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75 años de su fallecimiento 6 de julio 1928 – 2003


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REALIZACIONES DE SUS DOS DECANATOS



El 5 de Febrero de 1915 fue designado por el voto unánime del Consejo, Decano de la Facultad de Medicina, tomando posesión del cargo al mes siguiente; fue reelecto en dicho cargo también por unanimidad de votos el 15 de Febrero de 1918. Durante su decanato se llevaron a cabo una infinidad de grandes iniciativas que contribuyeron al progreso de nuestra primera institución médica.
Cabe señalar entre éstas:

1º. Los cursos y conferencias libres, anticipándose de esta manera en cuatro años a la sanción de la ley de cátedras libres.

2º. Pugnó, por la creación de la Escuela de Medicina Experimental; hizo su reglamentación. Fue sancionada y convertida en ley que no pudo funcionar por falta de recursos. El Parlamento acaba de promulgar una ley que por gestiones del actual decano, doctor Navarro, había sido sometida a ese alto cuerpo.

3º. Estableció los concursos de tesis.

4º. Reglamentó el otorgamiento de las becas anuales mediante concursos.

5º. Fue ardiente defensor del internado y externado cuya reglamentación proyectó y que no pudo llevarse a la práctica.

6º. Amplió la reglamentación de los profesores agregados, concebida la creación 20 años antes por el doctor Navarro.

7º. Reorganización de la biblioteca enriqueciéndola con numerosos volúmenes y dotándola de un catálogo de obras y tesis inexistentes hasta esa fecha.

8º. Reorganización de las Escuelas de Odontología y Farmacia anexas a la Facultad, actualmente independizadas.

9º. Intercambio de profesores con las facultades de la Argentina y Chile.

  1. Creación de la Revista “Anales de la Facultad de Medicina” en colaboración con el doctor Manuel Quintela.

  2. Realización de las conferencias literarias musicales en la Facultad como gran factor de cultura.

  3. Reglamentación del juramento de graduados.

  4. Reglamentación de los cargos de ayudantes auxiliares y asistentes de cursos por concurso de oposición.

  5. Reglamentación del título de otorgamiento de profesores honorarios de la Facultad.

  6. Reglamentación y creación de los cargos de los profesores de clínica adjuntos.

  7. Proyecto de creación de la Academia de Medicina que dejó establecida en los Estatutos de la Facultad al finalizar su segundo período legal del decanato.

  8. Reglamentación de las reuniones anuales del profesorado como cuerpo asesor del Consejo Directivo.

  9. Gestionó la composición y el dibujo del modelo destinado al Sello oficial de la Facultad, creación del escultor italiano Leonardo Bistolfi.10

  10. Creación del Laboratorio de Fármaco-Fitología y Jardín de Plantas Medicinales.11

  11. Realización de una Reunión Internacional de Pedagogía Médica, en el marco de los Congresos internacionales, para estudiar todo lo que se relaciona con la enseñanza y el intercambio médicos en América. 12

Sobre el “Juramento de los graduandos”, veamos lo que nos relata este discípulo dilecto: 13


Deseaba además hacer más frecuentes e íntimas las relaciones entre las autoridades y profesores de la Facultad por una parte, y los estudiantes que a ella concurren, por otra. Quería siempre un contacto cordial con los estudiantes; así lo había hecho ya reservando a ellos en los Anales de la Facultad, la “Página de los estudiantes”. Y este contacto cordial debía existir hasta el último instante de la vida universitaria. No creyó superfluo volver a ceremonias antiguas implantando el “Juramento de los graduados”.
He aquí sus palabras: “La partida en silencio es cómoda, es “práctica”, pero es profundamente desalentadora. Se ingresa a la Facultad con fiebre, con entusiasmo; la novedad del ambiente, la curiosidad exaltada hasta el paroxismo, los misterios que van a revelarse, son esos momentos fuentes de múltiples y grandes emociones; pero se llega al fin y todo es seco y frío… Es que se abandona quizás el templo de la desesperanza? No, no es así, y porque no lo es, se justifica la fiesta solemne de la Colación de grados, de la que me pareció complemento indispensable el “Juramento de los graduados” que, en fórmulas breves pero categóricas, recuerda precisamente aquellas leyes de la probidad y del honor”.

