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 En memoria de Joxeba y de las víctimas: las reglas del juego


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En memoria de Joxeba y de las víctimas: las reglas del juego

José A. Zorrilla

Andoain, Centro Cultural Bateros. 8 Febrero 2007.

Agradezco el que me hayais encomendado la laudatio del que en vida fue buen amigo y compañero, Joxeba Pagazaurtundua. Vuelvo así a Andoain, lugar que hubiese preferido mantener en ese desván intocable que son los recuerdos de infancia. Orlados de palabras de sílex, chaparrones, nubes bajas y niebla. Por desgracia ya siempre irá unido tambien al dolor de haber perdido en aquel paraíso de la nostalgia a un buen amigo al que asesinó ETA, un hombre valiente y justo, Joxeba Pagazaurtundua.

Andoain siempre ha producido gente relevante. Empezó con el jesuíta Larramendi que escribió la Corografía de Guipuzcoa, siguió con el Ministro de Hacienda de Fernando VII Juan Bautista Erro, la Beata Madre Cándida, fundadora de las Jesuitinas, el médico y filántropo Modesto Huici; tuvo luego al defensor del euskera Ricardo Arregi, al escritor Martín Ugalde, el periodista José Luis López de Lacalle y por fin al creador del tercer modelo de nacionalismo vasco, el nacionalismo vasco democrático, Joseba Arregi. Sirvió tambien de refugio durante 22 años, precisamente en casa de los Arregi, para esa persona ejemplar que fue el padre Manuel Lekuona, llamado Zarra, el viejo, estudioso de la literatura oral euskérica.

Desearía compartir con vosotros algunas reflexiones sobre el significado de la muerte de Joxeba y por extensión de las víctimas.

Lo primero sería deciros es que las víctimas del terrorismo nacionalista vasco son caídos con causa. Y esa causa es pública. Cómo públicos fueron los caídos de la Resistencia europea en su lucha contra el ocupante nazi o los judíos exterminados durante el Holocausto. Por consiguiente ha de rechazarse la tesis de que los familiares lleven duelo por sus muertos y basta.

Lo segundo es que esa causa pública es específicamente política. Las víctimas eran adversarios ideológicos políticos de otros vascos y esos otros vascos en lugar de modular la discrepancia en clave electoral o parlamentaria, cómo lo hacían las víctimas, recurrieron al asesinato.

En tercer lugar la causa de las víctimas es moralmente más elevada que la de sus verdugos. En una guerra civil en la que dos bandos luchan puede decirse quizás que ambos bandos quieren lo mejor para su patria. Aqui no ha habido guerra civil. Aquí hay un sistema político homologable con los más avanzados del mundo y los asesinos lo ignoraron para recurrir al asesinato. Sin embargo las víctimas nunca abandonaron la política ni alzaron la mano contra los asesinos. Por ello no puede haber equidistancia moral o indiferencia: los caídos son dignos de elogio, sus asesinos sólo merecen rechazo moral y retribución legal.

Cuarto. Ha habido vencedores y vencidos. Quienes se dejaron matar por la causa de la libertad, ganaron. Quienes mataron por la causa de la unanimidad étnica han perdido. Esto no quiere decir que a la pena de cárcel del terrorista haya de unirse el expolio público o el linchamiento físico. Quiere decir que quienes querían un país totalitario han sido derrotados por quienes queremos un país democrático. Y lo han sido para siempre. Su argumento de que mataron para que se respetase la voluntad del pueblo topa con los muros de esos cadáveres inmortales que son las víctimas. Las víctimas son la prueba de que los asesinos mataron para que no se respetase la voluntad popular.

Ahora tenemos que preguntarnos. ¿Qué querían unos y otros? ¿Qué es ser nacionalista y constitucionalista en el País Vasco?

1.- Los asesinos querían una patria basada en un sujeto histórico mítico, el pueblo vasco, con más de siete mil años de antiguedad-según Ibarretxe, al menos.

Nosotros creemos que el sujeto político vasco son los ciudadanos de de Alava, Guipúzcoa y Vizcaya.

2.- Los terroristas creían que ese pueblo está constituído por súbditos de la etnia, Hitler los llamó con un nombre especial, Volksgenossen. Para ser súbdito de la etnia hay que ser abertzale y ser- o decir que se quiere ser- euskaldun.

Las víctimas defienden una patria hecha de ciudadanos. No hay más condiciones para ser ciudadano que haber nacido aquí o llevar viviendo diez años en el país.

3.- Los asesinos defienden la organicidad de esa patria, es decir, su unión corporal en la que la parte está subordinada al bien del todo. La mediación política no hace falta. Pues esa patria tiene un alma y la expresa a través de un movimiento, no un partido, que contiene todo lo que es ser vasco. Tanto el PNV cómo ETA reclaman en exclusiva ese privilegio.

Las víctimas defienden un país de ciudadanos en el que ningún partido político puede aspirar a representar en exclusiva a todos los vascos y en el que las instituciones ejercen una función mediadora desde la más absoluta neutralidad. Las convicciones políticas, económicas o sociales del administrado son secretas por imperativo constitucional y por consiguiente carecen de efectos jurídicos salvo a la hora del voto universal y secreto.

4.- La expresión política colectiva de esa patria también es radicalmente distinta. Para los nacionalistas un parlamento no representa a Euskalherría porque contiene elementos no abertzales, osea, extrajeros, y por tanto enemigos, del pueblo vasco. Me vaís a disculpar que os lo diga en el alemán de Hitler, pero es un término que inventaron los nazis: Volksfremde.

Por el contrario para nosotros la discrepancia, es decir, el juego de mayorías y minorías no sólo no es mala sino que constituye la base misma del sistema. La nación es un principio espiritual, la voluntad general y se compone de la suma armónica de poder y oposición. Por ello la traducción política de esos principios lleva a dos conceptos distintos, uno totalitario y otro democrático. El totalitario es la Udalbitza, basada en los mismos principios de representación orgánica que las Cortes de Franco, Oliveira Salazar o Mussolini. Sin embargo para un constitucionalista la expresión de la voluntad general lleva a un Parlamento. Y con ello a la pluralidad de partidos. Un Parlamento es, en suma, el lugar en el que encarna el contrato social vasco, el territorio en el que unos y otros nos hemos dado palabra de tratarnos en lo individual como ciudadanos y en lo colectivo como mayoría y minoría parlamentaria. No como mayoría y minoría nacional. Porque en ese caso el Parlamento dejaría de ser el parlamento de los vascos y pasaría a ser un parlamento con dos minorías. Una minoría nacionalista vasca y otra minoría constitucionalista española, con lo que la nación vasca parlamentaria, es decir, la democrática, desaparecería.

Esta discrepancia lleva a que el constitucionalista reconozca en el nacionalista vasco una legitimidad que el nacionalista vasco sin embargo, niega al constitucionalista.

