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1. Introducción Cada uno habla como quiere hablar. Además, que venga Dios y me diga cuáles son las hablas


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1. Introducción

"Cada uno habla como quiere hablar. Además, que venga Dios y me diga cuáles son las hablas andaluzas, porque ¿qué tiene que ver un cordobés con un granadino o un malagueño?"


Éstas eran las palabras del primer director general que tuvo la Radio-Televisión Andaluza, ante las críticas que recibían algunos locutores y presentadores por intentar imitar el habla norteña castellana. Ante esto, queda vigente la dificultad que denota el observar objetivamente los usos idiomáticos propios, por lo que sólo a través del conocimiento profundo de éstos es posible alcanzar una simple visión de cómo hablan, de cómo hablamos los andaluces; pero no todos los que hablan como los andaluces lo son; la lengua no entiende de fronteras administrativas. Los andaluces son conscientes de que su habla no es otra que la española, aunque también saben que es distinta en bastantes aspectos al español normativo. Históricamente, el andaluz es un dialecto del castellano, puesto que supone una expansión del mismo por conquista, repoblación y colonización, pero no deben contar únicamente los fenómenos que han supuesto una innovación. No es posible señalar ningún hecho exclusivo del andaluz, pues no lo hay que sea compartido por la totalidad de los andaluces. De nada sirve, entonces, cerrar los ojos a la realidad lingüística de la Comunidad.


Por otro lado, podemos entender las palabras que encabezan este apartado si vemos que en Andalucía deben tenerse en cuenta las diferencias que se descubren no ya entre hablantes rústicos y urbanos, sino las que existen entre ciudades como Sevilla, Cádiz o Huelva (constituyendo el bloque occidental del habla andaluza) y los hablantes jiennenses, granadinos o almerienses (formando, junto con Málaga y Córdoba el bloque oriental). Estos rasgos diferenciadores se verán con mayor detalle a lo largo de estas páginas. Todos los fenómenos que caracterizan al andaluz (tanto fonéticos como morfológicos y sintácticos) tienen su raíz en la historia de nuestra región, en el distinto origen y procedencia de los reconquistadores y en las diferentes fechas en que se va produciendo la repoblación de unas zonas y otras (es ésta una de las razones que llevan a hablar, como ya hemos dicho, de las dos Andalucías). Las interrelaciones cada vez más estrechas y el poder de los medios de comunicación son los que incrementan el caudal léxico que comparte toda la comunidad hispanohablante, con lo que se fortalece la cohesión del idioma. Por más que se destaque el especial acento o deje andaluz, no todo se reduce a la pronunciación y a los particularismos léxicos y fraseológicos. Para ello se examinará la técnica constructiva libre predominante en la conversación coloquial, los esquemas sintáctico-entonativos de que se sirven los hablantes.

Con respecto a la cuestión referida a cómo hablan los andaluces, la perspectiva descriptiva y la evaluativa van intrínsecamente unidas en la mayoría de los casos. Existe una comparación contrastiva entre dos o más de ellas desde parámetros demográficos, de prestigio, políticos, socioculturales, etc. La búsqueda de hechos diferenciales hace perder de vista a veces que es mucho más lo que une al andaluz con el resto de los hispanohablantes que lo que lo separa de ellos. Dada la diversidad interna de su habla, así como la que el español presenta a ambos lados del Atlántico, se verán como específicos o singulares distintos rasgos, según quiénes lleven a cabo la comparación y con qué la establezcan.

El habla andaluza no se reserva exclusivamente para la comunicación familiar o privada, sino que se emplea, por toda clase de hablantes, en cualquier situación. En este punto, resulta oportuno nombrar el paradójico y contradictorio carácter de las actitudes. Por un lado, si prestamos atención en los resultados de las encuestas realizadas a los hablantes andaluces, éstos suelen decir que hablan peor que el resto de los españoles, cosa que no se puede aceptar porque ningún acento o habla es mejor que otro, aunque sí es cierto que pueda haber en nuestra región un mayor número de hablantes de escaso nivel cultural, pero esto también existe fuera de Andalucía. Por otra parte, hay hablantes que manifiestan su orgullo ante su forma de hablar. Esta autoestima, junto con el sentimiento de inferioridad (que se relaciona mayoritariamente con la pronunciación), responde a distintos hechos y argumentos, a los que se vincula la presunta riqueza y musicalidad, elegancia, donaire y gracia que suelen servir de apoyo para lo primero. Son los hablantes quienes aspiran a hacerse con los recursos expresivos cada vez más eficaces en la interacción social y poder servirse de ellos, aunque curiosamente se está produciendo un movimiento contrario que pretende algún tipo de normalización lingüística; así, hay quienes piensan que se puede lograr un ideal andaluz culto, aun arriesgándose de olvidar que el español ha ido integrando en sus modos "cultos" y aceptados formas diversas de hablar, adecuadas a distintos espacios y situaciones.

