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1er Congreso Latinoamericano de Historia Económica (cladhe I) IV jornadas de Historia Económica (IV jhe) Simposio 18 Fracasos y ciclos de vida de las empresas en Latinoamérica Beneficios y límites de la gran empresa agraria en el nacimiento del capitalismo


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1er Congreso Latinoamericano de Historia Económica (CLADHE I)

IV Jornadas de Historia Económica (IV JHE)

Simposio 18

Fracasos y ciclos de vida de las empresas en Latinoamérica
Beneficios y límites de la gran empresa agraria en el nacimiento del capitalismo rioplatense, 1800-1870

Autores: Roberto Schmit / Julio Djenderedjian

Filiación institucional: Instituto Ravignani, Universidad de Buenos Aires – UNGS, Argentina / Instituto Ravignani, Universidad de Buenos Aires – CONICET, Argentina

Dirección electrónica: rschmit@ungs.edu.ar / juliodjend@yahoo.com.ar



1. Introducción
Entre los debates más importantes de la historia rioplatense se encuentra sin duda la discusión sobre las causas del crecimiento y del estancamiento de la economía rural pampeana en los siglos XIX y XX. Dos tópicos principales se han destacado: en primer lugar, el rol que jugó la tenencia de la tierra y la gestación de la gran propiedad como variable clave en esos procesos. En segundo lugar, el examen de las prácticas de los empresarios, planteando el problema de la racionalidad de gestión, el predominio de una mentalidad “conservadora” o “innovadora”, y sus características. Las interpretaciones sobre esos problemas han caracterizado la performance del crecimiento rural de manera divergente. Por una parte, algunos trabajos postularon que, en su desarrollo, el capitalismo rural pampeano hizo uso óptimo de los recursos económicos disponibles y de sus ventajas comparativas, maximizando los factores locales de la producción de acuerdo al contexto internacional existente1. En tanto, otras líneas enfatizaron las limitaciones que presentaría esa expansión rural, pues lejos de haber sido plena habría tenido un papel subsidiario y dependiente de los mercados y capitales externos, destacando a la vez como principal limitación interna el predominio de la gran propiedad, lo cual resultó un freno al desarrollo sostenido de las fuerzas productivas2.
También el debate sobre las prácticas y lógicas de los empresarios rurales está abierto. En este tópico están quienes plantean que un comportamiento “conservador” supuestamente predominante entre los mismos no habría devenido solamente de la concentración de la propiedad rural, sino sobre todo del control que a la vez ejercían sobre las actividades comerciales y financieras. Así, estos actores se habrían caracterizado por un comportamiento cortoplacista, diversificando sus inversiones en la búsqueda de reducir los riesgos y procurando conservar la mayor cantidad de capital líquido posible, lo que habría redundado en bajos niveles de inversión en la producción rural y en sus capitales fijos3. Esas líneas interpretativas se reflejaron en el problema de cómo denominar a esos sectores: clase dominante, burguesía terrateniente o empresarios, y qué mentalidad adjudicarles, la de rentistas, especuladores o innovadores.
En la última década muchos autores han discutido esas propuestas al considerar que no hay suficiente evidencia que sostenga la hipótesis del predominio de un comportamiento “rentista” entre los empresarios rurales pampeanos del período, postulando además que las prácticas de inversión fueron mucho más ambiguas y heterogéneas4. Otros estudios han mostrado la actitud competitiva de los empresarios rurales bonaerenses, cuyo control de los factores era aleatorio, pese a lo cual lograron expandir y diversificar su producción, aun ante duras coyunturas ambientales, institucionales y mercantiles.5 Se ha puesto además de relieve, para la provincia de Buenos Aires en la segunda mitad del siglo XIX, el carácter innovador de un núcleo