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< renueva en sus corazones el espíritu de santidad > (Rito de la ordenación sacerdotal, cf. Pdv 33) Ponencias del Encuentro de Delegados y vicarios episcopales para el clero 2012 La imagen cinematográfica del sacerdote Con el reciente estreno de Elefante


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< RENUEVA EN SUS CORAZONES EL ESPÍRITU DE SANTIDAD >

(Rito de la ordenación sacerdotal, cf. PDV 33)


Ponencias del Encuentro de Delegados y vicarios episcopales para el clero

2012
La imagen cinematográfica del sacerdote
Con el reciente estreno de Elefante blanco, de Pablo Trapero, ha vuelto a ponerse sobre el tapete la cuestión de la imagen del sacerdote en el cine contemporáneo, una imagen poliédrica que merece la pena radiografiar, al menos sucintamente.
Hasta los años setenta, era frecuente encontrar en el cine y la televisión de España e Italia personajes de sacerdotes rurales -el “cura del pueblo”- que normalmente tenían connotaciones positivas. Se trataba de hombres perfectamente integrados en la comunidad social y civil, generalmente queridos por sus paisanos, y casi siempre investidos de autoridad moral. Recordemos a personajes como Don Camilo (interpretado por Fernandel), mosén Joaquín (Anthony Quinn en Crónica del alba), el padre Adelfio (Leopoldo Trieste en Cinema Paradiso), el sacerdote de El árbol de los zuecos, o algunos que aparecen en películas de Garci.

El cambio social, antropológico y cultural radical que se opera en los setenta provoca también un cambio en el rol que va a desempeñar el sacerdote en los guiones cinematográficos. Del campo se pasa a la ciudad, y desaparece ese humus social católico en el que el cura era un incuestionable referente universal. Incluso comienzan a darse de ellos retratos negativos y oscuros.

Con el cambio de siglo se pone de moda el fenómeno Dan Brown (El código da Vinci), que influye en una serie de películas que muestran al sacerdote como un personaje medieval -en un tópico sentido oscurantista-, poseedor de saberes arcanos y poco transparentes, con un poder algo siniestro,… y a la Iglesia como un conjunto de clérigos que viven en un mundo paralelo de creencias extrañas, luchas de poder y dudosas motivaciones. Se trata de películas más bien malas, y que no han dejado mucho rastro a su paso.

Más hirientes son algunas producciones españolas que en los últimos años han lanzado sus dardos en cintas como Mar Adentro, de Alejandro Amenábar o Camino, de Javier Fesser. En ellas, la caricatura es más sutil, más estudiada, más dañina. Se parte de hechos o personajes reales y se manipulan hasta conseguir una figura antipática, rancia, que inspira desconfianza cuando no abierto rechazo.

Sin embargo, no es este tipo de diseños negativos los que predominan. Más bien, abundan los retratos de sacerdotes, que a pesar de ser parciales, son positivos. Por un lado están las películas que subrayan el compromiso social. En Héctor, de Gracia Querejeta (2004), se nos presenta a Tomás, un sacerdote de barrio, implicado con la gente sencilla, que cuida tanto su parroquia y la liturgia, como su labor solidaria a pie de calle. La caracterización del personaje es amable, inspira bondad y confianza, pero ninguna mojigatería. Su función en la trama argumental es positiva, como factor de reconciliación entre personajes. También en Elefante blanco, el sacerdote que encarna Ricardo Darín, compagina su vida de oración y sacramentos con una intensa labor social en el mundo de la droga. Es cierto que en esta y otras cintas subyace un cierto esquema marxista que contrapone a la Iglesia jerárquica -el poder- con la Iglesia del pueblo, llevando la lucha de clases al interior de la comunidad eclesial (algo de esto ya se ventilaba en los jesuitas y el obispo de La Misión).

