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A. Evasión bajo pretexto de objetividad Stanislav Andreski (1972)


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A. Evasión bajo pretexto de objetividad

Stanislav Andreski (1972)

del libro, Las Ciencias Sociales como formas de brujería, Cap. 8, pág. 115 - 131



Taurus Ediciones, Madrid, 1973
Desde que Hume escribió su famosa observación de que «la razón es, y debe ser siempre, esclava de las pasiones», la distinción entre juicio de hecho y juicio de valor ha sido una de las piedras angulares de la filosofía. (Para los lectores no familiarizados con el uso filosófico debo agregar que un juicio de hecho puede muy bien ser falso. La confusión sobre este punto podría evitarse expresando la distinción anterior en términos menos afines al lenguaje coloquial: a saber, proposiciones o declaraciones existenciales y normativas.) Aunque circundada por las dificultades de aplicación, debidas sobre todo al ubicuo desvanecimiento de unos conceptos en otros, esta distinción subyace en el ideal de objetividad. En el desarrollo de la metodología de las ciencias sociales Max Weber le adjudicó un lugar central y ha sido discutida desde entonces bajo las denominaciones de neutralidad ética, no valoración o Wertfreiheit.
Toda la discusión, no obstante, se refiere a la neutralidad semántica, cosa totalmente diferente de la neutralidad práctica. Aclaremos esta definición.
En abstracto desde el punto de vista de la semántica filosófica, ¿qué cosa podría ser éticamente más neutral, wertfrei, no exhortatoria, no valorativa, que la cuestión de la cantidad de gente que entra un determinado nivel de ingresos?. Sin embargo, las estadísticas sobre distribución de los ingresos pueden ser consideradas como material altamente inflamable en un sistema que afirma haber abolido las desigualdades de clases. Incluso en un país donde la discrepancia entre la línea oficial y la realidad no parece demasiado grande, los datos sobre la distribución de la riqueza pasan por un estricto control partidario. Cuando Inglaterra estaba gobernada por los conservadores, los escritores laboristas produjeron una gran cantidad de estudios asegurando que la distribución de la riqueza era mucho más desigual de lo que se creía generalmente y los conservadores se vieron así sometidos a una campaña adversa. Después de la subida del laborismo al poder, los intelectuales abandonaron el tema, mostrando así que, desde un punto de vista práctico, tales estadísticas no son totalmente neutrales.
Si alguien afirma que Oswald no mató a John Kennedy, está formulando una proposición que semánticamente es perfectamente neutral, en tanto que no hay nada en el significado aceptado de cualquiera de las palabras que componen esta frase que indique que el hablante, está o complacido o consternado por el hecho o que se alegra o entristece porque no sea Oswald quien lo hizo. Desde un punto de vista semántico no podría haber un juicio de hecho más puro, más éticamente neutral. Sin embargo, como nadie ignora, éste es todavía hoy uno de los puntos más candentes de la política americana y una declaración semejante podría exponer a un hablante a la ira de quienes sostienen una opinión opuesta a este, juicio de hecho aparentemente simple. Aunque esto no pueda ser inferido del mero significado de las palabras, en el contexto real de la política americana la declaración en cuestión impugna la honestidad de los dignatarios más altos de los Estados Unidos, implica que un poder tremendo ha caído en las manos de grupos de conspiradores, sugiere que la democracia americana es (parcialmente al menos) una impostura y, por consiguiente, define a quien así se expresa como un elemento subversivo, con todas las consecuencias prácticas que una acusación semejante pueda traer aparejadas.
O bien tomemos otro ejemplo: Aparentemente no puede haber nada más neutral que las estadísticas demográficas. Y, sin embargo, una disputa sobre los resultados de un censo casi condujo a una guerra civil en Nigeria a principios de 1964. La razón era que, como las alineaciones partidarias seguían las líneas regionales, su fuerza relativa dependía de la población de cada región; y así cada gobierno regional trataba de hinchar la cuenta de sus ciudadanos mediante toda clase de estratagemas. En un momento de la disputa, el Premier de la Región Oriental ofreció aceptar el censo si se elevaba la cuenta de su región en un millón. Naturalmente, se trata de un caso más bien extremo, pero los ejemplos que podrían ilustrar este punto son innumerables.