de grandes empresarios ganaderos de vanguardia en torno al refinamiento del vacuno, que constituyeron un círculo de sociabilidad ligado a la creación, ensayo y puesta a punto de nuevos métodos productivos, en lo cual su compromiso transformador los llevó a soportar fuertes gastos de inversión durante largos años sin obtener ingresos compensatorios, pero que hacia fines de esa centuria habían logrado construir y dominar un hito tecnológico de alto impacto6. Finalmente, en vista de la complejidad del problema se ha planteado la necesidad de realizar análisis comparativos con otros casos locales y latinoamericanos, así como tomar en cuenta que el comportamiento de los productores no puede ser analizado desde una lógica cultural única, sino que debe hacérselo desde una mirada antropológica más compleja.
La historiografía colonial y la del siglo XIX han dedicado también numerosos trabajos a las formas de organización, el uso de los factores y las estrategias de reproducción de las estancias7. Sin embargo la literatura aún no ha sido tan prolífica en darnos respuestas sólidas sobre el rol de ese complejo socio-económico en el largo plazo, por lo cual todavía carecemos de respuestas más firmes sobre las transformaciones ocurridas en las estancias y su incidencia en el crecimiento rural desde sus orígenes hasta la maduración del capitalismo rioplatense8. Una perspectiva así implicaría entre otras cosas trascender fuertes limitaciones heurísticas e incluso conceptuales, y no sólo historiográficas; se trata de que los horizontes de preguntas y los énfasis de los historiadores del período colonial han sido usualmente algo distintos de los que preocuparon a los del avanzado siglo XIX9.
Por otra parte, algunos trabajos de las últimas décadas referidos a la producción rural y al comercio del área platina han ido sugiriendo las posibilidades de las miradas de largo plazo, así como la existencia de un panorama complejo y cambiante en el desempeño rural entre fines de la etapa colonial y la década de 185010. Se ha planteado, entre otras cosas, que ya desde mediados del siglo XVIII, aunque con ritmos variables, se inició un proceso complejo e irregular, que culminaría con la consolidación de la economía pecuaria y su plena vinculación con la economía atlántica. En este último sentido se ha postulado que la región, pese a la persistencia de una intensa conflictividad bélica, habría logrado un crecimiento de la producción rural que, con altibajos, se aceleró durante el período independiente, diversificando a la vez sus rubros11.
De modo que, desde el último cuarto del siglo XVIII, al tiempo que se expandió la ocupación de nuevas tierras en las fronteras productivas del área, el movimiento hacia el mercado exterior fue adquiriendo un mayor dinamismo a lo largo de toda la centuria siguiente. Así, fueron alcanzando cada vez mayor importancia las charqueadas en Río grande del Sur y las estancias ganaderas en las provincias de la pampa argentina y en la Banda Oriental del Uruguay. Pero es fundamental tener en cuenta que, a pesar del crecimiento pecuario, hoy sabemos que ese desarrollo productivo no fue ni simple ni lineal, pues persistió una estructura rural diversificada en bienes ganaderos y agrícolas, con la presencia de explotaciones con lógicas y tamaños muy diversos, constituyendo un esquema productivo complejo y persistente.12
Por lo tanto, en la actualidad resulta significativo explorar la dinámica secular que habrían tenido las transformaciones de la economía rural, poniendo en discusión el desigual peso que experimentaron a lo largo del período los diversos actores sociales y las formas alternativas en que ellos pudieron obtener y gestionar los factores de producción. Lo cual implica examinar en detalle las diversas estrategias de funcionamiento de las empresas rurales grandes o medianas, así como el variado universo de las explotaciones más modestas basadas en buena medida en la fuerza de trabajo familiar.

