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2 William robertson, Historia del reinado de Carlos V


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1) VOLTAIRE, Nuevas consideraciones sobre la historia; El Siglo de Luis XIV; Ensayo sobre las costumbres y el espíritu de las naciones

2) William ROBERTSON, Historia del reinado de Carlos V

3) Johann Gottfried HERDER, Otra filosofía de la historia para la educación de la huma­nidad
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1) VOLTAIRE: Nouvelles considérations sur l’histoire, 1744.
Biografía: Voltaire, nombre supuesto de François Marie Arouet, escritor y filósofo francés que figura entre los principales representantes de la Ilustración. Voltaire nació en París, el 21 de noviembre de 1694, hijo de un notario. Estudió con los jesuitas en el colegio Louis-le-Grand. Voltaire decidió desde muy joven emprender una carrera literaria. Comenzó a moverse en los círculos aristocráticos y pronto fue conocido en todos los salones de París por su ingenio sarcástico. En su primer poema filosófico, “Los pros y los contras”, Voltaire ofrece una elocuente descripción de su visión anticristiana y su credo deísta de carácter racionalista. Voltaire viajaba con frecuencia a París y Versalles, donde, gracias a la influencia de la marquesa de Pompadour, la famosa amante de Luis XV, se convirtió en uno de los favoritos de la Corte. En primer lugar fue nombrado historiador de Francia y más tarde caballero de la Cámara Real. Finalmente, en 1746, fue elegido miembro de la Academia Francesa. Su “Poème de Fontenoy” (1745), donde relata la victoria de los franceses sobre los ingleses durante la Guerra de Sucesión austríaca, y “El siglo de Luis XV”, además de otras obras de teatro como “La princesa de Navarra” o “El triunfo de Trajano”, marcaron el inicio de la relación de Voltaire con la corte de Luis XV. “El siglo de Luis XIV” es un estudio histórico sobre el reinado de ese monarca (1638-1715). Por espacio de algunos años Voltaire llevó una existencia itinerante, pero finalmente se estableció en Ferney, en 1758, donde pasó los últimos veinte años de su vida. En el intervalo comprendido entre su regreso de Berlín y su establecimiento en Ferney, terminó su obra más ambiciosa, el “Ensayo sobre la historia general y sobre las costumbres y el carácter de las naciones” (1756). Esta obra, que no es otra cosa que un estudio del progreso humano, censura el supernaturalismo y denuncia la religión y el poder del clero, si bien afirma su creencia en Dios. Oponía el deísmo, una religión puramente racional, a la religión cristiana. En “Cándido”, Voltaire analiza el problema del mal en el mundo y describe las atrocidades cometidas a lo largo de la historia en nombre de la Religión. Voltaire murió el 30 de mayo de 1778 en París

Edición: VOLTAIRE, Opúsculos satíricos y filosóficos, Madrid, Alfaguara, 1978 (Col. Clásicos Alfaguara); traducción y notas de Carlos R. de Dampierre. Prólogo de Carlos Pujad, pp. 176-179.

Tal vez suceda pronto con la manera de escribir la historia lo que ha sucedi­do con la física. Los nuevos conocimientos han proscrito los antiguos sistemas. Se querrá conocer el género humano con ese detalle interesante que constituye hoy día la base de la filosofía natural.

Empezamos a respetar muy poco la aventura de Curcio que cerró una sima arrojándose a ella con su caballo. Nos burlamos de los escudos descendidos del cielo y de todos los hermosos talismanes que los dioses regalaban con tanta libe­ralidad a los hombres, y de las vestales que ponían un barco a flote con su cintu­rón, y de todo ese montón de tonterías célebres de que son pródigos los anti­guos historiadores. Tampoco nos satisface mucho que en su historia antigua el señor Rollin nos hable con toda seriedad del rey Nabis que permitía a aquellos que le traían dinero que abrazasen a su esposa y arrojaba a aquellos que se lo negaban en los brazos de una linda muñeca de un exacto parecido con la reina y armada de puntas de hierro bajo su corpiño. Nos reímos cuando vemos que tantos autores repiten, uno tras otro, que el famoso Otón, arzobispo de Maguncia, fue asaltado y devorado por un ejército de ratas en el año 698; que unas lluvias de sangre inundaron la Gascuña en 1017; que dos ejércitos de serpientes lucha­ron cerca de Tournai en 1059. Los prodigios, las predicciones, las pruebas del fuego, etc... ocupan actualmente el mismo rango que los cuentos de Heródoto.

Quiero hablar aquí de la historia moderna, en la que no encontramos ni mu­ñecas que abrazan a los cortesanos ni obispos comidos por ratas.

Se pone gran cuidado en decir en qué día se dió una batalla, y se tiene razón. Se imprimen los tratados, se describe la pompa de una coronación, la ceremonia de imposición de un birrete, e incluso la entrada de un embajador, en que no se olvida ni a su ujier ni a sus lacayos. Es bueno que haya archivos de todo a fin de poderlos consultar en caso necesario; y yo considero hoy en día todos los gruesos volúmenes como diccionarios. Pero después de haber leído tres o cuatro mil descripciones de batallas y el contenido de varios centenares de tratados, encontré que en el fondo no estaba mejor informado que antes. Sólo aprendía en ellos acontecimientos. No conozco mejor a los franceses y a los sarracenos por la batalla de Carlos Martel que a los Tártaros y a los turcos por la victoria que obtuvo Tamerlán sobre Bayaceto. Confieso que después de leer las memorias del cardenal de Retz y de la señora de Monteville, sé todo lo que la reina madre dijo, palabra por palabra, al señor de Jersai; me entero de qué for­ma el coadjutor contribuyó a las barricadas; puedo hacerme una idea de los lar­gos discursos que dirigía a la señora de Bouillon: es mucho para mí curiosidad es, para mi instrucción, muy poca cosa. Hay libros que me enteran de las anéc­dotas, auténticas o falsas, de una corte. Todo el que ha visto las cortes, o ha deseado verlas, está tan ansioso de esas ilustres bagatelas como una provinciana de conocer las noticias de su pequeña ciudad: en el fondo es la misma cosa, y tiene la misma importancia. Se contaban, bajo Enrique II, anécdotas del tiempo de Carlos IX. Todavía se hablaba del duque de Bellegarde en los primeros años del reinado de Luis XIV. Todas esas pequeñas miniaturas se conservan una o dos generaciones y luego se olvidan para siempre.