Tuvieron que transcurrir muchos milenios de progreso intelectual antes de que la gente se decidiera a considerar a su sociedad con desapego y un interés absoluto por la verdad, es decir, objetivamente. Todavía hoy el enfoque espontáneo de quien no ha realizado un esfuerzo especial para habituarse a considerar su medio social, por así decir, desde el exterior, sigue siendo emocional y manipulativo; y la inmensa mayoría de los pronunciamientos sobre cuestiones humanas se formulan bien para evacuar emociones o bien para influir sobre la conducta de otras personas. Puede lograrse este último propósito mediante órdenes directas o imbuyendo a la gente de sentimientos apropiados o inculcándole creencias sobre las circunstancias existentes y sus relaciones causales que la inducirá a comportarse en la forma que juzguemos apropiada a fin de satisfacer sus deseos. Normalmente, cuando hablamos sobre la conducta humana, condenamos o elogiamos, persuadimos o prometemos, amenazamos o halagamos; y mostrarse deseoso de y ser capaz de discutir sobre la conducta social desapasionadamente y sin un propósito utilitario a la vista, sigue siendo todavía hoy un rasgo de refinamiento infrecuente cuyos primeros vislumbres aparecieron en los escritos de Maquiavelo. El desarrollo de nuestro conocimiento de la sociedad ha estado inextricablemente ligado con la difusión de la habilidad para observar y analizar con distanciamiento.
Como era de esperar, a la vista de los hechos apuntados, las disciplinas más antiguas relacionadas con las cuestiones humanas --la historiografía y la jurisprudencia-- suministran los ejemplos más antiguos de las dos técnicas habituales para influir sobre la conducta humana, aparte de la estrategia directa de la zanahoria o la estaca; a saber, la enseñanza de ciertas actitudes mediante una diseminación selectiva de la información y la imposición de juicios de valor enmascarados como juicios de hecho.
No es ninguna novedad, por supuesto, que la ley es un medio de controlar la conducta, consistente en reglas acerca del modo en que la gente debiera comportarse y lo que los agentes del estado debieran hacer bajo diversas circunstancias, lo cual incluye también a la ley civil, ya que ésta en última instancia está respaldada por el poder del Estado. No aludo a la intención obviamente manipulativa que promueve los actos legislativos, sino a los métodos de influir sobre la conducta induciendo a la gente a creer en entidades inexistentes, tales como leyes que nunca han sido formuladas y que los jueces tienen que «encontrar». Si definimos a la ley como un conjunto de disposiciones sobre tipos de acciones permisibles, obligatorias y prohibidas, basta entonces un momento de reflexión para comprender que ninguna ley puede existir hasta que alguien la ha enunciado; y que lo que hacen los jueces al tratar de «encontrar» la ley de hecho no es sino crearla, incluso cuando esto equivale simplemente a formular normas subsidiarias dentro de un sistema ya existente más amplio. La ficción de que la ley preexistía a su formulación realza el poder de sus hacedores al dotar a sus pronunciamientos de un aura sobrehumana. En los Estados Unidos, por ejemplo, este tipo de ficción ha capacitado a la Suprema Corte para introducir cambios sustanciales en la estructura política, cambios que no hubieran sido aceptados salvo sobre el supuesto tácito de que las normas recién proclamadas habían sido descubiertas antes que creadas. El hecho de que las nuevas disposiciones a menudo aparezcan como inferencias de otras preexistentes no cambia la cuestión, ya que las inferencias no existen hasta que se las infiere; y en todo caso la exégesis legal raramente asume una forma estrictamente lógica.