EL INSTITUTO DE RADIOLOGÍA



La iniciativa de la fundación e instalación en nuestro país del Instituto de Radiología, es debida en primer término a Ricaldoni, quien en su carácter de consejero esbozó tal propósito al entonces Decano el ilustre doctor Manuel Quintela, el que conociendo ya la buena acogida que tendría ante los Poderes Públicos, llevó al seno del Consejo esa iniciativa. El Consejo prestó su cooperación entusiasta iniciándose de inmediato las gestiones pertinentes a la adquisición en Europa de medio gramo de radium, y la fundación al mismo tiempo del Instituto de Radiología, dependiente de la Facultad. Consecuente con lo manifestado por Ricaldoni, el Poder Ejecutivo prestó el mayor apoyo a esa gestión, patrocinándola ante el Cuerpo Legislativo el que poco tiempo después, el 20 de diciembre de 1912, sancionaba la ley destinando $ 60.000 para la instalación del Instituto. El Uruguay debe a Ricaldoni, ser el primer país Sudamericano que contó con tan precioso agente terapéutico. 14
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SU PERSONALIDAD CIENTÍFICA Y CLÍNICA

Discípulo dilecto de Pedro Visca, le sucede en la Cátedra de Clínica Médica.15 En 1907 el Decano Turenne, reconociendo el esforzado talento del discípulo dilecto de Pedro Visca, Américo Ricaldoni, propone la creación de una tercera cátedra de Clínica Médica, lo que es inmediatamente aceptado por el Rector y el Consejo Universitario, dado que ello no implicaba ninguna erogación presupuestal. Pedro Visca estaba con larga licencia por razones de salud, y Francisco Soca que ocupaba la segunda cátedra de Clínica Médica lo hacía honorariamente dado que no podía desempeñarla en forma rentada por ocupar en ese momento una banca en el Senado de la República, conservando la cátedra en propiedad, pero en forma honoraria. Tócale inaugurar con el nombre del Maestro la Sala Larrañaga, en una pieza que bien comprende la síntesis del trabajo clínico y el método pedagógico de aquella figura señera. 16 Dice entonces:


¿Es preciso agregar que un hombre de tales cualidades debía necesariamente hablar a nuestros sentimientos con tanta nobleza como a nuestra inteligencia? Efectivamente, con su presencia en esta clínica, Visca nos traía continuamente un ejemplo de una honestidad profesional sin tachas, de una infinita benevolencia, de una suprema tolerancia. Era una página viviente de deontología médica, en la cual se podían leer con caracteres de una insuperable nitidez, los preceptos del decálogo al que todos nosotros en todo momento nos debemos someter. En las horas oscuras de nuestro batallar, cuando la laxitud o el cansancio, la fiebre o la pena, llegan a desorientar nuestros sentimientos, su recuerdo ha de servirnos seguramente, para hallar la manera pronta y eficaz de serenar en nosotros las dolorosas ansias, las abrasantes dudas…
Y ahora, señores, que, en la medida de mis fuerzas, he cumplido con el deber de hacer revivir el espíritu de Visca en esta Sala, que fue y será siempre la suya, y ahora que he intentado iluminarme en mi camino con gratos resplandores, estudiado el surco dejado por él, lo mismo que sus desfallecimientos; ahora, señores; reanudemos, si os place, la tarea.