Sin embargo, se descuida por ellas otros conocimientos de una utilidad más evidente y duradera. Me gustaría conocer las fuerzas de que disponía un país antes de una guerra, si esa guerra las aumentó o las mermó. ¿Era España más rica antes de la conquista del Nuevo Mundo que hoy? ¿Qué diferencia de pobla­ción tenía en tiempos de Carlos V y en los de Felipe II? ¿Por qué Amsterdam contaba apenas veinte mil almas hace doscientos años? ¿Por qué tiene hoy doscientos cuarenta mil? ¿Y cómo se sabe esto positivamente? ¿En cuánto ha aumentado la población de Inglaterra con respecto a la que tenía bajo Enrique VIII? ¿Será verdad lo que se dice en las Cartas persas de que le faltan hom­bres a la tierra y que está despoblada en comparación con los habitantes que tenía hace dos mil años? Es cierto que Roma tenía entonces más ciudadanos que hoy. Confieso que Alejandría y Cartago eran grandes ciudades; pero Pa­rís, Londres, Constantinopla, el gran Cairo, Amsterdam, Hamburgo, no exis­tían. Había trescientas naciones en las Galias, pero esas trescientas naciones no valían lo que la nuestra, ni en número de habitantes ni en industria. Ale­mania era un bosque: hoy está cubierta de cien ciudades opulentas. Parece como si el espíritu crítico, cansado de perseguir únicamente detalles, hubiese tomado por objeto el universo. Se proclama sin cesar que este mundo está degenerado y se quiere, además, que se despueble. ¡Cómo!, ¿Tendremos que echar de me­nos los tiempos en que no había camino real de Burdeos a Orleans y en los que París era una pequeña ciudad en la que las gentes se degollaban entre sí? Por mucho que se diga lo contrario, Europa tiene hoy más hombres que enton­ces y esos hombres valen más que aquellos. Dentro de pocos años se podrá saber a cuánto asciende la población de Europa; porque en casi todas las gran­des ciudades, se publica el número de nacimientos al cabo del año, y basán­donos en la regla exacta y segura que acaba de establecer un holandés tan hábil como incansable se conoce el número de habitantes por el de nacimien­tos. Aquí tenemos ya uno de los objetos de la curiosidad del que quiere leer la historia como ciudadano y como filósofo. Estará muy lejos de limitarse a este conocimiento; tratará de averiguar cuáles han sido el vicio radical y la virtud dominante de una nación; por qué ha sido débil o poderosa en el mar; cómo y hasta que punto se ha enriquecido desde hace un siglo; los registros de las exportaciones pueden decírnoslo. Querrá saber cómo se han estableci­do las artes, las manufacturas; las seguirá en su paso y en su vuelta de un país a otro. En fin, los cambios en las costumbres y en las leyes serán su gran tema. Se sabría así la historia de los hombres en vez de conocer una pequeña parte de la historia de los reyes y de las cortes.

Leo en vano los anales de Francia: nuestros historiadores callan sobre todo estos detalles. Ninguno ha tenido por divisa: homo sum, humani nil a me alienum puto [hombre soy, nada humano juzgo ajeno a mi]. Sería pues preciso, me pare­ce, incorporar con arte esos acontecimientos útiles a la trama de los aconteci­mientos. Creo que es la única manera de escribir la historia moderna como ver­dadero político y como verdadero filósofo.

Ocuparse de la historia antigua es, me parece, amalgamar algunas verdades con mil embustes. Esa historia sólo puede ser útil de la misma manera que lo es la fábula: para los grandes acontecimientos que constituyen el tema perpetuo de nuestros cuadros, nuestros poemas, nues­tras conversaciones y de los que se sacan ejemplos de moral. Hay que conocer las proezas de Alejandro como se conocen los trabajos de Hércules. En fin, esa historia antigua me parece, con respecto a la moderna, como lo que son las vie­jas medallas en comparación con las monedas corrientes; las primeras permane­cen en las vitrinas de los gabinetes; las segundas circulan por el mundo para el comercio de los hombres.

Pero para emprender semejante obra se precisan hombres que conozcan algo más que los libros. Hace falta que sean estimulados por el gobierno, tanto, por lo menos, por lo que harán como lo fueron los Boileau, los Racine, los Valincour, por lo que no hicieron; y que no se diga de ellos lo que decía de aquellos caba­lleros un alto funcionario del Tesoro Real, hombre de mucho ingenio: «Todavía no hemos visto de ellos más que sus firmas».

VOLTAIRE: Le Siecle de Louis XIV, 1751; Cap. 1, introducción.
Edición: VOLTAIRE, El Siglo de Luis XIV, México, Fondo de Cultura Económica, 1954 (traducción de Nelida Orflla Reynal), pp. 7-11.
Capítulo 1
Introducción
No me propongo escribir tan sólo la vida de Luis XIV; mi propósito recono­ce un objeto más amplio. No trato de pintar para la posteridad las acciones de un solo hombre, sino el espíritu de los hombres en el siglo más ilustrado que haya habido jamás.

Todos los tiempos han producido héroes y políticos, todos los pueblos han conocido revoluciones, todas las historias son casi iguales para quien busca sola­mente almacenar hechos en su memoria; pero para todo aquél que piense y, lo que todavía es más raro, para quien tenga gusto, sólo cuentan cuatro siglos en la historia del mundo. Esas cuatro edades felices son aquellas en las que las artes se perfeccionaron, y que, siendo verdaderas épocas de la grandeza del espíritu humano, sirven de ejemplo a la posteridad.

El primero de esos siglos, al que la verdadera gloria está ligada, es el de Filipo y de Alejandro, o el de los Pericles, los Demóstenes, los Aristóteles, los Platón, los Apeles, los Fidias, los Praxiteles; y ese honor no rebasó los límites de Grecia; el resto de la tierra entonces conocida era bárbara.

La segunda edad es la de César y de Augusto, llamada también la de Lucrecio, Cicerón, Tito Livio, Virgilio, Horacio, Ovidio, Varrón y Vitrubio.

La tercera es la que siguió a la toma de Constantinopla por Mahomet II. El lector recordará cómo por aquel entonces, en Italia, una familia de simples ciu­dadanos hizo lo que debían emprender los reyes de Europa. Los Médicis llama­ron a Florencia a los sabios expulsados de Grecia por los turcos; eran tiempos gloriosos para Italia; las bellas artes habían cobrado ya nueva vida; los italianos las honraron dándoles el nombre de virtud, como los primeros griegos las ha­bían caracterizado con el nombre de sabiduría. Todo iba hacia la perfección.

Las artes, trasplantadas de nuevo de Grecia a Italia, encontraron un terreno favorable en el que fructificaron rápidamente. Francia, Inglaterra, Alemania, Es­paña, quisieron a su vez poseer esos frutos: pero o no llegaron a crecer en esos climas, o degeneraron demasiado pronto.

Francisco I estimuló a los sabios, que fueron meros sabios; tuvo arquitectos, pero no tuvo un Miguel Angel o un Palladio; en vano quiso fundar escuelas de pintura: los pintores italianos que llamó no hicieron alumnos franceses. Nuestra poesía se reducía a unos cuantos epigramas y algunos cuantos libros. Rabelais era nuestro único libro de prosa a la moda en tiempos de Enrique II.

En una palabra, sólo los italianos lo tenían todo, si se exceptúan la música, que todavía no había llegado a su perfección, y la filosofía experimental, desco­nocida por igual en todas partes hasta que la dio a conocer Galileo.

El cuarto siglo es el llamado de Luis XIV, y de todos ellos es quizá el que más se acerca a la perfección. Enriquecido con los descubrimientos de los otros tres, ha hecho más, en ciertos géneros, que todos ellos juntos. Es cierto que las artes no sobrepasaron el nivel alcanzado en tiempos de los Médicis, los Augusto y los Alejandro; pero la razón humana, en general, fue perfeccionada. La sana filosofía no se conoció antes de ese tiempo, y puede decirse que partiendo de los últimos años del cardenal de Richelieu hasta llegar a los que siguieron a la muerte de Luis XIV, se efectuó en nuestras artes, en nuestros espíritus, en nues­tras costumbres, así como en nuestro gobierno, una revolución general que será testimonio eterno de la verdadera gloria de nuestra patria. Esta feliz influencia ni siquiera se detuvo en Francia; se extendió a Inglaterra, provocó la emulación de que estaba necesitada entonces esa nación espiritual y audaz; llevó el gusto a Alemania, las ciencias a Rusia; llegó incluso a reanimar a Italia que languidecía, y Europa le debe su cortesía y el espíritu de sociedad a la corte de Luis XIV.