5.- La soberanía para el nacionalismo vasco es que todos seamos abertzales. Es decir, seremos tanto más soberanos cuanto más abertzales haya y mayor sea la intensidad de su sentimientos patrióticos, es decir, de partido. Para un constitucionalista, la soberanía es la libertad de sus ciudadanos. Por consiguiente seremos tanto más soberanos cuanto más libres seamos. Libres, para empezar, de ser nacionalistas, constitucionalistas o nada. En este sentido y al abolir esa libertad de la manera más absoluta e intentar con ello que nadie sea constitucionalista en el País, ETA ha sido lo más antisoberano y antivasco que hayamos producido nunca. Y en la medida en la que las instituciones vascas no hayan cooperado con todas sus fuerzas en la erradicación del fenómeno terrorista son cómplices de esa abolición de la soberanía vasca. Por esa razón la intervención del Estado puede cumplir para el constitucionalista una función liberadora. Recordemos las Guerras Carlistas. La Santa Inquisición desapareció del País gracias al liberalismo de Madrid. Si hubiera sido por nuestras Diputaciones todavía estaríamos con ella.

6.- La función del estado tambien es completamente distinta. Los nacionalistas quieren un estado vasco sólo para vascos, es decir, no para garantizar nuestra soberanía, que es la libertad, sino para ahormarnos a todos en la unanimidad abertzale, osea para que no seamos soberanos. Por el contrario el estado español garantiza la soberanía, es decir, la libertad de los vascos ya que consiente a los nacionalistas vascos el serlo con plenitud de derechos. Esos derechos son los que un eventual estado abertzale empezaría por abolir para el constitucionalismo del país y con ello haría imposible un acervo constitucional normalizado. Ya sabeís, alemanes en Mallorca, que dijo Arzallus. Esa es la razón por la que nosotros nos llamamos constitucionalistas. Para diferenciarnos de quienes no quieren una Euskadi constitucional.

7.- Los nacionalistas tienen su propio plan para Euskalherría, cómo se dice ahora, su hoja de ruta. Lo llaman construcción nacional, es decir, la progresiva desaparición del constitucionalismo. Si los hechos se acomodan a lo que ellos defienden, bien. En caso contrario se hace violencia a la sociedad. Terrorismo o instituciones.

La visión que nosotros los constitucionalistas tenemos de la “construcción nacional” es que la sociedad vasca se construya a sí misma sin coacciones externas y siempre bajo el criterio de que la mayoría nunca puede convertirse en totalidad, salvo que la minoría desaparezca electoralmente y sin violencia. Por ello construcción nacional es aplicar al país las reglas de juego de las democracias más avanzadas dejarle en paz. Patria no es algo ya definido sobre plano. Patria es lo que se ve cuando se abre la ventana de casa o se pasea por las calles.

8.- El nacionalismo defiende una territorialidad irredentista y pone las fronteras del país donde nunca han estado. En un orden general incluye a Navarra y las provincias francesas. Nosotros defendemos una territorialidad de legitimidad histórica, la que hemos heredado. Dicho esto hay que recordar que si Navarra quiere incorporarse al País Vasco es libre de hacerlo, algo que España aceptó sin problemas y que costó en Irlanda 75 años de violencia.

9.- Para un nacionalista la base de sus convicciones es el mito. Así, los habitantes de las cavernas ya eran vascos porque hablaban euskera, fuimos siempre políticamente independientes, Sancho III de Navarra fue el creador del primer estado vasco, los carlistas defendían la soberanía vasca que residía en los Fueros etc etc. Los constitucionalistas tenemos de nosotros mismos la imagen cambiante que de nosotros da el paradigma historiográfico de cada generación.

Esas son, grosso modo, las grandes diferencias que marcan el campo constitucionalista y el mal llamado nacionalista, porque de nacional tiene poco, al menos si se sigue la definición liberal de la misma.

¿Cómo es que hemos llegado a esta situación que los sociólogos llaman “polarizada y competitiva” y que yo llamaría simplemente esquizofrénica? ¿Como es que nosotros, adalides de la modernidad y depositarios de una tradición de excelencia empresarial y productiva, y en definitiva social, hemos dado en problemas de polarización que parecen importados del Tercer Mundo o de los Balcanes?

No creaís que exagero en esto de la dualidad vasca. Marion Heiberg es una antropóloga noruega que vino a vivir a Guipuzcoa poco antes de la muerte de Franco, a mediados de los setenta. Y lo primero que dijo de nosotros es esto: “ Dentro del País Vasco ha habido dos órdenes sociales opuestos pero que se encabalgan y ambos han coexistido, mano a mano, desde la Edad Media. Uno es urbano, complejo, españolizado, próspero y poderoso. El otro, que ha sido siempre mayoritario, es el rural, euskaldun, relativamente empobrecido y en términos generales incapaz de influir en un espacio mas amplio”.

Esto sucedía antes de la autonomía. Con la autonomía el espacio rural euskaldun, gracias a las instituciones comunes, vive como no ha vivido nunca y tiene apariencia de masa crítica social y cultural. Solo apariencia. Ahora bien, esos dos campos, el urbano rico minoritario y el rural pobre mayoritario tienen tambien otro componente diferencial. Los aforados del Antiguo Régimen, los carlistas mas tarde y los nacionalistas hoy se ven a si mismos como los depositarios de una legitimidad vasca que a nosotros nos niegan, razón por la que predican nuestra desaparición. Esto tambien viene de lejos. Renato Barahona, hablando de la Vizcaya de 1830, dice de liberales y carlistas: “la mejor definición de ambos campos sería reformista y tradicionalista. El primero era el mas pequeño y menos homogéneo de los dos. Incluía afrancesados y gaditanos unidos en la idea progresista de reformas. El segundo…se veía a si mismo como el legítimo guardián de la legitimidad monárquica y de las instituciones de Vizcaya.” (Barahona; 1989 pag 64)

Ese plus de legitimidad, o si lo preferís, esa descalificación de los liberales entonces sobrevive hoy en la pretensión totalitaria del nacionalismo, tanto en su variante histórica (PNV) como revolucionaria (ETA).

Y la otra característica de esa parte castiza del país es la violencia que siempre le ha acompañado. Desde los tiempos de las machinadas en el S XVII hasta hoy, cuando no le gusta algo, recurre a los hechos.

Para explicar todo este enredo tengo que hablaros un poco de historia. No mucho, no os asusteís. Ya sé que no está de moda. Henry Ford, el magnate americano lo dijo hace muchos años: “la historia es una bobada”. Quizás lo sea en EEUU. Entre nosotros ayuda a entender muchas cosas. Por poneros un ejemplo jocoso, todo el mundo sabe que Sabino Arana condenaba el baile agarrado por indecente. Pocos saben sin embargo que la Diputación carlista de Vizcaya había prohibido ya el vals en 1876. Se recuerda todavía menos que de las tres guerras civiles que ha padecido España desde 1833 hasta 1939 dos las declaró la Diputación de Vizcaya.