De Ricaldoni ha dicho Juan B. Morelli, en el homenaje que le tributara en su clínica:17


Espíritu analítico y sintético a un tiempo, sabía escudriñar a los enfermos como pocos. Por su paciente y metódica investigación iban surgiendo los síntomas claramente, sin confusión posible. Ante su examen, los síntomas se revestían de una claridad tan esquemática, tan luminosa, que, por ello fue (dicho sea de paso), un Maestro insuperable de semiología.
Pero, una vez conseguido todo ese sólido material capaz de resistir a cualquier empuje, comenzaba el trabajo constructivo; y es aquí que se revelaba su talento de síntesis, de clínico consumado. Infundiendo la intensa vida de su espíritu a los diferentes elementos sintomáticos y anamnésicos que acababa de penetrar tan íntimamente, con su trabajo de concienzuda disección, animaba a todos esos materiales que parecían, bajo el influjo de sus juicios condensados y terminantes, disponerse por ellos mismos en armónico conjunto que no tardaba en verse coronado, naturalmente, casi forzosamente diría, por el diagnóstico exacto.
Va a ser difícil encontrar un maestro que sepa descubrir y estudiar un síntoma como Ricaldoni, y que sea luego capaz de una amplia mirada sobre el conjunto del cuadro como él sabía hacerlo.
Enamorado de la medicina, esclavo de su deber, descuidó por un esfuerzo de la voluntad, otros estudios que sin embargo le atraían. Todo el tiempo le era insuficiente para poder dominar la difícil y absorbente ciencia de la medicina y el maravilloso arte de curar.
En su enseñanza, en sus diagnósticos y en su palabra, nada había que fuese improvisado. Nada salía de sus labios que no fuese el fruto de una larga meditación; algunas pocas palabras dichas escultóricamente, era generalmente el fruto de un intenso trabajo lógico al cual se había entregado con todas sus energías y con todo el tesoro de su sólida erudición. Nada de lo que decía era superfluo, y una vez emitida una opinión, ésta era tenazmente sostenida con una invariabilidad inquebrantable, hija de un sólido conocimiento.
La misma perfección, la misma conciencia, desplegaba en todas sus actividades. Todos recuerdan la dedicación con que atendió el Decanato en los años en que desempeñara ese alto cargo. Sacrificando a menudo no sus enfermos, pero sí la extensión de su clientela, sacrificando sus distracciones, su descanso, fue verdaderamente infatigable en la dirección de la Facultad de Medicina. Uno de los primeros en llegar y uno de los últimos en abandonar las oficinas, se había entregado en cuerpo y alma al engranaje reglamentario, estudiando todas las cuestiones, ninguna de las cuales lo dejaban indiferente, vigilando todos los complicados rodajes de la Facultad, dejando en todas partes, y en todos los momentos, las huellas de su enorme y metódica laboriosidad.
A este respecto cómo no puntualizar su acción en los ANALES DE LA FACULTAD DE MEDICINA, por él fundados y que amó con toda intensidad y que vigorizó con todos los cuidados de un padre para con el hijo querido, fruto de su sangre, al que sabe destinado a cumplir una misión grande, una misión esperada.
Director en jefe, vigilaba todos los resortes del novel órgano. Composición, tirada, grabados, todo pasaba por sus manos y muchas alboradas del día lo sorprendieron inclinado sobre un papel, corrigiendo las pruebas de imprenta, traduciendo un artículo escrito en lengua extranjera o sosteniendo la enorme y variada correspondencia que apareja la vida de un periódico.
Como médico conquistó una situación única en el país. El profesor Scremini dijo ya, con palabras de admiración, su intervención generalmente decisiva, cómo su palabra era luminosa y convincente para aquellos que lo escuchaban. Pero además de su ciencia sabía desplegar en la asistencia de sus enfermos un tesoro de cariño, de atenciones, de delicadezas, unido a un tacto invariable de todos los momentos que bien pronto lo hacían considerar, por parte de la familia, como un elemento decisivo y precioso, no sólo en la lucha contra la enfermedad, sino también en la tan valiosa asistencia sentimental del enfermo.
En sin número de hogares reina hoy la desolación ante la pérdida del profesional incomparable, hacia el cual se tendían las miradas y la esperanza en los momentos de angustia y de dolor.
En edad bien temprana debía conocer el joven Ricaldoni la voz del deber y a este deber debía sacrificar las horas de distracción; las horas de descanso también. Hijo de un eminente educacionista, que demostró tener más ciencia y corazón que espíritu comercial, se vio obligado, ante el requerimiento paterno, a formar, adolescente, entre los maestros de ese Instituto Nacional al que tanto debió la cultura del país. Enseñante del Instituto y estudiante universitario a un tiempo vio transcurrir los años de su juventud sin distracciones, sin vacaciones. Se puede decir que Ricaldoni no conoció la juventud. Fue precozmente un hombre con todas las condiciones, con todas las virtudes, pero también con todos los dolores de los hombres. Pero en medio de su tristeza conservaba intacto un espíritu enamorado de todo lo bueno y de todo lo bello y una sed inextinguible de saber.
Amó tanto su carrera, sintió tanto la dignidad de su profesión que no toleraba irregularidades de parte de ningún compañero, y las pocas veces que se le oyó condenar a un colega era porque olvidara los principios de moral que deben seguir los iniciados de la Medicina.
Todas las contrariedades, todas las injusticias las soportaba con altura, su alma estaba exenta de odios, a lo más la sorpresa dolorida, o hasta la conmiseración, despertaban en él los ataques y las envidias.