No debe creerse que esos cuatro siglos hayan estado exentos de desgracias y de crímenes. La perfección de las artes que pacíficos ciudadanos cultivan no les impide a los príncipes ser ambiciosos, a los pueblos sediciosos, a los sacerdo­tes y a los monjes revoltosos y bribones a veces. Todos los siglos se parecen por la maldad de los hombres; pero sólo conozco esas cuatro edades que se hayan distinguido por los grandes talentos.

Antes del siglo que llamo de Luis XIV, y que comienza aproximadamente con la fundación de la Academia Francesa, los italianos llamaban bárbaros a to­dos los trasalpinos, y hay que confesar que en cierto modo los franceses se me­recían esta injuria. Sus antepasados unían la galantería novelesca de los moros a la rudeza gótica. Casi no poseían artes amables, prueba de que las artes útiles estaban descuidadas; porque, cuando se ha perfeccionado lo que es necesario, se encuentra enseguida lo hermoso y lo agradable; y no es de extrañar que la pintura, la escultura, la poesía, la elocuencia, la filosofía, fuesen casi desconoci­das por una nación que, teniendo puertos sobre el Océano y sobre el Mediterrá­neo, carecía sin embargo de flota, y que, amando excesivamente el lujo, contaba apenas con algunas toscas manufacturas.

Judíos, genoveses, venecianos, portugueses, flamencos, holandeses e ingle­ses hicieron alternativamente el comercio de Francia, la cual ignoraba sus princi­pios. Luis XIII, al subir al trono, no tenía un solo barco: París no llegaba a las cuatrocientas mil almas, y apenas la adornaban cuatro hermosos edificios; las de­más ciudades del reino se asemejaban a esas villas que se ven más allá del Loira. La nobleza, acantonada en el campo, vivía en torres rodeadas de fosos y oprimía a los que cultivaban la tierra. Los caminos reales eran punto menos que intran­sitables; las ciudades carecían de policía, el estado de dinero, y el gobierno rara vez tenía crédito en las naciones extranjeras.

No hay que ocultar que Francia, que rara vez gozó de un buen gobierno, languideció de esa debilidad desde la decadencia de la familia de Carlomagno.

Para que un estado sea poderoso, es menester que la libertad del pueblo esté fundada en las leyes, o que la autoridad soberana sea indiscutible. En Fran­cia el pueblo fue esclavo hasta los tiempos de Felipe Augusto, los señores tira­nos hasta el reinado de Luis XI, y los reyes, ocupados constantemente en mante­ner la autoridad sobre sus vasallos, jamás tuvieron tiempo de pensar en la felici­dad de sus súbditos, ni el poder de hacerlos felices.

Luis XI, que hizo mucho por el poder real, no hizo nada, en cambio, por la felicidad y la gloria de la nación. Durante el reinado de Francisco I nacieron el comercio, la navegación, las letras y todas las artes; pero no tuvo la suerte de hacerlos arraigar en Francia y todo desapareció con su muerte. Enrique el Gran­de, que comenzaba a sacar a Francia de las calamidades y la barbarie en la que la habían hundido treinta años de discordia, fue asesinado en su capital, en me­dio del pueblo cuya dicha comenzaba a hacer. El cardenal Richelieu, absorbido por la tarea de abatir la casa de Austria, el calvinismo y la fuerza de los grandes, no gozó de un poder lo bastante pacífico para reformar la nación; pero inició, cuando menos, esa obra feliz.

Así, pues, durante novecientos años, el genio de los franceses se vió casi siempre oprimido por un gobierno gótico, a merced de las divisiones y las gue­rras civiles, sin leyes ni costumbres fijas, y con un idioma que no obstante ser renovado cada dos siglos seguía siendo grosero; sus nobles indisciplinados no conocían más que la guerra y el ocio; los eclesiásticos vivían en la relajación y en la ignorancia; y el pueblo, sin industria, estaba sumido en su miseria.

Los franceses no participaron ni en los grandes descubrimientos ni en los inventos admirables de las demás naciones; la imprenta, la pólvora, los espejos, los telescopios, el compás de proporción, la máquina neumática, el verdadero sistema del universo, no se les pueden atribuir en lo absoluto; celebraban tor­neos, mientras los portugueses y los españoles descubrían y conquistaban nue­vos mundos al oriente y al occidente del mundo conocido. Carlos V prodigaba en Europa los tesoros de México, antes de que algunos súbditos de Francisco I descubrieran la región inculta del Canadá; pero incluso por lo poco que realiza­ron los franceses a comienzos del siglo XVI, se vió de todo lo que son capaces cuando se les guía.

Nos proponemos mostrar lo que fueron durante el gobierno de Luis XIV. Al igual que en el cuadro de los siglos anteriores, no debe esperarse encontrar aquí la relación sin cuento de las guerras, de los ataques a ciudades, tomadas y recu­peradas por las armas, entregadas y devueltas por tratados. Mil circunstancias interesantes para los contemporáneos se pierden a los ojos de la posteridad, y desaparecen para dejar tan sólo los grandes acontecimientos que han fijado el destino de los imperios. No todo lo acontecido merece ser escrito. En esta histo­ria me interesaré sólo por lo que merece la atención de todos los tiempos, que puede pintar el genio y las costumbres de los hombres, servir de ejemplo y fo­mentar el amor a la virtud, a las artes y a la patria.

Ya hemos visto lo que eran Francia y los demás estados de Europa antes del nacimiento de Luis XIV, describiré ahora los grandes acontecimientos políticos y militares de su reinado. El gobierno interior del reino, el tema de mayor impor­tancia para el pueblo, será tratado aparte. Hablaré ampliamente de la vida priva­da de Luis XIV, las particularidades de su corte y su reinado. Dedicaré otros ca­pítulos a las artes, las ciencias y los progresos del espíritu humano en ese siglo. Por último, hablaré de la Iglesia, ligada desde hace tiempo al gobierno, que tan pronto lo inquieta como lo fortalece, y que instituida para enseñar la moral, se deja arrastrar frecuentemente por la política y las pasiones humanas.

VOLTAIRE: Essai sur les moeurs et l'esprit des nations, 1769, cap. CXCVII.
Edición: VOLTAIRE, Ensayo sobre las costumbres y el espíritu de las naciones, Buenos Aires, Librería Hachette, 1959 (Col. Biblioteca Hachette de Filosofía traducción de Hernán Rodríguez. Estudio preliminar de Francisco Romero), pp. 1155-1156.
Resumen de toda esta historia hasta los comienzos del bello siglo de Luis XIV
[Antes de sintetizar la historia anterior al siglo de Luis XIV y extraer sus con­clusiones, Voltaire trata, de modo breve pero contundente, de la crítica de los testimonios. He aquí unos párrafos:]
Los monumentos no prueban los hechos sino cuando esos hechos verosími­les nos son transmitidos por contemporáneos ilustrados.