Para cerrar este apartado introductorio, basta con decir que estos conceptos, ideas y actitudes exclusivos o no de los andaluces, originarios o no de Andalucía, se irán puliendo a través de las siguientes páginas.
2. EL PUNTO DE PARTIDA

2. 1. Relación De Los Conceptos Lengua, Norma Lingüística, Habla Y Dialecto
2.1.1. Norma Lingüística

El concepto de norma es muy viejo en lingüística; lo que ocurre es que cada investigador, según sea su adscripción doctrinal, postula por una u otra definición, y es difícil llegar a ver las cosas con claridad. De todos modos, si partimos de unos cuantos diccionarios, podremos ver muy variadas especulaciones. Para Marouzeau es un modelo "auquel il convient de se conforme", una realidad suficientemente homogénea para crear sentimientos de unidad y, si es obligatoria, viene a coincidir con corrección. En su Diccionario, Fernando Lázaro se atiene en la definición norma al "conjunto de caracteres lingüísticos a los que se ajusta la corrección gramatical, en general o en un punto concreto". Mattoso Cámara se apoya, también, en la idea de corrección; por eso para él norma es el conjunto de hábitos lingüísticos "espontáneamente firmados nas classes mais educadas"; pero estos hábitos pueden estar contravenidos por errores individuales, vulgarismos y regionalismos. Coseriu enunció una definición aforística: "realización colectiva del sistema". Definición válida en un plano general, pero que necesita precisiones. Porque -como él mismo señaló- hay normas parciales dentro de la general, otras que afectan a u realización por grupos sociales más restringidos y hay un problema que necesita precisión cuando nos enfrentamos con hechos precisos.


Podríamos seguir hablando de definiciones de normas, mas podemos resumirlas en un ideal de buen uso (modelos literarios, corrección idiomática, prestigio social) o en el de uso habitual (con su secuela de la unidad), aunque quedarían fuera de la norma el vulgarismo, el dialectalismo o la anormalidad de cualquier tipo. Los tratadistas ven en la norma un principio privilegiado: es el comportamiento lingüístico que debe aceptarse o imitarse; pero conviene no olvidar el hecho de que hay otras normas que no gozan de semejante prestigio. Con esto nos referimos a unos principios que no podemos olvidar: la existencia de pluralidad de normas y la vitalidad que esa multiplicidad suscita. La norma lingüística no es más ni menos que cualquier otra norma institucional; la lengua es el espejo del espíritu de un pueblo y está sometida a los avatares que el pueblo padezca. Esto supone que el hombre acepta unas normas o rechaza otras que están de acuerdo con sus ideas sobre la organización social y, por tanto, con unos estratos que existen. Podemos decir que, lingüísticamente, los hechos son iguales: un determinado código se acepta o no, de acuerdo con unos comportamientos internos, que no son otra cosa que la visión de la vida que cada uno pueda tener. De ahí que debamos considerar que hay una pluralidad de normas que se producen porque en su origen fueron diversas (modalidades leonesas, castellanas o aragonesas de nuestra lengua).

2.1.2. Dialecto

El término dialecto es un término discutido por su ambigüedad. Normalmente se usa como sinónimo de "variante" o "variedad" lingüística, pero, si recurrimos al DRAE, encontramos dos definiciones, tomadas de trabajos de Manuel Alvar:




  • "Sistema lingüístico derivado de otro; normalmente con una concreta limitación geográfica, pero sin diferenciación suficiente frente a otros de origen común",

y

  • "Estructura lingüística, simultánea a otra, que no alcanza la categoría de lengua".

En el caso del dialecto (al igual que ocurre con lengua), se habla de "sistema lingüístico", pero éste no es un hecho autónomo, sino derivado y dependiente, suele tener una extensión bastante limitada y parecerse a otros de la misma familia. Todo dialecto tiene una parte de derivación a partir de una lengua o de una variedad anterior (igual a lo que se ha visto para el concepto de lengua). Pero, a partir de ahí, el dialecto no tiene por qué alcanzar una difusión culta, y se limita a una zona concreta que no suele rebasar sin diferenciarse demasiado de las otras variedades que proceden de la misma lengua. Además, el dialecto suele convivir con otro sistema, que sí ha alcanzado el nivel de lengua y sobre el que recae la comunicación más compleja, lo cual quiere decir que las lenguas conviven con los dialectos y se reparten con ellos los diferentes niveles de comunicación.