Además de la legislación enmascarada como descubrimiento de la ley, existe, como ya se ha mencionado, aparte de impartir órdenes, el método de influir sobre la conducta consistente en inculcar tácitamente una escala de valores proponiendo definiciones de conceptos tan abstractos como el Estado, la familia, el delito o la libertad. Este método está presente ya en los más antiguos documentos históricos y uno de sus ejemplos más sorprendentes es la recepción del derecho romano en los comienzos de la Europa moderna, cuando los «légistes» prepararon el camino al absolutismo y el capitalismo cambiando las formas prevalecientes de pensar acerca del derecho. (Puede hallarse una tentativa de evaluar la importancia causal de este fenómeno en The Uses of Comparative Sociology, Capítulo 12, «Ideas as Forces»). La capacidad manipulativa de las definiciones hoy corrientes en las ciencias sociales será discutida por extenso en el capítulo sobre La ideología encubierta por la terminología; pero simplemente para mostrar hasta dónde pueden llegar estos equívocos, mencionaré uno de los ejemplos más groseros: a saber, la definición hegeliana de libertad como la oportunidad de obedecer al Estado. Los tratados sobre ciencias políticas o teoría del Estado estaban llenos de este tipo de propaganda encubierta, aunque habitualmente en una forma ligeramente menos torpe y fue para eliminar estos obstáculos para el desarrollo de una ciencia empírica de la sociedad que Max Weber formuló su canon de la Wertfreiheit.
Las obras históricas inspiradas por el afán de conocer, antes que por el mero deseo de cantar la gloria de príncipes y guerreros, comenzaron a aparecer sólo bajo el impacto de unas ciencias físicas muy desarrolladas y el interés por las costumbres exóticas suscitado por los descubrimientos geográficos. Igual que en la medicina, la filología y la física, los primeros vislumbres de la historiografía científica (distinta de la meramente panegírica) aparecieron primero en Grecia, con Tucídides y se desarrollaron en Italia con Maquiavelo, Guicciardini y Scarpi. Más tarde el centro de la creatividad se desplazó hacia el norte, hacia Francia e Inglaterra (con Jean Bodin, Hobbes y James Harrington), donde permaneció durante todo el siglo dieciocho. Pese a las distintas incursiones por territorio virgen de los filósofos de la historia y los políticos de la Ilustración (tales como Voltaire, Herder, Kant y Hume), hasta el siglo presente la escritura de la historia continuó centrada en torno a las hazañas gloriosas de los grandes personajes. A juzgar por la preponderancia cuantitativa, todavía hoy la enseñanza y escritura de la historia sirven principalmente al propósito del adoctrinamiento, pese al desplazamiento del interés desde los grandes acontecimientos hacia las instituciones, que refleja la tendencia hacia la sociedad de masas. No obstante, podemos afirmar que, con la excepción de los estados totalitarios, durante las décadas recientes la historiografía ha mostrado una tendencia general hacia una mayor objetividad y una apertura a las ideas de la teoría sociológica y económica. Cuando comparamos las primeras descripciones de las culturas primitivas, cargadas de indignación frente a las costumbres tontas o viciosas de los salvajes ignorantes, con la etnografía escrita por los profesionales modernos, también podemos discernir una tendencia hacia un interés más específico de conocer por medio del análisis desapasionado una tendencia más marcada hacia la objetividad, antes que a la mera distribución de censuras y elogios. No obstante, del diagnóstico de que ha habido una tendencia hacia lo que podría vagamente denominarse objetividad no podemos saltar a la conclusión de que este objetivo sea plenamente alcanzable; aunque, por otro lado, la imposibilidad de alcanzarlo plenamente no significa que la idea no sea digna de prosecución. Los objetivos de la claridad y la consistencia tampoco pueden alcanzarse plenamente, pero sin un esfuerzo para lograrlos la ciencia nunca hubiera llegado a existir.
Ningún escritor que se ocupe de las cuestiones humanas puede reprimir en su interior todos los sentimientos favorables u hostiles sobre los hechos y personas que describe. En este sentido, debiéramos agradecer cualquier indicación franca sobre la naturaleza de sus simpatías o antipatías, a fin de poder descartar los prejuicios que no compartimos. En realidad, mientras sea posible distinguir con facilidad las observaciones encomiásticas o derogatorias del análisis y la información verdaderos, sólo podrán formularse objeciones si el autor dedica tantas páginas a las vituperaciones o elogios que luego carece de espacio para explayarse debidamente sobre las circunstancias y las relaciones causales. Una disciplina estricta de las propias reacciones emocionales podría conducir a una concentración mayor en el análisis, pero esto no implica que la ausencia de sentimientos definidos sobre un tema particular sea la mejor de las bases para su estudio, ya que una implicación emocional, podría promover una curiosidad infatigable; y de hecho, algunas de las consideraciones más profundas sobre la mecánica de los sistemas sociales se deben a gente que los odiaba o los admiraba. El ejemplo que acude naturalmente a la memoria es el de Carlos Marx.
