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26 Milenio Eric Claude Webster Introducción


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Milenio


Eric Claude Webster
Introducción



Sólo en Apocalipsis 20 hay referencias bíblicas al período conocido como los 1.000 años, comúnmente llamado milenio. Al aceptar el Apocalipsis como un libro bíblico inspirado, debemos integrar el concepto del milenio en su esquema general de escatología. Debido a que algunos Padres de la Iglesia de­sarrollaron un cuadro del milenio que resultó en posturas extremas de mundanalidad, mu­chos han descuidado este asunto. De hecho, el milenio ha sido rechazado por muchos.

Tal como se lo describe en Apocalipsis 20:1 al 4, el milenio es un período de 1.000 años limitado por dos resurrecciones: la pri­mera es la de los justos en ocasión de la se­gunda venida de Cristo, y la segunda es la de los impíos al fin de ese período. Satanás que­da atado al comienzo del milenio; su oportu­nidad para engañar llega a su fin. Todos los justos, vivos y resucitados, reciben la inmor­talidad y son llevados al cielo para vivir y reinar con Cristo por lo que dura el milenio. Los impíos son destruidos por medio del res­plandor de la venida de Cristo, lo que lleva a la despoblación del planeta. En esa condi­ción la Tierra llega a ser un “abismo”, al cual quedarán confinados Satanás y sus ángeles por 1.000 años.

En el cielo los justos reinan con Cristo y toman parte en la fase de deliberación del jui­cio sobre los impíos. Cuando se termine esta obra, Cristo y los santos vuelven a esta Tierra acompañados por la Nueva Jerusalén. Con el descenso de Cristo y la ciudad resucitan los impíos, lo que resulta en otra oportunidad para que Satanás entre en actividad. Lleva a cabo su último acto de engaño al persuadir a los impíos a que ataquen la Nueva Jerusalén.

E


      1. Premilenarismo

      2. Posmilenarismo

    1. El milenio en la historia

      1. Raíces de la apocalíptica judía

      2. Iglesia primitiva

      3. Agustín de Hipona

      4. Joaquín de Fiore y la Reforma

      5. Surgimiento del posmilenarismo

      6. Amilenarismo reconsiderado

      7. Reavivamiento del premilenarismo

      8. Interpretación adventista

  1. COMENTARIOS DE ELENA DE WHITE

    1. MILENIO

    2. LOS 1000 AÑOS

      1. Antes del milenio

      2. Durante el milenio

      3. Después del milenio

  1. BIBLIOGRAFÍA



n ese momento tiene lugar el juicio de los impíos, y todos los que han rechazado la misericordia y gracia de Dios hacen frente al tribunal. No hay abogado a quien suplicar misericordia, y cae sobre ellos la retribución final. El fuego que destruye a Satanás y a sus seguidores, destruye también todos los ves­tigios del pecado. Del polvo y las cenizas de este juicio surge el mundo creado de nuevo por Dios, el hogar eterno para el pueblo de Dios.


  1. EXPOSICIÓN BÍBLICA

    1. Principios de interpretación

    2. El marco de Apocalipsis 20

    3. El milenio de Apocalipsis 21

      1. Acontecimientos al comienzo del milenio

      2. Acontecimientos durante el milenio

      3. Acontecimientos al fin del milenio

  2. SIGNIFICADO TEOLÓGICO DEL MILENIO

    1. Lección objetiva que revela la naturaleza del pecado

    2. Confirmación del carácter de Dios

    3. Cambio de guardia

    4. Período para familiarizarse

  3. PANORAMA HISTÓRICO

    1. Definición de términos

      1. Milenarismo

      2. Amilenarismo


  1. EXPOSICIÓN BÍBLICA




  1. Principios de interpretación

Los resultados de una exégesis del Apocalipsis dependen de los principios ge­nerales de hermenéutica que se sigan. Por eso, la diferencia entre premilenarismo y amilenarismo es mayormente asunto de in­terpretación.