Otra tipología es la del sacerdote mártir, normalmente inspirada en hechos históricos como Popieluzsko (Rafal Wieczynski, 2009) Disparando a perros (Michael Caton-Jones, 2005), tantos personajes de El noveno día (Volker Slöndorff, 2004) o la inconmensurable De dioses y hombres. En estos personajes se subraya el sacrificio en aras de la fe, del bien, de lo justo, el dar la vida por su gente. Dentro del género histórico no contemporáneo, se han puesto de moda las miniseries italianas de televisión, que luego llegan a nuestras salas en versión reducida. Es el caso de la maravillosa Prefiero el paraíso, que nos cuenta la vida de San Felipe Neri, Don Bosco, o Scoto, que recrea un episodio de la vida del beato Duns Scoto, franciscano.

Ahora se ha puesto de moda, dentro del género de terror, el tema de los exorcismos. Una metafísica de raíz pagana presenta una dialéctica Bien-Mal, casi maniquea, con un Demonio que más tiene que ver con la literatura fantástica que con una escatología cristiana. Por tanto, en muchas de estas cintas, la figura del exorcista recuerda más a las citadas películas marca Dan Brown, que a intentos más serios como el de la clásica El exorcista (William Friedkin, 1973). Sin embargo, en las orillas de este subgénero, a veces recalan interesantes figuras sacerdotales, como la del padre Lucas -Anthony Hopkins- en El rito (Mikael Håfström, 2011), que con cierto revestimiento peliculero, conserva la hondura y la fe de un buen sacerdote. Un caso interesante es el que se inspira en unos hechos ocurridos a finales de los años setenta en Alemania: en 2005 aquel exorcismo dio lugar a dos películas que ofrecen dos miradas casi opuesta sobre el tema. Requiem (El exorcismo de Micaela), de Hans Christian Schmid propone una lectura positivista, mientras que El exorcismo de Emily Rose es más abierta. Sobre el tratamiento de los exorcistas, afirma José María García Pelegrín: “A diferencia del sacerdote en Requiem, Tom Wilkinson representa en El exorcismo de Emily Rose a Father Moore, autor del exorcismo, y es una persona normal, con los pies en el suelo de la realidad”i.

Por último, encontramos la figura del sacerdote como pastor de almas, como en la pequeña pero conmovedora historia de Cartas al P. Jacob (Klaus Härö, 2009) protagonizada por un pastor protestante. Pero el ejemplo más entrañable es el del Padre Esteban (Cheech Marin) de Juego perfecto (William Dear, 2009), que resucita con enorme fuerza la imagen del “cura de pueblo” con que abríamos este artículo. Un sacerdote cercano a la gente, integrado en su vida cotidiana, y siempre como punto de referencia de oración, de autoridad moral, de educador, de consejero, siempre dispuesto a sacrificarse y siempre entregado al bien de los demás. Una hermosa figura para guardar en la retina.