En Andalucía, los hablantes sabemos que "hablamos andaluz", estamos ante una realidad diferenciada heterogénea con una larga tradición histórica, y, sin embargo, se ha discutido su condición de dialecto por no tener rasgos específicos exclusivos. Es decir, tenemos conciencia de que nuestra lengua no es otra (obviamente, es la española), pero también somos conscientes de que la hablamos de distintas maneras, presentando peculiaridades tan marcadas que son identificadas inmediatamente.1 Generalmente se le ha definido teniendo en cuenta rasgos o elementos muy variados, y lo que es más importante, teniendo en cuenta la situación de países como Italia o Alemania, que no tienen la misma situación que nuestro país.

A la hora de definir este concepto, muchos lo muestran de una forma subsidiaria con respecto a la lengua, como una lengua secundaria, pues lo que se enseña en las escuelas es la estándar. Generalmente es oral, porque la escrita siempre se ha pensado que pertenece a un nivel superior. Los hablantes valoran más al estándar, que lo consideran positivo, y al dialecto lo consideran negativo, quizás porque no se le ha despojado de las valoraciones jerárquicas a que tradicionalmente ha estado ligado y, especialmente, porque el criterio de prestigio lingüístico permanece en la conciencia de los hablantes. Para Manuel Alvar hay una distinción entre lengua y dialecto basada en una relación genética, por lo que éste es el resultado de un proceso histórico de diversificación que forma parte de la naturaleza misma del lenguaje. El dialecto se configura con un conjunto de rasgos lingüísticos delimitables espacialmente respecto de su totalidad. El dialecto surge tras el marco de unificación de las variantes, proceso que explica dos factores que aparentemente son opuestos; se trata de un periodo de diversificación de variantes que surge y puede tener distinto grado de intensidad; por otro lado se dan las condiciones necesarias para que se consoliden los resultados de las distintas variaciones lingüísticas.


En el caso del andaluz se hace más difícil la agrupación territorial, base de la delimitación dialectal. Precisamente lo que sirvió para esta delimitación dialectal no fue sino el rasgo diferencial que abarcaba la mayor extensión territorial y que engloba la mayor parte de los restantes. En la definición del concepto de dialecto, Manuel Alvar responde a tres puntos básicos:


  1. De naturaleza histórica, en tanto que el dialecto es el resultado de un proceso de escisión de una lengua común en variedades que conviven en la base de la mutua inteligibilidad;

  2. La agrupación de una serie de rasgos cuya totalidad no se halla en ningún otro dialecto;

  3. La integración de esa totalidad en una extensión territorial delimitada histórica y geográficamente. Más difícil es admitir la existencia de una tradición literaria en la lengua.



2.1.3. Lengua Y Habla

Desde un punto de vista teórico y científico, tenemos que decir que las lenguas son diasistemas, pues para funcionar tienen que adoptar numerosas variedades parcialmente semejantes, diferentes. Dichas variedades son como subsistemas, y dependiendo de la perspectiva que ocupen, reciben distintos nombres. El uso de lengua en la definición de dialecto es abusivo (aunque el tratadista vaya guiado por un determinado sentimiento nacional), sobre todo si se tiene en cuenta el término habla regional. Las coincidencias de rasgos lingüísticos son meramente agrupadoras, pero no definidoras. Las lenguas románicas tienen una serie de trazos comunes que las agrupan, pero cada una de ellas tiene unos "rasgos pertinentes" que la individualizan frente a los demás dialectos. Cada uno de los dialectos que nacen tiene suerte diferente; unos llegan a convertirse en lenguas (toscano, franciano, castellano, hechos italiano, francés, español); otros no pasan de ser hablas regionales, aunque posean una literatura particular, de escaso vuelo (siciliano y gascón, o, con mayor pobreza, aragonés y leonés actuales). Por último, estas hablas regionales, desintegradas por la acción cultural de la lengua oficial, llegan a un estado extremo de erosión y fragmentación, que en Francia se designa con el nombre de patois, y que nosotros podríamos designar habla local.