Un principio hermenéutico notable e im­portante en interpretación bíblica es el prin­cipio cristocéntrico. Este considera a Cristo como la llave para abrir las Escrituras proféticas tanto en el Antiguo Testamento como en el Nuevo Testamento. Este principio es una salvaguardia contra el literalismo excesivo, tal como el que usan los premilenaristas dispensacionalistas. Ese literalismo llevó a los dispensacionalistas a buscar un cumplimiento literal de todas las profecías del Antiguo Testamento y a desarrollar diferentes dispensaciones que culminan en la dispensa­ción del reino durante el milenio.

Otro principio hermenéutico importante es la unidad en el plan de salvación de Dios, en el Antiguo Testamento y en el Nuevo Testamento, entre Israel y la iglesia. Esto de nuevo difiere de la interpretación dispensacionalista que ve dos planes distintos en la historia de la salvación. En contraste con el dispensacionalismo, debería verse un plan de salvación esencial y cristocéntrico desde la creación hasta la segunda venida como el fundamento de la postura bíblica. Ampliando este concepto está el de la unidad básica del pacto de Dios a través de las edades.

Otro principio hermenéutico adicional es que la Escritura es su propio intérprete. El principio lleva a menudo a una aplicación simbólica y espiritual de las profecías del Antiguo Testamento. Mientras que el literalismo requiere que estas profecías se cumplan en el futuro en el Israel literal del Cercano Oriente, la llave espiritual las aplica al verdadero pueblo de Dios de todas las naciones. Este principio ha sido adoptado por muchos intérpretes protes­tantes desde los días de la Reforma.



B. El marco de Apocalipsis 20

La palabra “milenio” deriva de dos pa­labras latinas: mille, que significa “mil”, y annus, que significa “año”; de aquí, “mil años”. El concepto proviene de Apocalipsis 20, donde la frase “mil años” se usa seis ve­ces (versículos 2, 3,4, 5, 6, 7). De toda la Escritura, sólo aquí se formula explícitamente la ense­ñanza del milenio.

Desde el mismo comienzo debe determi­narse el contexto del capítulo 20 dentro del tema general del libro. Esta tarea se complica por el hecho de que el Apocalipsis no sigue una progresión de tiempo continua. Barr ha definido como “recapitulación” la teoría que sostiene “que en el Apocalipsis se vuelve a contar varias veces el mismo mensaje, con ciclos posteriores que duplican el significa­do de los ciclos anteriores” (43). La idea de “paralelismo progresivo” o “recapitulación" está perfectamente de acuerdo tanto con Daniel como con el Apocalipsis, pero aún necesita determinarse cuál es el lugar exacto de Apocalipsis 20 en este esquema.

El Apocalipsis tienen una estructura quiástica (paralelismo invertido). En este diseño el prólogo (1:1-10) y el epílogo (22:6- 21) son contrapartes, mientras que las ocho visiones intermedias están emparejadas en orden quiástico o inverso. La primera mitad (1-14) trata acerca de la era histórica, mien­tras que la segunda mitad pertenece a una era de “juicio escatológico”, después de la terminación del tiempo de gracia. La séptima sección (19:1-21:4) presenta el último mo­vimiento del juicio de Dios, con la segunda venida, el milenio y el juicio ante el trono blanco. Estas tres partes no deben separarse. Por eso, el período de 1.000 años no puede ocurrir antes de la segunda venida.

Apocalipsis 16:13 contempla el triunvi­rato del dragón, la bestia y el falso profeta en oposición a Dios en los días finales justo antes de la parusía. Apocalipsis 19:20 trata acerca de dos de estos poderes –la bestia y el falso profeta– en ocasión de la segunda venida de Cristo. El capítulo 20 sigue en forma lógica describiendo la suerte en ese mismo tiempo del tercer poder, el dragón. Apocalipsis 20 completa el cuadro de Apocalipsis 19:11 al 21 al describir la confrontación de Cristo con estos tres poderes. Por tanto, Apocalipsis 20 debe verse en secuencia cronológica con Apocalipsis 19:11 al 21.


  1. El milenio de Apocalipsis 20

  1. Acontecimientos al comienzo del milenio

En los eventos que tienen lugar al co­mienzo del milenio están los que acompa­ñan la segunda venida, cuando los impíos son muertos por la gloria de la presencia de Cristo y los justos son llevados a su recom­pensa celestial (ver Segunda venida, I. E, G). Tres de estos eventos están específicamente en Apocalipsis 20 y merecen que los volva­mos a estudiar.