Las crónicas de los tiempos de Felipe Augusto y de la abadía de la Victoria son pruebas de la batalla de Bouvines pero cuando veáis en Roma el grupo del Laoconte, ¿creeréis por ella la fábula del caballo de Troya? Y aunque veáis en el camino de Paris las horrendas estatuas de un San Dionisio, ¿os probarán tales monumentos de barbarie que dicho santo, después de decapitado, caminó una legua entera llevando su cabeza entre los brazos y besándola de vez en cuando?

La mayor parte de los monumentos, cuando han sido erigidos mucho des­pués de la acción, sólo prueban errores consagrados y hasta hay que desconfiar a veces de las medallas acuñadas al propio tiempo de un acontecimiento. Hemos visto a los ingleses, engañados por una noticia falsa, grabar en una medalla: “Al almirante Vernon, vencedor de Cartagena”; y apenas fué acuñada tal medalla se supo que el almirante había levantado el sitio. Si una nación en la cual hay tan­tos filósofos ha podido arriesgarse a engañar así a la posteridad, ¿qué debemos pensar de los pueblos y épocas abandonados a la grosera ignorancia?

Creamos en los acontecimientos atestiguados por los registros públicos, por el consenso de los autores contemporáneos, que vivían en una capital, recíproca­mente ilustrados, y que escribían bajo la observación de los principales de su país. Pero en cuanto a todos esos pequeños, obscuros y novelescos sucesos es­critos por hombres igualmente obscuros en el fondo de alguna provincia igno­rante y bárbara; en cuanto a esos cuentos cargados de circunstancias absurdas, a esos prodigios que deshonran la historia en lugar de embellecerla, remitámoslos a Vorágine, al jesuita Caussin, a Mainbourg y a sus semejantes.



2) ROBERTSON, William: History of tbe Reign of tbe Emperor Cbarles V; 1769; pró­logo del autor.
Biografía: William Robertson (1721-1793), historiador escocés, estudio en Edimburgo y fue ordenado ministro protestante a los 22 años. En 1761 se convirtió en Capellán del rey, en 1762 en Rector de la Universidad de Edimburgo, y en 1764 en Historiador del rey. Su “Historia de Escocia, 1542-1603” fue un éxito. Después escribió la “Historia de Carlos V”, en 1769, su mejor trabajo, muy alabado por Voltaire. Su “Historia de América” apareció en 1777.

Edición: ROBERTSON, William, Historia del reinado de Carlos V; Barcelona, Libr. de J. Oliveras y Gavarró, 1839 (trad. de J. María Gutiérrez de la Peña), pp. I-IV.
PRÓLOGO DEL AUTOR
Cuando se estudia la historia de su propio país no hay época que no intere­se por algunos respectos, pues todos los acontecimientos dan a conocer los pro­gresos de su constitución, de sus leyes y costumbres, y merecen una atención seria; aún los hechos más remotos y de poca importancia pueden satisfacer este sentimiento de curiosidad innato en los hombres. No así al tratarse de la historia de los países extraños, pues entonces el deseo de instruirse está más limitado. El progreso general de las ciencias, de dos siglos a esta parte, junto con el desarro­llo de la imprenta, han producido en Europa tantas historias, y a la vez tantas memorias para escribirla, que la vida humana es corta para leerlas, cuanto más para estudiarlas; así que, no sólo los hombres que deben administrar los nego­cios públicos, sino hasta los que se dedican exclusivamente a la historia, deben contentarse con ideas generales sobre lo acaecido en épocas distantes, y deben limitar su estudio y sus meditaciones a ese período en que se unieron íntima­mente las potencias de Europa, y en que los acontecimientos de un estado han influido tanto en los de otro, que han regulado, por decirlo así, su política y su respectivo gobierno.

Necesario sería pues fijar unos límites que señalasen con certeza la separa­ción de estos varios períodos. Una época hay en la historia, antes de la cual cada país tenía aparte sus anales, porque no admitía alianzas ni relaciones con sus vecinos; posteriormente los acontecimientos de cada pueblo instruyen e intere­san a los demás. Era pues indispensable determinar cuál fue esa época.

Llevado de esta mira he resuelto escribir la historia del emperador Carlos V, puesto que en su tiempo los gobiernos de Europa concibieron un vasto sistema político, merced al cual adquirió cada uno su rango, conservado después con mayor estabilidad de la que podía preverse, si se consideran los violentos sacudimientos que han dado origen a tantas revoluciones interiores y a tantas guerras de nación a nación. Los grandes acontecimientos que entonces tuvieron lugar no han consumido todavía su fuego creador; aún se experimentan algunos efectos de los principios políticos que por aquella época se establecieron, y los fundamentos de un equilibrio de poder que se crearon o se generalizaron, no han cesado de influir en las operaciones políticas de los estados de Europa.

Puede afirmarse pues que el siglo de Carlos V es el período en el que el estado político de Europa empezó a tomar nueva forma. Al componer el cuadro que presento en esta obra he formado en cierto modo una introducción para la historia de Europa posterior a aquel reinado. Muchísimos biógrafos se han ocu­pado en describir las acciones y cualidades personales del Emperador Carlos V, los historiadores de varios países cuentan algunos hechos que sólo tuvieron con­secuencias locales o pasajeras: mas yo me he propuesto recoger únicamente de su reinado los grandes acontecimientos cuyos efectos fueron generales y que se experimentan aún hoy día.

Empero como mis lectores sacarían sólo una instrucción incompleta si no tuviesen algunos conocimientos en punto al estado de Europa, anterior a la épo­ca que describo, he pensado suplir esta falta por medio de una introducción que abraza un tomo preliminar en que indico y aclaro las causas y los acontecimien­tos cuya acción ha producido todas las revoluciones acaecidas en Europa desde la ruina del imperio romano hasta principios del siglo XVI. Expongo a los ojos del público una pintura de los progresos de la sociedad en lo que concierne no sólo a la administración interior, a las leyes y costumbres, sino también al ejercicio de la fuerza nacional reclamada por las operaciones del gobierno en el exterior: en fin, describo la constitución política de las principales naciones de Europa en el momento en que Carlos V subió al trono.

Me he visto obligado a entrar en discusiones críticas más propias del juris­consulto que del historiador; por esto las he colocado al fin de la introducción con el título de Pruebas e Ilustraciones. Muchos lectores harán poca atención en ello, mas otros las mirarán tal vez como la parte más curiosa e interesante de mi obra.

Debo advertir que indico con esmero las fuentes de donde he sacado los hechos, y cito a los escritores cuya autoridad he adoptado; acaso lo hago con una exactitud tal que algunos tomarán por afectación; mas no ha de ser así, si se considera que no puede hacerse vano alarde de haber leído muchos libros y entre ellos algunos que jamás hubiera abierto si no me hubiese impuesto la obligación de comprobar cuidadosamente todo cuanto expongo a los ojos del público.

Mis investigaciones me han conducido no pocas veces a oscuros o poco tri­llados senderos, por cuanto me he visto obligado a remitirme siempre a los auto­res que me daban luz; esto me ha parecido necesario no sólo para dar más peso a los hechos en que se apoyan mis juicios, sino también para dar un norte a los que quisieran recorrer la misma senda y ponerlos en estado de hacer más fáci­les, y felices averiguaciones.