Vamos a empezar por la división territorial. Viene de antiguo. Dice Andrés Mañaricua, hablando del S VIII, que el Nervión marcaba la frontera de Vizcaya, el Deva la de Guipuzcoa y el Bidasoa la de Navarra. Y esos tres territorios tienen una trayectoria fragmentada y atormentada.

Fragmentada porque cada uno de esos territorios se incorporó a Castilla en fecha distinta y porque nunca fueron uno ni tuvieron el mismo régimen jurídico, ni público ni privado. Vizcaya fue Señorío con Fuero e hidalguía universal. Guipuzcoa, Provincia sin Fuero y con hidalguía reservada a su propio territorio. Y Alava behetría y luego hermandad sin hidalguía general. Régimen electoral, derecho penal, sucesiones y en general todo el ordenamiento jurídico fue distinto para cada espacio.

Y atormentada. Primero porque la relación entre los tres territorios fue siempre hostil. Para resumir, citaré a Alberto Angulo cuando habla de las Provincias Vascongadas a finales del S XVIII: “si no se contó al principio con las provincias” (se refiere a Alava, Vizcaya y Guipuzcoa) “fue por la imposibilidad manifiesta de unirlas en un interés común, pues por mas que en negocios de la mayor importancia para todas tres se ha pretendido, jamás se ha podido lograr” (Astigarraga 2003; pag 177, n.b. 17)

Ahora toca a la situación dentro de cada territorio, tambien de hostilidad abierta entre el campo, llamado Tierra Llana, que seguía el Fuero y las villas y ciudades que obedecían al sistema general porque el Fuero nunca fue de aplicación en las villas y ciudades. Las consecuencias fueron- y en cierta medida lo siguen siendo- catastróficas. Labayru dice de la Vizcaya de 1606: “lastimoso era el estado en el que se hallaba el Señorío por efecto de la rivalidad encarnizada que sostenían las Villas y Ciudad contra la Tierra Llana.” (Labayru 1978; pag 239).

Ahora bien, durante todo el Antiguo Régimen, aunque ciudad y campo se enfrentaron sin tregua, la cosa nunca pasó de ciertos límites porque ambos contendientes aceptaban al Rey de España como legítimo señor.

Al llegar el momento de la transición del absolutismo al liberalismo esa vieja dualidad vasca entre villas y Tierra Llana va a reencarnar en liberales y carlistas, ya que la práctica totalidad del carlismo va a reclutarse entre el campesinado. Pero ahora esos dos enemigos históricos ya no comparten la misma legitimidad. Si los liberales apoyan a Doña Cristina primero y la Reina Isabel despues, los carlistas apoyan a Don Carlos y al absolutismo. Con ello la enemistad va a ser tan encarnizada que los carlistas terminarán por declarar la guerra al Estado liberal y con ella a los liberales vascos: 1833-1839 y 1870-1876.

No se pueden explicar en unas líneas las razones del desencuentro entre unos y otros. Pero desde luego es total. Sucede, para arruinar definitivamente las cosas, que Vizcaya tiene privilegio foral de reclutar y mantener fuerzas armadas para la defensa del Señorío. Cuando los absolutistas de toda España ven que la llegada del liberalismo es inevitable se dirigen a la Diputación de Vizcaya para que ponga esas milicias forales al servicio de un alzamiento general contra el testamento liberal del Rey. En aquel tiempo esas milicias eran la mayor fuerza militar de España despues del propio Ejército español. Y la parte castiza del país, osea la oligarquía local, los del Fuero y la laya, la Diputación, vaya, pone ese ejército foral a disposición de los golpistas. Sigue la guerra civil y los carlistas se dirigen, como se habían dirigido siempre sus antepasados campesinos, contra Bilbao, fiel al testamento liberal del Rey. Y los carlistas se estrellan ante Bilbao y pierden una guerra que se había luchado en toda España.

Se llega a un acomodo razonable en 1839 con el Abrazo de Vergara. Y digo razonable, por decir algo, porque el golpista que asaltó la Diputación liberal de Vizcaya sable en mano el 3 de Octubre de 1833, acto faccioso que abrió una guerra civil de siete años, Pedro Novia de Salcedo, fue Padre de la Provincia tras ese Abrazo tan denostado por los nacionalistas. Mas específicamente durante los mandatos 1839-1841 y 1841-1843. Se permite la exportación del hierro que prohibía el Fuero y arranca el primer capítulo de la Revolución Industrial.

Pues a pesar de ello volvió a alzarse la parte castiza del país en 1870 porque la I República española reconoció al Reino de Italia. Algo que sonó a blasfemia a los carlistas porque dicho reino acababa de conquistar los Estados pontificios. No lanzaron una segunda guerra civil por otra razón, quede claro. Vuelven los carlistas a sitiar Bilbao y vuelven a perder. Esta vez la guerra se limitó a las Provincias Bascongadas o exentas. En esta ocasión ya se perdieron ya los privilegios que quedaban. Sin embargo dos años más tarde vino el Concierto Económico.

Parecería entonces que despues de dos guerras civiles la reconciliación entre vascos era inevitable. No es el caso. Salta en Vizcaya la Revolución Industrial de la industria pesada. Ante ese aluvión de modernidad, que incluye laicismo y revolución social, queda claro que la respuesta no puede ser la restauración del absolutismo en la figura de Don Carlos. Así surge la figura de Sabino Arana. Es una importante evolución en el campo carlista ya que su programa político no consiste ¡por fin! en lanzar guerras civiles para matar liberales. Al menos hasta cierto punto. Los primeros detenidos del PNV no lo fueron por gritar Gora Euzkadi ni nada parecido. Cantaban en Bermeo una vieja canción carlista. “Eta tiro eta tiro eta tiro beltzari, eta tiro eta tiro belarri moltzari”. Osea, tiro al liberal, tiro al orejas grandes. Ahora bien: la piedra fundacional del discurso aranista es el intento de ennoblecer la vieja intolerancia de los aforados, la que les había llevado a decir que el carlismo era “la causa del país”. En palabras de Jugo y Dana: “Vizcaya es carlista porque es católica y fuerista. El que milite en el campo opuesto no es de la opinión de Vizcaya, no piensa como su patria. “ (Garmendia, 1985; pag 412) En Guipuzcoa los junteros dicen de los donostiarras: “Los de San Sebastian, esos advenedizos” (Elorza 1978 ; pag 14 )

Siguiendo esa misma lógica, cuando Sabino Arana crea el nacionalismo vasco no dirige su mensaje de independencia a la nación vasca, es decir a todos los vascos. Como dicen Meer, Pablo y Rodriguez: “apelar a la voluntad del conjunto de la sociedad vasca como principio constituyente de su identidad nacional resultaba incongruente con un movimiento cuyo proyecto político se sustentaba, precisamente, sobre el principio de exclusión de un parte de esa sociedad” (MPR; 1999 pag 37) El problema es que la nación es un concepto liberal y se construye necesariamente sobre el principio de ciudadanía, es decir, la totalidad de sus habitantes, naturales o accedidos. Ese va a ser, y sigue siendo, el primer gran problema del nacionalismo. Como conseguir que Euzkadi sea una nación de nacionalistas, lo que es una contradicción en términos, y por tanto un imposible.

