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2º Dragones de Challon MacGillivray


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Deborah MacGillivray

En su cama

In Her Bed

2º Dragones de Challon - MacGillivray

Argumento

No era la primera vez que Damian St. Giles se despertaba desorientado después de haber bebido demasiado, pero sí la primera en la que se encontraba a sí encadenado a una cama.

Como si fuera un sueño, una bruja de pelo rojizo apareció ante él para ofrecerle un brebaje que calmara su dolor… e inflamara su deseo. Pronto se da cuenta de que aquella belleza de las Highlands le ha dado un potente afrodisíaco y que está completamente preparada para tomar todo lo que su cuerpo pudiera ofrecer.

Lady Aithinne Ogilvie sabía lo que ese hombre debía representar para ella… Sólo sería un medio para conseguir un heredero que salvara su herencia de los salvajes guerreros escoceses y del codicioso rey Eduardo, y luego se desharía de él. Pero aún así, no podía negar la instantánea atracción que sintió por ese hermoso extraño, y la sensación de que sería el prisionero que yace sobre su cama el que acabaría reclamando su corazón.
Con sus brillantes ojos y flameante pelo rojo,

¿Cómo pudo ésta dama de poder y encanto,

elegir aquella noche para empezar con sus conjuros?

B. Badger.

Para Dawn Thompson

Leanne Burroughs y Monika Wolmarans y los GEMs (Hombres de ojos verdes)

¡Y para Sandi!

Capítulo 1

Noche del uno del mayo de 1296, Glen Shane, Escocia.

—¿Abandonas las festividades de Beltane, Damian? —preguntó Guillaume Challon.

—El humo del fuego… me marea. Me encuentro… mal. —En realidad, Damian St. Giles no estaba mintiendo a su primo.

Estaba enfermo.

No era la típica dolencia que podía aquejar a un guerrero que llevaba demasiados años viviendo con una espada en la mano. Esa enfermedad le carcomía el alma. Devoraba su corazón. De haber nacido con un carácter más débil podría haber considerado el asesinato como un remedio para curar su enfermedad. Era una pena que tuviera escrúpulos. El asesinato simplificaría la situación.

Sin reparar apenas en las celebraciones del Primero de Mayo, Damian se alejó de la hoguera. Se detuvo con emociones encontradas, y echó un vistazo hacia su primo, Julian Challon, por encima del hombro. Challon, un hombre atractivo, alto, fuerte y de pelo negro, el temido Dragón Negro, antiguo paladín del rey, era ahora el nuevo conde de Glenrogha, señor de ese valle y más allá.

A la edad de cinco años, Damian había sido enviado para servir como paje al Castillo de Challon en Normandía. Damian, tres años más joven que Challon, adoraba a éste. Más tarde se quedó para entrenarse como escudero y ser armado caballero a manos del padre de Julian. Al tener el pelo negro y los ojos verdes tan parecidos a los de los hijos de Challon, todo el mundo dio por hecho que Damian era otro dragón bastardo en la carnada del conde Michael.

La riqueza y la gloria recayeron en Julian; sus derechos de nacimiento como heredero de Challon. Damian quería de verdad a su primo, lo respetaba por encima de todos los demás; ni una sola vez sintió resentimiento por los elogios que recaían sobre él. Durante décadas sus lazos se habían reforzado. Era un privilegio servir a Julian junto a Guillaume y Simon; los hermanastros bastardos de Julian. Los Dragones de Challon, susurraba la gente. Los hombres los temían. Las mujeres los deseaban. Se habían salvado la vida los unos a los otros demasiadas veces como para llevar la cuenta.

Durante años, había estado orgulloso de permanecer a la sombra de su primo sin asomo de envidia. Jamás pensó que algo pudiera interponerse entre ellos.

Cerró los párpados con un suspiro y luchó contra la aplastante desesperación que le embargaba. Esa situación era tan difícil de soportar precisamente porque se preocupaba de verdad por su primo. Cogió aire para reunir fuerzas, abrió los ojos y lo miró. Aunque intentara no hacerlo, también recorrió con la vista la multitud agrupada junto a la hoguera, buscando a Tamlyn MacShane, señora de Glenrogha.

Tamlyn.

La mujer que debería haber sido suya.