Los atentos e ilustrados lectores observarán en mi obra una omisión cuyo motivo debo de todos modos explicar. Consiste en que no hago mención de las conquistas de Méjico y del Perú ni de la fundación de las colonias españolas en el continente e islas de América. Al principio pensé extenderme mucho sobre tan memorables acontecimientos; pero cuando hube examinado maduramente esta parte de mi plan, conocí que el descubrimiento de la América y su influencia en los sistemas políticos o comerciales de Europa, eran objetos harto brillantes y de muy alta importancia para que pudiesen tratarse superficialmente; por otra parte, si les hubiese dado toda la extensión que merecen, el episodio hubiese sido más extenso que la obra. He aquí porqué he reservado estos detalles para otra historia particular que me propongo escribir si la presente merece la aceptación pública.

Sin embargo, aunque suprimiendo del reinado de Carlos V, unos asuntos tan considerables, si bien que separados del objeto principal, haya reducido mi obra a más estrecho círculo, estoy persuadido que mis lectores hallarán todavía el plan sobrado extenso y la empresa demasiado atrevida, si se toma en cuenta lo que he creído conveniente exponer acerca la naturaleza e intento de mi obra. No pocas veces me he visto poseído yo mismo de este mismo sentimiento; pero persuadido de la utilidad incontestable de una historia como la presente, he re­suelto ser constante en mi primer designio. Al público toca hoy juzgar del mérito de la ejecución; juicio que aguardaré no sin inquietud, pero al cual me someteré con respetuoso silencio.


SECCIÓN PRIMERA
Progresos de la sociedad europea, relativos al gobierno interior, a las leyes y a las costumbres
Influjo del comercio en las costumbres y gobierno
Adelantando cada día más el comercio concurrió también a civilizar a los europeos y a introducir una sana jurisprudencia, una policía regular y altos prin­cipios de humanidad. En el nacimiento y origen primitivo de la sociedad, son tan reducidas las necesidades del hombre que fácilmente se contenta con las pro­ducciones naturales de su clima y de su suelo, y con lo que su sencilla y grosera industria puede añadir a ellas: no tiene nada superfluo que dar ni nada necesario que pedir. Cada pequeña comunidad subsiste con la porción de tierra que le pertenece, está satisfecha con ello, y o no tiene noticia de las naciones vecinas o está en guerra con ellas. Para abrir libre comunicación entre distintos pueblos, preciso es que la sociedad y las costumbres hayan adquirido cierto grado de perfección y que existan reglamentos capaces de afianzar el orden público y la seguridad personal.

Vemos también que el primer efecto del establecimiento de los bárbaros en el imperio romano fue dividir las naciones unidas por el poder de aquella república; repartióse la Europa en distintos estados, y por espacio de muchos siglos permanecieron éstos casi enteramente incomunicados; los piratas cubrían los mares y hacían peligrosa la navegación, y cuando entraban en puer­tos extranjeros, ningún socorro ni seguridad podía esperarse de parte de pue­blos feroces; los habitantes de provincias apartadas de un mismo reino podían con dificultad comunicarse; un viaje algo largo era una expedición arriesgada, en la que se debía temer la violencia de los bandidos que infestaban los caminos y las exacciones insolentes de los barones acaso no menos temibles que aquéllos: de esta suerte, encadenados la mayor parte de los europeos en el lugar de su nacimiento por todas estas circunstancias reunidas, ignoraban hasta los nombres, la situación, el clima, y las producciones de los países lejanos del suyo.

La gran variedad de asuntos que he procurado ilustrar, y la extensión de aquellos en que voy a entrar me autorizan a adoptar los propios términos de Montesquieu cuando empieza a hablar del comercio. «Las materias que siguen merecen ser tratadas extensamente, pero la naturaleza de esta obra no lo permi­te: quisiera ser llevado por un arroyo tranquilo, y me siento arrastrado por un torrente.»

Hállanse en la historia muchas pruebas de la poca comunicación que existía entre los pueblos en la edad media. Como el conde Bouxard quisiese a fines del siglo diez fundar un monasterio en Saint-Maur- des-Joisses, junto a París, fue a buscar en Borgoña a cierto abad de Cluny, famoso por su santidad, para supli­carle que le enviase algunos monjes. Singular es el lenguaje con que se dirigió a este santo varón. Díjole que habiendo emprendido tan largo y penoso viaje, cuya distancia le había cansado en extremo, confiaba que no le negaría su petición y que no en vano habría venido a un país tan remoto. Todavía es más extraña la respuesta del monje, pues se negó redondamente bajo pretexto de que sería fati­goso el ir con él a una región extraña y desconocida (“Vista Burxardi venerabilis eomitis, ab Bouquet”. Ree. des bis!. v. 10, p. 351). A principios del siglo XII los monjes de Ferrieres en la diócesis de Sens, ignoraban que existiese en Flandes una ciudad llamada Tournay así como los monjes de San Martín de Tournay, no sabían donde estaba Ferrieres. Un asunto relativo a los dos conventos les obligó a comunicarse un poco, y su mutuo interés a buscarse recíprocamente: en fin, después de largas averiguaciones, que se han individualizado mucho, se hizo el descubrimiento por casualidad (Herimannus, “abbas de restauratione saneti Martín Tornaeensis ab Daxer”; Spicit. v. 12, p. 400).



La ignorancia de la edad media sobre la situación de los países distantes y su geografía, es aún más notable: el más antiguo mapa geográfico que se conoce, se halla en un manuscrito de la crónica de San Dionisio, y subsiste como monumento del estado de esta ciencia en Eu­ropa en aquella época. Vense en ella las tres partes de la tierra entonces conoci­das, con tal disposición que Jerusalén está en medio del globo, y Alejandría tan cerca de la ciudad santa como Nazareth (“Mem. de l'acad. des belles lettres”, tom, 16 in 8 p. 585).

Parece que en aquellos siglos bárbaros no había posadas para recibir a los viajeros (Murat, “Antiquita”. v. 3 p. 581). Esta es una prueba del nin­gún comercio que existía entre las varias naciones. La hospitalidad es virtud de primer orden entre los pueblos de sencillas costumbres que rara vez ven a los extranjeros: así que, en un estado social tan imperfecto como el de la edad me­dia, era un deber esencial que no se colocaba entre aquellos que el hombre puede practicar o descuidar según su inclinación o generosidad, sino que la hos­pitalidad estaba prescrita por ley, y quedaban sujetos a penas los que la nega­ban (“Quicumque bospiti venienti lectum, aut focum negaverit, trium solidorum intatione multetur”. Leg. Burgund. tito 38, 82. “Si quis bomini aliquo pergenti in itinere mansione vetaverit, sexaginta solidos componat in publico”. Capit. lib 6. 82) No es indiferente observar este aumento de penas pecuniarias en un tiempo posterior en mucho a aquél en que se publicó la ley de los borgoñones, y en una época en que debía haberse perfeccionado la cultura. Otras leyes del mismo tenor han sido recopiladas por Jo Fred Polac, (“sistema jurisprud. Germanicae”, libs. 1733, p. 55). Eran todavía más rigurosas que las mencionadas por este autor las penas de los esclavones, pues ordenaban la confiscación de muebles y la quema de la casa que hubiese negado la hospitalidad, y aun llevaron el celo y la huma­nidad para con los extranjeros hasta el grado de permitir que robase el dueño de una casa para agasajar a un huésped (“Quod notu furatus fueris, cras appone bospitibus. Rerum Mecleburgicar”. lib. 8, a Mat. JO Beerb. Libs. 1751, p. 50). En consecuencia de estas leyes, o del estado social que las hacía necesarias, estuvo en vigor la hospitalidad, mientras tuvieron entre sí pocas relaciones los hombres, y se aseguraba de esta suerte al viajero una benigna acogida bajo el techo en que se albergaba. Lo que más claramente prueba que eran raras las comunica­ciones de nación a nación es que inmediatamente que empezaron a abrirse, de­generó una carga lo que hasta entonces había sido un placer, y se hizo del reci­bimiento de los viajeros un ramo de especulación.