Y ese discurso se enuncia no para constituir un Estado laico sino para poner a todos esos vascos bajo la mas completa sumisión al Papa. Es decir, Arana no crea un cuerpo político sobre el que se puede poner un Estado sino una especie de comunión de los santos o en términos de Antonio Elorza, un pueblo elegido. Estamos ante un integrismo religioso con otro nombre. Arana dice: tenemos que aislarnos de España para poder seguir siendo vascos, es decir, católicos, porque para Arana euskaldun y fededun son una misma cosa, discurso que eleva la xenofobia a teología. Eso explica tanto cura abertzale.

De la necesidad de traducir “independencia” a la realidad de los hechos, vienen dos elementos: el primero es la llamada “bicefalia” del PNV, osea, el presidente del partido recuerda el principio sagrado de la “independencia”- sea eso lo que sea, y los cargos públicos administran prudentemente la tierra vasca. A veces incluso la recalifican- con pingues beneficios, por cierto. Bicefalia, en puridad de principios, es decir una cosa y hacer otra, lo que en un país de si y de no, que es lo que somos, viene a ser lo menos vasco que se pueda ser, por cierto. Y el segundo es el agente externo. En la imposibilidad de hacer nacionalista a la nación, lo que el pnv ha buscado siempre es un agente externo, un deus ex machina que cuadrase el círculo.

Cuando llegó la República los nacionalistas no quisieron oir hablar de una autonomía como la catalana, cosa de ateos y herejes. A ellos les preocupaba la religión, tener libertad de maniobra para poder firmar con la Santa Sede un concordato que les dejara al margen de la política laica del nuevo régimen. Prieto pronunció su famosa frase. “No podemos tener autonomía porque Euzkadi sería un Gibraltar vaticanista”. Así que los nacionalistas intentaron sumarse a los carlistas alaveses y navarros para obtener sus propósitos. La operación fracasó en todas sus partes.

La Guerra Civil, sin embargo, cambió las cosas. A la hora de decantarse por un bando o por otro, el PNV escogió la II República gracias tanto a la lucidez de Irujo y Agirre como a la intermediación socialista de Prieto. Ese es nuestro contrato social y sigue siéndolo. España abandona el paradigma clásico de nación estado, renuncia en el territorio vasco a importantes partes de su acervo administrativo y acepta poner ese poder real a disposición de un parlamento escogido entre los ciudadanos de Alava, Vizcaya y Guipuzcoa con leyes electorales propias. El PNV, por su parte, acepta el paradigma de la tolerancia. No es vasco el que es de raza vasca , católico y nacionalista sino el ciudadano de Euzkadi. Y segundo. Al aceptar el Parlamento, renuncia a la totalidad. La voluntad nacional es, por definición, la suma de poder y oposición. Lo mas a lo que puede aspirar es a la mayoría absoluta. Tres, el Estado de los vascos es la República española. Y así nos ponemos en común por primera vez, territorios y habitantes y lo hacemos bajo el paradigma político que heredamos de la Ilustración.

Con ello el PNV rompe tambien su tradición montonera, la de las jacqueries o las carlistadas y con ello y por primera vez en cien años la Tierra Llana recupera su tradición de lealtad a la ley. Y la defiende de la manera mas exigente posible: con las armas en la mano. Puede decirse con exactitud que los gudaris vascos que defendieron la República, 52 nacionalistas y 47 de izquierdas, son tan milicias vascas legales como lo fueron las que defendieron a Irun, San Sebastian y Fuenterrabía en el S XVII y cuyas victorias se conmemoran, todavía hoy, en alardes anuales. Y la defiende contra los carlistas navarros, muchos de ellos euskaldunes, que al no haberse hecho nacionalistas porque en Navarra no hubo revolución industrial, siguen en el antiguo modelo insurreccional. Así que mientras que en el Gobierno de Madrid es Ministro de Justicia el nacionalista Don Manuel de Irujo, los carlistas entran en Euskadi por Andoain fusilando republicanos a su paso. Con los blindados fascistas protegiendo su avance por tierra y la Legión Cóndor por aire. Para protegerles mejor la Legión Cóndor bombardeó Guernica. Una ciudad que defendía el Batallón nacionalista Martiartu, cierto. Pero tambien el batallón Tomás Meabe de las Juventudes Socialistas de Hernani. Párrafo dedicado a quienes dicen que España atacó a Euskadi durante la Guerra Civil.

En cuanto a la naturaleza del PNV, su compromiso republicano le convirtió en el primer catolicismo político democrático del mundo, es decir, en un adelantado de la democracia cristiana. El PSOE, por su parte, puede reclamar para Indalecio Prieto el título de primer socialdemócrata de la historia. El SPD alemán no iba a aceptar desgajarse del marxismo hasta casi treinta años despues.

Por desgracia, al final de la guerra el PNV traicionó a la República con una rendición unilateral ante los italianos en Santoña: otra vez la montonera.

Para completar esa vuelta atrás, José A. Aguirre intentó llegar a la totalidad política por la vía de un agente externo, los EEUU. Ese país, agradecido por la colaboración nacionalista con los aliados iba a desmembrar la España de Franco para darle Euzkadi al PNV. Evidentemente no fue así.

Y vinieron las sombras. Entonces, en plena noche del franquismo, un joven de Algorta, Federico Krutwig, acusa al PNV de haber llevado a la muerte al nacionalismo vasco precisamente por haber aceptado el paradigma de la tolerancia. Para él, el Estatuto no es un contrato social vasco sino una colaboración con una potencia extranjera que ha llevado al nacionalismo vasco a su desaparición. Basándose en esa premisa Krutwig propone sustituir al PNV por otra cosa completamente distinta.

Y ese nuevo nacionalismo, que dentro de poco sería ETA, sí que quería un estado con población y territorio, aunque con fronteras extravagantes, pero no para poner los vascos a las órdenes del Papa, como Arana, sino para crear un foco revolucionario mundial. El sujeto histórico de esa revolución iban a ser los vascos del nuevo modelo abertzale, no ya la raza de los católicos con ocho apellidos vascos sino la etnia de los que hablasen euskera y estuviesen dispuestos a embarcarse en la guerra revolucionaria, manera etarra de hacer coincidir pueblo vasco y sociedad vasca. Surgía otro pueblo vasco simétrico al del PNV, el de la izquierda abertzale. Como es lógico, contrario tambien a la noción de ciudadanía, como los carlistas y Sabino Arana y tambien totalitario. Krutwig, en su libro auroral, Vasconia, dice: “los españoles de Vizcaya, bien sean de origen vasco o de origen extraño, se situaron fuera de la sociedad vasca y aun hoy les separa un abismo de la Nación vasca a la que en realidad no corresponden” (Krutwig; 1962 pag 287).

