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75 años de su fallecimiento 6 de julio 1928 – 2003


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El profesor Pablo Scremini, en el primer aniversario de la muerte de Ricaldoni, decía: 19



Lo que Ricaldoni ha sido, lo que la Facultad le debe, el brillo que sobre ella y sobre el país reflejó su enseñanza cumplida sobre todo en la cátedra de Clínica Médica, donde pasó la mayor parte de su vida docente, no se repetirá nunca demasiado. Es que pocas veces es dable encontrar un profesor y un médico tan completos, en que se aunaran tantas brillantes cualidades, conocimiento profundo de toda la Patología, dominio absoluto de la Clínica, maravilloso don de exposición. Era un sabio y un artista, reuniendo así las dos condiciones que Trousseau exigía para ser un gran Profesor de Clínica, y lo fue!
Algo más y muy fundamental le debe la medicina nacional a Ricaldoni: el haber predicado que la Facultad no cumple con su cometido si se limita a instruir, sino que también debe educar y así escribía:
La Facultad no debe predicar sólo una ciencia médica, sino también una moral médica. Estudiar la técnica médica es fundamental, pero lo es también educar los sentimientos, tendiendo a que el médico luzca en su alma las cualidades más nobles y más bellas.”
Hacer respetable la investidura que se lleva es honrarse a sí mismo”.
Ya manifestaba, el Dr. Santín Carlos Rossi, en el homenaje rendido por la Cámara de Representantes:20
Pocas veces es dable a las generaciones contener en su seno a un hombre completo, tipo Renacimiento, de esos para quienes se escribió el verso inmenso de Terencio, o esos que Paul Valery gustó simbolizar en el más representativo de todos ellos, Leonardo el Formidable.
Ricaldoni era de esa raza; pero con una característica extraordinaria, y es que lo fue en su medio y con un método que es socialmente ventajoso destacar. No surgió, en efecto, como un predestinado de la Historia en un ambiente heroico evocado por las sugestiones contemporáneas en pleno cráter de misticismo. No tuvo tampoco la espontaneidad sin mérito de los genios, que brotan de la vida sin explicación y que aunque dejen obra no dejan ejemplo; no: apareció como todos nosotros en un ambiente equilibrado y trivial y se formó en el yunque del esfuerzo propio y tesonero, poniendo cada día una nueva hilada al edificio en construcción de su noble personalidad, trabajando con materiales al alcance de todos, y para combinar armoniosamente los cuales no tuvo que salir ni del país ni de sí mismo.
La biografía de Ricaldoni es inmensa en gallardía y rica en matices. Pudo decirse de él que fue un médico modelo, un profesor riguroso, un maestro insuperable, un ciudadano eminente. Soca, que no prodigaba el elogio, acaso porque su propia grandeza le hacía ver como triviales todas las excelsitudes, le llamó un día el impecable.

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UNA CLASE DE RICALDONI

Isidro Más de Ayala21 ha descrito con precisión el ambiente del Instituto de Neurología, en tiempos de su Fundador, mostrándonos cómo elaboraba la presentación de sus enfermos, así como la actitud que guardaba respecto de ellos:22