2. Las estancias entrerrianas entre los siglos XVIII y XIX.

Dentro de aquel panorama general, hemos demostrado en otros estudios que el patrón productivo rural de los establecimientos entrerrianos entre fines del siglo XVIII e inicios del XIX estuvo determinado sólo en parte por los incentivos emanados desde los mercados externos, aunque sin dudas los mismos constituyeron siempre una referencia central para alcanzar rentabilidad, dado que el acceso a las plazas del Atlántico era la salida natural de la producción ganadera excedente. También se ha remarcado que en la definición del patrón productivo y en la consolidación de la empresa rural fue igualmente relevante la evolución de la oferta de factores locales, emergentes de los diversos costos según fuera el acceso a los recursos disponibles. De ese modo, en esta etapa temprana se acentuó la preferencia por la cría de ganado rústico alzado, es decir, no sometido a periódicos rodeos, más propia para un contexto institucional caracterizado por largas y permanentes coyunturas de guerra.13


Puede postularse que dentro del universo rioplatense el caso de Entre Ríos resulta particularmente ilustrativo de aquellas formas de expansión rural. Pues el crecimiento pecuario de esas décadas se debió esencialmente al aprovechamiento de los abundantes bienes naturales característicos del contexto local de entonces (pasturas y aguadas), junto a los cuales funcionaron también ciertos mecanismos institucionales, que en un contexto de frontera abierta, se caracterizaron por una amplia tolerancia a formas sui generis de usufructo de las tierras disponibles, ya fueran públicas o en posesión, formas por otra parte reconocidas por la corona española y luego por el Estado provincial. Todo ello, necesario para el desarrollo de una ganadería a bajo costo con características de gestión absolutamente extensivas, en una sociedad de frontera abierta y en expansión sobre tierras nuevas, derivó necesariamente en bajas necesidades de inversión de capital, de modo que la tolerancia al uso de la tierra pública y el poco personal empleado en relación al espacio ocupado compensaron la falta del mismo. Evitando los costos de compras de tierras, de importantes instalaciones y de mayores planteles de mano de obra permanente, los empresarios lograron una rentabilidad positiva que sin dudas hubiera disminuido significativamente sin ese uso extensivo de los otros factores, en razón sobre todo del alto costo del dinero y de la carestía relativa de trabajadores, demandados por el esfuerzo de guerra en una economía ya escasa de ellos. Así aquellas características de gestión definieron las pautas, las escalas de inversión y las estrategias de los empresarios rurales. Para funcionar bajo esos patrones locales hubo permanentes negociaciones con las autoridades para la organización de los ciclos productivos en medio de las coyunturas de reclutamiento militar.
Esos parámetros productivos extensivos resultaron los más adecuados para el funcionamiento de las estancias durante la primera mitad del siglo XIX. Pero en las décadas posteriores, cuando las mismas ya se habían consolidado, fueron surgiendo nuevas demandas centradas en animales aptos para la producción de tasajo, manufacturado en los saladeros que proliferaron en el período. Es decir, se trataba de un tipo de animales cualitativamente distinto de aquellos destinados hasta entonces sólo para la obtención de cueros, lo que exigía pautas más intensivas y específicas de manejo ganadero. Asimismo, comenzó a ampliarse la producción de ovinos para la exportación de lanas, que exigió la puesta en marcha de mecanismos de selección primero y cruza después con reproductores finos, y aún más específicas pautas de manejo del rebaño.
Entonces, en la segunda mitad del siglo XIX comenzó a abrirse una nueva época para la cual se volvieron ineficientes los tradicionales parámetros de funcionamiento de las estancias y los arreglos de convivencia entre intereses de los múltiples tipos de productores propios de las primeras décadas de la centuria. Se estrecharon así los márgenes de aceptación de las antiguas prácticas del mundo rural, las cuales se volvieron cada vez más difíciles de reproducir y plantearon limitaciones a la interacción entre los diversos componentes de la sociedad y la economía entrerrianas. En ese contexto se aceleró el proceso de transición institucional, que abrió una nueva coyuntura de cambios que se fueron definiendo sobre todo en las décadas de 1860 y 70. Emergió así una tensión cada vez más fuerte en el mundo rural entre la nueva coyuntura y los antiguos parámetros socio-económicos, planteándose entre otras cuestiones un profundo debate en torno al cambio del andamiaje de los vínculos económicos y jurídicos entre los actores económicos, que hasta entonces se había sostenido con pocas fisuras evidentes. Para entonces los principales “capitalistas” eran conscientes de que debían superar la etapa anterior para continuar realizando sus negocios dentro de un nuevo orden.
Por tanto, el análisis de la transición del mundo rural en este período debe aportar claves para comprender una serie de cambios planteados en la organización de las unidades productivas, y dar respuestas acerca del comienzo de las transformaciones económicas y sociales propias del “capitalismo” naciente. En el largo plazo, el análisis del surgimiento, consolidación y readaptación de las estancias tiene como principal desafío comprender la dinámica que une la herencia y las tradiciones dejadas por la sociedad tardo-colonial con los inicios de la segunda mitad de la era decimonónica, momento en que se abrió paso a la “modernización” productiva, y con ella los debates sobre los rumbos y estrategias de las empresas rurales.14
Para comprender mejor las rupturas y las continuidades, así como la trama de prácticas a que dieron origen, abordaremos en este trabajo ese complejo proceso desde un nivel micro a través del estudio de la evolución de los patrones de inversión rural y formas de organización de un paradigmático establecimiento rural rioplatense a lo largo de casi una centuria, intentando entender cómo los empresarios que lo dirigieron tomaron sus decisiones de inversión y gestionaron la producción.

3. La estancia del Potrero de San Lorenzo

El caso de estudio es la estancia del Potrero de San Lorenzo, situada en las orillas del río Uruguay, entre las poblaciones de Gualeguaychú y Concepción del Uruguay. Este gran establecimiento, conformado hacia 1771 por el doctor Pedro García de Zúñiga con la compra de dos importantes unidades productivas que habían pertenecido a Miguel Ignacio Diez de Andino y Francisco Alvarez Campana, constituyó desde inicios del siglo XIX un inmenso complejo de 64 leguas cuadradas (alrededor de 173.000 hectáreas), incluyendo cuatro de anegadizos y montes15. Más tarde, la propiedad pasaría a manos de la familia Elía hasta la década de 1850, en que sería adquirida por el general Justo José de Urquiza, quien explotó el establecimiento hasta su muerte en 1870, para luego pasar a manos de sus herederos. Quienes poseyeron esta propiedad fueron siempre personajes notables del Río de la Plata, con fortuna personal considerable, de la cual este establecimiento fue parte muy destacada, no sólo por su valor sino también por sus inmejorables recursos productivos.