Llega 1979 y un anciano Leizaola, lehendakari en el exilio, aunque solo físico, pasa a un joven Carlos Garaikoetxea el bastón de mando y con él la legitimidad de las instituciones nacidas en 1936. Queda demostrado que el PNV no se equivocó al apostar por la República. Lejos de haber desaparecido, como imaginaba Krutwig, es la fuerza parlamentaria mas votada del País. Los herederos de aforados y villanos, de carlistas y liberales, hoy nacionalistas y constitucionalistas, renuevan la palabra que se dieron en 1936 de tratarse como ciudadanos en lo individual y como parlamento en lo colectivo. Y ese mismo pacto es el que les lleva a aceptar como propio el Estado español. Es el Estatuto de 1979. Y queda resuelto el doble problema secular de como unir a los vascos entre sí y a todos dentro del Estado. Pues si quienes se consideran vascos y solo vascos y quienes se consideran solo españoles o vascos y españoles se dan palabra de tratarse como ciudadanos en un parlamento común es evidente que la firma del contrato social vasco equivale al encaje de los vascos en el Estado. O en terminología constitucionalista, en España. Por otra parte el nacionalismo renuncia a representar a todo el país. La única manera de ocupar todo el espacio político es que los partidos políticos constitucionalistas, sin ninguna violencia, se vengan abajo como en su día se vino abajo el carlismo o el anarquismo.

ETA hacía una lectura colonial de todo aquello. Según ella, la libertad de mercado y la democracia representativa no pueden satisfacer ni las aspiraciones nacionales ni las sociales del pueblo vasco. Somos el hombre colonizado de España y sobran pactos. Quien no es abertzale es extranjero y cómplice de la invasión. Así pues queremos un estado propio y revolucionario y vamos a conseguirlo por la lucha armada. La lucha armada servirá para poner de manifiesto las contradicciones del sistema y terminará por dar la masa crítica social a sus seguidores.

El PNV no estaba por considerar extranjeros y opresores a sus antiguos aliados del PSOE. Menos aun por la montonera tercermundista y revolucionaria desde la calle. Por ello Irujo, como representante de la generación del 36, pidió a la nueva generación, la de Arzalluz, que ratificase la palabra dada aceptando la Constitución española. Y ahí vino el problema. La nueva generación nacionalista era la que yo llamaría “la generación de la duda”, porque en su primera juventud dudaron entre el legado de ETA o el de Jose A Agirre. Así que aceptaron la autonomía pero con reservas. Inventaron una nueva bicefalia, “la bicefalia del método”, y dijeron que ellos querían lo mismo que ETA pero por distintos medios. Así surgió entre nosotros un PNV nuevo, esperpéntico, en el que las bases sociales seguían siendo las mismas pero la cúpula representaba el nacionalismo radical de antes de la guerra, el expulsado del partido: Manu de la Sota, Eli Gallastegi, Luis Arana… Por una extraña fatalidad, los vascos volvíamos a tener algo muy, muy nuestro. Teníamos otra vez una Diputación carlista en una España liberal.

El error era inmenso. Aceptado el paradigma autonómico, la única manera de llegar a la unanimidad social era el desplome democrático del constitucionalismo- lo que excluía a ETA del juego. Pues si el desplome se producía con ETA en activo los constitucionalistas siempre hubiésemos podido decir que el nacionalismo hacía juego sucio y pedir la intervención del Estado. A pesar de eso la generación de la duda dijo y practicó que la acumulación de fuerzas con ETA permitiría cumplir el sueño de la unanimidad.

El problema es que lo de imaginar la intervención de los EEUU en 1945 era una travesura inocente comparada con la situación posterior a 1979. Hasta la aparición de la autonomía la bicefalia era comprensible por dos razones. Primero porque como el nacionalismo vasco es la ideología de la pequeña burguesía local esta carece de intelectuales capaces de elaborar un vocabulario político evolucionado. Seguimos en ello. Segundo, porque no era vitalmente necesario. En una España centralizada, sin mas competencias para el nacionalismo que las alcaldías o las presidencias de Diputación y además sin terrorismo, la propuesta carecía de urgencia.

A partir de 1979 la cosa cambiaba. Los vascos nos constituíamos en polis con instituciones comunes a nacionalistas y constitucionalistas, incluída una policía con competencias integrales. Decir desde la Conserjería de Interior y de Justicia comunes que se tienen los mismos objetivos estratégicos que los terroristas de ETA, que su derrota policial era mala para el pueblo vasco y que si se aceptaba el programa nacionalista del PNV ETA dejaría de matar, era llevarnos al enfrentamiento social o a la suspensión de la autonomía o a ambas cosas. Por otra parte, dejando aparte el perjurio y el agravio, concebir a ETA como agente externo significaba intentar hacer coincidir nacionalismo y País-algo como ya se ha dicho, imposible, por medio de la la violencia. El plan estratégico del PNV entraba de lleno en la definición canónica de fascismo: hegemonía con coacción. Hegemonía el que un sentimiento por definición parcial intentase cubrir la totalidad del espacio ideológico vasco. Coacción para conseguirlo tanto por parte de ETA como de las propias instituciones comunes como de la propaganda de EITB.

Objetivo que además tampoco era posible. Primero porque ETA no había nacido para acumular fuerzas con esa punta de aldeanos beatos y conservadores del PNV sino para ocupar su lugar con otro discurso llameante y revolucionario. Lo dice Krutwig en las primeras cinco páginas de su libro Vasconia, por cierto.

Segundo porque apostar por ETA era apostar por la derrota porque ni es un movimiento de liberación ni practica la guerra revolucionaria.

En la misma entrevista a Der Spiegel en la que Arzalluz dijo que se proponía convertir a los constitucionalistas en alemanes en Mallorca dijo tambien que ETA era un movimiento de liberación nacional. Bien: un pueblo que tiene un parlamento y leyes electorales propias no es un pueblo oprimido. Un pueblo que se autogobierna es un pueblo que se ha autodeterminado. Si no me creen los nacionalistas no tienen mas que ir a la ONU.

Si el PNV apuesta por el otro paradigma, el de ETA, tiene que hacer lo que hicieron todos los colonizados. Rechazar la autonomía, decir que los constitucionalistas son extranjeros y demostrar, desde la calle, que el país es suyo y sobran contratos sociales con los españoles. Pero eso no lo puede hacer, primero y principal porque sus bases sociales no son revolucionarias y segundo porque el nacionalismo no tiene la masa crítica del país. Tiene apariencia de masa crítica solo gracias a las instituciones autonómicas, es decir, de legitimidad democrática. En cuanto se bajase de ellas se acabaría el espejismo.

Volviendo a ETA, por otra parte, la primera de las reglas de un movimiento de liberación es que los militares obedecen a los políticos para no caer en el terrorismo y con ello en un hecho policial, que es lo que ha pasado entre nosotros.