  1. La primera resurrección. La resu­rrección de Apocalipsis 20:4 al 6 debe verse como una resurrección literal de los justos en conexión con la segunda venida de Cristo. Este es el evento del cual Pablo escribió en 1 Tesalonicenses 4:16 al 18. Pablo afirmó que los muertos en Cristo resucitarán primero, y éstos incluyen todos los fieles del pueblo de Dios desde el comienzo de la historia de la Tierra. Juan el Revelador los describe como “bienaventurados y santos” porque creyeron en Cristo, y ahora participan en su reino celes­tial, y nunca verán muerte, porque la segunda muerte no tiene poder sobre ellos (Apocalipsis 20:6; ver Resurrección I. A; Muerte I. F. 5).

Este pasaje tiene una “primera resurrec­ción” y la resurrección en la cual “el resto de los muertos” vuelven a vivir después de 1.000 años. De manera parecida, en Juan 5:29 las dos resurrecciones son la “resurrec­ción de vida” y la “resurrección de condena­ción”. Es evidente que la “primera resurrec­ción” es la “resurrección de vida”.

  1. Satanás atado. En lenguaje simbó­lico, Apocalipsis 20:1 al 3 describe el en­cadenamiento de Satanás. Se le dan cuatro nombres a este ser: el dragón, la serpien­te antigua, el diablo y Satanás. Este es sin duda alguna el mismo ser mencionado en Apocalipsis 12:7 al 9 por medio de los mis­mos nombres, el archienemigo del pueblo de Dios a través de las edades.

Puesto que Satanás y sus ángeles son se­res espirituales (como lo dice Pablo en Efesios 6:11, 12), la “llave” y la “cadena” que los atan también deben ser considerados espi­rituales. Simbolizan las circunstancias que inmovilizan a estos poderes al comienzo de los 1.000 años, haciendo imposible que en­gañen a las naciones.

Varios textos del Nuevo Testamento señalan que se han puesto limitaciones progresivas a la obra de Satanás. Jesús habló acerca de atar al hombre fuerte (Mateo 12:29). También “veía a Satanás caer del cielo como un rayo” (Lucas 10:18). Al acercarse a su crucifixión, declaró formal­mente: “Ahora es el juicio de este mundo; ahora el príncipe de este mundo será echado fuera” (Juan 12:31). Junto con Apocalipsis 12:7 al 12, estos pasajes indican que la “ex­pulsión” de Satanás es una obra progresiva que ocurre en etapas y que alcanza su cul­minación en el segundo advenimiento de Cristo, con el encarcelamiento final y total de Satanás. Al estar “atado”, arrojado al abis­mo y “encerrado”, Satanás debe permanecer en esta Tierra desordenada y vacía hasta el fin de los 1.000 años. “Después de esto debe ser desatado por un poco de tiempo” (Apocalipsis 20:3, 7) antes de su destrucción final.



El diablo es arrojado “al abismo”. La pa­labra griega ábyssos aparece en otros pasa­jes del Nuevo Testamento como un lugar para los espíritus malignos (Lucas 8:31) o el lugar donde mo­ran los muertos (Romanos 10:7); también se usa en la literatura intertestamental judía para indicar un lugar de castigo (1 Enoc 10:4- 6; Jubileos 5:6-10). En Apocalipsis 11:7 y 17:8, ábyssos es el lugar del cual sube la bestia. La palabra que se usa aquí es la mis­ma que emplea la LXX en Génesis 1:2 para describir la situación caótica de la Tierra en la creación, cuando las tinieblas estaban “sobre la faz del abismo”. La Tierra vuelve al caos en la segunda venida de Cristo y al comienzo de los 1.000 años.