Al no localizarla, volvió a mirar a Julian una vez más, con las palabras agolpándose en su cabeza. Palabras inútiles. Palabras que nunca pronunciaría. De existir la más mínima esperanza de hacer que su primo cambiara de idea, Damian se humillaría delante de todos, se pondría de rodillas ante Julian en un gesto de súplica, para pedirle que liberara a Tamlyn de sus esponsales.

Sabía que no serviría de nada. Su primo amaba a Tamlyn con locura.

Sí, el rey Eduardo había decretado que su Dragón contrajera matrimonio con una hija de Hadrian, conde de Kinmarch y Julian había escogido a Tamlyn. El edicto real no tenía nada que ver con la razón por la que Julian planeaba tomar a lady Tamlyn por esposa. Su primo se consumía por ella, ansiaba poseerla con una impulsiva necesidad que resultaba aterradora. Y, por desgracia, Damian se alegraba por Challon. El alma de Julian llevaba demasiado tiempo atormentada. La encantadora Tamlyn poseía el poder de curarlo, de recomponerlo. De salvarlo.

Damian sabía que Julian atesoraba el vínculo fraternal que ambos compartían. Pero ningún hombre se interpondría entre Challon y su prometida. Mataría sin vacilar para poseer a Tamlyn. Ya se lo había advertido a Damian.

Lleno de frustración, contuvo las palabras que harían que su primo se volviera contra él. La única forma de poder verlo aquella noche, era ahogando su dolor en hidromiel.

Inclinó la bota de cuero y maldijo al encontrarla vacía. Qué raro, no recordaba haber bebido tanto. Estaba a punto de tirarla cuando un hombre enorme chocó contra él.

Tambaleándose, y mareado a causa de la bebida, lo primero que pensó era que había chocado contra un muro. Sus ojos subieron por la pared de inmóvil carne y lo contempló embobado, mientras su cerebro intentaba asimilar lo que estaba viendo. Alto, de sangre vikinga, el forastero se mantenía de pie en posición defensiva delante de tres jóvenes.

Damian reconoció que había bebido demasiado, pero no era la primera vez. Nunca antes había visto doble, mejor dicho, triple.

Los tres jóvenes parecían ser exactamente iguales excepto en la ropa. El mismo pelo rojizo, estrechos rostros afeminados y los mismos ojos color avellana; iban vestidos con demasiada elegancia como para no ser nobles. Al mirar detenidamente sus rasgos, le costó diferenciar a uno de otro. ¿Trillizos? ¿Qué cosa del diablo era aquello?

Quizá los escoceses echaban en el hidromiel algo más que miel. Parpadeó tres veces, con la esperanza de ver sólo una cara sonriente, sin embargo, cuando abrió los ojos, seguían allí. Sonriéndole abiertamente, con sus semblantes radiantes de placer por alguna razón desconocida.

¡Maldito desconcierto!

La atención de Damian se desvió cuando el Culdee, el sacerdote de la Antigua Iglesia Celta, echó unas hierbas secas en la hoguera. El humo se volvió espeso y se elevó en forma de espiral, con un aroma estimulante y embriagador. El sudor le cubrió la frente.

El que estaba en medio le ofreció la mano.

—Hugh Ogilvie.

Damian la aceptó, todavía perplejo.

—Damian St. Giles, lord Ravenhawke.

Hugh dio un codazo a su doble de la izquierda, quien se lo devolvió, luego, empujó al hermano de la derecha. Éste se rió por lo bajo, ganándose también un golpe con el codo, más fuerte en esa ocasión, con intención de hacerlo callar.

El de la derecha le ofreció una copa.

—Yo soy Lewis. Pruebe esto, amable señor. Es un brebaje especial. Está hecho de brezo, es la cerveza de los Pictos.

Un salvaje grito de guerra desvió la atención de Damian de vuelta a la celebración. Un hombre, ataviado con pantalones de gamuza atados a sus piernas mediante correas de cuero hasta medio muslo, se alzaba por encima de las llamas de la fogata, dando casi la impresión de dividir el humo. No llevaba nada más, aunque sobre su cabeza exhibía la cornamenta de un gran ciervo. Ejecutó unos saltos, tomando impulso para volar por los aires y luego, con la gracia de un gato, aterrizó ante Challon.

—Bebed —insistió Lewis—, y todos vuestros deseos se realizarán.

—Deseos, bah —se burló Damian—. Los deseos son para los tontos. Yo sólo necesito beber hasta olvidar lo que no puede ser mío.

Hugh empujó su codo.