Y efectivamente ETA, al ver que perdía, en lugar de hacer lo que tenía que hacer, esto es, una autocrítica y disolverse, dio en 1995 un paso mas en su estrategia delirante y volvió su rabia contra los cargos electos constitucionalistas: la ponencia Oldartzen. No puedo dar detalles de esta triste historia pero los resultados de no querer hacer un reajuste ideológico en el PNV por parte de la generación de la duda y la estrategia Oldartzen que inaugura el asesinato de Gregorio Ordoñez terminaron por producir una rebelión social sin precedentes en Ermua con el asesinato de Miguel Angel Blanco. Todavía le quedó a la generación de la duda una última oportunidad para rescatarse de tanta infamia. Ponerse al frente de Ermua y acabar con ETA. Hizo exactamente lo contrario. Para contrarrestar esa oleada de decencia que puso cara al hombre invisible vasco, el vasco constitucionalista, vino el intento de sumar los dos pueblos vascos, el nacionalista histórico y el nacionalista radical: el Pacto de Estella. Y vimos como encarnaba ese delirio. Primero, se abandonaba la definición parlamentaria de país para saltar a una cámara basada en los principios de la representación orgánica totalitaria, la Udalbitza, osea, las Cortes de Franco. Y despues, un tratamiento de minoría sin derecho a Estado, en terminología del Tratado de Versalles de 1919, para los vascos votantes del PSOE y del PP, osea, las sensibilidades políticas que reunen cerca de los dos tercios de escaños del Parlamento europeo, surgido, precisamente, para que no vuelva a pasar en Europa lo que pasó cuando se llenó de minorías nacionales sin derecho a Estado. De alemanes en Checoslovaquia, sin ir mas lejos.

Los supuestos defensores de la identidad vasca querían abolir a los herederos de quienes, gracias a la derrota del carlismo, mayoritario, por cierto, trajeron la Revolución Industrial y mas específicamente de quienes en un proceso dialéctico habían convertido a los antiguos carlistas en nacionalistas, es decir, de quienes les habían creado. Y ya que el nacionalismo gusta tanto de genealogías, recordemos, por ejemplo, que la Casa del Pueblo de la Arboleda se funda en 1890 y que Sabino Arana publica su primer libro, “Vizcaya por su independencia” en 1895.

Estella fue una aberración política con consecuencias demoledoras. Primero los 26 cadáveres que se cobró su ruptura. Luego, dejando aparte los momentos de enfrentamiento bélico entre vascos, 1833-1839 y 1870-1876 una desarticulación social sin precedentes. Saltó por los aires la vieja alianza entre constitucionalistas y nacionalistas que se había forjado en los días de la Guerra Civil y las posiciones se polarizaron hasta la hostilidad extrema. Dígase lo mismo de los territorios. Alava, que nunca fue destinataria del mensaje de Arana porque allí no hubo revolución industrial, de un lado, Guipuzcoa y Vizcaya del otro.

En el orden institucional vino un Gobierno que a falta de cosa mejor llamamos tripartito aunque tripartito es porque representa solo a un tercio de los vascos. Gobierno que si no fuese porque incumple sus propias leyes y vota los presupuestos a pedazos ni siquiera estaría en disposición de asegurar la mínima gobernabilidad del país. La herencia de Estella, por desgracia, sigue viva entre nosotros con el Plan de su lehendakari, Ibarretxe.

Eso sí: las consecuencias del atraso ideológico nacionalista empiezan a pasar factura al propio nacionalismo. Quienes querían llevar a los vascos a la arena internacional han sido expulsados de la Democracia Cristiana osea de la arena internacional. No es de extrañar. Pasar de la mayoría parlamentaria a la totalidad de la sociedad y cambiar las fronteras europeas es justo lo que quería prevenir la fundación de la Democracia Cristiana. Por otra parte, la famosa bicefalia ha terminado por adoptar un asiento territorial con lo que la doble moral del PNV ha terminado por convertirse en bicefalia de verdad, con Vizcaya como expresión histórica tradicional en la figura de Jon Josu Imaz mientras que en Guipuzcoa el antiguo espíritu radical de aberrianos y mendigoitzales encarna en Joseba Egíbar- tambien de Andoain, por cierto, con el apoyo institucional del lehendakari Ibarretxe y de su plan.

Huelga decir que todo este arancel se ha pagado en vano. La relación electoral constitucionalismo-nacionalismo, que es la variable decisiva, sigue donde estaba. El constitucionalismo no ha quebrado ante la hostilidad ni del nacionalismo institucional ni el de ETA. Y entre el PNV y ETA hay la misma sintonía que había antes, es decir, ninguna. Lo hemos visto el pasado Otoño en San Sebastian. Se ponen en dos aceras opuestas los jóvenes de EGI y los de Jarrai, los dos gritan independentzia, y ocasionalmente cruzan la calle y llegan a las manos. Los espectadores se preguntan como es posible que se peguen dos grupos si ambos dicen que quieren lo mismo. Muy simple. Lo que piden los dos grupos es absolutamente irreconciliable y resulta ser la metáfora de la guerra civil que nos espera si ambos pueblos vascos se juntan. Los de EGI creen que la independentzia es todo el poder para el PNV y los de Jarrai que independentzia es todo el poder para ETA.

Llegados ya a este punto es evidente que la acumulación de fuerzas, la bicefalia que la hace posible y el terrorismo que es el catalizador de toda esta vesania, es decir, el doble discurso arcaico y nunca modificado del nacionalismo, ha llegado al final de su recorrido. Tras hacer un daño inmenso a la sociedad vasca ha terminado por volverse incluso contra sus autores sin darles mayor beneficio pues todas las competencias que se han obtenido hubieran sido asumibles por la democracia española sin violencia ni trauma social. No negaré que la firmeza del Estado de derecho ha sido clave a la hora de derrotar al Frankenstein totalitario. Pero dentro del campo de esa resistencia al horror hay un grupo que merece una consideración especial: las víctimas.

Tras el modesto recorrido histórico que hemos hecho podemos ya volver a ellas y entender su significado. Las víctimas son quienes han sido capaces de reproponer el debate nacionalismo-constitucionalismo en sus justos términos que no son términos nacionales sino morales. Dice el nacionalismo radical y con el sus cómplices institucionales que somos un pueblo oprimido al que no se le reconoce un derecho fundamental, el de poner las fronteras donde se le antoje y el de tratar a sus habitantes de idéntica manera. Ello crea un conflicto que se manifiesta en el recurso a la legítima defensa, el terrorismo.