  1. La Tierra desolada. En el segundo advenimiento, convulsiones de la naturaleza acompañan la destrucción de los impíos y lleva la Tierra a un estado de caos. Cuando el ángel derrama la séptima plaga hay un “un terremoto tan grande, cual no lo hubo jamás desde que los hombres han estado sobre la tierra” (Apocalipsis 16:18), y “toda isla huyó, y los montes no fueron hallados” (versículo 20). El apocalipsis de Isaías describe una condi­ción similar: “Será quebrantada del todo la tierra, enteramente desmenuzada será la tie­rra, en gran manera será la tierra conmovi­da. Temblará la tierra como un ebrio, y será removida como una choza” (Isaías 24:19, 20). Otros aspectos de esta profecía tienen un pa­ralelismo con el Apocalipsis: “Acontecerá en aquel día, que Jehová castigará al ejército de los cielos en lo alto, y a los reyes de la tierra sobre la tierra. Y serán amontonados como se amontona a los encarcelados en mazmorra, y en prisión quedarán encerrados, y serán cas­tigados después de muchos días” (versículos 21, 22; cf. Apocalipsis 19:19-21). El mundo llega a ser el “abismo” al cual quedan confinados Satanás y sus ángeles. Satanás no puede ejercer nin­gún poder creativo o de organización sobre la Tierra, pues esta permanece en un estado caótico por todo el milenio.

Al mismo tiempo la Tierra queda despo­blada. Jesús afirmó que los que no estén pre­parados para la segunda venida serían destrui­dos “en el día en que el Hijo del Hombre se manifieste” (Lucas 17:26-30). Pablo confirmó al destrucción de los impíos en la parusía (2 Tesalonicenses 1:7, 8). Mientras los impíos son destrui­dos, los justos son trasladados de la Tierra. Pablo hizo claro que en la segunda venida los “muertos en Cristo resucitarán primero”; y después los santos vivos serían “arrebatados juntamente con ellos en las nubes para recibir al Señor en el aire” (1 Tesalonicenses 4:16, 17). De esa manera se cumplirá la promesa de Jesús: “En la casa de mi Padre, muchas moradas hay; si así no fuera, yo os lo hubiera dicho; voy pues, a preparar lugar para vosotros. Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os to­maré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis” (Juan 14:2,3). Ni los malvados ni los justos permanecen sobre esta Tierra para que Satanás los tiente o los acose.

  1. Acontecimientos durante el milenio

Mientras que Apocalipsis 20:1 al 3 des­cribe lo que sucede al comienzo del milenio, los versículos 4 al 6 hablan de lo que ocurre durante los 1.000 años. En el versículo 4 el Revelador describe una escena de juicio en la cual los justos reinan con Cristo por 1.000 años. Corresponde echar una mirada más cercana al lugar donde se lleva a cabo este juicio y al juicio mismo.

  1. El lugar. La escena se sitúa en el cielo. En los versículos 4 al 6 no se dice nada de In Tierra. En el Apocalipsis la palabra “trono" se usa 47 veces. En todos los casos, excepto en tres (2:13; 13:2; 16:10), los tronos están en el cielo. Igualmente, este pasaje se refiere al cielo. En vez de que Cristo reine con Ion santos en su Tierra, tenemos a los santos rei­nando con Cristo en su cielo.

La pregunta en cuanto a dónde pasarán los justos el milenio puede dilucidarse por medio de otros pasajes del Apocalipsis. Mientras éstos no se refieran a los 1.000 años, indican dónde estarán los santos inmediatamente después de la segunda venida. En la primera parte de Apocalipsis 7 los santos son sella­dos; en la segunda mitad del capítulo están ubicados ante el trono de Dios, donde lo sir­ven día y noche dentro de su templo (versículo 15). Allí Dios mismo los consuela y los pastorea, de manera que nunca tienen que sufrir priva­ciones o persecución como las que sufrieron en la Tierra (versículos 16, 17). El mismo trono de Dios -con sus seres vivientes, ancianos y el mar de vidrio-, aparece en Apocalipsis 4:1 al 6. No hay duda de que esta escena tiene lugar en el cielo. De acuerdo con Apocalipsis 21:22, en la Tierra Nueva no hay templo; de modo que el trono de Dios en Apocalipsis 4 y 7 está en el cielo.