—Sí, esto lo conseguirá. Puede que más… incluso que os sean concedidos vuestros más profundos deseos.

Al no tener nada que perder, Damian se encogió de hombros y se bebió todo el contenido de la copa de latón, cuyo fuego se extendió por todo su cuerpo.

—Espero que sea así. Ésta noche lo necesito. El último trillizo le rellenó la copa.

—Yo soy Deward, vamos, bebed hasta hartaros, esto os aclarará las ideas. No sois de por aquí, lord Damian. ¿Vais muy lejos?

—No, me dirijo hacia el norte en una misión para el rey Eduardo.

—¿Entonces no os vais a quedar en Glenrogha para servir a vuestro señor hermano? —preguntó Lewis.

—Challon no es mi hermano. No soy más que su humilde primo. Sólo me entretendré hasta verlo acomodado y luego seguiré adelante para reclamar la propiedad de mi abuelo.

Los tres hombres se miraron el uno al otro y luego sonrieron de oreja a oreja.

—¿Primo decís? Sois como su imagen en un espejo. Igual que nosotros.

Mientras iba sintiendo los efectos de la extraña poción, se le aligeró el humor de repente. Cuando Damian se echó a reír todo el esplendor alrededor de la hoguera se sumergió en la oscuridad.

—Yo soy más alto… y más guapo.

Las sonrisas idiotas de los tres se hicieron más anchas, con Deward, al menos Damian creía que era Deward, asintiendo sin parar.

—Oh, sí, mucho más, casi perfecto, justo lo que necesitamos, parece cosa del destino, ¿verdad?

Las cabezas de los otros dos asintieron para mostrar su acuerdo.

—Oh, sí. Verdaderamente perfecto.

La melodía bajó de tono, desviando la atención de Damian hacia un gaitero solitario que tocaba un persistente estribillo. Las notas flotaban hasta morir en la cálida noche, arremolinándose en torno a él, e invadiendo su cerebro. La música provocó un profundo y sensual latido en su sangre, consumiendo su voluntad. Unos sordos susurros recorrieron la reunión, seguidos de un suspiro colectivo.

Entonces Damian la vio.

Avanzando hacia la luz de la hoguera, dirigió las manos hacia el velo largo que llevaba y las elevó hacia el cielo. Todo el mundo pareció ser incapaz de respirar en tanto ella permanecía en aquella posición de súplica, luego, gradualmente, permitió que el velo descendiera por sus brazos. El manto de Tamlyn, bañado por la luz ámbar del fuego, parecía de oro, tejido por la magia de las Highlands. Se adhería a su cuerpo, dividiendo ambos muslos. Una corona de flores de manzano coronaba su pelo suelto color miel, que ondeaba con la suave brisa. Un pesado collar de oro rodeaba su cuello, a juego con los brazaletes de las muñecas, único adorno en sus brazos desnudos.

Una princesa conjurada, desde las eternas nieblas escocesas.

Y Damian la deseaba más que a cualquier otra cosa que hubiera deseado en su vida.

Un segundo gaitero se unió al primero, tocando la hechizante melodía, mientras Tamlyn se elevaba sobre las puntas de sus pies desnudos y se balanceaba, meciéndose al ritmo del tambor. Los golpes del bodhrán proporcionaban la cadencia para el sensual movimiento de sus caderas. Cuando la música se intensificó, participaron más gaiteros. El cuerpo de ella se movía en un baile tan carnal y pecaminoso que una oleada de cegadora lujuria se apoderó de Damian. El muro de deseo se cerró en torno a él, casi paralizándolo.

Tamlyn rodeó el fuego. Sus movimientos ágiles y felinos cobraron fuerza, correspondiendo al poder de la melodía, cuando extendió las piernas y giró. Lanzó el velo, arrastrándolo tras ella a modo de alas.

Permaneció hechizado, con el corazón latiendo al ritmo del tambor y su sangre espesándose hasta que le dio vueltas la cabeza. Se sintió enfermo. Aquella mujer no era suya. Nunca lo sería. Incapaz de apartar los ojos de ella, la observó danzar en el aire, exaltada por la extraña música. Una melodía que tenía una vida y una magia completamente propias.

Ella bailaba para Julian. Solamente para Julian.

Damian se tambaleó por la sensación de pérdida, un dolor tan profundo que su corazón casi dejó de latir. Durante años aquel rostro había atormentado sus sueños, el de la mujer que iba a ser suya. En vez de eso, ella bailaba para su primo. ¿Cómo podían sus visiones, que jamás le habían fallado, ser tan erróneas respecto a eso?

