háganlo con urgencia, oportuna e inoportunamente, enseñen con paciencia la sana doctrina.
Vayan y difundan con perseverancia la palabra de vida eterna a todo el mundo.
Anuncien y escriban la doctrina celestial a todos sin descanso.
Este es el deseo del Señor, queridos hermanos, que todo el mundo conozca la verdad eterna.
Les suplico no vacilar al anunciar el propósito del Señor, de manera que puedan decir como San Pablo: Soy inocente de la sangre de todos. No cesen, día y noche, incluso hasta las lágrimas, de advertir a todos.
No dejen pasar ninguna oportunidad para anunciar y enseñar a todos la doctrina del Señor, tanto públicamente como de casa en casa”.

Capítulo 4: El Apostolado, (Regla 1884)





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