Apocalipsis 14:1 al 5 sitúa a los 144.000 en el Monte de Sion, con el Cordero. Como individuos redimidos “de entre los de la tie­rra”, cantan un cántico nuevo (versículo 3) delante del trono, los seres vivientes y los ancia­nos. Son los mismos que fueron sellados en Apocalipsis 7, quienes obtuvieron la victo­ria sobre la bestia de Apocalipsis 13 y 14. Debido a que lo que sigue en los versículos 6 al 13 ocurre antes de la aparición del Hijo del Hombre sentando sobre una nube blanca, uno podría pensar que el lugar al cual se re­fiere es la Tierra. El “monte de Sion” aparece en Apocalipsis sólo aquí, y puede conside­rarse paralelo a la ciudad de Hebreos 12:22: “...monte de Sion, a la ciudad del Dios vivo, Jerusalén la celestial”. La escena que presen­tan estos versículos es el resultado mostrado primero, antes de los eventos que llevan a ese resultado. La ciudad terrenal de Jerusalén no desempeña ningún papel significativo en el Apocalipsis. Ciertamente la ciudad tuvo que haber sido destruida antes que se escribiera el libro. Además de esto, Juan oye su cántico que proviene del cielo como “estruendo de muchas aguas” (Apocalipsis 14:2). La ciudad de Sion a la cual se refiere en Apocalipsis 14 debe ser la Sion celestial.

En Apocalipsis 15:2 al 4 los santos victo­riosos están sobre un mar de vidrio con arpas en sus manos y cantan el cántico de Moisés y el cántico del Cordero. Inmediatamente se abre el templo de Dios (versículos 5-7), y se muestra que la escena ocurre en el cielo.

Las relaciones que existen entre Apo­calipsis 4, 7:9 al 17, 14:1 al 5 y 15:2 al 5 indican que todas se refieren a la misma es­cena. Las descripciones son las de los redi­midos ante el trono de Dios en el cielo; cada texto contribuye al cuadro total. Apocalipsis 4 subraya el trono y sus alrededores. El capí­tulo 7 coloca a la hueste de redimidos delante del trono. Apocalipsis 14 describe el gozo de los redimidos, los inmaculados, que tocar sus arpas y cantan un cántico nuevo. En el capí­tulo 15 tenemos las palabras de este cántico nuevo.

El mismo marco se ve en Apocalipsis 20:4. Los que salieron vencedores, los que no adoraron a la bestia ni recibieron su mar­ca, están con Cristo en el cielo. Y allí tienen una parte en su reino y en su juicio.


  1. Las personas que juzgan. Según Apocalipsis 20:4, el juicio se le entrega a los que están sentados en tronos, los que fueron “decapitados por causa del testimonio de Jesús y por la palabra de Dios”, quienes han resucitado para reinar “con Cristo por mil años”. Inmediatamente se nos dice que és­tos participan en la “primera resurrección”, y sobre ellos se pronuncia una bendición. Tres veces se hace claro que la primera re­surrección es un prerrequisito para vivir y reinar con Cristo.

La frase: “Las almas de los decapitados por causa del testimonio de Jesús”, mere­ce una atención especial. La palabra psyjé, “alma”, tiene una amplia gama de significa­dos, que caen en cuatro categorías básicas: (1) un organismo viviente; (2) una persona o personalidad; (3) la vida física de un ser humano; y (4) la vida íntima de una persona. La palabra se usa en forma consistente como un sinónimo para la palabra hebrea nefesh, la cual tiene una gama parecida de significados.

Nunca se usa la palabra en la Biblia para re­ferirse a un alma desencarnada. La palabra psyjé aparece 103 veces en el Nuevo Testamento. En la KJ se traduce 58 veces como “alma”, 40 veces como “vida” y 3 veces como “mente”. En la RSV, psyjé se traduce alma sólo 40 ve­ces; en la NIV, sólo 25; y en la NEB, sólo 19. Versiones más modernas a menudo usan pronombres personales o la palabra “vida” más bien que “alma” (ver Hombre I. E; Muerte I. A. 4).

Si en Apocalipsis 20:4 se toma la palabra psyjé para que signifique “vida” o “persona”, el Revelador vio a gente en el cielo que ha­bía estado muerta y que había participado en la resurrección en la segunda venida y que ahora vivían y reinaban con Cristo por 1.000 años. Esas eran personas completas, no espí­ritus desencarnados, que gozaban de la resu­rrección de vida.