ANEXO
CIEN PELÍCULAS SOBRE EL SACERDOTE EN EL CINE


  1. Forja de hombres (1938) Norman Taurog

  2. Ángeles con caras sucias (1938) Michael Curtiz

  3. La ciudad de los muchachos (1941) Norman Taurog

  4. Siguiendo mi camino (1944) Leo McCarey

  5. Las llaves del reino (1944) John M. Stahl

  6. Roma, ciudad abierta (1945) Roberto Rossellini

  7. Las campanas de Santa María (1945) Leo McCarey

  8. Misión blanca (1946) Juan de Orduña

  9. El fugitivo (1947) John Ford

  10. Monsieur Vincent (1947) Maurice Cloche

  11. La mies es mucha (1948) Saenz de Heredia

  12. Aquellas palabras (1948) Luis de Arroyo

  13. Diario de un cura rural (1950) Robert Bresson

  14. Balarrasa (1950) José A. Nieves Conde

  15. Don Camilo (1951) Julien Duvivier

  16. El hombre tranquilo (1952) John Ford

  17. Yo confieso (1953) Alfred Hitchcock

  18. El retorno de Don Camilo (1953) Julien Duvivier

  19. La guerra de Dios (1953) Rafael Gil

  20. El renegado (1953) Léo Joannon

  21. La ley del silencio (1954) Elia Kazan

  22. El detective (1954) de Robert Hamer

  23. Don Camilo y el honorable Pepone (1955) G. Gallone

  24. La mano izquierda de Dios (1955) Edward Dmytryk

  25. El prisionero (1955) Peter Glenville

  26. Don Camilo y el honorable Peppone (1955) Carmine Gallone

  27. Nazarín (1958) Luis Buñuel

  28. Molokai (1959) Luís Lucía

  29. Refugio de criminales (1960) Irvin Kershner

  30. Léon Morin, prêtre (1961) Jean-Pierre Melville

  31. Don Camilo monseñor (1961) Carmine Gallone

  32. La pista del crimen (1962) Axel von Ambesser

  33. El cardenal (1963) Otto Preminger

  34. Becket (1964) Peter Glenville

  35. El padrecito (1964) Miguel M. Delgado

  36. El hombre que no quería ser santo (1964) Edward Dmytryk

  37. El camarada Don Camilo (1965) Luigi Comencini

  38. Un hombre llamado Juan (1965) Ermanno Olmi

  39. Adivina quien viene esta noche (1967) Stanley Kramer

  40. Las sandalias del pescador (1968) Michael Anderson

  41. La hija de Ryan (1970) David Lean

  42. El exorcista (1973) William Friedkin

  43. El hombre que supo amar (1978) Miguel Picazo

  44. El árbol de los zuecos (1978) Ermanno Olmi

  45. De un lejano país (1981) Krzysztof Zanussi

  46. Confesiones verdaderas (1981) Ulu Grosbard

  47. Once más uno (1983) Terrell Tannen

  48. Difícil elección (1983) Joseph Sargent

  49. Escarlata y negro (1983) Jerry London

  50. Sed buenos si podéis (1983) Magni Luigi

  51. Algo en que creer (1984) Glenn Jordan

  52. La misión (1986) Roland Joffé

  53. Milagro del corazón (1986) Georg Stanford Brown

  54. En el nombre de la rosa (1986) Jean-Jacques Annaud

  55. Adiós muchachos (1987) Louis Malle

  56. Bajo el sol de Satán (1987) Maurice Pialat

  57. Requiem por lo que van a morir (1987) Mike Hodges

  58. Conspiración para matar a un cura (1988) Agnieszka Holland

  59. Don Bosco (1988) Leandro Castellani

  60. Romero (1989) John Duigan

  61. La noche oscura (1989) Carlos Saura

  62. Black Robe (1991) Bruce Beresford

  63. Maximilian Kolbe (1991) Krzysztof Zanussi

  64. Daens (1992) Stijn Coninx

  65. El bravo (1997) Johnny Depp

  66. Don Milani. Il priore de Barbiana (1997) Antonio y Andrea Frazzi

  67. El tercer milagro (1999) Agnieszka Holland

  68. Una historia verdadera (1999) David Lynch

  69. Los miserables (1999) Bille August

  70. Molokai: The Story of Father Damien (1999) Paul Cox

  71. Palabra y Utopía (2000) Manoel de Oliveira

  72. Padre Pío (2000) Carlo Carlei

  73. Los miserables (2000) Josée Dayan

  74. Hijos de un mismo Dios (2001) Yurek Bogayevicz

  75. Juan XXIII. El Papa de la paz (2002) Giorgio Capitani

  76. Sant'Antonio da Padova (2002) Umberto Marino

  77. Comprometete ( 2002) Alessandro d'Alatri

  78. Papa Giovanni (2002) Giulio Capitani

  79. El noveno día (2004) Volker Schlöndorff

  80. Don Gnocchi: el ángel de los niños (2004) Cinzia Th. Torrini

  81. Don Bosco (2004) Lodovico Gasparini

  82. Héctor (2004) Gracia Querejeta

  83. Millon dollar baby (2004) Clint Eastwood

  84. Machuca (2004) Andrés Wood