Hugh volvió a llenarle la copa.

—Vamos, extranjero, bebed hasta hartaros y olvidad vuestras penas.

Damian hizo lo que le indicaban, impaciente por aferrarse a algo que posiblemente tuviera el poder de ayudarle a olvidar. Esa vez, el efecto le pareció aún más fuerte, la quemazón del brebaje le recorrió por dentro, trazando un camino de fuego hacia su estómago. Al volver la vista hacia la hoguera vio que ahora Julian estaba bailando con Tamlyn. El baile era un preludio de la cópula. Supo, con una intensa angustia, que aquella noche su primo poseería a Tamlyn, haciéndola suya. Para la gente de Glenrogha la unión del señor de Glen y la reina de mayo era un gran rito. Un buen augurio para los clanes Shane y Ogilvie.

Cerró los ojos y se tambaleó, asqueado hasta lo más profundo de su alma. Todo empezó a darle vueltas hasta que temió desmayarse.

—Estáis pálido, señor. Vamos, bebed —lo animó Hugh, llenándole otra vez la copa—. Permitid que esto calme la aflicción de vuestra alma atribulada.

Su intuición de guerrero le advirtió de que tal vez estuvieran dándole una bebida con droga, aunque desconociera la razón. Poco importaba. Vio que Julian besaba a Tamlyn ante la hoguera. Ya daba todo igual. Y sin importarle lo más mínimo, Damian miró la taza y los residuos de hierbas que flotaban en la superficie del líquido, y se la llevó a la boca, bebiéndose el contenido de un trago.



—Vuestros hermanos han vuelto. Han cabalgado sin descanso para regresar a Lyonglen —urgió la anciana—. Debéis apresuraros. La noche se está desvaneciendo.

Aithinne Ogilvie asintió, mirando con enfado la copa que tenía en la mano. En la superficie de la sidra giraban y bailaban trocitos de hierbas.

—¿Estás segura de que esto es lo que debo hacer? La curandera sonrió.

—Y lo preguntáis ahora. Creía que habíais decidido tomar éste camino y que nada podría disuadiros.

Mareada y con nervios en el estómago, Aithinne contempló la capa de polvo que cubría el líquido de la taza.

—Entonces estábamos hablando. Ahora. Oona se echó a reír, rodeándola despacio.

—Ahora tenéis a un hombre espléndido encadenado a la cama de la torre, tan desnudo como el día en que nació. No tardará en despertar. No os demoréis. Bebeos la poción. Hacedlo. Debéis yacer con él durante las siete noches de luna creciente, y más de una vez cada noche. Tantas como él os posea. He echado las runas. Han dicho lo que debéis hacer.

—Och, tú y esas costumbres vikingas. Eres escocesa, Cailleach1.

—Guardaos los insultos, Aithinne Ogilvie. Puede que sea una anciana, pero no soy la diosa arpía1. Ésta noche es Beltane. Una gran magia se eleva. Afectará a vuestra prima Tamlyn en Glenrogha y, como el reflejo en un espejo, a vuestra vida también. Los augurios revelan un gran advenimiento. Las mareas del cambio cabalgan sobre el viento. Es la voluntad de los Ancianos.

—Aún así… —Ahora que había llegado el momento de actuar, dudaba en dar el paso final. Oona sonrió, sus ojos ambarinos eran como los de un gato.

—Conociendo a vuestros hermanos y su forma de actuar, hicieron bien trayendo a éste hombre para vos. Cualquier mujer que todavía respire lo querría en su cama. Ah, es un hombre hermoso, superior a muchos.

—No quiero a muchos. De eso se trata, ¿recuerdas? —masculló Aithinne, mirando con furia la copa de plata.

—¿Queréis que Phelan Comyn o Dinsmore Campbell vengan a Lyonglen a reclamaros? Entonces sería una violación, ya que vos no consentiríais jamás. —Se volvió hacia Aithinne, inmovilizándola con ojos hipnotizadores—. Claro que podíais haber tenido a Robert Bruce. Os cortejó. Pero no, vos lo rechazasteis.

—¿El Niñato de Eduardo? —bufó ella—. Lo único que quería el nuevo Lord Carrick eran Lyonglen y Coinnleir Wood; la fortaleza es una espada clavada en la espalda de los Comyn, sólo me desean para extender el poder del clan Bruce por las Highlands. No voy a permitir que los hombres me usen en sus juegos de intriga. Malditos sean todos. Yo no les importo, sólo quieren la propiedad.