Si la distinción entre juicios de hecho y juicios de valor pudiera conservarse clara, su mezcla entre las cubiertas de un libro o durante un discurso no obstaculizaría más la comunicación y la acumulación de conocimiento que la inserción de una exclamación sobre la belleza del cielo en un libro de astronomía. En los debates sobre cuestiones humanas, sin embargo, sólo las formas más extremas de juicios de valor y juicios de hecho aparecen enteramente diferenciadas. Cuando se nos dice que los actos o el carácter de una persona son admirables o despreciables, no podemos inferir la naturaleza de sus actos o los rasgos de su carácter, a menos que conozcamos la escala de valores de quien habla. Exclamaciones como «bastard» («bastardo») o «bugger» («sodomita»), han perdido su contenido informativo en relación a un nacimiento ilegítimo o a prácticas sexuales específicas y se usan puramente como expresiones de hostilidad o desdén. Pero epítetos como «mentiroso» o «cobarde» tienen un contenido informativo real como también un contenido emocional y exhortatorio; el primero no sería aplicable a alguien entre cuyas palabras y acciones (no importa cuán horrendas) no pudiera detectarse una discrepancia, ni tampoco el segundo a alguien impermeable al temor, aunque adicto a la crueldad, la duplicidad u otros vicios repugnantes. Para tomar otro ejemplo, la misma disposición podría denominarse, según la actitud de quien habla y su escala de valores, o «timidez» o «prudencia», pero no «tontería».
Hay dos razones por las cuales al describir la conducta humana no podemos liberarnos de las palabras emocionalmente o normativamente lastradas. La primera es que no hemos acuñado términos suficientes para pintar la gran variedad de interacciones humanas con fines exclusivamente cognoscitivos. Por consiguiente, sería totalmente imposible explicar las maniobras que se producen en un escenario político si tuviéramos que confinar nuestro vocabulario a los términos inventados por los psicólogos, sociólogos y científicos políticos, dejando de lado el problema de si estos términos en realidad ayudan u obstaculizan el conocimiento. Algunas personas han afirmado que esto es sólo cuestión de tiempo y que lenta pero seguramente las ciencias sociales producirán terminologías adecuadas para la realización de su ímproba tarea. Personalmente, no creo que esto pueda lograrse, ya que, aparte de otros impedimentos para el progreso en este campo, existe uno a mi parecer irremediable: los términos sociológicos y psicológicos, aunque sean perfectamente asépticos en el momento de su creación, cobran muy pronto matices de elogio o censura según que la realidad a que se refieren sea aceptada o rechazada. Por ejemplo, ¿a quién le agradaría que lo llamaran «masoquista» o «psicótico»?. Sin embargo, estos términos se inventaron para un uso estrictamente clínico y estuvieron tan cerca de la objetividad como cualquier otro fenómeno en el estudio del hombre. ¿O a quién le agradaría tener que afrontar un diagnóstico público como portador de un complejo edípico, o de inferioridad, o como poseedor de un bajo coeficiente de inteligencia, o como individuo emocionalmente inmaduro?. Podríamos intentar hallar sustitutos de aspecto inocuo para «impotencia» u «onanismo», pero es poco probable que, tras haber aprendido su significado, alguien pudiera considerarlos como atributos neutrales. Así, acuñar neologismos con el único propósito de eliminar los matices valorativos es una tarea inútil, particularmente porque los términos sociológicos y psicológicos, tan pronto como se vulgarizan, sufren distorsiones torpes y excesivamente simplificadoras. La única defensa contra esta tendencia --muy imperfecta, con seguridad-- es un refinamiento genuino del significado que los haga impropios para el uso coloquial.