Pero las leyes de la edad media dan todavía más convincentes pruebas de la falta de comunicación entre las naciones. El espíritu del feudalismo, lo mismo que los celos, que acompañan siempre a la ignorancia, contribuía a alejar a los hombres de que se avecindasen en país extranjero. Si alguien se trasladaba de una provincia del mismo reino a otra, estaba obligado al cabo de un año y un día a confesarse vasallo del barón en cuyos dominios se había establecido, y si descuidaba esta formalidad incurría en una multa: en caso de morir sin dejar cierto legado al señor del lugar, eran confiscados todos sus bienes. Todavía más insoportables eran los rigores contra los que se domiciliaban en país extraño. Antiguamente el señor de un territorio, en el cual se hubiese establecido un ex­tranjero, podía apoderarse de su persona y retenerle cautivo. Ofrécenos la histo­ria singulares ejemplos de esta barbarie; las crueles rapiñas de los normandos en el siglo IX obligaron a muchos habitantes de las costas de Francia a que huye­sen al interior del reino; pero en lugar de ser recibidos con la humanidad que reclamaba su infortunio, se les esclavizó. Entrambos poderes, civil y eclesiástico a la vez, creyeron deber unirse para lograr la abolición de uso tan bárbaro (Par Giesser, “De statu servorum”. lib 1, cap. 1. 16). En otros países permitían las le­yes a los habitantes de las orillas del mar el reducir a servidumbre a los desgra­ciados marinos cuyos buques se estrellaban contra ellos (Ibid. 17). Reinaba en muchas tierras de Europa este uso bárbaro, y parece haberse adoptado general­mente el de apropiarse los intereses de los náufragos, y confiscados a beneficio del señor territorial en cuyos dominios era arrojado el buque (“De Westpbalen Monum. inedita, Rerum Germ”. v. 4 p. 907, etc. Du Cange, “vac. Laganum”. Beerh, “Rer. Mecleb”., l... p. 512). Entre los antiguos welches o naturales del país de Gallas había tres clases de personas que se podía matar impunemente, los dementes, los extranjeros y los leprosos (“Leges. Hoel. Dda”. citada en las “Observations on the statutes”, etc. p. 22). Cita Lauriere bastantes actas en que se demuestra que todo extranjero en muchas provincias de Francia quedaba esclavo del señor de la heredad en la cual hubiese vivido por un año y un dia (“Coutum. de Beauv”. c. 45, p. 254). Pero, como no podía ser duradera una práctica tan inhumana, creyeron los magnates deber contentarse con exigir de los extranjeros cierta contribución anual, o con imponerles algún extraordinario servicio. Sin embargo, cuando fa­llecía un extranjero, no le era dado legar nada por testamento y todos sus bienes indistintamente eran entregados al rey o señor feudal con exclusión de los here­deros naturales: a esto se llamó en Francia “droit d'aubaine” (Lauriere, “Préf des Ordonn”. t. 1, p. 15. Brussel, t. 2, p. 944. Du Cange, « voc. Albani”. Pasquier, “Recber­cbes”, p. 367). Es muy antiguo este uso de confiscar los bienes de los extranjeros que no se han naturalizado: trata de ello, si bien que obscuramente, una ley de Carlomagno del año 813 (“Cap. edito Baluz”., p. 157, 5). No solo estaban sujetos a este derecho los extranjeros sí que también los que permanecían en otro distrito que el suyo (Brussel, vol. 2, p. 947, 949). No es posible imaginar una ley más contraria a las relaciones mutuas de los pueblos; no obstante, en las antiguas leyes de las naciones de Europa se encuentra alguna cosa parecida: tocante a Italia, consúltese a Muratori (“Antiq. ¡tal. vol. 2, p. 14). No es poca mancha para el gobierno francés el que subsista aún a mediados del siglo XVIII una costumbre tan contraria a la humanidad y a la sociabilidad en una nación tan civilizada.

El desorden consecuente a un gobierno tan débil, que era incapaz de esta­blecer o ejecutar leyes saludables, hacía en extremo peligrosa la comunicación entre las varias provincias de un mismo reino. En una carta de Loup, abad de Terrieres en el siglo nueve, se ve que estaban entonces tan infestados de ladro­nes los caminos reales, que se veían obligados los viajeros a reunirse en carava­nas para imponerse a los malhechores (Bouquet, “Recueil des bist”. vol 7, p. 515). En el mismo siglo demuestran los edictos de Carlos el Calvo cuan frecuentes eran estos actos de violencia; y se habían en efecto generalizado hasta el punto de que muchos apenas los reputaban crímenes, motivo por el cual los jueces infe­riores llamados centuriones debían jurar que no cometerían robo alguno ni protegerían a los ladrones (“Capitulo edito Baluz”. vol. 2, p. 63. 68). Patéticamente ha­blan de tales desórdenes los historiadores de los siglos nueve y diez, y pueden leerse algunos notables pasajes en Beerh. (“rer. Mecl”. l. 8, p. 603). Por último, se generalizaron tanto, se cometieron con atrevimiento tal estos atentados, que la autoridad de la magistratura civil no tuvo ya fuerza bastante para reprimirlos. Imploróse el auxilio del poder eclesiástico, celebráronse solemnemente conci­lios, trasladáronse a ellos los cuerpos santos, y fulmináronse en presencia de estas reliquias anatemas contra los ladrones y demás que perturbaran la tranqui­lidad pública (Bouquet, “Recueil des bist”. t. 10, p. 360. 431. 536). Se ha conserva­do una de esas fórmulas de excomunión que se lanzó en 988, y es tan extra­ordinaria, y tan particular su género de elocuencia, que merece copiarse.



Después de la introducción de costumbre y del pormenor de las violencias que habían dado lugar al anatema, dice así: “Oscurézcanse vuestros ojos por codiciosos; séquense vuestras manos que robaron, y pierdan su vigor todos vuestros miembros que cooperaron al crimen. Que trabajéis incesan­temente sin que recojáis el fruto de vuestras fatigas. Que os embarguen el pavor y el espanto a vista del enemigo persígaos o no, y que el miedo os abata y consuma ¡Sea vuestro destino estar junto a Judas el traidor, en la tierra de muerte y de tinieblas hasta que se conviertan y hagan penitencia vuestros corazones! Que no se alejen de vosotros estas maldiciones ni ce­sen de atormentaros mientras estéis sepultados en el pecado de depravación! Así sea, amen (Bouquet, “Recueil”, p. 517).