Siendo, pues, tan intensos su avidez y su irradiación de ciencia, ¿qué tiene de extraño que todos los jueves antes de la hora 11 estuviera ya repleto de profesores y estudiantes el salón de clases del Instituto de Neurología? – Próximo a esa hora se veía entrar al Maestro al Hospital, por la puerta de la calle Maciel. Por el corredor paralelo a la Sala Pedro Visca avanzaba, y lo hacía tan quedo y cautelosamente como buscando pasar inadvertido, cohibido por el renombre que a su pesar llevaba a cuestas. Llegaba así a la Sala y mientras vestía su túnica blanca siempre grande, y ponía en su cabeza aquel gorrito blanco que tenía la rara virtud de quedarle siempre mal, prolongaba en conversaciones amables el instante de comenzar la clase. Parecía como que en un último temor de no poder satisfacer la expectativa de aquel contingente numeroso de estudiantes que aguardaban su palabra, el Maestro retardaba voluntariamente el momento de entrar en la brega. Hasta que llevando en sus manos apuntes y notas que le servirían para la clase, avanzaba hasta el pupitre, acompañado de los enfermos que mostraría ese día.
Con ser grande su sabiduría y su experiencia, nunca dejó librado el Maestro a los azares de una improvisación los motivos de sus disertaciones. La grave responsabilidad con que cumplía su magisterio le hubiera hecho ver como una falta imperdonable no preparar maduramente sus conferencias. Por respeto a su auditorio y a su Clínica no ocultaba la labor paciente de varios días que vertía en sus clases. Hubiérale sido fácil improvisar. Pero no hubiera podido después arrancar de su pecho la espina del pecado capital cometido. Cuando llevaba el enfermo a la conferencia, ya estaba en posesión de todos sus secretos clínicos. En las mañanas anteriores, durante horas enteras, había paseado por toda su piel el trocito sutil de algodón y los tubitos caliente y frío. Había golpeado sus tendones con el pequeño martillo aquel y dejado en sus tegumentos las rayas del alfiler de gancho. Ante los ojos de quienes acompañaban entonces al Maestro se desarrollaba una elocuente lección de Semiología. Y es que pacientemente, detalladamente, como un hornero hace su nido o un alfarero sus mayólicas, el Maestro estaba trabajando el barro de la obra que mostraría después totalmente concluida y sin una falla.- Era entonces grande su labor de análisis, lento, sin precipitaciones, reflejo por reflejo. Y no era menor la labor de síntesis que al mismo tiempo iba preparando y que se desarrollaría el jueves ante los ojos de los alumnos en aquel pizarrón giratorio donde Amargós estaba escribiendo desde hacía dos días. Y agregado a esto los carteles y gráficas que el dibujante estaba preparando.
Tomaba asiento frente a los alumnos entre pizarrones y gráficas. A su derecha el pupitre con la fina varita y las hojas clínicas. A su izquierda los enfermos. Parkinsonianos, “estatuas de cera en marcha”. Ciegos viviendo nocturnos inacabables. Atáxicos con sus taconeos y sus bastones. Hemipléjicos, transportando, adherida a su mitad sana, la mitad muerta de sus cuerpos. Danza con ritmo endiablado de los miembros coréicos. Mirar triste y suplicante de los epilépticos. Llantos copiosos de los viejitos temblorosos y fríos.
Todo un desfile de espectros mutilados que se reunían en el remanso aquel como tablas deshechas. El Maestro cruzaba su pierna, ponía sobre sus rodillas la varita de las demostraciones, corregía la posición de sus lentes y comenzaba su disertación.
En el comienzo de su lección las palabras se sucedían lentamente y en tono de voz tan bajo que los estudiantes que no estaban próximos llevaban su mano al pabellón de la oreja para recoger las palabras que el Profesor decía. Era tan completo el silencio que en su torno el respeto y la admiración provocaban, que resonaban irreverentemente los taconeos en el corredor vecino y en el piso alto. El Maestro estaba haciendo la disección de los síntomas que presentaba el enfermo. Y finamente, sutilmente, con admirable habilidad y certera intuición clínica, se abría paso y avanzaba a través de la compleja maraña de las manifestaciones patológicas. “Piloto de las nieblas” se le ha dicho, y lo era en ese momento más que en ninguno, cuando con exacta visión iba esquivando rompientes rumbo a un puerto seguro y calmo. Entrado ya en el tema, llevado por el calor del raciocinio –el Maestro se ponía de pie,- a alta tensión ya su motor cerebral, sus palabras justas, precisas, concertadas, eran dichas con alto tono de voz. Podían ahora discutir a voz en cuello dos paseantes en el corredor vecino. Nadie los oiría. Todos estaban pendientes de lo que el Maestro iba diciendo y las palabras se sucedían unas a otras con esa medida griega, con esa euritmia con que el Maestro sabía concertar sus dos dioses predilectos: la sabiduría y la armonía.
Junto a la cama del enfermo y, no obstante las sugestiones que había en su palabra para todos los investigadores, el Maestro no se apartaba nunca ni por nada de la clínica más estricta y severa. Y era con el cariño a la vieja clínica, a la clínica pura de Trousseau, Dieulafoy y aprendida con Visca, que el Maestro fustigaba esa tendencia suicida para las facultades personales del médico, tan generalizada hoy día y que consiste en que el médico comienza recién el examen del enfermo cuando ya tiene en su poder análisis de todos sus humores, radiografías de todos sus dolores, biopsias de todos sus tumores. Hacía notar como con este procedimiento, que desecha los valiosos datos de la observación y de la reflexión personal, se produce irremediablemente la atrofia completa de las facultades que se ejercitan con la buena semiología y que por la propia dignidad de la jerarquía médica, si no hubiera otras razones, convenía conservar y desarrollar.

Cuando el Maestro daba término a su clase miraba entonces sonriendo con honda bondad al enfermo, acariciaba sus mejillas con aquellas sus dos palmaditas suaves y la frase suya “esté tranquilo que Ud. se va a curar pronto”, ponía en el rostro del enfermo una esperanza nueva que le aferraba a la vida como con un garfio. Cuántas alegrías hemos visto florecer y cuántos globos de esperanzas se inflaron y ascendieron por el sólo influjo de aquellas palabras finales que el enfermo oía de labios del taumaturgo que a su lado había dictado la clase: “Esta enfermita de la Sala Bienhechores se curará pronto”. “Puede estar tranquilo este enfermo de la Sala Visca, pues pronto saldrá de aquí curado”. Como lo dijo un día, el médico, aún frente a la más clara de las enfermedades orgánicas, puede ser psicoterapeuta por que en ese caso también se puede por simple influencia nerviosa provocar reacciones favorables o hacer más eficaces los remedios habituales. Y en el peor de los casos por lo menos, se logrará mantener viva la esperanza y mitigar piadosamente las últimas penas del enfermo.