La oscuridad puede ser una fuente de poder e ingresos, como puede advertirse por el ejemplo del lenguaje legal (mencionado anteriormente), que es claramente un producto del esfuerzo para volverlo incomprensible a los no iniciados, a fin de compelerlos a depender de los costosos servicios de los abogados. Los políticos y los funcionarios a menudo redactan sus pronunciamientos con palabras vagas y ambiguas a fin de preservar su propia libertad de acción o poder evadirse fácilmente de la cuestión. Las normas y regulaciones de distintas organizaciones están redactadas de modo deliberadamente ambiguo, con el objeto de permitir a los detentadores de la autoridad evadirse de su responsabilidad o incluso cometer faltas graves. Esta tendencia se manifiesta en materias aparentemente sencillas, como la nomenclatura de las posiciones administrativas. A fin de no ofender susceptibilidades, por ejemplo, el beneficiario de una posición de autoridad recientemente creada será llamado coordinador, en vez de jefe o principal o director, y como resultado la distinción entre coordinación y control, analíticamente muy útil, se tornará sumamente borrosa.
El poder de las palabras para suscitar emociones motiva una tentación firme e irresistible de deformar sus significados originales a fin de provocar las reacciones deseadas. Estimulados por este motivo, los anunciadores, periodistas y muchas otras clases de escritores y locutores agravan la confusión con un sensacionalismo incesante, que ya ha despojado a numerosas palabras de su significado. Por estas razones la discusión terminológica está necesariamente condenada a ser como una especie de limpieza o desbrozamiento interminable, sin el cual nuestro conocimiento no sólo no aumentará, sino que disminuirá con el tiempo, como en realidad ha ocurrido ya bajo tantos aspectos.
No es accidental que, aparte de la teoría económica, el campo donde se ha desarrollado una terminología refinada y lógicamente satisfactoria sea el estudio del parentesco. Además de la ventaja de ocuparse de estructuras que pueden analizarse en elementos aislables y claramente constantes (tales como las relaciones de esposa, marido, hermano, hermana, hijo, hija, padre y madre), esta rama de los estudios sociales tiene la suerte de hallarse normalmente al margen de las ideologías y la política del momento. Las dificultades puramente intelectuales, las pasiones ideológicas y los esfuerzos deliberados para ofuscar o engañar se refuerzan entre sí. Mientras más hondas son las pasiones, más difícil se hace la racionalización y mayor es la eficacia de la propaganda. Inversamente, mientras más difícil es encontrar y probar la verdad, más sencillo resulta dejarse arrastrar por las emociones o sucumbir a la tentación de dirigirse a las pasiones. Finalmente, mientras más importante sea una cuestión en la lucha por la riqueza y el poder, más enérgicos serán los esfuerzos ofuscadores por parte de los propagandistas, confesos o clandestinos, y más difícil será que un buscador genuino de la verdad consiga encontrar una audiencia.
Para comprender lo difícil que resulta separar los ingredientes informativos y exhortatorios del significado, basta considerar una palabra como «fascismo». La palabra fue inventada como nombre propio para los seguidores de Benito Mussolini, y más tarde comenzó a ser adjudicada a los movimientos que proclamaban su simpatía hacia los fascistas italianos o se asemejaban a ellos en su programa u organización. Los comunistas han ampliado el significado de este rótulo hasta el punto de denominar «fascista» a todo aquel que no está de su parte; pero el cumplido fue devuelto cuando algunas personas comenzaron a hablar de fascismo rojo. El escritor ruso Tarssi llegó a definir al comunismo como una forma particularmente perniciosa de fascismo. Así, el común denominador de los múltiples usos de esta palabra es puramente exhortatorio o emocional, y connota una condena. Si desconocemos la actitud de quien habla, al oír la palabra fascismo no podemos inferir nada acerca de las características de ningún sistema o movimiento.