Mientras que el texto de Apocalipsis 20:4, según la RSV, hace aparecer que to­dos los que estaban viviendo y reinando con Cristo fueron los que habían sido mar­tirizados y habían vuelto a vivir en la pri­mera resurrección, el griego, lo mismo que la RVR 60, sugiere dos grupos. El segundo está constituido por los que no adoraron a la bestia ni a su imagen y no “recibieron la marca en sus frentes o en sus manos”.



  1. El juicio. Una mirada cuidadosa al concepto de juicio revela un rico espectro de eventos bajo este encabezamiento. Por lo menos seis juicios cubren el período desde la encamación hasta el fin de la historia de la Tierra. Primero está el juicio de la vida y muerte de Cristo (Juan 12:31,32). Un segun­do aspecto del juicio es la decisión personal de uno a favor o en contra de Cristo (3:14- 18). Una tercera fase del juicio es el juicio investigador anterior al advenimiento, que se describe en Daniel 7:9 al 13. Una cuarta clase de juicio ocurre en la segunda venida, cuando los malvados son destruidos por el resplandor de su venida. El quinto aspecto del juicio es el que se describe en Apocalipsis 20:4, mientras que el sexto y final es el juicio ante “el gran trono blanco” después del mile­nio (versículos 11-14). (Para las tres fases principa­les del juicio final, ver Juicio III. B.)

En este artículo estamos especialmente interesados en la fase del juicio final que tie­ne lugar en el cielo durante el milenio. Ya ha sido sellada la suerte de todos en el regreso de Cristo. Los muertos en Cristo resucitaron en la primera resurrección (Apocalipsis 20:5, 6); ellos y los santos vivientes han sido “arreba­tados juntamente... en las nubes” y están vi­viendo y reinando con el Señor (1 Tesalonicenses 4:16, 17; Apocalipsis 20:4). Los que “no conocieron a Dios, ni obedecen al evangelio de nuestro Señor Jesucristo”, han sido destruidos (2 Tesalonicenses 1:7, 8; Lucas 17:26-30). Entonces, ¿cuál es el propósito de este juicio si ya se han dado las recompensas en ocasión de la segunda veni­da de Cristo?

El juicio que se da a los santos en Apocalipsis 20:4 corresponde al juicio que Pablo anunció en 1 Corintios 6:2 y 3: “¿O no sabéis que los santos han de juzgar al mun­do?... ¿O no sabéis que hemos de juzgar a los ángeles?” Durante el milenio los santos par­ticipan en un juicio donde se delibera y revisa los casos de los perdidos de esta Tierra y de los ángeles caídos. Este juicio es necesario en vista de la naturaleza cósmica del proble­ma del pecado. La trayectoria de la rebelión del pecado ha sido el objeto de la preocupa­ción e interés por parte de otros mundos (Job 1; 2; Efesios 3:10). Todo el intervalo de pecado debe ser manejado de tal manera que los co­razones y las mentes en todo el universo de Dios queden satisfechos con su tratamiento y la conclusión del pecado, con referencia par­ticular al carácter de Dios. Es especialmente importante para los redimidos de la Tierra entender los tratos de Dios con los que cla­marán para que las rocas caigan sobre ellos y los escondan del “rostro del que está sentado sobre el trono” (Apocalipsis 6:16). Deben estar totalmente satisfechos de la justicia de Dios en sus decisiones con respecto a los perdidos.



  1. Condiciones en la Tierra. Mientras que en el cielo los santos reinan y juzgan con Cristo, la Tierra queda desolada. Los impíos están muertos; Satanás está confinado a esta Tierra (ver I. C. 1. b. c). Sin tener a quién tentar o engañar, Satanás queda inoperante e impotente. Sus ángeles están con una dispo­sición de ánimo contemplativa y rebelde en un mundo desolado y yermo.

La Tierra está desolada y en estado de caos como al principio. El gran terremoto de Apocalipsis 16:18 al 20 ha arrasado todas las ciudades. Las palabras de Isaías encuen­tran su cumplimiento: “Será quebrantada del todo la tierra, enteramente desmenuzada será la tierra, en gran manera será la tierra con­movida. Temblará la tierra como un ebrio, y será removida como una choza; y se agra­vará sobre ella su pecado, y caerá, y nunca más se levantará”. En ese tiempo “Jehová castigará al ejército de los cielos en lo alto, y a los reyes de la tierra sobre la tierra”, los que “serán amontonados como se amontona a los encarcelados en mazmorra, y en prisión quedarán encerrados” (Isaías 24:19-22).