Y era pasada la una de la tarde cuando por el corredor paralelo a la Sala Visca el Maestro se retiraba. Y tal como se le había visto al entrar, era su paso silencioso y leve, y tan disimulado que daba la impresión que a tener la alfombra mágica de las Mil y una noches se hubiera servido de ella para llegar de un salto desde la Sala a su casa y pasar así sin ser visto y sin ser admirado, huyendo de toda exhibición como si fuera del demonio. Orgulloso podía mostrarse el sembrador de la futura cosecha que había de dar, a no dudarlo, esa buena simiente que acaba de esparcir, y satisfecho podía mostrarse el médico del dolor que había calmado y de los horizontes nuevos que había abierto a las esperanzas del enfermo. Pero el Maestro nunca estuvo ni orgulloso ni satisfecho. Puesto que como lo dijo un día “lo penoso para mí está en que mi ignorancia no es absoluta y alcanzo a vislumbrar el infinito campo desierto de mis conocimientos; es indispensable ser modesto y reconocer nuestra humildad ante la magnitud de lo que nos falta conocer. Pero no lo hagamos así para declararnos en derrota, sino para obstinarnos y perseverar. Humildad ha de ser simiente de buena fe y de ansias de ascender, pero no de descorazonamiento y de flaqueza”.
HOMENAJE DE LOS ESTUDIANTES
Muchos fueron los homenajes, sinceros y merecidos, recibidos a su muerte por Ricaldoni. Destacamos un fragmento de las palabras pronunciadas por el Bachiller José Pedro Cardoso en nombre de la Asociación de los Estudiantes de Medicina: 23

La Asociación de los Estudiantes de Medicina quiere despedir al Maestro, al amigo grande y noble, al consejero nuestro, al guía nuestro. Porque todo eso fue él y lo fue por pleno derecho, por la excelsitud de su espíritu y por la indiscutible decisión colectiva de las generaciones de jóvenes que al pasar por la Facultad tuvieron la amplia comprensión de aquella voluntad pujante y realizadora, de aquel idealismo gallardo, que hizo del Maestro el vibrante animador de nuestra Casa, que hoy lo ve partir para siempre y que nos parece en estos momentos agitada por un corazón que late dolorosamente.
La Asociación no ha querido que el Maestro se fuese para siempre sin que los estudiantes le dijésemos otra vez nuestra palabra de hondo afecto, de gratitud, de admiración y de consciente solidaridad espiritual. Quisimos decírselo no ha mucho en un acto que congregase a todas las fuerzas vivas del claustro, cuando él se iba a alejar en busca de la salud que le faltaba ya, quisimos decírsela clamorosamente, quizás alegremente, aún, quisimos decírsela en una unánime, en una rotunda proclamación de sus valores; pero él dolorido, con un dolor que se adivinaba, dolorido pero gallardo siempre, altivo siempre, nos contestó que ya no podía venir con nosotros, que ni siquiera su voz podría decir su gratitud a los que lo rodeasen. Y exhortaba a la juventud a seguir su camino victorioso! Y sabíamos que él se quedaba, sobre todo, con una amargura: la de no poder seguir en aquellas salas del Maciel, siendo el creador de la nueva clínica que un día se confió en sus manos con el asentimiento unánime, con la simpatía reiterada, de las más altas instituciones del país.
Y agregaría el bachiller Bolívar Pereda, en nombre de la Federación de los Estudiantes de Medicina, en el mismo acto, estos conceptos: 24
El humanismo del doctor Ricaldoni – en el sentido perfecto con que los hombres del Renacimiento consagraron esa palabra – lo hizo un fervoroso de la cultura clásica y un dinámico animador de las ideas nobles y estéticas. Por eso, junto al investigador paciente y prolijo, surgió, siempre, en los momentos que el trabajo dejara a su ocio helénico, el espíritu inquieto y ágil del artista, que quiere, desesperadamente, concentrar en su propio espíritu, como en una síntesis clara, el alma múltiple y fundamental del universo.
Inquietado angustiosamente por los problemas de todos los misterios, el doctor Ricaldoni fue, además, un fecundo e incansable laborioso, acaso porque creía con Flaubert, que el trabajo es, todavía, el mejor modo de escamotear la vida.

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