En el capítulo sobre La ideología encubierta por la terminología analizaré varios ejemplos menos obvios de matices exhortatorios en términos pretendidamente puros. Por el momento me agradaría sólo recalcar que esta clase de contrabando, lejos de ser un fenómeno reciente puede ser rastreado a lo largo de toda la historia de la literatura sobre cuestiones humanas. Las definiciones del Estado normalmente contienen un ingrediente persuasivo, y a menudo poco más que eso. No es necesario esforzarse para mostrar que una definición del Estado como una emanación de la voluntad general tiende a inculcar una actitud muy diferente de la inducida por la concepción del Estado como un instrumento para la protección del rico contra el pobre. Las opiniones sobre problemas aparentemente tan teóricos como el de si el Estado tuvo su origen en una conquista o un contrato a menudo fueron dictadas por la actitud frente al gobierno del momento.
La dificultad fundamental, a propósito de la objetividad, surge de la circunstancia inevitable de que ni el requerimiento de una exactitud de los datos ni el canon de la neutralidad semántica especifican nada acerca de lo que debe incluirse u omitirse al describir una situación.
Puedo dibujar un mapa de una ciudad que muestre la ubicación de los museos, las escuelas, los teatros y otros edificios importantes, como también otro que destaque sólo burdeles, mercados de drogas, garitos y cárceles. Ambos podrían ser igualmente verdaderos y exactos y no hay razones por las cuales uno de ellos debiera considerarse como menos verdadero que el otro, o menos correcto que cualquier otro mapa que pudiéramos dibujar.
O tomemos un ejemplo menos trivial: desde el punto de vista de la semántica filosófica, la proposición de que en la URSS. se han construido muchas escuelas y hospitales es tan neutral o no exhortatoria como una frase acerca de los millones de personas que han muerto allí en los campos de trabajos forzados. Sin embargo, la disposición a afirmar sólo la primera o sólo la segunda de ellas suministraría una buena clave para interpretar la actitud de una persona frente al Estado soviético.
Como la suma total de las características de cualquier fenómeno empírico es infinita, cualquiera que intente describirlo debe decidir (consciente o inconscientemente) acerca de qué anotar y qué pasar por alto, y qué cantidad de atención y espacio conceder a cada rasgo o aspecto mencionado. Ni los cánones de la veracidad y la exactitud ni las distinciones de la semántica filosófica, ni siquiera el recurso a palabras abstrusas y no emocionales, pueden facilitar una vía de escape de la necesidad de llevar a cabo elecciones semejantes. Y como sabe cualquier periodista, incluso una descripción de un acontecimiento simple como un accidente o una reyerta puede ser desfigurada totalmente mediante la selección de un conjunto de detalles o cualquier otro. Del mismo modo, un discurso puede ser deformado completamente hilvanando citas escogidas, aun cuando éstas sean literalmente correctas.
La conciencia de estas dificultades no debiera llevarnos a la conclusión derrotista de que toda explicación es igualmente indigna de confianza, y de que nunca seremos capaces de conocer nada; puesto que esto es seguramente falso y el sentido común, conformado por las experiencias de la vida cotidiana, indica que algunos testigos están menos prejuiciados que otros, para no hablar de las diferencias en su repugnancia a mentir lisa y llanamente. No obstante, la conclusión que se desprende de los argumentos precedentes es que el ideal de objetividad es mucho más complejo y elusivo de lo que los vendedores de baratijas metodológicas podrían hacernos creer; y que requiere mucho más que una adhesión a las reglas técnicas de la verificación o el recurso a una terminología abstrusa y no emocional: a saber, un compromiso moral con la justicia, la disposición a ser justo con las personas y las instituciones, a evitar las tentaciones del pensamiento interesado o venenoso y la valentía de resistir las amenazas y las seducciones.
Igual que un juez al evaluar los testimonios de los testigos, no podemos evaluar de los datos sin emitir un juicio tácito sobre el carácter de la fuente; porque, como el juez o el detective, normalmente trabajamos con información que no podemos verificar personalmente, y ni la pertenencia a una asociación profesional ni la observancia de los tecnicismos metodológicos garantiza siquiera una exactitud elemental y no digamos la objetividad en ,el sentido amplio definido más arriba. Más aún, al igual que el juez, si supusiéramos que cada declaración es igualmente sincera y que la objetividad consiste en atribuir una importancia igual a todas las opiniones no llegaríamos a ninguna parte, porque la imparcialidad entre un testigo sincero y otro mentiroso equivale a un compromiso hipócrita y una connivencia con el engaño.