El área donde se situaba la estancia es de buena calidad, con suelos negros fértiles aunque algo difíciles de trabajar por tener base arcillosa; aun cuando en la actualidad prosperan allí cultivos de cereales, oleaginosas y forrajeras, su aptitud principal es sin dudas la ganadería. La zona cuenta, además, con abundantes cursos de agua útiles para apagar la sed de los animales y, sobre todo, para controlar sus movimientos al funcionar como barreras naturales, cosa que en tiempos en que no existían cercados era una cualidad importantísima.16 Los mismos, sin embargo, contribuyen al alto índice de humedad relativa de la zona, conveniente para la cría de vacunos pero que afecta negativamente el rendimiento del ganado ovino. La altura media (unos 44 metros sobre el nivel del mar) le garantiza protección contra las peligrosas inundaciones que hacen estragos en áreas anegadizas muy cercanas; la presencia del río Uruguay brinda una excelente vía de comunicación hacia el estuario del Plata y la ciudad de Buenos Aires, a la que a inicios del siglo XIX se podía llegar en tres o cuatro días, con buen viento. La situación de la estancia, en medio de dos poblaciones en crecimiento (Gualeguaychú y Concepción) brindaba acceso diferencial a dinámicos mercados locales, y una valorización creciente de la tierra en función del aumento poblacional del área. Todas aquellas circunstancias conformaban condiciones muy buenas para la explotación pecuaria17.
Nuestro análisis pretende indagar las prácticas de organización productiva y las variaciones en los rubros y lógicas de composición del patrimonio rural a lo largo del tiempo. Para lo cual intentaremos conocer la gestión empresarial y las estrategias de combinación de factores más acordes a las coyunturas y sus resultados.

Elaboración propia en base al mapa de Martin de Moussy, Victor: “Carte des Provinces d’Entre-Rios, de Santa Fe et de la Bande Orientale...” Paris, 1865; incluido en la obra del mismo autor, Description Géographique et Statistique de la Confédération Argentine. Paris, Firmin Didot, 1860-64, Atlas (2da. edición, 1873), pl. VIII.


3. 1. La gestión de Pedro García de Zúñiga
El doctor Pedro García de Zúñiga fue un eclesiástico emparentado con algunas de las más notables familias rioplatenses, cuyos vínculos familiares y personales se extendían tanto hacia Buenos Aires como a Montevideo. Antepasados y colaterales suyos habían ocupado puestos de relevancia en la colonia, siendo miembros del Cabildo de Buenos Aires, desempeñándose asimismo en cargos militares y ejecutivos en la Banda Oriental luego del fin del dominio hispano. En 1771, García de Zúñiga conformó como hemos dicho su gran estancia, cuyas sesenta leguas útiles fueron valuadas seis años después en un total de 750 pesos (de 8 reales plata). En 1800, año de la muerte del propietario, su fortuna constaba de bienes por un valor de más de 71.000 pesos, de los cuales la estancia del Potrero constituía el más importante, con el 62% del total.
Cuadro 1. Composición de los Bienes de Pedro García de Zúñiga, 180018



Rubros

Valor pesos plata

Porcentaje

Bienes rurales

44.364

62%

Propiedades urbanas

16.069

22%

Esclavos urbanos

220

0%

Bienes industriales, muebles y utensilios

779

1%

Dinero en efectivo, plata y oro, deudas a cobrar

10.206

14%

Total

71.638



Las cuentas de la estancia de Pedro García de Zúñiga son sin dudas uno de los ejemplos más completos y aprovechables de los infrecuentes registros contables particulares de tiempos coloniales que nos han quedado. Hacia octubre de 1800 el complejo incluía siete estancias diferentes, con una principal, El Potrero, así como una fábrica de jabón y dos grandes quintas de árboles frutales muy variados, la mayor con más de 6.000 ejemplares. Entre las herramientas destacan los útiles de carpintería, existiendo además los necesarios para fabricar toneles, así como “una armazon de telar con sus balaustres y ocho lanzaderas y peine”19. La estancia, sin embargo, se especializaba en la producción ganadera, lo cual puede ya entreverse al analizar el inventario.


Cuadro 2. Distribución del capital invertido en la estancia del Potrero en 30 de octubre de 180020


Rubro


Valor en pesos

%


Tierras

6.500

15%

Construcciones

8.716

20%

Animales

19.893

45%

Muebles, útiles, mercancías, vehículos, cultivos

7.469

17%

Esclavos

1.755

4%




44.333




Se evidencia entre otras cosas que el valor de la tierra es mucho mayor que el de compra un cuarto de siglo antes, lo que sin dudas en parte debe atribuirse al proceso de capitalización y desarrollo vivido por la producción pecuaria local. De todos modos, la tierra aún apenas da cuenta del 15% del valor total del inventario, un porcentaje razonable para la época, ya que por entonces en algunas de las estancias estudiadas en Buenos Aires ese valor oscilaba entre 12 y el 22.% del capital.21