La respuesta constitucionalista ha sido dejarse matar por el derecho a ser vascos en sus propios términos y tratar luego a los asesinos según se trata a los presuntos delincuentes en un Estado de derecho. De esa manera, al igual que los romanos terminaron por no creer que quienes morían cantando en el circo pagasen con sus vidas el haber celebrado orgías caníbales o incendiar Roma, ha terminado por ser igualmente obvio que quien se deja matar y luego aplica a su asesino la ley no puede ser un opresor. Verdad es que hay vascos dispuestos a matar por lo que llaman su patria. Son los herederos de los aforados y de los carlistas partidarios de poner adjetivos a la condición de vascos y de ocupar todo el espacio político. Pero su vesania la enervan otros vascos, herederos de la ciudad y del liberalismo, que se dejan matar para defender el derecho de ciudadanía y el parlamento. Así que en esta pelea de legitimidades ha terminado por quedar claro que el famoso conflicto no es coartada y que matar a un constitucionalista es un asesinato. Es decir, que no hay conflicto, puesto que si lo hubiese sería la eximente del asesino.

Las víctimas han demostrado tambien que es mas elevado moralmente y mas vasco políticamente el corazón que recibe el tiro que la mano que empuña la pistola pues no es lo mismo matar que dejarse matar. Ha tardado mucho tiempo, mas de veinte años. Pero por fin ha sucedido: la inmolación ha alcanzado un punto de masa crítica a partir del cual todos están de acuerdo en que la sangre de las víctimas es inocente. Cuando eso se reconozca formalmente por el nacionalismo seremos una sociedad normalizada.

Eso equilvadrá a reconocer que las víctimas son el precio del dolor que el constitucionalismo ha debido de pagar para que el segmento del país definido por Heiberg como “rural, euskaldun, relativamente empobrecido y en términos generales incapaz de influir en un espacio mas amplio” abandone definitivamente; su mitad tradicionalista, el viejo integrismo hispano de Nocedal y Donoso Cortés con la montonera como instrumento. Y la otra mitad, el comunismo de Mao y el terrorismo. Osea, el precio que la democracia parlamentaria ha debido de pagar para que sea posible entre nosotros, herederos de liberales y carlistas, la herencia de Locke y de Rousseau, es decir la firma de nuestro contrato social. Y con ello y por primera vez nuestro nacimiento como sociedad política unificada tanto en lo territorial como en lo personal.

Por ello normalización y reconocimiento de las víctimas son una misma cosa: el nacimiento de una sociedad civil que se acepta por primera vez y de manera unificada en el paradigma político de su tiempo sobre ese altar que es la sangre de los justos.

El curso de la evolución es lento pero siempre en la misma dirección. Cuando se quiere traer a las Provincias Bascongadas el paradigma político del siglo, abolir la Santa Inquisición, el diezmo y la primicia etc etc, la parte castiza del país, mayoritaria, lanza la guerra civil en toda España. Vuelve a lanzarla otra vez en 1870 aunque ahora alcanza solo al País Vasco y Navarra. En 1936 acepta la legalidad republicana y pone fin al modelo insurreccional. Pero tiene una recaída en Santoña y le tienta la totalidad con la ayuda de un agente externo, los EEUU. Aquí, Santoña, es decir, la montonera, no es ya un alzamiento y cuesta menos muertos. En 1979 dice que acepta el Estatuto pero no la Constitución, mantiene la bicefalia a pesar de que hay terrorismo e instituciones comunes y termina por firmar el pacto de Estella con lo que rompe la palabra que nos dimos de tratarnos como ciudadanos. Las víctimas son 26.

La evolución es lenta pero inconfundible. La Tierra Llana se va socializando poco a poco en los valores políticos de Occidente que entre nosotros encarnan hoy en el constitucionalismo. A fuerza, eso sí, de dolor y de sangre.

Pero ese recorrido solo terminará cuando nuestra constitución como polis no sea solo formal sino material. Y eso sucederá cuando el PNV diga que las víctimas son los heraldos de la patria que ellos y todos queremos, la patria de la libertad soberana de todos los vascos, es decir, la patria en la que todos puedan ser lo que quieran no ya sin coacción sino sin discriminación ni positiva ni negativa. Y lo diga sin restricciones mentales ni bicefalias ni complacencias ni acumulaciones de fuerza.

No quiero decir con esto que la normalización consista en que el PNV se fusione con el PP o el PSOE. El PNV es muy libre de defender en sus programas electorales la creación de un estado, si bien, en las presentes condiciones históricas, la traducción democrática y normal del programa de máximos del nacionalismo debiera de ser una región europea transfonteriza en la que el nacionalismo tuviera mayoría absoluta. Pero eso sí, región basada en la noción de ciudadanía y no de un pueblo milenario unánime, con respeto a los deseos de los territorios, con una administración exquisitamente neutral y ello solo cuando pueda hacerse con plena armonía interna social y de acuerdo con instancias internacionales. Obviamente sin ETA. En definitiva, lo que es de sentido común.

La generación de la duda tuvo su oportunidad. Dudó treinta años y al final del recorrido todo lo que nos pudo ofrecer fue Estella, la fractura social, la parálisis del gobierno y hasta la amenaza de secesión entre sus filas. Parece razonable exigir el fin de esta espera apocalíptica. No va a haber fin de los tiempos. Lo único que puede traer la bicefalia es el retraso de la derrota de ETA o la suspensión de la autonomía o ambas cosas. Porque la constante de toda reflexión sobre el problema vasco es que ETA no puede ganar la partida, como no la ganó el carlismo. En 1833 no podía haber ni Santa Inquisición ni juicios de brujas. Hoy el Pais no va a ser un falansterio totalitario al amparo de un derecho de autodeterminación mal entendido.

Un pequeño inciso sobre la autodeterminación. Ni el Estado español ni ningún otro Estado europeo puede aceptar que exista dentro de sus fronteras un pueblo milenario. Dentro de sus fronteras solo hay ciudadanos. Y mejor que sea así. Porque si aceptase que somos un pueblo milenario lo mejor que nos pondría encima es una reserva aborigen, algo parecido a las reservas indias de EEUU y Canada, solución que ya propuso José M Salaverría, el biógrafo de Iparraguirre, en 1932. Dos. Hemos firmado un contrato social en el que nos reconocemos iguales quienes nos sentimos solo españoles o españoles y vascos con quienes se sienten solo vascos. Si el Reino de España nos extendiese versión surrealista del derecho de autodeterminación propuesta por el nacionalismo vasco, sería el propio Estado español quien aboliría el contrato social vasco y nos haría a todos vascos y solo vascos. Es decir, sería el Estado español quien nos hiciese a todos abertzales por decreto. Tres. Eso es imposible. Los cuarenta diputados autonómicos vascos no pueden reclamar del Estado español que se les reconozca el derecho de reducir a los otros treinta y cinco diputados al status de minoría nacional sin derecho a Estado y llamar a eso “derecho a decidir”, ya que lo que buscan es precisamente abolir nuestro derecho a decidir. Y eso no lo puede aceptar el Estado español ni ningún otro estado porque todos los estados tienen un mandato elemental de civilización. Ninguna parte de su territorio se abandona a un sistema totalitario salvo que se haya perdido una guerra y medie rendición formal. Hay un capítulo mas que añadir. Los tratados de minorías suelen ser recíprocos. Es decir, si Euskalherría quisiera firmar con España un tratado para la protección de los votantes del PSOE y del PP en su territorio, España firmaría tambien con Euskalherría un tratado para la protección de los votantes de PNV y HB en Alava y Navarra-reducidos ellos tambien al status de minoría nacional vasca sin derecho a Estado dentro de España.