  1. Acontecimientos al fin del milenio

Los eventos que ocurrirán al fin del mi­lenio se mencionan en Apocalipsis 20:5, 7 al 10 y en el capítulo 21. Es difícil colocarlos en un orden cronológico exacto desde el mo­mento en que hay recapitulación en ambos capítulos, el 20 y el 21.

  1. Desciende la Santa Ciudad. Para que ocurra una resurrección debe estar presente el Dador de la vida. De esa manera uno pue­de dar por sentado que el primer evento des­pués del milenio es el regreso de Cristo a esta Tierra. Dado que aparece con los santos en la Santa Ciudad, uno puede concluir también con toda seguridad que todos descienden juntos del cielo a la Tierra (Apocalipsis 21:2). En ese momento “el Señor será rey sobre toda la tierra” (Zacarías 14:9; cf. Apocalipsis 21:2, 3).

  2. La segunda resurrección. Apocalipsis 20:5 declara que “los otros muertos no vol­vieron a vivir hasta que se cumplieron mil años”. De esa manera los impíos vuelven a la vida; esta es la resurrección de juicio de Juan 5:29. Es también la misma resurrección mencionada en Apocalipsis 20:13. La resu­rrección le da a Satanás una nueva oportuni­dad para engañar (v. 8).

  3. Satanás es suelto de su prisión. En la segunda resurrección, Satanás “será suelto de su prisión” (versículo 7) “por un poco de tiem­po” (versículo 3). Dios no desata una cadena literal o abre la puerta de una prisión literal; más bien, la resurrección de los impíos hace de nuevo posible que Satanás tenga sujetos con quienes pueda trabajar.

Una vez más el maestro engañador, Satanás, va a hacer lo que mejor sabe hacer. Se dispone a “engañar a las naciones que están en los cuatro ángulos de la tierra” (versículo 8). Debe notarse la extensión global de este engaño. Gog y Magog son símbolos de una rebelión universal contra el Dios del cielo (ver Ezequiel 38:2). Al número de impíos de to­das las edades se lo compara con la “arena del mar” (Apocalipsis 20:8). Ahora Satanás ins­pira a las naciones malvadas del mundo a destruir la Ciudad de Dios que ha descen­dido del cielo (Apocalipsis 21:2). La ciudad se llama “el campamento de los santos y la ciudad amada” (Apocalipsis 20:9). Las huestes de los malvados se acercan resueltamente a la ciudad y la rodean (versículo 9). El hecho de que aún tienen hostilidad hacia Dios indica cuán correcta fue la decisión divina de privarlos de la recompensa de los santos.

  1. El juicio del “gran trono blanco”. Apocalipsis 20:11 y 12 presenta un cuadro de la gran reunión final. El que juzga es Cristo; ante él los malvados tiemblan y la na­turaleza queda convulsionada. El Revelador declara: “Y vi a los muertos, grandes y pe­queños, de pie antes Dios; y los libros fue­ron abiertos, y otro libro fue abierto, el cual es el libro de la vida; y fueron juzgados los muertos por las cosas que estaban escritas en los libros, según sus obras” (Apocalipsis 20:12).

Los que estuvieron muertos fueron juzgados por sus acciones registradas en los “libros”. La descripción también destaca el libro de la vida, en el cual están inscritos los nombres de los redimidos, y que también se menciona en Apocalipsis 3:5, 13:8, 17:8 y 20:15. En este juicio no hay referencia a gracia, no hay mención de un abogado. Los que fracasaron en hacer de Cristo su abogado hacen frente a la espantosa realidad de un juicio de acuerdo con las obras, del cual no hay escapatoria.