Todos los grupos, todas las estructuras de poder, propagan ciertas creencias acerca de su naturaleza, como también acerca de la de sus aliados y enemigos, que no se corresponden con la realidad. Por consiguiente, todo aquel que investiga la verdad sobre las cuestiones humanas y luego la revela no puede evitar atacar a algunas personas y es poco probable que no pase a ser catalogado como un hereje molesto o un elemento subversivo peligroso. Como los temas sobre los cuales ningún grupo sostiene preconceptos son pocos, podría ser imposible permanecer absolutamente neutral, particularmente si (como es habitual) las facciones poderosas se adhieren al principio de que «quien no está con nosotros está contra nosotros». Además, a causa de las enormes variaciones en los grados de autoengaño y mendacidad entre distintos grupos e individuos, un compromiso con la exactitud habitualmente trae aparejada una toma de partido. De este modo, una resolución de decir la verdad compromete a un investigador a asumir una actitud de oposición frente a esas organizaciones o escuelas de pensamiento que se engañan a sí mismas o recurren al engaño en mayor medida y a ponerse de parte de los oponentes menos inclinados a estos vicios. Ningún libro honesto de antropología física podría ser neutral en relación a la ideología nazi, con la ficción de su dogma cardinal sobre la pureza de la raza germánica. De igual modo, la preocupación de omitir estrictamente toda crítica no podría evitar que una comparación honesta entre las condiciones de vida de los trabajadores manuales y las de los altos funcionarios se volviera automáticamente subversiva en un país cuya mitología oficial afirma que las desigualdades sociales han desaparecido, cuando en realidad no ha sido así. La información de que el tonelaje de bombas arrojado sobre Vietnam del Sur supera al que cayó sobre Alemania y el Japón durante la segunda guerra, aunque semánticamente neutral, tampoco puede permanecer dentro de los límites de la neutralidad semántica, dado el contexto de la situación, ya que arroja serias dudas sobre la sinceridad de la afirmación de que la guerra se libra para defender la democracia en esa parte del mundo.
Incidentalmente, hace ya mucho tiempo que la palabra «democracia» ha dejado de tener un significado definido y en el uso vulgar ha pasado a indicar una mera aprobación de un sistema determinado, cualquiera sea éste.
Nadie será considerado neutral si revela lo que otros desearían ocultar y esto se aplica no sólo a la alta política, sino a todo tipo de situaciones, tales como el asesoramiento de un consultante industrial sobre el modo de reorganizar un negocio, que acarrea beneficios para unos mientras priva a otros de sus medios de vida. Así debemos tener presente la distinción entre neutralidad semántica y práctica. La primera, aunque diste de ser tan simple como desearían hacernos creer quienes reclaman un status científico para los estudios sociales, es alcanzable al menos en principio, en tanto que, en este mundo donde el secreto, la impostura y el engaño juegan un papel tan importante en la determinación de las acciones humanas y especialmente en el problema de quién obtiene qué y de qué modo, la neutralidad práctica es totalmente utópica.
Aunque en el estudio de las cuestiones humanas la verdadera neutralidad no puede existir, la seudo neutralidad no sólo es posible, sino también altamente provechosa y en los niveles más altos de especialización permite, como dice el proverbio, escapar con la liebre y a la vez perseguirla con los perros.
El aforismo de Leopold Ranke de que la tarea del historiador es contar «cómo sucedió realmente» ha sido criticado a menudo por su ingenuidad y todo lo dicho anteriormente sirve para mostrar que un compromiso con la simple veracidad no basta para garantizar la imparcialidad. Sin embargo, si tratamos de afirmar lo opuesto y decir que la tarea del historiador es no contar «cómo sucedió realmente», podemos ver fácilmente cómo el aforismo de Ranke puntualiza algo importante. En efecto, si la historiografía o el estudio de los problemas actuales no se atuvieran en grado suficiente al canon de la exactitud, afortunadamente mucho más fácil de lograr que la objetividad en sentido absoluto, apenas podríamos concebirlo como algo distinto de la propaganda servil y nefanda o una ocupación puramente parasitaria. Aunque susceptible de crítica en el plano epistemológico, el célebre aforismo de Ranke equivale a una afirmación de la primacía del interés por la verdad, la exactitud y la sobriedad, en oposición a un estilo de escritura de la historia emocional, hiperbólico y panegírico, común todavía en nuestros días y poco menos que universal en su época.