—Entonces condenadlos a todos. De ésta manera conservareis el poder. Ejerced la magia.

—¿Pero yacer con un extraño? Oona, ni siquiera sé su nombre. —A Aithinne le tembló la mano mientras miraba la taza que contenía la facultad de poder cambiar el resto de su vida.

—Ah, mi linda muchacha, con un hombre así en vuestra cama… cualquier mujer actuaría primero y preguntaría después. El tiempo y la marea son los adecuados. —Su risa fue lasciva—. El hombre es apropiado. Sí, con miembros largos y la constitución de un poderoso corcel. Cabalgadlo, aceptad su simiente en vuestro interior, ordeñadlo hasta dejarlo seco. Conoced el placer. Ésta noche y seis más. No os detengáis. La luna se eleva tarde. Cuando su pálida luz inunde la habitación de la torre, hacedlo vuestro. El conjuro está echado. No hay vuelta atrás ni para él ni para vos.

Aithinne trató de estabilizar su mano respirando profundamente. Qué estúpida había sido al pensar que aquello, la solución al lío en el que se encontraba, iba a ser fácil. En primer lugar, la farsa debería haber mantenido alejados de Lyonglen a los ávidos lobos; en segundo lugar, impedir que Dinsmore o Phelan la raptaran y retuvieran como rehén hasta haber engendrado un hijo en ella, con la intención de forzarla a un matrimonio de las Highlands.

Una mentira genera otras. Ahora se encontraba allí parada, dispuesta a entregar su virginidad a un extraño. ¿Cuántas mentiras se derivarían de esta acción?

La invadió el temor. Estremeciéndose, estuvo a punto de estrellar la copa contra la pared, poniendo fin a esa locura. No podía llevar a cabo aquel plan descabellado.

Oona había sido específica en sus instrucciones, en cuanto a la manera en que se unían un hombre y una mujer. Desde luego, viviendo en una fortaleza era difícil no tener algunas nociones sobre las distintas formas de apareamiento. Había montas de caballos, de vacas y de ovejas. Frunció el ceño. Al parecer todo el maldito mundo pasaba una gran parte de su vida apareándose… o hablando de ello.

Todos excepto ella, pensó suspirando.

Aunque las enseñanzas de Oona resultaron esclarecedoras, Aithinne francamente no entendía cómo lo lograban algunos. Se estremeció. No, no podía llevar a cabo aquel loco y desesperado complot.

Otra mentira más que añadir al montón de ellas. Era difícil llevar la cuenta de las falsedades que había dicho en el transcurso de los dos últimos meses. Cada día costaba más separar lo falso de lo verdadero.

Oona la miró, escrutando su mente sin tapujos. La anciana bruja tenía el don de la clarividencia y leía todos sus pensamientos; Aithinne no conocía ninguna defensa contra los poderes de la mujer. Las palabras de Oona interrumpieron sus reflexiones.

—Os arrepentiréis de no terminar lo que habéis empezado. No retrocedáis, muchacha. Para una doncella sólo hay un doloroso pinchazo, luego el miembro de él estará dentro de vuestro cuerpo, más profundo de lo que podáis imaginaros. Respirad lentamente. Acogedlo, uníos a él con fuego. Vuestro cuerpo ha permanecido dormido durante demasiados años. Permitid que os haga mujer.

Lo dijo con tono monótono, tejiendo el hechizo para asegurarse de que su señora estuviera dispuesta. Aithinne lo sabía. La atracción de las palabras era oscura.

—Chupará vuestros pechos, pero no como un bebé. Dejadle. Animadlo. Os gustará. Pellizcará vuestros pezones.

—¿Por qué? Eso dolerá. —Aithinne alzó la vista de la copa, sorprendida.

—Lo que os duela en éste momento y lo que os duela cuando estéis con él, son dos cosas diferentes. Os gustará, lo ansiaréis. Quizá lo supliquéis. Ese tipo de caricias son las que preparan a vuestro cuerpo para la posesión.

Luchando contra el mareo, unos desconocidos deseos despertaron a la vida en Aithinne. Aquello la asustó. La aterrorizó. Nunca había sabido que aquellas cosas existieran dentro de su cuerpo y su mente. A pesar del fuego lento en su vientre, dudaba en cuanto a abrirse a cualquier hombre de aquella manera.