Eso no creo que pueda ser el sueño, mas bien la pesadilla, de ningún vasco medianamente en sus cabales- nacionalista o constitucionalista. Recordemos las reglas del juego: la única manera de conseguir la unanimidad social es que, sin ETA ni presión institucional, el PP y el PSOE se conviertiesen entre nosotros en lo que hoy son el carlismo o el anarquismo, fuerzas que hace sesenta años eran actores políticos de primera magnitud. Si se intentase de cualquier otra manera intervendría el Estado de derecho. Y ya lleva aguantando muchos años. Yo no aconsejaría seguir poniendo a prueba su paciencia, no sea que la generación nacionalista de la duda termine por contagiar sus dudas al constitucionalismo lo que nos devolvería a 1839 o 1876. Pues una España sin autonomía vasca es democrática pero una Euskalherría sin el PP y sin el PSOE no. Si en su día no era posible un Gibraltar vaticanista, hoy no es posible un Gibraltar totalitario.

Desearía ahora dirigirme a los militantes y simpatizantes del PSE entre quienes se cuentan muchos queridos y viejos amigos, algunos incluso desde los tiempos del colegio. Es legítimo que aspireís a los cargos públicos que os brinda la autonomía mas generosa de Europa y quizás del mundo. Pero permitidme un consejo: administrad esa ambición con grandísima prudencia. El paisaje moral vasco es desolador. Los verdugos son lo más crédulo y en definitiva lo mas desasistido; niños soldado, como los del Tercer Mundo profundo. Las víctimas lo mas noble; caen por principios, no por ambición ni por pan. Y en el medio, los que dicen compartir los objetivos de los asesinos, y van a misa los domingos, engordan sus cuentas corrientes gracias a la legitimidad que cimenta esa sangre de los mártires. No os incorporeís a ese horror. Menos aun intenteís llevar el PSOE a esas aguas. Las sociedades tienen rayas invisibles que no deben cruzarse. ETA cruzó una de esas lindes cuando mató a Miguel Angel Blanco en Ermua. Un Ermua español en el que formasen de una parte el PSOE, IU y los pequeños partidos nacionalistas y de la otra todos los demás españoles nos devolvería a escenarios de confrontación tan conocidos como indeseables. No sea vuestra ambición el mimbre con el que se teja un Estado fallido.

Y antes o despues la normalización incluirá a ETA. Imagino que hablar de ETA en el contexto de la normalización os parecerá a muchos prematuro o incluso utópico. No es así. A ETA solo se le pide que cruce la raya que cruzó el Frente Sandinista en Nicaragua hace ya casi veinte años. O la que cruzó el Farabundo Martí en el Salvador, tambien por las mismas fechas. Si veis los índices de desarrollo humano de Nicaragua o El Salvador y los nuestros os dareís cuenta de que no se le pide demasiado. Aralar ya lo ha entendido así. Es un hecho prometedor.

Vamos a ver si nuestra generación, y no la de la duda, ve ya el fin del autismo de la Tierra Llana y se asienta por fin en este viejo solar la planta que ya ha arraigado y florecido en el mundo civilizado: la tolerancia. Pues eso y no otra cosa son la ciudadanía y el parlamento. La renuncia a la raza, el apellido o la ideología en lo personal y la renuncia a la totalidad en lo colectivo como fundamentos de la patria. Y tras ciento cincuenta años de desencuentros, retomamos 1832 como punto de partida y volvemos a integrarnos en la Monarquía española como siempre lo estuvimos. Cómodos y todo hay que decirlo, hasta mimados.

Termino ya hablando de memoria y monumentos. Y quiero salir al paso de una solicitud un tanto desnortada que ha avanzado Izquierda Unida. Han pedido un monumento conjunto a víctimas y asesinos. Tiene el mismo sentido que poner a la entrada de Auswitchz un monumento conjunto a los verdugos nazis y a las víctimas judías del Holocausto.

Otros hablan de pediros perdón de manera colectiva. Yo creo que el perdón lo deben de solicitar quienes alzaron su mano contra vuestros deudos. De la carta del lehendakari de Estella diciendo que la causa de todo es el conflicto entre el pueblo vasco y España y que dura ya ciento setenta años no me cabe sino remitir a su autor a los libros de historia y a la amplia bibliografía sobre los pasados 170 años.

Pero ya que hablamos de monumentos, y con esto concluyo, yo no veo a Joxeba reflejado en la piedra o el hierro de una estatua. Joxeba navegaba bajo pabellón pirata y me resulta difícil imaginarle cómodo en la presencia de artistas de postín, políticos equidistantes o periodistas a la caza de imágenes o palabras. Yo creo que el mejor homenaje a su memoria no es un monumento ni dos ni doscientos ni dos mil sino dos millones de monumentos vivos. Dos millones de vascos, ciudadanos que cada día se encuentran, se saludan, se dan el pésame o la enhorabuena, firman una primera hipoteca, se jubilan, tienen un hijo o entierran a un ser querido, lloran, sufren y ríen juntos en una patria libre y amable. Y saben que ese regalo cotidiano no vino del cielo sino de unas personas ejemplares cómo Joxeba que interpretaron su exigencia ciudadana en tan alta clave que no les importó dar la vida para que otros pudiesen disfrutar plenamente de ella. Muchas gracias.

LIBROS CITADOS

Jesús Astigarraga. “Los ilustrados vascos”. Crítica 2003

Renato Barahona. “Vizcaya on the eve of Carlism. Politics and Society 1800-1833”. University of Nevada Press. 1989. No hay traducción española.

Antonio Elorza. “Ideologías del nacionalismo vasco”. Haranburu 1978.

Víctor Garmendia. “La ideología carlista”. Diputación Foral de Guipuzcoa, 1985.

Marion Heiberg. “The making of the basque Nation”. Cambridge 1989. Hay traducción española del C.S.I.C que no he consultado.

Krutwig. “Vasconia”. Ed Norbai. Buenos Aires 1962.

Estanislao de Labayru. “Compendio de la Historia de Bizcaya” Caja de Ahorros de Bilbao 1978.

Santiago de Pablo, Ludger Mees y José A Rodriguez Ranz. “El péndulo patriótico”. Crítica 1999.

Andrés de Mañaricúa. “Vizcaya siglos VIII al XI. Los orígenes del Señorío”. Bilbao, Caja de Ahorros Vizcaína 1984.

José M. Salaverría. “Iparraguirre, el último bardo” Espasa Calpe 1932.








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