3) HERDER, Johann Gottfried: Auch eine Philosophie der Geschíchte zur Bíldung der Menschheit, [Otra filosofía de la historia para la educación de la huma­nidad], 1774; Sección primera, I.
Biografía: Johann Gottfried von Herder (1744-1803). Filósofo y crítico literario alemán que con sus escritos contribuyó a la aparición del romanticismo alemán. Como líder del movimiento del “Sturm und Drang” (tormenta e impulso) inspiró a muchos escritores, entre ellos a Johann Wolfgang von Goethe. Von Herder nació el 25 de agosto de 1744 en Mohrungen, y estudió en la Universidad de Königsberg con el filósofo Immanuel Kant. Entre sus primeras obras críticas se encuentran los “Fragmentos acerca de la literatura alemana moderna” (1766-1767), que preconizaba la emancipación de la literatura alemana de las influencias extranjeras. Sus siguientes ensayos –incluyendo uno escrito en colaboración con Goethe, “Sobre el estilo y el arte alemán” (1773) – buscaban una vuelta a la literatura popular, a la poesía de Shakespeare y Homero y a desarrollar la idea concebida por Herder del “Volksgeist” (carácter nacional), que se expresa en el idioma y la literatura de un país. Con la ayuda de Goethe, Herder consigue un cargo gubernamental en Weimar, donde escribe su obra magna y su mayor contribución a la filosofía: “Ideas para una filosofía de la historia de la humanidad”, escrito entre 1784 y 1791, cuatro volúmenes donde intenta demostrar que tanto la naturaleza como la historia humana obedecen las mismas leyes. Hacia el final de su vida, Herder rompió con Goethe y el clasicismo alemán, tomando partido por una poesía de corte didáctico, como se puede observar en “Cartas sobre el progreso del hombre”, escrito entre 1793 y 1797, donde expone su desacuerdo con la filosofía kantiana. Murió el 18 de diciembre de 1803 en Weimar.
Edición: HERDER, J. H., Obra selecta, Madrid, Alfaguara, 1982 (Col. Clásicos Alfaguara; traducción, prólogo y notas de Pedro Ribas), pp. 295-297, 335-338.
Nadie en el mundo siente más que yo la debilidad de las caracterizacio­nes generales. Pintamos un pueblo entero, una época, una región, ¿a quién he­mos pintado? Resumimos los pueblos y las épocas que se suceden en una alternancia infinita, como las olas del mar, ¿a quién hemos pintado? ¿A quién se refiere la palabra que describe? En definitiva, no los resumimos más que con una palabra general con la que cada uno piensa y siente acaso lo que quiere. ¡Imperfecto medio de descripción! ¡Con qué facilidad podemos ser entendidos de forma equivocada!

¿Quién ha observado que es imposible expresar la peculiaridad de un ser humano, señalar su distintivo distinguiéndolo, el modo como siente y como vive, la diferente y peculiar manera de apropiarse de todas las cosas una vez que su ojo las ve, que su alma las compara, que su corazón las siente? ¡Qué profundi­dad reside simplemente en el carácter de una nación! Por muy a menudo que la hayamos percibido y nos hayamos asombrado de ella, huye de la palabra y, al menos en ésta, ocurre tan pocas veces que todo el mundo reconozca que la comprende y comparte. Si es así, ¿qué sucederá al pretender abarcar el océano de todos los pueblos, épocas y países, al pretender resumirlos en una mirada, en un sentimiento, en una palabra? ¡Pálidos e incompletos reflejos las palabras! A ellas debiera seguir, o bien preceder, el cuadro completo y vivo del modo de vida, de las costumbres, necesidades y peculiaridades del país y de su cielo. Para sentir una sola tendencia o acción de una nación, para sentir el con­junto de las mismas, debiera comenzarse por simpatizar con esa nación, encon­trar una palabra en cuya plenitud pensáramos todo eso; de lo contrario, lee­mos... una palabra.

Todos nosotros pensamos poseer aún los instintos paternales, familiares y humanos del oriental; pensamos ser capaces de conservar la fidelidad y el celo artístico del egipcio, la actividad fenicia, el amor a la libertad de los griegos, el alma fuerte de los romanos. ¿Quién no cree sentirse dispuesto a todo ello si el tiempo y la ocasión...?; pero mira, lector, ahí es donde nos encontramos. El más cobarde malvado sigue indudablemente poseyendo una lejana disposición y ca­pacidad para convertirse en héroe generoso, pero entre éstas y «el sentimiento completo del ser, de la existencia según ese carácter»... ¡un abismo! Por lo tanto, aunque no te faltara más que el tiempo y la ocasión para transformar en habili­dad y en instinto genuino tu disposición para seguir al oriental, al griego, al ro­mano, ¡un abismo! No se trata más que de instintos y de habilidades. Hay toda una naturaleza anímica que domina sobre todo, que modela todas las demás in­clinaciones y facultades del alma de acuerdo consigo misma, que colorea incluso los actos más indiferentes; para compartir tales cosas, no basta que respondas de palabra; introdúcete en la época, en la región, en la historia entera; sumérgete en todo ello, sintiéndolo; sólo así te hallas en camino de entender la palabra, pero de esta forma se desvanecerá también el pensamiento, «como si tú mismo fueses todo eso tomado en particular o en su conjunto». ¿Tú todo eso en su conjunto? ¿Tú quintaesencia de todas las épocas y de todos los pueblos? Ello pone de mani­fiesto, por sí sólo, la insensatez de la pretensión.

¡Carácter de las naciones! Sólo los datos de su constitución y de su historia deben decidir. Aparte de las inclinaciones que asignas a un patriarca, ¿no tuvo, no pudo tener acaso otras distintas? A ambas preguntas respondo simplemente: por supuesto que sí; por supuesto que tuvo otras, rasgos secundarios que se desprenden por sí solos de lo que he dicho o de lo que no he dicho, rasgos que yo conozco en la palabra, y conmigo quizá otros que tienen presente la historia patriarcal; es preferible que pueda tener otros muchos rasgos, en otro lugar, con­forme a la época, al progreso de la cultura, bajo otras circunstancias. ¿Por qué no iban a ser elegantes hombres de nuestro siglo un Leónidas, un César, un Abraham? ¿Por qué no podían serlo? ¡Pero no lo fueron! De esto se trata; sobre ello hay que preguntar a la historia.

Así me dispongo igualmente a las insignificantes contradicciones extraídas del gran detalle de los pueblos y de las épocas: que ningún pueblo continuó siendo lo que fue, ni podía serlo; que cada uno, al igual que todo arte y toda ciencia -¿y qué excepción hay en el mundo?- , ha tenido su periodo de auge, de florecimiento y de decadencia; que cada uno de esos cambios no ha durado más que el tiempo que la rueda del destino humano podía otorgarle; que, final­mente, no hay en el mundo dos momentos que sean idénticos; que, por consi­guiente, tampoco los egipcios, ni los romanos, ni los griegos, fueron iguales en todo tiempo. Me estremezco pensando en las objeciones que pueden presentar a este respecto las personas sabias, especialmente los conocedores de la historia. Grecia se componía de múltiples países: atenienses y beocios, espartanos y corintios, estaban muy lejos de ser iguales. ¿No se practicaba ya en Asia la agri­cultura? ¿No llegaron los egipcios a comerciar tan bien como los fenicios? ¿No fueron los macedonios tan conquistadores como los romanos? ¿No fue acaso Aristóteles una cabeza tan especulativa como Leibniz? ¿No superan en bravura a los romanos nuestros pueblos nórdicos? ¿Eran todos los egipcios, griegos y roma­nos, iguales, lo son todas las ratas y ratones? ¡No!, pero son ratas y ratones.
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¡Nuestro sistema comercial! ¿Puede imaginarse algo más refinado que esta ciencia que lo abarca todo? ¡Qué miserables eran los espartanos, que empleaban a sus ilotas para la agricultura! ¡Qué miserables los romanos, que encerraban a sus esclavos en prisiones subterráneas! En Europa se ha suprimido la esclavitud (1), porque se ha calculado cuánto más costarían y cuánto menos aportarían los escla­vos que la gente libre. Sólo una cosa nos hemos seguido permitiendo: utilizar tres continentes como esclavos, traficar con ellos, desterrados a las minas de plata y fábricas de azucar. Pero no son europeos, no son cristianos, y nosotros obtenemos a cambio plata, piedras preciosas, especias, azúcar y... enfermedades internas: todo ello, pues, a causa del comercio, en favor de la mutua ayuda fraternal y la comunidad de los países.