  85. El Santo Padre Juan XXIII (2005) Riccardo Tognazzi

  86. El gran silencio (2005) Philip Gröning

  87. A la luz del sol (2005) Roberto Faenza

  88. Papa Juan Pablo II (2005) John Kent Harrison

  89. L'Uomo delle'argine (2005) Gilberto Squizzato

  90. Disparando a perros (2005) Michael Caton-Jones

  91. El exorcismo de Emily Rose (2005) Scott Derrickson

  92. Karol, el hombre que se convirtió en Papa (2005) Giacomo Battiato

  93. Antonio, guerrero de Dios (2006) Antonio Belluco, Sandro Cecca

  94. Las manos (2006) Alejandro Doria

  95. El hombre de la caridad. Don Luigi di Liegro (2007) Alessandro Di Roiblant

  96. Lars y una chica de verdad (2007) Craig Gillespie

  97. Testimonio (2007) Pawel Pitera

  98. Gran Torino (2008) Clint Eastwood

  99. La duda (2008) John Patrick Shanley

  100. Don Zeno -L'uomo di Normadelfia (2008) Gianluigi Calderone

http://www.cinemanet.info/2009/08/la-figura-del-sacerdote-en-el-cine/


SACERDOTES DE PELÍCULA:

HISTORIAS DE FIDELIDAD Y SERVICIO
El objetivo inmediato de este recorrido por la historia del cine será rastrear la presencia del sacerdote en la gran pantalla. Sin embargo, otro objetivo que esperamos cumplir nos permitirá valorar la imagen de la Iglesia a través de sus ministros en el mundo cinematográfico y poder inferir algunos patrones de la imagen pública, las tendencias de los públicos y las preocupaciones de productores y directores.
El procesos de secularización de las sociedades occidentales, de las que forma parte el cine que mayoritariamente analizaremos, tiene sin duda una fuerte incidencia en la evolución de la figura del sacerdote. Pero, como tendremos ocasión de ver, no es un proceso ni homogéneo ni lineal sino que hay excepciones, cambios de tendencia y descubrimientos de nuevas formas que abren posibilidades de futuro. Pensamos que esta es una de las utilidades de este tipo de recorrido por la historia del cine.
Nuestro punto de partida será el cine clásico de Hollywood y después de una digresión sobre el cine español de posguerra nos detendremos en las tendencias desde los años 60 al final del siglo XX. Para recalar más adelante en tres tendencias que se consolidan a partir del año 2000: las películas biográficas, las películas críticas y deformadoras y los sacerdotes que en papeles secundarios significativos.
1. En el principio estaba Hollywood
En el período del cine clásico norteamericano, que se extiende hasta el año 1960, podemos destacar un grupo importante de películas que tiene a sacerdotes católicos como protagonistas. La calidad de las mismas así como su repercusión social y comercial será muy importante y definen una época donde el sacerdote es referente moral en medio de las convulsiones históricas. El hecho de la censura en torno al Código de Producción de William H. Hays potencia la aparición de estas figuras que además no pueden ser denigradas como indica el texto del código: “los ministros del culto en sus funciones de ministros de culto no serán mostrados nunca bajo un aspecto cómico o crapuloso. Los sacerdotes, los pastores y las religiosas nunca se podrán mostrar capaces de un crimen”.
Comencemos con el director Norman Taurog que realiza con éxito dos películas - Forja de hombres (1938) y La ciudad de los muchachos (1941)- que narran las aventuras del padre Flanagan, memorablemente interpretado por Specer Tracy, que acoge en una experiencia educativa a chicos sin hogar. Sus intentos para recuperar para la vida social a los jóvenes nos presentan a un Michey Rooney haciendo de rebelde marginal. En un parámetro similar se mueve el padre Connelly (Pat O'Brien) que entra en conflicto con su antiguo amigo de infancia Rocky Sullivan (James Cagney) para que este gangster reconocido no influya sobre un grupo de jóvenes en Ángeles de caras sucias (1938) de Michel Curtiz. También prolongando esta línea de sacerdotes que ayudan a jóvenes en situación de riesgo podemos recordar Refugio de criminales (1960) donde en esta ocasión el padre Clark y su amigo el abogado Louis Rosen montan un hogar destinado a la rehabilitación de jóvenes penados.