  1. La destrucción de los impíos. Después del juicio final ante el “gran trono blanco”, al fin de los 1.000 años, tiene lugar la des­trucción de los impíos, que se introduce en Apocalipsis 20:9: “De Dios descendió fuego del cielo, y los consumió”. El pensamien­to se repite más adelante: “La muerte y el Hades fueron lanzados en el lago de fuego. Esta es la muerte segunda. Y el que no se ha­lló inscrito en el libro de la vida fue lanzado al lago de fuego” (vs. 14, 15). A través del Apocalipsis la “segunda muerte” se ve como el fin terrible e inevitable de los malvados (2:11; 20:6; 21:8).

En Apocalipsis 20:14 se iguala a la se­gunda muerte con el “lago de fuego”. En Apocalipsis 19:20 y 20:10, el lago arde con fuego y azufre. Según el mensaje del tercer ángel, los que reciben la marca de la bestia serán “atormentados con fuego y azufre de­lante de los santos ángeles y del Cordero” (Apocalipsis 14:10).

En parábola y profecía Jesús describió los fuegos de la retribución de Dios. En Mateo 13:40 al 42 leemos: “De manera que como se arranca la cizaña, y se quema en el fuego, así será en el fin de este siglo. Enviará el Hijo del Hombre a sus ángeles, y recogerán de su reino a todos los que sirven de tropiezo, y a los que hacen iniquidad, y los echarán en el homo de fuego; allí será el lloro y el crujir de dientes”. En el sermón sobre el juicio final, Cristo afirmó que los que no hayan hecho obras de misericordia irán al “castigo eterno, y los justos a la vida eterna” (Mateo 25:46).

Mateo 3:12 lo describe como un “fuego que nunca se apagará”.

En Apocalipsis 20 parece haber una in­consistencia. En el versículo 9 los impíos son “consumidos” (griego katesthíd, “devorar”), o sea, aniquilación total; pero en los versículos 14 y 15 son arrojados al lago de fuego (descripto en otra parte como “eterno” o “inex­tinguible”), lo que sugiere un tormento eter­no (Apocalipsis 14:11). La declaración de Cristo en Mateo 10:28, concerniente al infierno que destruye el cuerpo y el alma, señala a una destrucción total. Como los seres humanos no son inmortales, son consumidos por el fuego final (ver Hombre II. C. 2,3; Muerte I. 1; Juicio II. E).

De acuerdo con Apocalipsis 20:10, el diablo es arrojado en el lago de fuego junto con la bestia y el falso profeta. Esto reitera la idea de Apocalipsis 19:20, donde la bestia y el falso profeta fueron “lanzados vivos den­tro de un lago de fuego que arde con fuego y azufre”. Son destruidas estas dos entidades, símbolos de las fuerzas anticristianas en los tiempos del fin. Con ellas, también es des­truido el diablo que las incitó a perseguir al pueblo de Dios. En adición a todo esto se mencionan específicamente la muerte y el Hades, la morada de los muertos (Apocalipsis 20:14), como siendo arrojados en el lago de fuego para ser completamente destruidos.

Esta es la destrucción final predicha en el Antiguo Testamento. Malaquías 4:1 declara: “Porque he aquí, viene el día ardiente como un homo, y todos los soberbios y todos los que hacen maldad serán estopa; aquel día que vendrá los abra­sará, ha dicho Jehová de los ejércitos, y no les dejará ni raíz ni rama”. Aquí el énfasis está en la aniquilación. La raíz –Satanás– y las ramas –sus seguidores– no serán más.

Para muchos es un problema el asunto de la duración de este castigo. La frase grie­ga traducida “por los siglos de los siglos" en Apocalipsis 14:11 es: eis aiónas aiónón. Un aión (edad) se refiere a un período con­tinuo de tiempo, ya sea corto o largo, o interminable. Su significado deriva en parte del sustantivo al cual corresponde; por eso el adjetivo aiónios significa que algo dura por tanto tiempo como el sustantivo al que califica. Por tanto, el castigo eterno del dia­blo debe limitase a la condición finita del diablo. Es un ser creado y no posee inmor­talidad natural o inherente. Los resultados de su castigo serán finales y eternos. El lago de fuego donde son echados el diablo, la bestia y el falso profeta, junto con la muer­te y el Hades, cumplirá finalmente su tarea. Produce la segunda muerte a todos y llega a un fin. De las cenizas de esa destrucción Dios creará una Tierra Nueva en la cual sólo morará la justicia (2 Pedro 3:13).

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