En otros aspectos, es de notar la política de uso eficiente de los recursos planteada por el propietario: junto a la casi ausencia de instrumentos de labranza (salvo una segur perdida y algunas azadas, sin duda destinadas a las quintas), que recuerda la baja rentabilidad de la agricultura cerealera para las grandes estancias que contrataban mano de obra, encontramos algunas embarcaciones (una canoa, una lancha o balandra), con las cuales se podía ahorrar parte de los altos costos de transporte de la época. Por lo demás, contaba con una casa principal bien construida y muebles de cierta calidad.
La propiedad se componía de siete diferentes puestos, cada uno de ellos en realidad denominado “estancia” en los inventarios, sin dudas por su importante tamaño, y que en lo sucesivo llamaremos “sub-estancia” para evitar confusiones22. Las mismas acusan una distribución muy desigual de la inversión en infraestructura, ligada tanto a la distinta cantidad de animales de cada una de ellos como a la presencia de la casa principal del Potrero en la que se encontraba la fábrica de jabón, y otra en la Centella, en donde existía el oratorio. Tanto el Potrero como la Centella, por otra parte situadas en forma equidistante casi en uno y otro ángulo del extenso campo, son también aquellas en donde se ha invertido más en corrales, lo cual indica que las mismas funcionaban como nudos de organización del espacio y de la producción.
La propiedad se hallaba dividida de norte a sur por una cuchilla o lomada de la que nacían diversos arroyos, estando ubicadas las estancias a una y otra parte de la misma, a fin de lograr un control más eficiente del ganado y del espacio. De cualquier forma, el conjunto de las dos sub-estancias del Potrero y de San Lorenzo, ubicadas en el ángulo sureste del campo, concentraban la mayor parte de los animales y de la inversión, sin dudas por tratarse del lugar mejor protegido de toda la propiedad por la presencia del recodo del río Uruguay. Además de ser así el sitio muy adecuado para la guarda y control del ganado, era el más cercano al mercado de Buenos Aires y el de más antigua ocupación, sin dudas a causa de todas esas ventajas. La inversión en ganado, principal activo inventariado, ocupa el 45% del valor total. Prepondera muy claramente el vacuno alzado o disperso, a pesar de la fuerte inversión en corrales, lo cual refleja los severos problemas de control por efecto de la escasez y carestía de la mano de obra y la presencia de monte, potenciados por la existencia de una fuerte sequía en esos años. El ganado, en busca del agua que faltaba en los arroyos, se refugiaba en las áreas bajas, las cuales a su vez se encontraban a menudo cubiertas de bosques, volviéndolo arisco, dificultando aún más las tareas de recogida y provocando el aumento de los animales “orejanos” o sin marca.23
La proporción de equinos (1 por cada 5 vacunos de rodeo en 1800) parece pensada fundamentalmente para el control del vacuno, aun cuando exista una escasa proporción de ovinos y una aún mucho menor de mulares. Esta circunstancia indica los mercados a los que se dirigía la producción de la estancia: entre marzo de 1801 y octubre de 1804, sobre un total de ventas por 13.881 pesos, los cueros y el sebo de procedencia vacuna constituyeron el 96% del total, con 10.587 y 2.765 pesos respectivamente. Los animales en pie, que en otro tiempo eran enviados en grandes hatos hacia los pueblos de las Misiones, sólo dieron cuenta del 1% del total, enajenados en su totalidad en las cercanías de la estancia24.
Esta estructura de inversión del capital, determinada por la orientación mercantil, implicó formas específicas de organizar el espacio y el ciclo productivo. En primer lugar, vemos que la carga animal por hectárea es sumamente baja, inferior a todas las estimaciones de la época. Mientras que la estancia de García de Zuñiga tiene una carga ganadera por hectárea de 0,23 animales, otras estimaciones muestran índices mucho mayores, que van de 0,49 a 0,89.25 Si construimos una unidad ganadera, según las estimaciones del censo provincial de Buenos Aires de 1881, con base en el vacuno, encontraremos que la misma sería de 0,22 por hectárea.26
Cuadro 3. Carga ganadera por hectárea en la estancia de Pedro García de Zúñiga, 1800

Vacuno manso

0,08

Vacuno alzado o disperso

0,12

Ovinos

0,01

Equinos

0,02

Porcinos

0,01

Mulares

0,00

Total de animales

0,23

Unidad ganadera (vacuno)

0,22

De cualquier forma esto debe relacionarse con la distribución del rebaño y de los trabajadores. En 1800 existía una dotación de 29 hombres, lo que significa aproximadamente 428 vacunos de rodeo por cada uno, o casi 600 animales de cualquier clase. Algunas estimaciones de la época indican que esta proporción era bastante baja, y además el dictamen del síndico Juan Carlos Wright hace hincapié en esa circunstancia para evaluar aprobatoriamente la eficiencia de la empresa durante la gestión de los albaceas. Debe tenerse asimismo en cuenta la importante cantidad de ganado alzado, el cual era también objeto de faenas y por tanto demandaba trabajo.27