Llegados a este punto, podemos decir que un dialecto es un sistema de signos desgajado de una lengua común, viva o desaparecida; normalmente, con una concreta limitación geográfica, pero sin una fuerte diferenciación frente a otros de origen común. De modo secundario, pueden llamarse dialectos las estructuras lingüísticas, simultáneas a otras, que no alcanzan la categoría de lengua. Es condición del dialecto su débil diferenciación con respecto a otros del mismo origen (por ejemplo, si pensamos en un estado primitivo del castellano con respecto al leonés o al aragonés, antes de que se impusiera como vehículo lingüístico). Al considerar el dialecto como fragmentación o escisión de una lengua "viva o desaparecida", damos cabida en el concepto de dialecto tanto a las formaciones antiguas (castellano, leonés, aragonés) como a las que se están fraguando ante nuestros ojos (hablas meridionales de España).

2.2. Variedades Lingüísticas Peninsulares2
Con respecto a la variedad lingüística y social interesa señalar el problema de la desviación lingüística. Porque si es cierto que la pluralidad de normas asegura la existencia de más de una, no es menos cierto que tradicionalmente, una de ellas se acepta como válida con todas las connotaciones que ello comporta (hablaríamos entonces de desviaciones, deterioros, taras o de cualquier otra valoración en trance de descrédito o francamente despectiva). Hay multitud de variantes en una misma lengua, por lo que pretender uniformidad es una utopía inútil e innecesaria; no se puede imponer a una colectividad estable lo que es resultado de la propia inestabilidad, ya que el polimorfismo es un lujo que los sistemas no se permiten indefinidamente, y la ruptura como principio no sirve para construir nada. El establecimiento de una norma no tiene carácter impositivo, sino de utilidad.
En los siglos XVI, XVII y XVIII hay una larga serie de referencias al modo de hablar de los andaluces, aunque muy pocos se paraban a decir en qué eran diferentes los andaluces, y cuando lo hacían, casi ninguno salía de la confusión entre las ces y las eses. Estos rasgos específicos aparecen en otras hablas meridionales, pero no con la misma intensidad ni con la misma fuerza, que salta barreras culturales y sociales. Los andaluces nos regimos por una norma innovadora derivada de la castellana, pero diferente. Este castellano nuevo fue el que más irradió desde Sevilla en la época de la expansión andaluza, canaria y americana. Con el tiempo, esta otra "norma" se retuvo para sí, en muchas de las tierras nuevas, el prestigio y la representación de toda la lengua.
Si nos situamos en un plano temporal, hablamos de variedades diacrónicas; en el momento en que estas variedades nos permitan ver diferencias respecto a la clase social estaremos ante la variedad diastrática; si la lengua se realiza de forma diferente en función de la procedencia, tendremos la variedad diatópica. Además, en relación con estas variedades, existen variaciones producidas por la diferencia de situación de la vida social de los hablantes y de cultura, lo que nos lleva a ver diferencias en el sistema de la lengua que pueden afectar a la gramática de la lengua.
José Mondéjar afirma que el andaluz es una variedad del español semejante a la del castellano y que está formado por un conjunto de hablas que no están en relación de dependencia jerárquica respecto de ninguna otra variedad del español. Para él el concepto que analizamos "implica dependencia de una realidad lingüística mayor, que la distingue no sólo en el plano de la funcionalidad fónica, sino también en el de la morfológica y sintagmática". En esta misma línea está Antonio Llorente, quien sostiene que las hablas del sur de las provincias de Salamanca y Ávila, del oeste de Toledo, de la mitad meridional de La Mancha, de Extremadura, de Murcia, de Andalucía y de Canarias no pueden ser consideradas dialectos. Mondéjar se basa en la idea defendida por Coseriu de que entre lengua y dialecto hay una diferencia de "status" histórico; no obstante, ambos discrepan en el sentido que otorgan a la expresión "subordinación de un dialecto a una lengua". El "status" histórico que se atribuye a una determinada variedad no tiene por qué corresponderse con todos lo dialectos de origen común. Existen factores exógenos que condicionan ese "status". Tanto el dialecto como las hablas regionales o locales son inestables en el marco de lo que Coseriu nombre una "lengua histórica". Ésta existe en tanto que es reconocida históricamente como tal por sus propios hablantes y por los hablantes de otras lenguas.
Se puede aceptar que existe una relación entre la delimitación territorial del dialecto y las circunstancias históricas que han determinado el desarrollo de un conjunto de rasgos en un cierto espacio geográfico. El caso del andaluz puede ser paradigmático, pero también podríamos extenderlo a ciertos dialectos del español de América. El andaluz parece presuponer una realidad bien distinta, pues posee elementos lingüísticos propios.
Según Vaz de Soto, frente a la norma oficial, y desde un punto de vista objetivo, la norma sevillana, andaluza o meridional tiene ventajas y desventajas. En líneas muy generales, y para dar una idea, pierde con ella rotundidad y nitidez lo que gana en economía y agilidad. La norma de Castilla hace del español un idioma sonoro, recio y grave, pero también un punto demasiado enterizo, como observaba en cierta ocasión Dámaso Alonso. La entonación andaluza es, según Lapesa, más variada y ágil; el ritmo, más rápido y vivaz. También se puede decir que el andaluz es seguramente más rico en formaciones nuevas, más creativo en el nivel léxico y semántico, como consecuencia del reajuste semántico consiguiente a los cambios fonológicos ya consumados o en vías de consumarse; es decir, que han sido estos últimos la principal fuerza motriz, el elemento dinámico que repercute en los otros niveles del sistema y potencia su creatividad y expresividad.
De entre todos los andaluces, tenemos por un lado a los partidarios del uso del andaluz popular en un solo registro, subrayando incluso sus rasgos distintivos frente a la norma oficial, y por otro lado a los que no aceptan para el andaluz otra norma que la de Castilla. En cuanto a estos últimos, advierte que se trata por lo general de "gente que no ha tomado conciencia del problema en todas sus dimensiones y que[...] ha optado por acomodar su fonética, en sus diversos registros y niveles, al gusto de la altiplanicie, a la norma oficial y mesetaria". Añade que "muchas veces influye en ellos lo que se conoce como el complejo lingüístico del andaluz y, casi siempre, la ignorancia en estas materias, con el consiguiente prejuicio ortográfico o fetichismo de la escritura".
Ante todo, Vaz de Soto afirma que el andaluz es una modalidad fonética, una determinada pronunciación de la lengua española y americana, diferente de la que se estila en Castilla. Los andaluces de cualquier clase o condición, con muy ligeros matices, nos manejamos en la vida diaria, y seguramente hasta con cierta ventaja en condiciones de igualdad, en un terreno neutral, por su mayor vivacidad y rapidez y su menor aspereza y rotundidad que otras formas de pronunciación más estrictas u ortodoxas.

