Página principal

1. ¿Por qué tantas vocaciones? Habitualmente distintas personas, sobre todo del ámbi­to eclesiásti­co, nos preguntan: «¿por qué tienen tantas vocacio­nes?»


Descargar 189.83 Kb.
Página1/8
Fecha de conversión23.09.2016
Tamaño189.83 Kb.
  1   2   3   4   5   6   7   8
Capítulo 4

Ha sido llamado

Es llamado por Dios ... (Heb 5,4)

 

 



1. ¿Por qué tantas vocaciones?

 

Habitualmente distintas personas, sobre todo del ámbi­to eclesiásti­co, nos preguntan: «¿por qué tienen tantas vocacio­nes?».



En mi respuesta a esa pregunta ha habido una evolu­ción que se podría estructurar en tres etapas.

Tres etapas.

1ª etapa: ingenua.


Me hacían la pregunta, y rápido, «como chan­cho a la batata», respondía lo que a mi parecer era la ocasión de que Dios nos bendijera con tantas vocaciones. Quería, ingenuamente, que todos se aprovecharan de nuestra experiencia y tuviesen las vocaciones que tanta falta hacen. Pero, ante mi sorpresa, lo que obtenía era una suerte de repulsa de parte del interlocutor, que reaccionaba como si uno le quisiese vender un buzón o un tranvía. Prácticamente, sin dejarme terminar, me em­pezaban a enseñar lo que había que hacer para tener vocaciones. Al sentirme como atacado, a modo de defensa preguntaba: ¿Y ustedes cuántas vocaciones tienen? «Ninguna», me solían responder, con rubor en el rostro. Esto me sucedió en Buenos Aires, y algo pareci­do en otras partes.

2ª etapa: menos ingenua.


Ante la pregunta del por­qué de las voca­ciones, replicaba, a mi vez, con otra pregunta: «¿Me vas a creer si te lo digo?». Con ella lo único que conseguía era au­mentar la vana curiosi­dad de los interlocuto­res. Fue en Azpei­tía (España); acababa de celebrar y predicar en la misma cámara donde San Ignacio de Loyola se convirtió. Al pasar a la sacristía para sacarme los ornamentos un grupo de Herma­nas, algunas con hábito, otras de civil y peluquería, con mucha gentileza me agra­decie­ron el sermón, nos preguntaron de dónde éramos, cuál era nues­tro caris­ma, cuántas vocaciones teníamos; inmediatamente la pregun­ta consabida: «¿Por qué tienen tantas vocaciones?». Yo, escaldado por las experiencias anteriores, les pregunté tímida­mente: «¿Me van a creer si se los digo?». Todas a coro respondie­ron: «¡Claro!». Les dije, más o menos, así: «Para mí, aun­que a ustedes les parezca mentira, el secreto de tener voca­ciones está en presentar cruda­mente a los jóvenes la cruz de Cristo». Rápida como un rayo se oyó la réplica de una de las de civil y peluque­ría: «También la resu­rrección». ¡No, Hermana, noooo! Con la resu­rrección difícilmente se despierte alguna vocación, porque creen que uno está hacien­do propaganda, al estilo de esas institu­ciones que por televisión hacen jingles: «Si al escuchar esta mú­sica tu corazón late más aprisa, entra en la Escuela de..., ten­drás un gran porvenir...» ¡Nooo, Hermana! ¿Cuántas vocaciones tienen ustedes? «Muy pocas, las jóvenes hoy día...».

 

3ª etapa: de recelo.


Ahora, antes de responder pre­gun­to mucho más, para ver si la respuesta puede ser de provecho, porque muchas veces entre los pobres en vocaciones están quienes se creen ricos o impor­tantes: Soy rico, nada me falta (Ap 3,17), y caen en el vicio de los ricos y pode­rosos –como Hero­des– que pregun­tan muchas veces de cosas de Dios y quieren que les hablen de ellas:

– «Por curiosidad de saberlo todo;

– y por vanidad de mostrar que saben de todo;

– y por razón de estado de querer servirse de todos».1[1]

Aunque a mi modo de ver en la mayoría de los que pregun­tan –más que este vicio de ricos–, hay un gran desconocimiento de la naturaleza de las vocaciones a la vida consagrada, falta de sentido de la realidad ecle­sial, descreimien­to de que Dios suscite voca­ciones a manos llenas, que en el fondo es no darse cuenta de la magni­ficencia de Dios en todas sus obras, de su infinita generosidad y de su delicada providencia.

 

Sobran... faltan...


Y así, por ejemplo, en algunos lados hemos escuchado decir: «aquí sobran vocacio­nes», cuando la proporción de sacerdotes/feligreses en esa Diócesis estaba muy lejos de la proporción que existe, digamos, en la provincia eclesiásti­ca de Cracovia, 1 sacerdote cada 1.100 feligreses; u otros –aparen­temente de la vereda opuesta, pero es la misma–, decir, como le hemos escuchado a un señor Obispo: «Como está visto que en mi Diócesis no hay vocacio­nes sacerdota­les, tenemos planes pastorales para proveernos de ministerios laicales en el futuro». El Papa, en un encuen­tro con un grupo de líderes, di­jo: «en la actualidad están naciendo y flore­ciendo muchas voca­ciones en el seno de los diversos movimientos y asociaciones».2[2] Y es dable hacer notar que luego de la Jorna­da Mun­dial de la Juventud en Denver (EE.UU.) del movi­miento Camino neocatecume­nal salieron 1.200 vocacio­nes sacer­do­ta­les que van a estu­diar en semina­rios diocesa­nos y en los Semina­rios «Re­demptoris Mater»,3[3] y 1.000 voca­cio­nes feme­ni­nas que entrarán en distintos monas­terios de vida con­tem­pla­ti­va.4[4]

Es claro que tanto si «sobran» (?!) vocaciones, como si «no hay» (?!), no se hará nada serio para suscitarlas, para promoverlas, para acompañar­las, para defender las existentes. Mucho menos para alegrarse, evangéli­ca­mente, si otros las tienen. En el primer caso se verá a los que tienen vocaciones como competencia, y, en el otro, se las explicará de cualquier manera, menos como don de Dios: «los asustan con el infierno...», «no respetan la libertad de los jóvenes...», «inventan vocaciones...», «fuerzan las elecciones...», «tienen estruc­turas conservadoras...», «se debe al clima cálido del Semina­rio...», «están atraídos por el magnetismo personal...» de tal superior, pa­ra quien «hay 6 sacra­men­tos y un desliz: el matrimo­nio...», «les lavan la cabeza...» y mil más; pero ellos siguen sin las vocacio­nes que podrían y que debe­rían tener, y un día deberán rendir cuenta de ello ante el tribunal de Dios.

Un gran Obispo americano, muy amigo, me preguntó en una oportu­nidad sobre el porqué de tantas incomprensiones en nuestro propio país, a lo que respondí: «¡Nuestro gran pecado es tener muchas vocacio­nes!». Cada vez que me ve, recuerda –riéndose– la anécdota.

  1   2   3   4   5   6   7   8


La base de datos está protegida por derechos de autor ©espanito.com 2016
enviar mensaje