En un tono más de comedia tenemos las oscarizadas aventuras del padre O'Malley dirigidas por Leo McCarey. En Siguiendo mi camino (1944) este joven y dinámico sacerdote llega a una parroquia en dificultades, cuyo anciano párroco (Barry Fitzgerald) al principio se resiste a los cambios pero termina por aceptar los nuevos métodos pastorales de su vicario, entablando una entrañable amistad. Tras siete oscars en 1944 surge su continuación Las campañas de Santa María (1945) donde en esta ocasión el sacerdote es destinado a un colegio en Nueva York donde la hermana Benedicta, la mismísima Ingrid Bregman, intenta sacar adelante a un grupo de chicos de la calle. Nuevamente música y buenas intenciones para un público que comienza a ver el final de la Segunda Guerra Mundial.
Gregory Peck interpretará con gran éxito, nominado para el Oscar, a un sacerdote escocés misionero en China donde vive grandes dificultades acompañado por una religiosa y dos médicos que le ayudarán en su tarea de promoción humana y espiritual. Con Las llaves del reino (19944) de John M. Stahl son adentramos en este interesante subgénero de misiones que nos ofrecerá interesantes realizaciones.
El gran John Ford, director que se reconoce como católico, ha querido plasmar en dos de sus películas la figura del sacerdote. En primer lugar en su obra maestra y homenaje a su Irlanda natal El hombre tranquilo (1952). Las dificultades para casarse de Sean Thornton (John Wayne) y Mary Kate Danaher (espléndida Maureen O’Hara) serán resueltas por un acuerdo del sacerdote católico y el pastor protestante que verán por una vez dirimidas sus desavenencias para favorecer el enlace. La segunda es una obra menor pero emotiva y profunda, El fugitivo (1947) , en ella nos cuenta la fidelidad de un sacerdote que en plena persecución religiosa en un país imaginario, que podemos suponer que se identifica con México, y ayudado por los feligreses permanece como único referente en el servicio ministerial hasta llegar al sacrificio.
Con La ley del silencio (1954) llegamos a una de las figuras más significativas del sacerdote en la pantalla. En padre Barry, interpretado verazmente por Karl Malden, se nos presenta como el hombre íntegro que en medio de la manipulación de las mafias de estibadores lucha contra la injusticia en el nombre de la palabra de Dios. Lástima que la película tenga como fondo una cierta justificación de la delación que Elia Kazan realiza de algunos compañeros ante el Comité de Actividades Antiamericanas. Interesante es también el falso sacerdote católico interpretado por Humphrey Bogart en La mano izquierda de Dios (1955). Allí el impostor es poco a poco transformado por la misión y conducido al territorio de la bondad.
Aunque del otro lado del Atlántico pero dentro de esta tendencia cinematográfica que resalta la presencia del sacerdote hemos de hacer notar dos películas. Yo confieso (1953) de Alfred Hitchcock y protagonizada por Montgomery Clift en el papel de un sacerdote que fiel al secreto de confesión es acusado de cometer un crimen. En esta intriga, del maestro del género y también significado como director católico, nos ofrece un buen ejemplo de fidelidad al sacramento y al servicio a las personas que culmina con la absolución del verdadero culpable. De esta misma época es la película francesa El renegado (1953) de Léo Joannon Morand. Un sacerdote católico renegado se ve obligado a descubrir su verdadera identidad ante sus compañeros militares y prisioneros como él, cuando tiene que asistir espiritualmente al capellán del regimiento que está agonizando. Este gesto llena de admiración a Gerard, otro oficial, que se convierte a la vez que siente la llamada a la vocación sacerdotal. En esa cadena de comunicación de la fe se implica Morand, un eterno buscador, que encontrará a Dios con el testimonio hasta de muerte del joven Gerard.
2. El cine religioso español de posguerra
La eclosión del cine religioso en la posguerra española tiene su origen en una clara finalidad