3. Dialectos del Español
Como ya sabemos, la situación lingüística actual de España es el resultado de la historia y arranca, en España, de mucho antes de que la Península Ibérica fuese conquistada por Roma. En el límite occidental de Europa, en el camino natural desde y hacia África, siempre fue tierra de paso y asentamiento de pueblos diversos que, lógicamente, traían sus lenguas. Por ello, para explicar la situación actual podemos partir por el asentamiento del latín, ya que las lenguas peninsulares derivan de él (excepto el vasco3). El latín se convirtió en lengua general, y las lenguas anteriores fueron el sustrato de ésta, que determinó relativamente los hábitos de los hablantes, contribuyendo a dar a la lengua unas características propias.
Tras la caída del Imperio Romano, llegaron pueblos invasores (germanos de origen) que también estaban romanizados y que contribuyeron a afianzar el latín, aunque aportaran términos nuevos. Con la invasión musulmana y la Reconquista se terminó de perfilar el mapa lingüístico que hoy vemos, que responde a las circunstancias históricas que hemos visto. En las tierras del norte se mantenían importantes grupos de visigodos de habla romance y que se integraron después en las comunidades de repobladores. La Reconquista se sucede en sucesivas fases: desde el reino Asturiano-Leonés y Gallego, el Condado de Castilla y el Catalán. Los avatares históricos hicieron que en estos reinos evolucionaran lenguas que poco a poco se iba alejando del español, quedando finalmente el glallego-portugués, el catalán y el vasco como "las otras lenguas" de España.

El leonés y aragonés parecían llamados a dominar, a ser las lenguas de dos importantes reinos, si entre ellos no hubiera nacido otro dialecto del latín, que se convirtió en la expresión de Castilla, que en principio sólo era un condado. El catalán y el gallego se crecieron, produjeron literatura y alcanzaron la nivelación relativa que en la Edad Media podía conseguir una lengua. Pasados los siglos, la unidad política de Castilla y Aragón, el fin de la Reconquista, la anexión de Navarra y la aventura americana, redundaron en unas circunstancias políticas y culturales que hicieron que el castellano se extendiera por tierras que no eran Castilla, sirviendo de lengua culta en zonas de leonés y aragonés, y de lengua de comunicación entre todos los españoles.

Estos "dialectos del latín" se denominan dialectos históricos, y no han podido alcanzar la categoría de lenguas. Las circunstancias sociopolíticas y culturales les impidieron alcanzar un uso culto que les diera categoría de lengua, porque los núcleos históricos que hubieran podido afianzarlos perdieron poder y sus variedades fueron quedando reducidas al ámbito campesino y retrocedieron frente al castellano, que desempeñó el papel de lengua culta.


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