Justo cuando los músculos de su brazo se tensaban para tirar la copa, su hermano Deward abrió la puerta de golpe y entró corriendo.

—¡Aithinne! Dinsmore Campbell y sus hombres están en las puertas, exigen entrar, dicen que es tarde y que necesitan comida y alojamiento. ¿Qué vamos a hacer? No puedes dejarlos entrar.

Aithinne abrió mucho los ojos, levantó la copa y se bebió la sidra drogada de un trago.

En vez de tener un gusto tan asqueroso como tenían por lo general las hierbas de Oona, ésta era dulce. El calor inundó su estómago con la fuerza del whisky. Hormigueando y vibrando en su sangre, se extendió por su interior, abrasándola. Le causó un espasmo en la matriz, como la presión de un puño.

—Hermana, ¿te encuentras bien? —Deward parecía desconcertado. Claro que Deward siempre parecía desconcertado.

Unos pasos resonaron en el pasillo y otros dos jóvenes entraron precipitadamente, los dobles del primero; Hugh y Lewis. Ella calculaba que cuando el Creador repartió los cerebros, sus tres hermanos sólo recibieron uno para los tres. Ni siquiera podía llamarles medio tontos. Los trillizos eran un tercio tontos.

Unos pasos atronadores resonaron desde atrás. Un vikingo enorme se agachó rápidamente para entrar por la puerta abierta. En cuanto vio a Aithinne, cayó de rodillas, cerró la mano en un puño y se golpeó el pecho a modo de saludo.

—Princesa Aithinne, el bellaco Campbell exige entrar. Ella suspiró con cansancio.

—Einar, levántate y deja de llamarme princesa. Él se levantó con una reverencia.

—Sí, princesa.

Aithinne cerró los ojos, deseando desaparecer de allí. Levantó un párpado con la esperanza de estar en otra parte. Suspiró. El hechizo había fallado. Cuatro rostros brillantes la miraban fijamente, esperando instrucciones con impaciencia.

Si hubiera un hombre que luchara a su lado en vez de apoyarse en ella… El control del feudo de Coinnleir Wood estaba demostrando ser bastante difícil. Ahora tenía que mentir y maquinar para mantener a Lyonglen fuera del alcance de los codiciosos Comyn o de las manos de los siempre voraces Campbell.

—Estamos entre la espada y la pared —murmuró.

Sería tan satisfactorio tener a un hombre que la ayudara. Alguien que mantuviera alejados los problemas, un hombre con el que compartir las cargas de ambos feudos. Alguien en quien apoyarse en la oscuridad de la noche y que le prestara su calor.

Oona enarcó las cejas.

—Cuidado con lo que deseáis. Los Ancianos oyen los deseos tácitos y puede ser que los concedan.

—Me gustaría que así fuera.

—¡Concedido! Aithinne parpadeó.

—¿Qué?

—Así lo habéis deseado. Recordad por qué lo pedisteis —advirtió Ooanne, agitando un dedo ante ella.



Aithinne se frotó la frente, demasiado cansada por los meses pasados. Alzó la vista hacia el vikingo e invocó su manto de mentiras.

—Las puertas de Lyonglen permanecerán cerradas. Mi marido está indispuesto y no desea ninguna visita. Su pendón no ondea en la muralla. Eso debería indicar, incluso a un descerebrado como Campbell, que nuestras puertas están cerradas para todos los que lleguen; que busquen refugio en otra parte.

Hugh lanzó un grito y aplaudió.

—¡Estado de sitio! ¿Podemos lanzar aceite hirviendo sobre sus blancas cabezas rubias? Ella se rió.

—No, pero podéis vaciarles los orinales encima.

Lewis saltó de alegría y se apresuró a seguir a Hugh y al vikingo, excitado por tener Campbells a quienes atormentar. El único que se quedó fue Deward, que la miraba con ojos emocionados.

—Hermana, ¿cuánto tiempo vas a esconderte detrás de un marido enfermo cuando éste yace drogado desde que salió la luna? De todos modos no es tu marido, y en realidad no tienes derecho legítimo sobre Lyonglen? ¿Y qué pasará cuando el temible Eduardo, rey de los ingleses, venga y tengas…?

—Deward, cierra la boca. Soy consciente de mi situación y de la montaña de mentiras que podría llevarme a la Torre Blanca, prisionera del el rey de Inglaterra.