A pesar de la elusividad de sus criterios y la imposibilidad de alcanzarla plenamente, la objetividad (que incluye a la imparcialidad como distinta de la neutralidad) debe proseguir siendo un ideal esencial en la orientación de nuestros esfuerzos. Repitamos que no se trata de un ideal simple fácilmente obtenible mediante la aplicación de unas pocas reglas técnicas, pero si lo rechazáramos totalmente, sólo podríamos convertirnos en propagandistas o parásitos, a menos que escojamos transformarnos en guerreros o terroristas, dispuestos a disparar antes que a razonar.
Los argumentos precedentes conducen a una conclusión que contradice el estereotipo vulgar de que los «hechos» son «difíciles», mientras que las teorías son algo esencialmente arbitrario. Esto no significa que tengamos que desembocar en algún tipo de relativismo fundamental, porque para que el razonamiento sea posible tenemos que postular la existencia de una «realidad» en relación a la cual las observaciones sobre «hechos» pueden juzgarse como falsas o verdaderas. Un relativismo completo, consistente en un rechazo del concepto de verdad, se autocontradice, puesto que su afirmación implica una negación de su propia verdad. Así lo expresa la vieja paradoja: un hombre afirma que todos los cretenses son mentirosos. El es un cretense; por consiguiente lo que dice es una mentira. Sin embargo, incluso dentro de los supuestos de la ciencia y la sabiduría vulgar, en el sentido de que las observaciones sobre «hechos» pueden juzgarse como falsas o verdaderas, aunque sólo sea aproximativamente, el caso es que el criterio de verdad no puede determinar el mecanismo de omisiones e inclusiones entre el número infinito de proposiciones que describen «hechos». Cuando sigue los criterios convencionales de la enumeración, una elección semejante, al no estar determinada por criterios objetivos, no es menos arbitraria y en el mejor de los casos puede guiarse por el vago ideal de la justicia o por un juicio intuitivo de importancia relativa que podría estar acertado o equivocado. En contraste, las proposiciones bien planteadas sobre relaciones causales son escasas y no pueden multiplicarse a voluntad, o ser modificadas, sin que se tornen falsas, siendo de hecho extraordinariamente difíciles de descubrir.
No sólo los teoremas generales, sino también las proposiciones singulares sobre una relación causal en un caso determinado, están sujetos a muchas más restricciones que las declaraciones puramente descriptivas. Si mi tarea consiste en indicar los atributos de la entidad A, puedo enumerar cualquier atributo verdadero que se me ocurra escoger. Pero si deseo formular proposiciones sobre las relaciones causales entre dos atributos de la entidad A, explicando la existencia del atributo x por la existencia del atributo y, entonces mi libertad de elección quedará muy severamente limitada por mi conocimiento de las relaciones causales, con frecuencia extraordinariamente limitada y eso en el supuesto caso de que sea capaz de hallar algunas proposiciones correctas de esta clase.
Al interpretar el concepto de objetividad como limitativo de nuestras posibles afirmaciones, debemos concluir que las teorías verificadas son más objetivas que las descripciones verdaderas y que éstas participan de la objetividad en la medida en que están basadas en proposiciones teóricas sobre causas y efectos, en tanto que la descripción pura debe ser siempre arbitraria. Debo recalcar, sin embargo, que esto se aplica sólo a las teorías claramente desarrolladas, verificables y, si no verificadas, al menos apoyadas en evidencias reales hasta un grado de alta plausibilidad. Las divagaciones ambiguas, no verificables, seudoteóricas, son naturalmente más que arbitrarias, ya que se hallan al margen incluso del más elemental de los criterios de corrección.
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