Según hemos mostrado en otro trabajo, a inicios del siglo XIX la estancia de Pedro García de Zúñiga contrató alrededor de un 20% de su fuerza de trabajo entre la población nacida en el lugar o con residencia prolongada en el mismo.28 Esto indica el peso relativamente significativo de la mano de obra “flotante” (peones migrantes), lo que, como es natural, introducía factores de riesgo en el esquema productivo, en razón de la alta sensibilidad de los flujos migratorios de mano de obra a los cambios en las condiciones de la oferta local de brazos. Para reducir esa inestabilidad y también los costos, la tendencia a la formación de planteles de esclavos era al parecer bastante marcada en las grandes explotaciones29.
El estado de resultados elaborado por los albaceas testamentarios abarca el período 1 de noviembre de 1800 a 25 de marzo de 1804; durante el mismo se obtuvo una ganancia bruta de 2.036 pesos, resultado de la diferencia entre ingresos corrientes por 13.881 y gastos por 11.845. Anualizada, esa ganancia nos daría una renta sobre el capital inicial (44.333 pesos) de alrededor de un 1.3%. Si adicionamos la capitalización entre los inventarios inicial y final (consistente sobre todo en incremento de las haciendas) encontraremos que la tasa de beneficio anual ascendería al 5%, es decir muy similar a la tasa de interés corriente en la época, una situación de equilibrio que sin embargo no tardaría en trastocarse.30 En el siguiente esquema hemos resumido los datos fundamentales de ingresos y egresos, para obtener un índice de utilidad bruta (ingresos sobre egresos) capaz de ser comparado con los más fragmentarios y deficientes registros contables de los períodos posteriores.
Cuadro 4. Potrero de San Lorenzo. Ingresos y gastos, 1 de noviembre de 1800 a 25 de marzo de 180431


Entradas













Ventas en BA













Cueros

10.587










Sebo

2.765










Grasa

34










Jabón

75







Ventas locales













Ganado en pie

199










Jabón

163







Ventas a empleados de la estancia













Jabón

59



















Salidas













Salarios













Mensuales




7.373







Ropas, tabaco y jabón entregados a los esclavos

681







Manutención, alimentos y bebidas




227







Servicios pagados a destajo




456







Porcentaje del maestro jabonero




333




Gastos generales




403




Gastos de comercialización




1.428




Impuestos




944










13.881

11.845






















Ingresos s/gastos:

1,17



Nuestro índice, de 1.17, es apenas inferior a la rentabilidad anual sobre el capital; el mismo, y el peso de los gastos de comercialización e impuestos, nos definen a una empresa con un relativo equilibrio económico, marcada sin embargo por el estigma de altos costos de transacción y de acceso al mercado, propios del contexto de fines de la época borbónica. La circunstancia de tener que realizar en el puerto de Buenos Aires la amplia mayoría de su producción es otra consecuencia de ese contexto: la falta de alternativas mercantiles, o el costo sin dudas mayor aún de encararlas, definían claramente los límites de las estrategias gerenciales, cuyos resultados convergían de ese modo con los de los otros negocios de base urbana propios de la época. Si las había, en todo caso la empresa se vio impedida de aprovechar las posibilidades de un contacto más directo y lucrativo con el mercado internacional.




3. 2. La estancia del potrero de San Lorenzo en la primera mitad del siglo XIX

En 1800, a la muerte del doctor García de Zúñiga, quien no tuvo hijos, la estancia del Potrero y sus demás bienes pasaron a poder de su cuñado Juan Ignacio de Elía, quien lo sobrevivió poco tiempo, por lo cual finalmente heredó los bienes su hijo, Angel Mariano de Elía. Éste debió defender sus derechos a la estancia ante los numerosos intrusos que poblaban los lindes de la misma, los cuales eran personajes muy encumbrados de la política local32. El pleito, entablado hacia 1808, no debió de tener resolución a causa de los disturbios revolucionarios que afectaron duramente a la región y en medio de los cuales la familia Elía parece haber tenido que abandonar su propiedad, al menos temporalmente. Angel falleció en 1822; por lo cual su viuda Isabel Alzaga se presentó tres años después ante las autoridades entrerrianas, a efectos de recuperar la posesión del campo, la que obtuvo en 26 de agosto de 1827.33