política, que se convierte en mediadora del contenido, con lo que la figura del sacerdote aparece resaltada a la vez que contaminada con la ideología franquista.


Prácticamente todos los directores en activo de la época dedican alguna película a esta vertiente religiosa. Así el ensayista, crítico de cine y director después Rafael Gil con más de setenta películas rodará La fe (1947) con las aventuras del padre Luis; la reconocida por el festival de Cine de San Sebastián La guerra de Dios (1953), en la que colabora uno de los más fieles ideólogos del cine religioso al uso Vicente Escrivá, y narra, desde la perspectiva social, las vicisitudes pastorales de un sacerdote en la zona minera de Asturias; y El canto del gallo(1955) donde en clave marcadamente anticomunista se muestra a un sacerdote apresado en Hungría y obligado a renegar de su fe.
El abogado metido a director Luis Lucía realiza películas populares de tono sentimental con amplia aceptación del público. Entre los dramas religiosos debe señalarse Cerca de la ciudad (1952) donde Adolfo Marsillach convertido en el padre José transforma social y espiritualmente la parroquia de un suburbio madrileño. Entre las más significativas de esta generación de películas hemos de señalar “Balarrasa” (1950) en la que se cuentan las aventuras de un joven esquiador metido a sacerdote (Fernando Fernán-Gómez) que influenciado por la muerte prematura de su hermana acude en misión a Alaska para entregar su vida a Dios. Aquí José Antonio Nieves Conde nos ofrece una película muy digna con una dirección de actores rigurosa.
Antonio del Amo después de pasar por la cárcel por su pasado vinculado a la República se ha de incorporar al cine de moda. Así realiza Dia tras día (1951) donde en clave de realismo presenta un sacerdote que ejerce su misión en pleno rastro madrileño. José Luis Saénz de Heredia, el director de Raza (1942), la película más representativa del franquismo, filmó el drama La mies es mucha (1948) donde el misionero Santiago (Fernando Fernán Gómez) llega a la localidad de Kattinga, en la India, para sustituir a un compañero que ha sido asesinado. Allí se enfrenta a Sandem (Enrique Guitart), un traficante que suele esclavizar a los indígenas para que trabajen en su mina. Juan de Orduña que se especializa en el cine histórico de legitimación política realizará La misión blanca (1946) que se inscribe en el cine de misioneros españoles, en este caso en Guinea.
Podemos completar este recorrido por cuatro películas que también revisten interés aunque sea en trayectorias menos significativas. La manigua sin Dios (1948) de Arturo Ruiz-Castillo, que en tono decididamente colonialista, presenta la intervención de misioneros jesuitas en la región del El Chaco. Aquellas palabras (1949) de Luis Arroyo sobre un misionero vasco en Filipinas que contó con el asesoramiento de Domingo S. Gracia y Enrique María Rodríguez ambos padres dominicos. Cerca del cielo (1951) sobre el padre Polanco dirigida por Domingo Valdelomat y con el ínclito padre Venancio Marcos como actor. Y, por último, Piedras vivas (1956) del cubano Raúl Alonso donde Alfredo Mayo hace del padre Carlos en los barrios marginales de Madrid según un argumento del sacerdote José Ignacio Núñez de Prado.

No cabe duda que este cine que abarca prácticamente dos décadas tiene una sombra alargada en el cine español actual donde raras veces la figura del sacerdote sale bien parada. El efecto péndulo en la cultura cinematográfica lleva ahora a que aparezcan sacerdotes autoritarios, inmaduros, ambiciosos y sin humanidad -El sacerdote (1978) de Eloy de la Iglesia Padre nuestro (1985) de Francisco Regueiro, Los girasoles ciegos (2008) José Luis Cuerda- donde incluso los mejores acaban por salirse -La buena nueva (2008) de Helena Taberna-. Si tuviéramos que citar alguna excepción tendríamos que señalar: el párroco amigo de Rafael, el carnicero, en La buena estrella (1997) de Ricardo Franco y el padre Tomás personaje secundario de Héctor (2004) de Gracia Querejeta que con su carácter acogedor y discreto ayuda a los personajes con su mediación a resolver sus conflictos.


Únicamente por el camino de los santos podemos encontrar alguna posibilidad de que en el cine español la figura del sacerdote sea apreciada. Así en la poco reconocida El hombre que supo amar (1979) de Miguel Picazo se presentar la vida de San Juan de Dios, Juan Ciudad, adaptando la novela del barcelonés José Cruset. A pesar del tono panfletario, ahistórico y simplista se mantiene respetuoso con la figura del santo. Lo que también ocurre con la más lograda La noche oscura (1989) escrita y dirigida por Carlos Saura que realiza un acercamiento limitado, al excluir la dimensión espiritual y trascendente, pero con intención de autenticidad al acercarse al fenómeno místico, a través de la vida y la obra de San Juan de la Cruz.
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