«¡Sistema comercial! » Es evidente la grandeza, el carácter único de esta orga­nización. Tres continentes asolados y organizados por los europeos, nosotros, en cambio, despoblados, castrados, por ellos, hundidos en la opulencia, el desolla­miento y la muerte; esto se llama traficar rica y felizmente. ¿Quién no toma parte en la gran nube de la que chupa Europa, quién no penetraría en ella y vendería, a falta de otros, a sus propios hijos como supremo comerciante? El antiguo nom­bre, «pastor de los pueblos», se ha convertido en el de monopolizador; si la nube rompe en mil vientos huracanados, ¡gran dios Marnmon, al que todos servi­mos ahora, socórrenos!

«¡Modo de vida y costumbres!» ¡Qué miserable época, cuando había toda­vía naciones y caracteres nacionales!, ¡Qué odio y aversión recíprocos frente a los extranjeros, qué limitación al alma propia, qué prejuicios ancestrales, qué apego al terruño donde hemos nacido y en el que nos pudriremos, qué menta­lidad local, qué estrecho círculo de ideas, qué eterna barbarie! Entre nosotros han desaparecido, gracias a Dios, todos los caracteres nacionales; todos nos ama­mos, o mejor: nadie necesita amar al otro; tenemos relaciones, somos iguales: educados, corteses, felices, no tenemos patria, no tenemos gentes «nuestras», para las que vivir, pero somos, en cambio, amigos de la humanidad y cos­mopolitas. Todos los gobernantes de Europa, todos nosotros, pronto hablare­mos francés y entonces, ¡felicidad!, la edad de oro vuelve a comenzar, «toda la tierra hablaba la misma lengua, habrá un sólo rebaño y un sólo pastor». Carac­teres nacionales, ¿dónde estáis?

«¡Modo de vida y costumbres de Europa!» ¡Qué virtudes góticas: la modes­tia, la timidez juvenil, el pudor!. Nos deshacemos pronto del equívoco e inútil manto de la virtud; tertulias, mujeres (que ahora son las que más prescin­den del pudor y las que, también es cierto, menos lo necesitan). Incluso nuetros padres lo borran pronto de nuestras mejillas y, si no ellos, los maestros de buenas costumbres. Si vamos de viaje, ¿quién llevará de nuevo el vestido de la infancia, una vez que se ha quedado pequeño, pasado de moda y fuera del buen gusto? Nosotros tenemos osadía, tono social, facilidad para servimos de todo, bella filosofía, «delicadeza de gusto y de pasión». ¡Qué gusto más tos­co poseían todavía los griegos y romanos! No tenían la menor gentileza en el trato con el bello sexo. Platón y Cicerón pudieron escribir tomos enteros de diálogos sobre metafísica y artes viriles sin que hablara nunca una mujer. ¿Quién soportaría entre nosotros una obra sin amor, aunque se tratara de Filoctetes en su isla desierta? Voltaire, pero véase la seriedad con que él mismo advierte so­bre las consecuencias. Las mujeres son nuestro público, nuestras Aspasias del gusto y de la filosofía. Nosotros sabemos poner un corsé a los torbellinos carte­sianos y a la atracción newtoniana; escribimos la historia, los sermones y qué sé yo cuántas cosas más para las mujeres y como mujeres. Queda demostrada la fina delicadeza de nuestro gusto.

«¡Bellas artes y ciencias! ». Las más toscas pudieron ser desarrolladas por los antiguos, por la miserable y agitada forma de gobierno de las pequeñas re­públicas. Pero he ahí cuán tosca es la elocuencia de Demóstenes, cuán tosco es el teatro griego, cuán toscos son los mismos antiguos, tan celebrados. Su pintura y su música no han sido más que fantasías y voces infladas. La refinada flor de las artes ha esperado hasta la feliz monarquía. En la corte de Luis copió Corneille sus héroes y Racine sus sentimientos; se inventó un tipo enteramente nuevo de verdad, de emoción y de gusto, un tipo del que nada supieron los antiguos con sus fábulas, su frialdad, su falta de solemnidad: la ópera. ¡Loor a tí, ópera, punto donde se congregan y compiten todas nuestras bellas artes!

Fue en la feliz monarquía donde se produjeron aún invenciones. En lu­gar de las viejas y pedantes universidades, se descubrieron las brillantes acade­mias. Bossuet inventó una historia, consistente en pura declamación, sermón y registro cronológico, que era muy superior a la simplicidad de Jenofonte y de Tito Livio. Bourdaloue inventó su género oratorio, ¡cuán superior al de Demós­tenes! Se descubrió una nueva música, armonía, que no necesitaba melodía; una nueva arquitectura, cosa que todo el mundo había creído imposible, una nueva columna, y lo que más admirará a la posteridad, una arquitectura sobre la su­perficie y con todas las producciones de la naturaleza: la jardinería, llena de proporciones y simetría, llena de eterna fruición y una naturaleza enteramente nueva, sin naturaleza. ¡Dichosos nosotros! ¡Lo que hemos podido descubrir bajo la monarquía tan sólo!



La filosofía fue lo último en comenzar. Y ¡con qué novedad!, sin sistema ni principios, de forma que tuviese libertad para crear también lo contrario en otra ocasión; sin pruebas, recubierta de ingenio, pues «jamás una filosofía severa ha mejorado el mundo». Finalmente -¡magnífico invento!- en forma de me­morias y diccionarios, donde todo el mundo puede leer lo que quiere y cuanto quiere; y el más soberbio de los descubrimientos, el diccionario, la enciclopedia de las ciencias y artes todas. «Si ocurriera un día que el fuego y el agua hicieran desaparecer todos los libros, las artes y las ciencias, el hombre extraerá de tí, Enciclopedia, y lo hallará todo en tí». Lo que la imprenta ha sido para las cien­cias, lo ha sido la Enciclopedia para la imprenta: cumbre suprema de la difu­sión, exhaustividad y conservación eterna.

Debería celebrar todavía lo mejor, nuestros enormes progresos en la reli­gión: hemos empezado incluso a recontar las variantes de la Biblia; en los princi­pios del honor, desde que hemos suprimido la ridícula caballería y hemos con­vertido las órdenes en cintas para niños y para regalos cortesanos. Y, sobre todo, debería celebrar la cima alcanzada en materia de virtudes humanas, paternales, femeninas e infantiles. Pero, ¡quién puede celebrar todo en un siglo como el nuestro! Basta; somos «el vértice del árbol que se mueve en el aire; la edad de oro se acerca».


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