Los tiempos revolucionarios, con numerosos ejércitos luchando en estos territorios y apropiándose y destruyendo los bienes rurales, dejaron a la propiedad prácticamente en ruinas. Los edificios quedaron inhabitables, los ganados desaparecieron y las tierras fueron ocupadas por aun más intrusos34. El lucro cesante de ese negro período es incalculable, sobre todo porque, como es sabido, la apertura externa traída por la revolución significó crecientes y fructíferas oportunidades para la producción ganadera rioplatense. En lo que respecta al devastado territorio entrerriano, sin dudas esas oportunidades existieron, no sólo durante la liquidación de stocks propia de los tiempos de guerra sino aun una vez que fue posible pensar en reconstruir esos planteles devastados35. Entre otras cosas, el aumento en los precios de la tierra que se percibe en forma fragmentaria en las fuentes de la época es un indicio de esa situación.
Isabel recomenzó penosamente los procesos productivos, ayudada por sus ocho hijos, en especial Nicanor, Máximo e Isaías, quienes con el tiempo iniciaron sus propios rebaños. Para la familia, como había ocurrido con Pedro García de Zúñiga, la estancia del Potrero era el bien principal de una fortuna considerable en su época, invertida por otra parte en un rubro con muy buenas perspectivas de expansión; sin embargo, los problemas inherentes a los difíciles tiempos que les tocó vivir y el casi permanente estado de conflicto en que se vio envuelto el territorio durante las décadas de 1830 a 1840 complicaron y obstaculizaron el proceso productivo y la obtención regular de ganancias. La recapitalización se volvió especialmente ardua en momentos en que la falta de animales había hecho subir sus precios a niveles astronómicos y la mano de obra escaseaba en forma más aguda que nunca por el fin de la esclavitud y el reclutamiento de los hombres para los ejércitos. Asimismo, en esos años la tasa de interés del dinero alcanzaba cotas antes nunca vistas, fruto de la inestabilidad financiera y monetaria pero también de la demanda de fondos para nuevas empresas productivas36.
En ese nuevo contexto se intentaron estrategias novedosas: una parte de la estancia fue arrendada ante la dificultad de ponerla en producción, para aprovechar así la creciente valorización de la tierra y hacerse de entradas líquidas fijas. Los contratos establecían que los arrendatarios debían efectuar determinadas mejoras en el campo, con lo que los propietarios esperaban lograr un cierto grado de reconstrucción de la unidad productiva sin incurrir en fuertes dispendios de capital. De todos modos se continuó la actividad ganadera en parte de la estancia, para operar lo cual se gestionaron préstamos. Buena parte de los mismos fue provista por la propia Isabel, a fin de evitar los altos costos financieros del mercado abierto de la época.
Asimismo, desde 1848 la empresa fue transformada en una sociedad por acciones. El contrato societario estipulaba que la mitad de las mismas corresponderían a Isabel y el resto a sus hijos, quedando Isabel como encargada del manejo del establecimiento, pudiendo nombrar administrador y debiendo presentar balance cada seis meses. La mitad de las utilidades se reservaría para constituir un fondo de amortización, previéndose con él cancelar las deudas existentes37. En el contrato, la estancia del Potrero de San Lorenzo figura con un valor de inventario total de 312.000 pesos fuertes, que dieron origen a 312 acciones, y que se dividían en 144 en campos, montes y poblaciones, y 168 en ganados de diversas especies.38
La nueva gestión, ahora comandada por Máximo Elía, se caracterizó por un audaz intento de resizing: entre 1848 y 1850 se construyó y puso en operación un saladero, marcando la adecuación de la explotación a los nuevos tiempos39. Sin embargo, la ingente inversión de capital que ello significó afectó gravemente las finanzas de la empresa: los costos de construcción y equipamiento del saladero (12.193 pesos bolivianos40) implicaron la toma de nuevo endeudamiento, que derivó en varios ejercicios con déficit. Luego de intentar infructuosamente remontarlos (para lo cual incluso doña Isabel gestionó y obtuvo un préstamo del gobierno entrerriano por 4.000 pesos bolivianos), se decidió la venta del establecimiento, concretada en 185241. El comprador fue el general Justo José de Urquiza.
Una vez en manos de su nuevo dueño (y descontando una porción de 13.655 hectáreas que quedó en poder de Genaro de Elía, quien se resistió a desprenderse de su parte) se elaboró un inventario de las existencias. La tierra fue entonces valuada en 120.000 pesos bolivianos; su valor se había casi multiplicado por cuatro desde 1800, constituyendo ahora el bien principal del establecimiento. Sin dudas, aún se sentían los efectos de la descapitalización de la primera mitad del siglo: la cantidad de animales había descendido bastante, contándose sólo 17.030 cabezas, de las cuales 9.942 vacunos. El vacuno ocupaba el 80.4% del valor total del ganado, siendo todavía ampliamente predominante; el ovino, en cambio, sólo tenía el 4.9%, inferior aun a los equinos (con el 10.3%)42. De cualquier forma no se trataba de objetos llanamente comparables: también el precio promedio de los animales había aumentado, decuplicando cómodamente el valor de media centuria atrás.