—¿Qué pasa con el hombre que tenemos en la torre? ¿No hicimos bien? ¿No te gusta? Aunque no miro a los hombres con el interés de una doncella, es hermoso. Hugh, Lewis y Einar están de acuerdo en que es perfecto para ti, es un hombre atractivo y fuerte. ¿No te gusta?, es fuerte.

—¡Deward, cállate! —Asió el hermoso rostro de su hermano con la mano y sonrió ante sus cálidos ojos ambarinos.

Había esperado que el comportamiento infantil de los trillizos fuera disminuyendo al alcanzar la edad viril. Cuando se acercaron a los diecisiete años, la esperanza se desvaneció rápidamente. Aún así los quería. Eran unos hermanos cariñosos que hacían cualquier cosa que ella les pidiera; la prueba de ello se hallaba tendida en su cama en el piso superior de la torre norte. Sólo eran un poco… hmm… despistados, de vez en cuando.

Por fortuna, Einar los protegía. El gigante hacía las veces de guardaespaldas para ella. Cada dama de Coinnleir Wood recibía el regalo de un guerrero vikingo como guardia personal, como parte de un antiguo tratado con el rey noruego Rolv, acordado aproximadamente cuatro siglos antes. Einar seguía todos sus pasos, exasperándola. Aunque era un excelente guerrero, tenía tanto sentido común como sus tres hermanos. Hacer que protegiera a los tres muchachos era la solución perfecta, ya que protegía a Hugh, Deward y Lewis, pero también impedía que el escandinavo se arrastrara tras ella, llamándola princesa y volviéndola loca.

—Agradezco tu interés y que hayas traído a un extranjero tan hermoso. Lo has hecho bien, hermano. Ninguna hermana podría ser tan bienaventurada. —O maldita, se rió para sí.

—¡Vamos, Deward! ¡Volquemos los orinales encima de Dinsmore Campbell! ¡Qué divertido! —gritó Hugh bailando y riendo en la habitación—. ¡Retrete Dinsmore! ¡Retrete Dinsmore!

—Ve corriendo con él —lo animó ella con una sonrisa.

Deward se detuvo en la puerta, sus ojos revelaban más comprensión de lo que ella creía que fuera posible tratándose de él.

—Och, Aithinne, ve a ver a nuestro forastero. Es guapo, hicimos lo adecuado para ti. Aunque te queremos, hermana, ya no eres una niña. Ve junto a ese espléndido hombre, permite que te posea éste Beltane y cuando grites de placer, nosotros nos burlaremos del Campbell acampado abajo y le diremos que tu marido ha vuelto a copular contigo. Eso le hará dar media vuelta.

Una vez superado su poco habitual momento de seriedad, salió corriendo de la estancia sin esperar respuesta, con su alegría resonando por el pasillo.

Aithinne permaneció parada, agotada, sacudiendo la cabeza y sintiendo cada uno de sus veinticuatro años.

Cerrando los ojos, se imaginó el festival de Beltane. Ese año la ceremonia se realizaba en el feudo de su prima Tamlyn de Glenrogha. Las horas de oscuridad todavía eran cálidas; el aroma embriagador de las flores de los manzanos impregnaría el aire nocturno. La hoguera ardería en el cerro elevado hasta que rompiera el alba y Tamlyn hubiera bailado como la reina de mayo. Aithinne casi podía oler las aromáticas flores y oír la música flotando en la brisa.

Qué no daría ella por haber estado allí en vez de ocultarse entre los muros de Lyonglen con

Dinsmore Campbell acechando fuera, en algún lugar.

—¡Atrancad la poterna! —gritó. Einar asomó la cabeza.

—Sí, princesa, se hará como deseáis.

Oona se rió suavemente mientras depositaba en manos de Aithinne un tarro cubierto con un trapo.

—Sí, muchacha, estáis oliendo flores de manzano. He puesto esto a calentar. Mi hechizo de

Beltane.

Aithinne respiró profundamente, dejando que la estimulante manzana, la lavanda, la mandrágora y el brezo inundaran su mente.

—¿Qué hago con esto?

—Frotaos el pecho, y algún otro sitio, con ello. Restregáoslo por donde queráis. La naturaleza hará el resto. —La curandera se rió por lo bajo con un centelleo de lujuria en los ojos.

—Oona, en mi vida ya no hay nada sencillo.

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