Amaba con profundo cariño la pléyade estudiantil. En medio de sus alumnos se sentía como en una segunda familia; y su amor a la enseñanza era, en gran parte, fundada en el sentimiento de bien espiritual que repartía frecuente y generosamente a sus discípulos. Todo le interesaba de lo que concernía a los estudiantes, con afecto de padre vigilaba y dirigía todo el rodaje didáctico del Instituto.


Era con verdadera ternura que tomaba en cuenta la vida y las aspiraciones de los estudiantes.- “Desearía, me decía un día, que estos pobres no tuvieran que pasar por los dolores y las dificultades que a mí me tocaron”. Si para alguno puede haberse excedido en este terreno nadie puede atribuir, a un deseo de popularidad mal adquirida, lo que fue siempre en él manifestación ingenua de sentimientos purísimos.
Bajo una apariencia fría y medida se ocultaba un alma sensible y pronta a vibrar al unísono con todas las armonías espirituales. Es necesario haber podido penetrar en la intimidad de ese corazón para ver cómo se entusiasmaba ante todas las fases sentimentales de la vida humana; desde sus primeros escritos juveniles trascienden esos entusiasmos y vibraciones que alcanzan a veces a presentar contornos de hermoso lirismo. Nunca permaneció indiferente ante los grandes sucesos trascendentales que agitaban la humanidad. Era cosa que sorprendía a aquellos que no conocían más que la superficie de su alma descubrir un tesoro de sentimientos que él ocultaba celosamente por temor a las profanaciones de la burla o de la incomprensión extraña.

En sus relaciones con sus clientes fue un intachable caballero, en sus relaciones con sus colegas un irreprochable compañero y en la vida de la cátedra un maestro perfecto en toda la extensión de la palabra.
En todos los momentos y en todas sus acciones se podía descubrir la orientación hacia un ideal, y todos esos ideales que tanto amó, que abrazó con invariable fe y que practicó con inquebrantable firmeza se habían hecho carne en él. De tal manera que a los ideales que él recibiera agregó con su vida un nuevo elemento ideal que vosotros estudiantes, debéis recoger con respeto y decisión, y que nosotros debemos tener siempre como luminoso ejemplo a seguir.
Decía el doctor Mario Ponce de León, en representación del Consejo Nacional de Higiene: 18

En los diversos Congresos científicos realizados en nuestro país y en el extranjero, desempeñó siempre un rol destacadísimo. Vasta tarea sería el señalar toda su actuación. Sólo quiero recordar su magnífica iniciativa planteada en 1918 en el Congreso de Higiene de Río de Janeiro, tendiente a la publicación de un Tratado de Patología Sudamericana, con la colaboración de todos los países de esta parte del nuevo mundo. Idea soberbia, que permitirá a breve plazo obtener cuantiosos beneficios en el mejoramiento del estado sanitario de estas jóvenes Repúblicas!

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