De todas formas, la carga ganadera por hectárea era aun más baja que en tiempos de Pedro García de Zúñiga: con un promedio de 0.09 unidad ganadera por hectárea, tanto ésta como las relativas a cada tipo de animal habían descendido con respecto al inicio del siglo, con la excepción relativa del ovino, que pasó del 0,01 al 0,03.


Cuadro 5. Carga ganadera por hectárea en la estancia del Potrero, 185543

Vacunos

0,07

Ovinos

0,03

Equinos

0,01

Mulares

0,00

Burros

0,00

Total de animales

0,11

Unidad ganadera (vacuno)

0,09

En efecto, había comenzado a relativizarse la antigua especialización en torno al vacuno. Los ovinos daban cuenta entonces de casi el 25% del rebaño, aunque se trataba fundamentalmente de animales no refinados, lo que se reflejaba en su valor, que no era proporcional a su importancia numérica. De todos modos la introducción del ovino en el Potrero era un fenómeno poco intenso si lo comparamos con otra explotación muy cercana, pero dirigida con un criterio más innovador. La estancia Las Cabezas, de Diego Black, situada en Gualeguaychú, en 1859 poseía 35.000 ovejas divididas en majadas de 2.000 animales, cada una a cargo de un puestero; pocos años más tarde, las mismas habían aumentado a 60.000, siendo la mayoría una buena cruza de Merino con Romney Marsh. En contraste, sólo había allí unos 10.000 vacunos, principalmente criollos, destinados al mercado saladerista.44


Si bien no contamos con detalles de los animales vacunos alzados y de rodeo, estos últimos parecen haber aumentado sustancialmente su proporción, si hemos de guiarnos por el incremento de sus valores (no es probable que ese mayor valor se debiera todavía a modificaciones genéticas de importancia). Todo esto nos indica, por un lado, la dimensión de las buenas condiciones ofrecidas por los mercados externos para la colocación de la producción ganadera; pero, además, nos muestra las dificultades en la difusión del ovino refinado en una gran explotación, así como el lento aunque persistente proceso de mejoramiento ligado a una utilización más intensiva del vacuno en torno al saladero. Como se sabe, estos establecimientos apuntaban a un aprovechamiento integral del animal, que exigía de los mismos condiciones físicas distintas de las vigentes a inicios del siglo XIX, un engorde mayor y cueros de más aptitud para la salazón, aun cuando no se tratara todavía de razas mejoradas. 45
La fuerte necesidad de capital que debió hacer falta para poner en marcha todos estos cambios y operarlos en una estancia de la magnitud de la que nos ocupa aquí, sobre todo en las condiciones de la época, aclaran en cierta medida el proceso de concentración de riqueza operado en la figura de Justo José de Urquiza. Las tasas de interés rondaban el 20-25% anual sobre papel moneda y el 12-15% sobre el metálico entre fines de la década del ’40 y la primera mitad de la siguiente. Por tanto, sólo quien poseyera un amplio respaldo de capital propio podía encarar el costoso proceso de reconversión productiva imprescindible para modernizar una empresa de esta magnitud y mejorar, a mediano plazo, sus márgenes de rentabilidad.46 Márgenes que se mantuvieron magros durante la última etapa de la administración de la familia Elía, circunstancia esperable en todo proceso de resizing. El balance presentado a la sociedad en 31 de diciembre de 1850, y que abarca el período desde el 1 de agosto de 1848 hasta la fecha de la rendición, arrojó una ganancia bruta de 940 pesos bolivianos, sin contar los pagos por amortización de deudas ni los ingresos de nuevos préstamos; esa cifra, anualizada, nos daría 374 pesos, o apenas un 0.12% de renta sobre el capital inicial de 312.000 pesos.47 Aun cuando a esa cifra agreguemos la capitalización correspondiente a la construcción del saladero (12.193 pesos), la resultante tasa de beneficio anual sólo llegaría al 1.7%, muy lejos del costo del dinero48. Los datos de ingresos y egresos figuran en el cuadro siguiente.
Cuadro 6. Potrero de San Lorenzo. Ingresos y gastos, 1 de agosto de 1848 a 31 diciembre 1850 (en pesos bolivianos)49


Entradas













Ventas en BA

27.963







Ventas locales













Ganado en pie

743










Cueros, carne salada y fresca, sebo, etc.

14.985










Maderas

1.636







Arrendamientos

2.312



















Salidas













Salarios













Mensuales y jornales de la estancia




17.930







Idem del saladero




3.695




Reparaciones




3.057




Corte y acarreo de maderas




1.900




Gastos generales




1.664




Construcción del Saladero




9.030




Equipamiento del Saladero




3.163




Gastos de comercialización




1.142




Impuestos




4.406




Gastos generales del saladero




712










47.639

46.699






















Ingresos s/gastos:

1,02



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